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En defensa de la verdad

Fuentes: Rebelión

Las redes sociales y las modernas tecnologías de la comunicación tienen tan extravagante potencia emisora que también generan, replican y amplifican constantes burbujas de realidad virtual donde es difícil saber qué es cierto y qué es falso, y donde lo viral se impone a lo veraz. No es Matrix, por supuesto, pero tampoco algo a […]

Las redes sociales y las modernas tecnologías de la comunicación tienen tan extravagante potencia emisora que también generan, replican y amplifican constantes burbujas de realidad virtual donde es difícil saber qué es cierto y qué es falso, y donde lo viral se impone a lo veraz. No es Matrix, por supuesto, pero tampoco algo a tomarse a broma. Hasta el periodismo serio -urgido por la guerra de las audiencias- se ve obligado a hacer un uso creativo del community managing permitiendo que la noticia le gane terreno a la información, y la información ligera a la investigación concienzuda. Llueve sobre mojado. Este estado de cosas, en efecto, al que se ha dado el nombre de posverdad, se une a la ya acostumbrada devaluación posmoderna de la verdad y, con ella, de la racionalidad científica y el conocimiento objetivo. Definitivamente, la verdad parece prescindible mientras un mundo construido de simulacros -ahora 3D- nos mantiene entretenidos en el fondo de la caverna, a oscuras.

Ahora bien, aunque todo esto comporta riesgos reales, sobre todo el de una opinión pública permanente contaminada de falsedades y medias verdades, también es cierto que la verdad cuenta con armas de autodefensa, que sabe hacerse valer y, sobre todo, que tiene paciencia: sabe esperar. La mentira tiene la piernas cortas y por eso anda siempre con prisas, a la carrera, como escondiéndose. Porque, en realidad, vivimos inevitablemente en la verdad. Sin verdad no habríamos sobrevivido como especie y sin ella no podríamos seguir viviendo. Es fácil de entender. Veamos.

Esta seta es venenosa, y me puede matar si la ingiero. Aprender esta verdad ha permitido que muchos antepasados nuestros sobrevivieran. Las fieras, las plantas y los elementos de la naturaleza tienen unas cualidades -y no otras- que las hacen aprovechables o temibles. Saber todas esas verdades ha permitido la constante adaptación de nuestra especie a distintos medios y toda la cadena evolutiva que ha conducido hasta nosotros. Si no hubiéramos dispuesto de módulos cognitivos que con gran fiabilidad detectan al gorrón que pretende aprovecharse de nosotros, no habría sido posible la cooperación. Y sin cooperación difícilmente habríamos superado los innumerables problemas adaptativos que hemos superado. Si no dispusiéramos de mecanismos precisos para distinguir la falsa de la verdadera expresión facial de las emociones, las emociones básicas ajenas no nos alertarían ante peligros ni nos guiarían en nuestra socialización grupal. Cuando nuestro primitivo antepasado construía una flecha o hacía fuego estaba poniendo en práctica leyes de la condicionalidad que hoy sabemos que responden a tablas veritativo-funcionales. Si hago esto, entonces resulta esto otro. Y esa regularidad descubierta por la experiencia era permanentemente contrastada por los hechos. Y si se arriesgaba una innovación, había que esperar a la prueba de la realidad, que la corroboraba o la falsaba. Así hemos vivido y así vivimos. El conjunto de nuestras creencias sobre el mundo es fiable porque dichas creencias se basan en regularidades observadas en nuestra experiencia. Sé que si suelto esta piedra, caerá al suelo. Sé que la lluvia moja y que el fuego quema. Lo mismo vale para los artefactos construidos por el hombre. Sé que si presiono ese interruptor se encenderá una luz, y si abro ese grifo saldrá agua. Y confío en esas creencias porque han sido inductivamente formadas sobre la base de su constante puesta a prueba: son creencias fiables. Esto es, verdaderas. La ciencia explora esas regularidades de la experiencia e intenta explicarlas teóricamente. Una teoría científica es básicamente un modelo abstracto de la realidad que permite subsumir los hechos observables bajo leyes formales, y predecir el comportamiento de un determinado sistema. Por eso una teoría es falsable y, en esa medida, informativa. Pensamiento mágico siempre ha habido, ahora también, pero sólo la ciencia moderna ha permitido construir una increíble tecnología que constantemente nos permite trascender nuestras limitaciones físicas naturales. Incluso para calibrar los límites y los efectos perversos de la ciencia y la técnica, lo mejor que podemos hacer es investigarlos científicamente.

Otro tanto cabe decir del mundo social: también está sometido a regularidades que fundan nuestras creencias sobre su funcionamiento. Esas regularidades constituyen un orden institucional sin el cual no podríamos vivir ni convivir. Yo sé que este autobús me lleva a la facultad, sé que mi clase empieza a tal hora en tal aula, y sé que mis alumnos se sentarán frente a la tarima del profesor. Sé que hay códigos y reglas sociales cuyo incumplimiento incorpora una sanción. Todas esas verdades las aprendo en un proceso siempre abierto de socialización. Y gracias a ellas, y al orden institucional que establecen, puedo guiarme en sociedad con mayor o menor acierto. Si esas creencias fueran falsadas permanentemente por la realidad -física o social-, sencillamente no podríamos vivir en el mundo. Mejor dicho, no habría un mundo en el que vivir. Si, al soltarla, la piedra saliera volando, si al dar al interruptor de la luz empezara a sonar música, si al abrir el grifo saliera vino en lugar de agua, si este autobús de pronto me llevara por otro camino, si mis alumnos ocuparan la tarima del profesor, y si las reglas y códigos de ayer cambiaran repentinamente hoy, y volvieran a hacerlo mañana y otra vez al día siguiente. Si nada funcionara como se espera que lo haga, es decir, si ninguna de nuestras creencias fuera fiable porque no soporta ninguna verdad, nuestra vida sería imposible. Vivimos en la verdad y gracias a ella.

Gracias a ella, también podemos juzgar el mundo. Si queremos juzgar una forma de vida o un modelo de sociedad necesitamos teorías de la vida buena y de la buena sociedad. Y estas teorías nuevamente se baten en el terreno de la verdad. La teoría de las virtudes de Aristóteles o la teoría rawlsiana de la justicia o la teoría de la libertad de Stuart Mill o la teoría marxista de la explotación incorporan juicios de hecho que les exigen enfrentarse al problema de su verdad o falsedad. La explotación puede ser considerada mala, pero si no hay transferencia impagada de trabajo -juicio de hecho- no hay explotación. La libertad puede ser considerada algo bueno y Stuart Mill la defiende a capa y espada, pero si no es verdad que permite el desarrollo humano y social -juicio de hecho- deja de ser tan buena. Aristóteles considera buenas las virtudes de la prudencia y la enkrateia, pero si no están conectadas con la felicidad -juicio de hecho-, no son tan defendibles. La teoría de la justicia de Rawls, con la igual libertad en su base, puede ser una buena teoría pero sólo en la medida en que cubre nuestras intuiciones morales a modo de hechos.

Ahora bien, vivir en la verdad no significa vivir en la certeza. Todas nuestras creencias, también las científicas, son falibles. Y por tanto revisables a la luz de nueva y mejor información. A su vez, los hechos, como bien saben los historiadores, son interpretables. Pero las distintas interpretaciones de hechos, acontecimientos o períodos históricos se ajustan y discuten también con referencia a una verdad buscada. Los historiadores -pese a sus discrepancias- no se sacan el pasado de la manga, sino que lo investigan con las especiales limitaciones empíricas propias de la disciplina.

De la misma manera, vivir en la verdad no significa que no haya mentira, engaño, manipulación. Al contrario, todo eso sólo es posible porque hay cosas o acciones cuya existencia se puede ocultar o disimular. Desde luego, no siempre el engaño y la mentira han de ser malos. El cazador intenta engañar a su presa para cazarla, el jugador intenta engañar a su contrincante para ganarle, el estratega intenta engañar al ejército enemigo para derrotarlo. Ulises es un héroe de la cultura occidental por su astucia, y la astucia implica engaño. Pero hasta tal punto vivimos en la verdad que, por lo general, la mentira está mal vista. El hipócrita, el manipulador, el corrupto, el estafador pueden conseguir sus propósitos, pero serán duramente reprobados si la verdad que ocultan sale a la luz. Porque no nos gusta que nos engañen.

Gracias a esa predisposición constitutiva la verdad se hace valer. Y es algo ética y políticamente fundamental. El ciudadano que alza la voz indignado contra la corrupción responde a esa predisposición natural en favor de la verdad. Y de ella depende también una democracia fuerte y sana que apuesta por la trasparencia y la accountability. La corrupción vive del engaño y el ocultamiento, y por eso -lo sabemos desde antiguo- es el principal enemigo de la respublica. La defensa de la verdad es también la defensa del bien público. Manipulación, propaganda, mentiras arrojadizas y demás, siempre ha habido. La mejor manera que la opinión pública tiene de defenderse de ella es mediante el debate abierto y riguroso, con un periodismo consciente y autoexigente, y una ciudadanía activa que no se conforma con el primer rumor que le llega a los oídos. En la red hay de todo. También hay miles de páginas sin ánimo de lucro que aportan análisis serios e información objetiva, hay páginas oficiales fiables, estadísticas que no engañan. Hay, en fin, mucha verdad en el mismo medio en el que la posverdad parece abrirse camino. Se trata sencillamente de no dejarse engañar. 

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.