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El weichafe Matías Catrileo «volvió a la tierra que lo parió»

Fuentes: Rebelión

«¡Me dieron!». Esas fueron las últimas palabras de Matías cuando fue ametrallado por la espalda, pero él siguió corriendo hasta caer en una zanja de las que hace Luchsinger; ahí lo sostuvimos nosotros y en menos de 5 minutos murió.» El testimonio es de uno de sus compañeros, pocas horas antes del funeral, narrando a […]

«¡Me dieron!». Esas fueron las últimas palabras de Matías cuando fue ametrallado por la espalda, pero él siguió corriendo hasta caer en una zanja de las que hace Luchsinger; ahí lo sostuvimos nosotros y en menos de 5 minutos murió.» El testimonio es de uno de sus compañeros, pocas horas antes del funeral, narrando a la familia los hechos. Ellos relataron que Matías Catrileo Quezada fue asesinado cuando integraba un grupo que intentaría un nuevo proceso de recuperación de la tierra usurpada por Jorge Luchsinger a la comunidad Yeupeko Vilcún. «Ellos eran la avanzada, iban incluso con un niño de 12 años, y no andaban armados. El resto de la comunidad se preparaba para ingresar durante el fin de semana», aclaran a esta periodista Angélica Ñancupil, integrante del colectivo de Familiares de Presos Políticos Mapuche, y Oscar Ancatripay, vocero de las comunidades en conflicto, desde la zona mapuche, refutando informaciones oficiales y de prensa que hablan de que hubo intercambio de disparos y un incendio de fardos de pasto. El Prefecto de Carabineros de Cautín, coronel Cristian Yévenes había negado ante los medios la versión de los comuneros, y en declaraciones a Radio Cooperativa agregó que el armamento empleado – subametralladoras UZI y escopetas lanzagases -era el «adecuado al sector protegido».

Retrato de Matías

Era la madrugada del sábado 5 de enero en Temuco, y en una sala del Hogar de Estudiantes Mapuche Pelontuwe, la madre del joven asesinado, Mónica Quezada; su padre, su abuela, y Rayen, su mujer, escuchaban la historia de vida que conforme al ritual mapuche hacían los más cercanos al caído. Allí estaban miembros de las comunidades de la zona, familiares de los presos políticos mapuche y sus compañeros de la Coordinadora Arauco Malleco. Rayen contó que Matías hace unos meses le comunicó que había dejado la universidad para poder dedicar toda su energía a la lucha, porque sentía que estaba viviendo en una sociedad individualista en que la gente quiere todo para sí misma y no es capaz de dejar nada por los demás. «Al menos yo», le dijo Matías a Rayen, «voy a dejar la universidad para luchar más».

– » Piam (Decían) que Matías caminaba kilómetros con su mochila, y llegaba de madrugada hasta sus casas; siempre se preocupaba de llevar alimentos, que reunía junto a los grupos de apoyo de Temuco».

– «Piam (decían) que era humilde, que siempre escuchaba a la gente de la comunidad, que no era como otros estudiantes que llegan a las comunidades a decirles cómo tienen que hacer las cosas, al contrario, él siempre se ponía al servicio de ellos».

– Piam (decían) que era ordenado, puntual y que siempre les estaba enseñando a sus amigos de los grupos de apoyo a los presos políticos mapuche, que tenían que ser serios y responsables.

– Piam (decían) que iba a tomar mate con Patricia Troncoso y Héctor Llaitul, en Angol y visitaba también a José Llanquileo en Traiguén.

– Piam (decían) que siempre iba a ver a los familiares de los presos y que trabajó mucho por la huelga de hambre, por la libertad de los presos y el fin de la represión en las comunidades.

– Piam (decían) ahora están allanando su comunidad.

– Piam (decían) que él se había iniciado en los grupos de apoyo a los presos políticos mapuche, y luego dejó sus estudios para incorporarse a la comunidad Yeupeco Vilcún, y en el último tiempo, había pasado a ser un weichafe, un guerrero, miembro de un grupo de resistencia de la zona.

Fue el momento más íntimo del velorio, que se inició con una corta rogativa a cargo de un lonko de la localidad de Tirúa. Muchos de los presentes en la pequeña sala lloraron, revela Ancatripay: «no hemos podido llorar antes porque afuera hay mucha gente que no conocemos, en esta sala estamos entre hermanos y hermanas, y somos una familia, por eso podemos llorar y mostrar nuestro dolor». Relata Angélica Ñancupil: «Cada uno, de los que ahí estuvimos contó sus recuerdos de Matías. Algunos hablaron de él como universitario y parte de los grupos de Apoyo a los presos, otros como Comunero Mapuche».

Comunidades sitiadas

La ceremonia mapuche podría haberse hecho en la comunidad campesina de Yeupeko, pero a la hora en que el cuerpo del joven asesinado por el cabo segundo Walter Ramírez Espinoza fue entregado a los garantes, la comunidad estaba siendo fuertemente reprimida. La familia de Matías Catrileo no alcanzó a conocer a tiempo ese ofrecimiento de los comuneros, que deseaban que Matías -cuya madre vive en La Florida, en Santiago- fuera enterrado en el cementerio de su comunidad. Sólo en la mañana del viernes pudieron llegar por unas horas los lonkos de Yeupeko pero luego debieron abandonar el lugar para buscar ayuda humanitaria para sus comunidades sitiadas por tanquetas, helicópteros y buses policiales.

En la primera noche del velorio (jueves 3) comenzaron a llegar decenas de personas desde las diferentes comunidades mapuche, acogidas por los estudiantes del Hogar, que entregaron alimentación a todos según la tradición. También se hicieron presentes el alcalde de Tirúa, Adolfo Millabur y otros dirigentes de las diversas Identidades Territoriales y del partido Wallmapuwen.

Al lugar llegaron entre otras personalidades, el decano de la Facultad de Ciencias Agropecuarias y Forestales de la Universidad de La Frontera y profesor de Matías, Aliro Contreras, y Sonia Saavedra, la madre de Alex Lemún, asesinado en similares circunstancias el 2002. José Pinto Aparicio, el mismo fiscal militar que dejó en la impunidad el asesinato del joven Lemún, está ahora a cargo de la investigación del asesinato de Matías Catrileo.

Allanamientos y racismo

Organismos de Derechos Humanos como Amnistía Internacional, la Cruz Roja y el Observatorio de Derechos de los Pueblos Indígenas también se hicieron presentes. El Observatorio estuvo en terreno además, y luego denunció: «En el día de ayer, viernes 4 de enero de 2008, un equipo del Observatorio de Derechos de Pueblos Indígenas, junto al Encargado Pastoral Indígena de la Diócesis de Villarrica, Padre Fernando Díaz, visitó, a petición de las comunidades mapuche, el sector Yeupeko, en la Araucanía, aledaño al predio en que falleciera el joven mapuche Matías Catrileo. Allí nos reunimos con diversas familias mapuche, que dieron cuenta de allanamientos de los que fueron objeto sus viviendas y parcelas ese día por parte de la policía de carabineros, de los tratos abusivos y degradantes que recibieron de los agentes policiales, de los destrozos que éstos ocasionaron en sus viviendas y sembrados, y de la sustracción de bienes que les pertenecen por los mismos funcionarios. Los allanamientos fueron realizados por fuertes contingentes policiales de hasta un centenar de efectivos, los que se desplazaban en buses, tanquetas y helicópteros, con una violencia y desproporción manifiestas. En los operativos carabineros usó epítetos racistas, tales como ‘entreguen a los indios delincuentes.»

En paralelo al velorio

El equipo constató que en la Comunidad Mariano Lleuful, la ruka de Héctor Canio Quidel fue allanada cuatro veces el viernes (entre las 9 y las 8 PM) por un fuerte contingente policial de carabineros, sin órdenes judiciales. Ingresaron derribando puertas, quebrando vidrios, y volcando incluso una cama donde dormía un niño de 1 año de edad. La madre, Inés Tralcal Llanquinao y la abuela, la papay Francisca Quidel Painemil fueron derribadas a puntapiés. El mismo viernes, Doña Adela Marilaf y don Arturo Tralcal informaron que un grupo aproximado de 80 efectivos entró en su propiedad a las 9 de la mañana, .abriendo la puerta con violencia, y realizando destrozos en su interior. La casa de los padres de Arturo Tralcal, don Mario Tralcal y Josefina Quidel, de cerca de 70 años de edad, fue también allanada violentamente por carabineros, siendo forzados con metralletas, empujados, y violentados con epítetos racistas. La anciana señora Quidel, enferma de cáncer, convalecía de una reciente operación. Su nieto, Fabián Tralcal, de doce años de edad, recibió una bofetada de carabineros en la cara. Carabineros se llevó mochilas, bolsos y un cuchillo de casa.

El equipo del Observatorio de Derechos Indígenas también visitó la Comunidad Juan de Dios Quidel Córdoba, constatando que la señora María Lleuful recibió culetazos de fusil durante el allanamiento de su casa y toda su familia fue maltratada. Carabineros se llevó una mochila con ropa de los cuatro niños. Además destrozaron los cercos del campo, ingresando al lugar con tanquetas, y destrozando sus siembras de subsistencia. También regresaron cuatro veces.

En nombre de Patricia Troncoso

Al día siguiente, sábado 5, cerca de las siete de la mañana comenzaba la ceremonia final, siempre con los sonidos del kultrun, la trutruka, el kul kul y la pifilka. Los discursos de homenaje fueron hechos por tres lonkos de Tirúa, miembros de su organización y por Angélica Ñancupil, que informa: «Yo dije que hay muchos que están sufriendo por no poder estar acá: Patricia en el Hospital de Angol, Héctor Llaitul en la Cárcel de Angol, José Llanquileo Antileo en la cárcel de Traiguén, Iván Llanquileo y varios otros en la clandestinidad. Los hermanos que venían del Alto Bio-Bio fueron interceptados y tampoco pudieron llegar; otras comunidades tampoco porque simplemente no tienen recursos. Seguramente los que aquí estuvimos, la próxima semana estaremos presos acusados de ‘Asociación ilícita’ como ocurrió después del funeral de Alex Lemun.»

Ese día comenzaba a circular por internet el homenaje de Patricia Troncoso, a los 86 días de huelga de hambre: «Cada preso político Mapuche da testimonio a diario de que esta lucha no es de unos pocos, sino de todos; y que la misma tierra ha recobrado la vida de uno de los que parió. Gracias lamnen Matías Catrileo, gracias lamnen Alex Lemun. Su lucha es ejemplo de valor y lealtad con la tierra y con su gente.»

Ese día, la presidenta Michele Bachelet seguía callando mientras sus subordinados apelaban al «estado de derecho».

Dar la cara

Agrega Angélica Ñancupil que un representante de la Coordinadora Arauco Malleco señaló: «Estamos acá para despedir a un weichafe de la CAM y hemos venido a dar la cara pese a la persecución, para que nadie diga que la CAM deja cagadas en las comunidades y después se esconden. Nosotros jamás abandonamos a nuestro hermano y lo seguiremos acompañando hasta que regrese a la ñukemapu. Matías era un militante de la CAM. Dicen que los de la CAM somos ladrones, flojos, terroristas, delincuentes, mala gente. Y yo les pregunto, ¿Era Matías un ladrón? y la respuesta es un rotundo no. ¿Matías era flojo?No. Matías era el mejor en lo que hacía, era también el mejor alumno de su curso. ¿Matías era un delincuente, una mala persona? Absolutamente no. Nosotros somos los militantes de la CAM, miren nuestras caras. Sí, somos mapuche y miren nuestras manos, están llenas de callos, porque trabajamos en nuestras comunidades, como también Matías lo hacía».

Hacia la isla de los muertos

Los miembros de la comunidad Yeupeko Filkun (Vilcún) rodearon luego el féretro de Matías e hicieron el afafán, golpeando los colihues o huiños (chuecas) y gritando, para que escuchen los pu lonko (espíritus de los antepasados) . Así ayudaban al espíritu de Matías a llegar a Ngülchenmaywe, a la isla de los muertos, sin ser perturbado por los wekufe (los malignos). Matías luego podrá visitar a los suyos convertido en alwe y posiblemente, transformarse en un pillán. (Ver http://www.prodiversitas.bioetica.org/triv1.html )

Los lonkos de las comunidades de Yeupeko, Tirúa Sur, Chol Chol, y María Llanquileo en representación de Iván Llanquileo llevaron la urna en andas hasta el Parque del Recuerdo, seguidos por su familia, miembros de las comunidades y miles de asistentes de Temuco, Concepción, Santiago, Valparaíso y otras ciudades. Acompañó la marcha una única bandera, la mapuche negra y azul. En el cementerio, además de los amigos de Matías también hablaron don Roberto Troncoso, padre de Patricia, la activista en huelga de hambre, y la señora Luisa Toledo, madre de los hermanos Vergara, asesinados en dictadura. Mónica Quezada, la madre de Matías, expresó finalmente:

«No sé como viviré sabiéndote tan lejos. Como no tenemos una sociedad donde el pueblo se pueda expresar, tú elegiste el camino de la lucha, y eso te llevó a dar la vida por lo que creías era justo…Ojalá que tus peñi no dejen que tu sacrificio sea en vano y conquisten más temprano que tarde sus anhelos. Nos has honrado con tu vida y con tu muerte. ¡Hasta siempre!»

Nota de contexto

«Para el mapuche el ánima del ser humano siempre vive en íntimo contacto con la naturaleza y, sobre todo, con los árboles: de allí la celebración de todos sus rituales en los claros entre los árboles. Para ello, antes que todo, existe una ánima universal que permea todo lo viviente: el Pu- Am. De esta ánima universal se desprende aquella de cada hombre, el am, que acompaña su cuerpo hasta que vive. Pero no solamente el hombre tiene su am: todo ser viviente posee su propia ánima. Solamente los wekufe no posee ánima (wekufe significa «que está afuera»).

Cuando el hombre se muere, su am se convierte en pillü y se resiste a alejarse de su cuerpo. Pero el estado de pillü es muy peligroso, pues el wekufe puede adueñarse de esa ánima y esclavizarla. Para salvarse, el am tiene que viajar a la isla de Ngülchenmaywe, la isla de los muertos que se puede alcanzar con las ayuda de las tempulkalwe, unas mujeres-ballenas que tienen el rol de «balseadores de ánimas», donde se convertirá en alwe. Por ésto en el funeral los parientes y amigos del difunto tratan de ahuyentar su ánima con gritos y golpes. Bajo la forma de alwe, el ánima podrá regresar cerca de sus queridos sin que los wekufe puedan amenazarla, y así ayudar a sus descendientes, sobre todo a sus nietos. En algunos casos, siempre en Ngülchenmaywe, el pillü se transforma en pillán (o en wangulén). Finalmente con el transcurrir del tiempo, cuando ya los descendientes del muerto han perdido la memoria del difunto, su alwe vuelve a reunirse al Pu-Am y así el ciclo alcanza su conclusión. (de «Trentrenfilú», por Alberto Trivero, Proyecto de Documentación Ñuke Mapu, 1999).

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