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Una conversación con Jorge Beinstein sobre la “crisis general de la civilización burguesa”

«Esta crisis es mucho más grave que la de 1929»

Fuentes: Rebelión

Jorge Beinstein es Doctor de Estado en Ciencias Económicas por la Universidad de Franche Comté-Besançon. Especialista en pronósticos económicos y economía mundial, ha sido durante estos últimos treinta años consultor de organismos internacionales además de dirigir numerosos programas de investigación. Ha sido igualmente titular de cátedras de economía internacional y prospectiva tanto en Europa como […]

Jorge Beinstein es Doctor de Estado en Ciencias Económicas por la Universidad de Franche Comté-Besançon. Especialista en pronósticos económicos y economía mundial, ha sido durante estos últimos treinta años consultor de organismos internacionales además de dirigir numerosos programas de investigación. Ha sido igualmente titular de cátedras de economía internacional y prospectiva tanto en Europa como en América Latina. Actualmente es profesor titular de la Universidad de Buenos Aires (Cátedra «Globalización y Crisis»). En sus libros La larga crisis del capitalismo global (Ediciones Corregidor, Buenos Aires 1999) y Capitalismo Senil (Ediciones Record, Rio de Janeiro, 2001) anticipó la actual crisis mundial. Su libro más reciente es Crónica de la decadencia. Capitalismo global 1999-2009, Editorial Cartago, Buenos Aires, 2009.

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SLA.: ¿De qué crisis hablamos cuando hablamos de la crisis? ¿De una abisal crisis financiera, de una fuerte crisis político-cultural del neoliberalismo, de una usual crisis de sobreproducción si bien de mayor tamaño que en otras ocasiones, de una crisis del sistema de producción mercantil mundial sin bridas limitadoras, de una crisis del capitalismo como sistema civilizatorio?

JB: Bajo de la apariencia de una curiosa convergencia de numerosas «crisis» (económica, energética, ambiental, urbana, estatal, etc.) lo que se está produciendo es una crisis general de la civilización burguesa. En su origen más próximo encontraremos una crisis crónica de sobreproducción de cerca de cuatro décadas de duración, controlada, amortiguada gracias a la expansión exponencial del sistema financiero, del consumismo en los países ricos, de la sobre explotación de recursos naturales y pueblos periféricos, de la hipertrofia del Complejo Militar Industrial del Imperio, etc. Dicha crisis fue la antesala de la supercrisis ahora en curso. Me parece importante señalar que aunque la crisis crónica de sobreproducción aparece como el disparador, el catalizador decisivo de la crisis de civilización, debemos sin embargo diferenciar claramente ambos conceptos. Los fenómenos de sobreproducción, de carácter cíclico, han formado parte del proceso más general de la reproducción del capitalismo, fueron sucesivamente digeridos por el desarrollo del sistema aunque en el largo plazo histórico apuntaban hacia la «crisis general» hacia el desorden irreversible del sistema. Los defensores del capitalismo solían decir que esa famosa crisis general incontenible, arrasadora, nunca llegaría y la archivaban en el baúl de la ilusiones incumplidas de los enemigos del orden vigente. Pero ocurre que cada crisis de sobreproducción dejó heridas, taras, degeneraciones parasitarias bien visibles desde fines del siglo XIX cuya acumulación terminó por engendrar un vasto proceso destructivo que a comienzos del siglo XXI está produciendo una «crisis general de subproducción», incapacidad estructural del sistema para reproducirse de manera ampliada, para seguir creciendo en el largo plazo. En consecuencia proliferan los síntomas de decadencia, los bloqueos al desarrollo productivo como lo es hoy la crisis energética y al desarrollo social en el sentido más amplio del término como lo demuestra la crisis ambiental. Las crisis generales de subproducción que causaron en muchos casos la decadencia de grandes civilizaciones precapitalistas fueron consideradas en la era moderna como fenómenos propios del mundo antiguo, carente del arma tecnológica hoy disponible, de esa manera se concretaba una curiosa operación ideológica de autonomización del conocimiento científico-técnico ignorante de sus límites socio-históricos.

Dicho de otra manera la sucesión de crisis de sobreproducción durante los siglos XIX y XX debe ser vista como síntoma, no único, de la mortalidad del capitalismo, que cuando ingresó en su etapa senil, a comienzos de los años 1970, empezó a sufrir los efectos negativos de los rendimientos productivos decrecientes de la innovación tecnológica cada vez más al servicio del proceso parasitario de destrucción neta de fuerzas productivas y de su entorno ambiental.

Estamos transitando el comienzo del fin de un largo recorrido histórico que atravesó varias etapas desde los primeros embriones de protocapitalismo en Occidente combinando innovaciones internas con saqueos coloniales para culminar en los últimos dos siglos de desarrollo del capitalismo industrial finalmente financierizado. Al final de esos dos siglos de expansión dicha civilización llegó a dominar el planeta acumulando al mismo tiempo los factores parasitarios de su autodestrucción. En principio nos encontraríamos en el inicio de una crisis-decadencia de larga duración, pero eso no es más que una hipótesis de trabajo, la Historia suele deparar sorpresas.

Se ha señalado que la idea de que la crisis financiera que atraviesa Estados Unidos sea debida a una anomalía en un segmento del sistema de préstamos hipotecarios es equivocada, que los créditos hipotecarios irresponsables y de mala calidad no hubieran sido capaces de generar por sí mismos una crisis de estas dimensiones. ¿Es así en su opinión? ¿Por qué?

El desinfle de la burbuja inmobiliaria norteamericana ha sido el disparador de un mega desastre del sistema mundial de poder con centro en el Imperio. Esa burbuja era el corazón de un enorme sistema de burbujas especulativas instaladas en todo el mundo, especialmente en las grandes potencias económicas. Solo la red global de burbujas inmobiliarias era evaluada en un dossier publicado en The Economist hacia 2005, poco antes del comienzo del desinfle en los Estados Unidos, como equivalente al Producto Bruto del conjunto de los países ricos. Es mucho pero poco si lo comparamos con la masa mundial de productos financieros derivados registrados por el Banco de Basilea que hacia fines de ese año representaban cerca de siete veces el Producto Bruto Mundial la que a su vez formaba parte de una montaña especulativa global equivalente a unas 12 veces el PBM. A mediados de 2008 solo los derivados registrados llegaban a los 680 billones de dólares, yo diría que la hipertrofia financiera había llegado al punto de saturación, bastó la prolongación del desinfle inmobiliario norteamericano iniciado hacia 2006, un muy buen detonador, para hacer estallar al sistema en su conjunto.

Sin embargo, a pesar de la crisis, la política del Imperio pasa por ampliar la guerra en Afganistán preservando así el poder del Complejo Industrial Militar. ¿Se quieren suicidar? ¿Nos quieren suicidar a todos?

No, no se quieren suicidar, tampoco lo querían cuando promovieron la burbuja inmobiliaria, más aún creyeron que las guerras coloniales de Irak y Afganistán les facilitaría el control de una vasta franja territorial euroasiática que va desde los Balcanes hasta Pakistan en cuyo centro, el Golfo Pérsico y la Cuenca del Mar Caspio, están localizadas cerca del el 70 % de las reservas petroleras globales. La «Guerra de Eurasia», podríamos llamarla así, comenzó hacia fines de la Guerra Fría, durante la presidencia de Bush padre cuando lanzó la primera guerra del Golfo, prosiguió durante la era Clinton con los interminables bombardeos a Irak, las guerras yugoslavas y la tentativa de control de las repúblicas ex soviéticas de Asia Central, y culminó durante la presidencia de Bush hijo, (auto)atentados del 11 de Septiembre de 2001 mediante, con las invasiones de Irak y Afganistán que los halcones consideraban la antesala de la ocupación de Irán. Esa ofensiva imperial tuvo como protagonista visible al Complejo Militar Industrial presentado a veces como una suerte de fuerza malvada usurpadora del llamado sistema democrático. En realidad dicho Complejo fue la espina dorsal de la rehabilitación económica de los Estados Unidos luego de la depresión de la década de los años 1930 y más adelante de su larga prosperidad de postguerra que algunos autores han calificada como keynesianismo militar. Desde la presidencia de Reagan y tal vez un poco antes se fue integrando con otras esferas de negocios parasitarios y/o depredadores como los del petróleo, la especulación financiera, el tráfico de drogas, la seguridad privada, etc., llegando a conformar un sistema oligárquico y mafioso que actualmente constituye el núcleo central del poder imperial. Todo eso estuvo expresado de manera casi caricatural por el gobierno de George W. Bush y sus halcones, ahora Obama, pese a sus gestos populistas, es una marioneta de ese poder altamente irracional cuya dinámica empuja al sistema hacia el desastre. El nuevo presidente ha decidido ampliar la guerra en Afganistán y Pakistán mientras enviaba al Congreso un Presupuesto que incluye gastos militares cuyo volumen sigue la línea expansiva de la era Bush. Es más de lo mismo, los negocios militaristas continúan su marcha exitosa contribuyendo a un déficit fiscal sin precedentes en la historia norteamericana cuya prolongación puede conducir a mediano plazo a la bancarrota del Estado imperial.

Usted ha señalado que la desintegración-implosión del sistema global no significa su transformación en un conjunto de subsistemas capitalistas o bloques regionales con relaciones más o menos fuertes entre ellos. El hundimiento del centro del mundo en medio de la depresión económica internacional significará el despliegue de una cadena global de crisis (económicas, políticas, sociales, etc.) de intensidad creciente. ¿Puede ponernos ejemplos de esa crisis que usted vislumbra? ¿Qué intensidad les otorga?

La cadena global de crisis ya está en marcha. En el último trimestre de 2008 la economía de los Estados Unido se contrajo más del 6%, la de Japón lo hizo en un 12%, los últimos indicadores conocidos señalan que en el primer trimestre de 2009 la situación será igual o peor. La Unión Europea ha entrado en depresión y su espacio colonial-subdesarrollado: Europa del Este, está comenzando a sufrir un derrumbe mucho mayor que el que sufrió a comienzos de los años 1990. Su crisis financiera amenaza directamente a Suiza y Austria cuyos bancos estuvieron durante los últimos años regando a esa zona con prestamos que ahora no podrán cobrar. A lo largo de los últimos cuarenta años se intensificó el proceso de mundialización iniciado desde el origen del capitalismo, fue calificado como «globalización» para marcar su diferencia cualitativa respecto de las etapas anteriores. ¿En que consiste esa diferencia?, en primer lugar en la financierización integral del sistema, es decir la mas completa hegemonía económica pero también cultural en el sentido más amplio del término por parte de los negocios financieros y alrededor de ellos de una compleja trama parasitaria. En segundo lugar un fenómeno de transnacionalización productiva que atrapó a los núcleos decisivos de la economía mundial, atravesó países ricos y pobres, emergentes o declinantes. Toda esa estructura giraba en torno de un gran centro imperial: los Estados Unidos, articulador supremo del planeta burgués pero al mismo tiempo resultado, consecuencia de la dinámica internacional del capitalismo. El hundimiento del centro del mundo no es un fenómeno «nacional» sino global, sus causas no las encontraremos solo en la historia de los Estados Unido sino principalmente en la evolución general, mundial del sistema afectado por una crisis crónica de sobreproducción.

En consecuencia el quiebre del Imperio está asociado, forma parte de un proceso mayor, sobredeterminante de crisis. Tuvimos una primera ola depresiva desatada por la explosión financiera de septiembre de 2008, ahora numerosos expertos anuncian la próxima llegada de una segunda ola depresiva motorizada por el llamado «sector real», las grandes empresas transnacionales productivas ahogadas por las deudas y enfrentadas a mercados en rápida contracción. De todos modos no debemos esperar una sucesión interminable de estallidos y depresiones, pueden también aparecer períodos de relativa calma, con estancamiento generalizado o incluso crecimientos moderados sucedidos por nuevas turbulencias.. Cuando estos momentos de estabilidad efímera ocurran seguramente los medios masivos de comunicación nos bombardearán con la ilusión del fin de la crisis aunque esas intoxicaciones son cada día menos eficaces.

Sin olvidar otras aristas, ¿estamos presenciando el estallido y desarrollo de la peor catástrofe financiera desde 1930? ¿La peor crisis financiera en siete décadas extendida por todo el planeta?

Es necesario ir más allá de 1930, esta crisis es muy superior incluso si nos limitamos a los aspectos económico-financieros. Nunca antes en la historia del capitalismo se acumuló una masa especulativa como la actual no solo en términos absolutos sino principalmente cuando la comparamos con el Producto Bruto Mundial. Es que el capitalismo es hoy básicamente un sistema depredador-parasitario y eso establece una diferencia cualitativa esencial respecto del pasado. En los años que siguieron a la Primera Guerra Mundial se aceleró el proceso de control financiero del capitalismo mundial pero todavía las grandes estructuras industriales estaban animadas por la cultura productiva, disponían por así decirlo de una importante autonomía, actualmente los núcleos decisivos de la industria, el comercio y la agricultura moderna forman parte del «negocio financiero» o para expresarlo de una manera más rigurosa: integran un sistema de negocios cuyo estilo operativo está marcado por el parasitismo.

Aunque es ineludible incluir otros temas: el energético, el alimentario, el ambiental, etc. Jamás el capitalismo enfrentó una crisis de esta magnitud que aparece como el fenómeno inverso de la crisis de nacimiento del sistema moderno de fines del siglo XVIII y sus crisis juveniles posteriores: En aquel momento la técnica apuntaba a convertirse en tecnología, integración del conocimiento científico con la actividad productiva, se iniciaba la explotación salvaje de los recursos naturales no renovables y la domesticación de los renovables, despegaba el Estado moderno y su brazo armado que hacia fines del siglo XIX emergía bajo la forma de complejo Militar Industrial, etc. Ahora nos encontramos ante una crisis de senilidad del mundo burgués con su sistema económico atrapado por el parasitismo financiero, su Complejo Militar Industrial imperial convertido en un aparato decadente, sus estructuras estatales degradadas, etc.

Usted mismo ha recordado que en 2008 los estados centrales (el G7) disponían de recursos fiscales por unos 10 billones de dólares contra 600 billones de dólares en productos financieros derivados a los que es necesario agregar otros negocios financieros, y que la masa especulativa global supera actualmente los 1.000 billones de dólares, unas 20 veces el producto Bruto Mundial. ¿De dónde esta enorme burbuja? ¿Es una lucha entre el capital financiero especulativo y el mucho más sosegado capital productivo?

No, ese supuesto antagonismo entre capital financiero y productivo no existe. Lo que si existe es un entrelazamiento, una continuidad entre negocios productivos y financieros que en numerosos casos se articulan en el seno de una misma empresa o grupo. La pérdida de dinamismo de la economía mundial a lo largo de los últimos cuarenta años (donde las tasas de crecimiento del Producto Bruto Mundial recorren una línea descendente) volcó crecientes excedentes de capital de las empresas productivas hacia los negocios financieros que permitieron preservar ganancias e impulsar el consumo sobre todo de las clases medias y altas de los países centrales. La droga financiera, pero también otras drogas como la de los gastos militares del Imperio y sus principales aliados, posibilitaron la reproducción del sistema. La llamada oposición entre el sector productivo y el financiero, en el nivel de las grandes operaciones transnacionales, es un invento de los medios de comunicación y de algunos políticos y tecnócratas mediáticos que tratan de convencernos de que además de los megacapitalistas especuladores están también los buenos capitalistas productivos a quienes deberíamos apoyar para superar la crisis.

Le cito: «los pronósticos sobre China anuncian para 2009 una reducción de su tasa de crecimiento a la mitad respecto de 2008, sus exportaciones de enero han sido 17,5 % inferiores de las de enero del año anterior, este brusco deterioro del centro vital de su sistema económico no tiene perspectivas de recuperación mientras dure la depresión global por lo que su ritmo de crecimiento general seguirá descendiendo». ¿Qué pasará entonces en China? ¿Ya no será la gran superpotencia del siglo XXI? ¿Qué relaciones vislumbra usted entre China y USA en un futuro próximo?

La modernización postmaoísta de China giró en torno del sistema industrial exportador cuyos principales clientes eran los Estados Unidos, Japón y otros países comercialmente dependientes del Imperio. China ha sido el principal receptor periférico de las inversiones industriales de las grandes potencias capitalistas que aprovecharon sus bajos salarios, la exportación china de productos baratos se transformó así en un área decisiva de la reproducción de los capitalismos centrales, ahora la declinación de los Estados Unidos está golpeando a China. Lo de la «superpotencia capitalista china en el siglo XXI» no ha sido más que una intoxicación mediática que reiteró la vieja y siempre fracasada ilusión de la reconversión del subdesarrollo en desarrollo gracias a la intensificación de las transformaciones de tipo burgués. El crecimiento chino subordinado a la dinámica del capitalismo global, estrechamente dependiente de la evolución consumista del Imperio ha ingresado a su etapa de agotamiento. Como es lógico los dirigentes chinos participan activamente en las tentativas de salvataje del sistema mundial tratando así de preservar su modelo aunque al mismo tiempo lanzan algunos salvavidas. Por ejemplo intentan modificar el sistema monetario internacional para suavizar su dependencia del dólar, apuntan hacia mayores relaciones en el espacio eurasiático, proponen y en algunos casos consiguen desarrollar relaciones comerciales con países periféricos basadas en la utilización de monedas nacionales (esquivando dólares, euros y yenes). Pero esos son alivios, parches que no llegan a compensar la pérdida de mercados en los Estados Unidos o Japón, tarde o temprano, parece que será muy pronto, la otrora próspera estructura industrial china entrará en una profunda crisis que cuestionará de manera radical al conjunto del sistema vigente.

También usted ha hecho referencia a las declaraciones de George Soros y Paul Volcker en la Universidad de Columbia, el 21 de febrero de 2009, que en su opinión marcaron una ruptura radical, muy superior de la que estableció hace dos años Alan Greenspan cuando anunció la posibilidad de que los Estados Unidos entre en recesión. Volcker, por ejemplo, admitió que esta crisis es muy superior a la de 1929. Usted ha apuntado que en realidad la avalancha de dinero que arrojan sobre los mercados auxiliando a los bancos y a algunas empresas transnacionales no solo no frena el desastre en curso sino que además está creando las condiciones para futuras catástrofes inflacionarias, próximas burbujas especulativas. ¿No hay salida entonces desde una perspectiva de corrección o revisión no esencial del capitalismo?

El capitalismo puede sobrevivir pero de manera decadente como lo viene haciendo desde hace cuatro décadas, eso dependerá de las convulsiones sociales y políticas causadas por su declinación que incluye, no lo olvidemos, sucesivos estallidos, colapsos como la catástrofe financiera iniciada en septiembre de 2008. La tentativa neo-fascista de los halcones no tiene porque ser la última de ese tipo, el Complejo Militar Industrial norteamericano sufre una grave crisis cultural, su prestigio interno se ha deteriorado pero dispone de los instrumentos que le podrían permitir motorizar una nueva alternativa reaccionaria, es una posibilidad a tomar en cuenta.

Por ahora los dirigentes del sistema global tratan de salvar a los intereses dominantes que son sus padrinos. Se suceden los salvatajes a los grupos financieros y también a empresas transnacionales tradicionales, es lo que pueden hacer. No pueden volver al capitalismo industrial liberal del siglo XIX y tampoco al capitalismo keynesiano de los años 1950, semejante operación requeriría desmantelar por completo las estructuras de poder del capitalismo del siglo XXI, algo así como reconvertir al capitalismo hacia atrás contra los intereses de los capitalistas realmente existentes. Ellos saben que los estímulos realizados y por realizar son muy poco frente a la masa mundial de negocios en crisis pero no disponen de otro remedio, también saben que las proclamas, sobre todo de algunos dirigentes de la Unión Europea, acerca de la aplicación de controles a la especulación financiera no podrán concretarse más allá de algunas medidas simbólicas que no afectarán al corazón del negocio, porque si así fuera estarían destruyendo al núcleo motor del capitalismo global. Y sobre todo saben muy bien que esta crisis económica no es una crisis de liquidez o de crédito sino de insolvencia, de sobreacumulación de deudas públicas y privadas. Pero no lo pueden reconocer públicamente (aunque a veces lo hacen en privado o en ciertos círculos muy restringidos de expertos) ya que si lo hicieran estarían reconociendo que esta crisis no tiene solución superadora al interior del sistema. Entonces lo que les queda es aplicar sucesivas dosis de calmantes, de remedios parciales, insuficientes, a la espera de algún milagro, es lo que suelen hacer los médicos con los pacientes incurables.

En cuanto a George Soros, éste señaló que el sistema financiero mundial se ha desintegrado, y agregó el descubrimiento de similitudes entre la situación actual y la vivida durante el derrumbe de la Unión Soviética. ¿Qué opinión le merece esta analogía?

Es una muy buena analogía que podríamos extenderla no solo a la ex URSS sino también a numerosas civilizaciones premodernas desbordadas por el parasitismo y que finalmente implotaron.

La implosión del capitalismo global es un escenario posible, no inexorable, aunque tiene por supuesto características específicas, originales. La implosión de la ex URSS tuvo como protagonista central a un inmenso aparato burocrático, militarizado, afectado de parálisis general progresiva, se trató en última instancia de un «derrumbe estatal». La posible implosión capitalista combinaría podredumbre estatal y privada, la decadencia del Pentágono y de las instituciones civiles en los Estados Unidos, Inglaterra, Japón, etc., con la degeneración parasitaria de los grandes grupos capitalistas, industriales, financieros, comerciales, con la declinación de la cultura productiva en la sociedad imperial, etc. La desintegración del sistema financiero a que alude Soros afecta de manera decisiva, irreversible al conjunto del capitalismo mundial, en primer lugar a los Estados Unidos y bien puede ser el disparador de un escenario de implosión. .

¿En qué países se está notando la situación con mayor profundidad? ¿Afectará todo el sistema-mundo capitalista?.

Ya está afectando a la totalidad del capitalismo mundial, no existe actualmente ninguna zona desacoplada de la depresión general. En un comienzo la opinión mayoritaria coincidía en que los más afectados serían los norteamericanos, pero ahora vemos que la economía japonesa se esta contrayendo a un ritmo que duplica el de los Estados Unidos y que por su parte la Unión Europea que algunos presentaban como mas sólida que el Imperio está demostrando debilidades y contradicciones que superan a las de su hermano mayor. En su espacio colonial, la Europa del Este, se está produciendo una gran catástrofe económico-financiera, sus países centrales: Francia, Inglaterra y Alemania se están hundiendo en la depresión. En fin, tanto en China como en India las tasas de crecimiento económico se están reduciendo de manera significativa.

Ahora ya en pleno 2009 la economía mundial aparece poblada por varios centros de tormenta capaces cada uno de ellos de provocar crisis de carácter global. En síntesis, es la totalidad del sistema el que está enfermo.

¿Cree que los países que intentan o han intentado procesos no capitalistas van igualmente a quedar afectados por la situación? Estoy pensando en Cuba, en Venezuela, en Ecuador, en Bolivia por ejemplo. 

Los países que usted menciona ya están siendo afectados por la crisis, sus exportaciones están disminuyendo. Cuba está sufriendo el efecto de la caída en las exportaciones, seguramente caerán sus ingresos en el rubro turismo.

Existen diferencias notables entre la situación cubana actual y la de comienzos de los años 1990. En aquella época, el derrumbe de la URRS generó un fenómeno de contracción económica que sumado a la mayor presión agresiva de los Estados Unidos obligó a los cubanos a generar un sistema de supervivencia muy innovador que resultó exitoso, en realidad dicho sistema enlazaba con una tradición social muy consolidada de resistencia, la exacerbó hasta niveles difíciles de imaginar cuando se produjo el desastre. Ahora Cuba enfrenta la convergencia de dos fenómenos, en primer lugar un proceso de contracción económica causado por la crisis mundial, evidentemente mucho menos duro que el del pasado, pero el mismo se combina con un segundo fenómeno que podríamos calificar como de descompresión político-cultural impulsado por la decadencia del Imperio. Cuba actualmente tiene excelentes relaciones con la mayor parte de los países latinoamericanos y muchos otros de Asia, África, etc, han mejorado notablemente sus relaciones con Rusia.

Este doble impacto de compresión-descompresión coloca al sistema cubano ante un enorme desafío que atraviesa todas sus relaciones internas y mucho más que en los años 1990 enfrenta la opción entre ser arrastrado por la tormenta o innovar, adaptarse rápidamente a los cambios globales en curso.

En cuanto a Venezuela, Bolivia y Ecuador la reducción de la renta externa brindada por sus exportaciones primarias seguramente incrementará la disputa social interna por ingresos nacionales disminuidos. Los procesos de cambio allí iniciados enfrentarán la opción entre ser despedazados por las confrontaciones cada vez más agudas entre ricos y pobres o bien radicalizarse hacia la izquierda, hacer avanzar a los de abajo en detrimento de las clases altas.

Algunos autores han señalado que lejos de ser enviado a un segundo plano, el tema de la destrucción ambiental debería estar al frente de la discusión sobre la salida de la crisis. Sin embargo, las cosas no parecen apuntar en esa dirección. Lo que importa, se dice, es salir de la crisis, sea como sea, y, además, de forma rápida. Esos temas exquisitos, se señala, es mejor dejarlo por ahora en un segundo plano. ¿Qué opina usted de este tipo de razonamiento?

La degradación ambiental está en el centro de la actual crisis de civilización, está estrechamente asociada al proceso de depredación de recursos naturales que está provocando las crisis energética y alimentaria, en realidad todos esos fenómenos presentados de manera separada deberían ser vistos como un solo problema cuya causa última la encontraremos en la reproducción tecnológica del capitalismo. La misma ha seguido una trayectoria de unos dos siglos desde la destrucción-depredación creadora en el sentido shumpeteriano del concepto, es decir con resultado neto positivo desde el punto de vista de la expansión de las fuerzas productivas hasta llegar hoy a lo que podríamos definir como etapa de rendimientos crecientemente negativos en términos civilizatorios, incluido el aspecto ambiental. La decadencia de esta civilización se expresa también, yo diría que cada vez más, como destrucción de su entorno ambiental, componente decisiva de la autodestrucción del sistema, puerta abierta para la barbarie pero también para su superación humanista.

La degradación ambiental no es un problema del largo plazo, de las generaciones futuras en un futuro lejano, está golpeando ahora a la actividad económica, a la vida urbana y rural. Quienes quieren dejar de lado el tema en nombre de las urgencias de la economía tienen una visión abstracta, muy despegada de la realidad concreta, de los problemas de una posible reorganización productiva, de la necesaria reconversión energética, etc.

En esta situación, dada la correlación de fuerzas existentes, ¿en qué puntos deberían poner énfasis la izquierda política? ¿En las nacionalizaciones? ¿En el control del sistema financiero? ¿En el desarrollo sostenible del sector industrial? ¿En una agricultura menos extensiva?

Nos encontramos en plena crisis capitalista que además se perfila como de larga duración y sin salida a la vista. Las turbulencias recién comienzan y su desarrollo planteará serios problemas de gobernabilidad, protestas populares en ascenso, desocupación, quiebras masivas de empresas, etc. En síntesis, el capitalismo más allá de las especificidades nacionales está entrando en una etapa de debilidad estratégica (política, económica, cultural, etc). En este nuevo contexto la izquierda debería pasar rápidamente a la ofensiva desarrollando un amplio abanico de combates apuntando hacia el poder. Agrupar fuerzas anti-sistema, desestabilizar a los sistemas de poder existentes, reducir su legitimidad social, realizar esfuerzos de convergencia regional y global.

Es difícil, casi imposible, esbozar un programa general para todas las izquierdas del planeta sin embargo podemos encontrar algunos ejes comunes. Por ejemplo la democratización política a todos los niveles quebrando la dinámica elitista que caracterizó a la era neoliberal: democracia de base contra seudodemocracia burguesa. Y a partir de ella la reconversión con sentido social, popular, igualitario, solidario del tejido productivo, de las finanzas, del comercio interior y exterior, etc. Ello implica nacionalizaciones, en especial en el sector financiero pero no solo allí sino también en un vasto espacio de actividades industriales y comerciales. No para ponerlas al servicio de las elites dominantes sino para convertirlas realmente en públicas, es decir democráticas con fuertes marcas de autogestión, de transparencia administrativa, de control popular. Es necesario plantear la reconversión social de la economía, redefinir estilos de consumo apoyados en la calidad y durabilidad de los bienes es decir rechazando la locura consumista deshumanizante, individualista: consumir para vivir y no vivir para consumir, etc. Una orientación de ese tipo nos permitiría instalar racionalmente el tema energético, facilitando un reconversión que llevará tiempo y que deberá pasar por grandes ahorros de energía. También debería posibilitar el inicio de estrategias de reconstrucción del contexto ambiental.

¿Debería hablar también la izquierda de socialismo en estos momentos? Si fuera así, ¿a qué sistema económico social se estaría apuntando, cuáles serían sus ejes esenciales? Descartar el modelo neoliberal para proceder con un diseño nuevo que realmente coloque a la justicia, la responsabilidad social y la integridad ambiental en el centro de las prioridades no parece una tarea fácil. ¿Qué modelo asegura una situación así?

La salida a la crisis que acabo de esbozar no es otra cosa que una marcha hacia el socialismo. Pero ¿que deberíamos entender hoy por socialismo?. Seguramente no el socialismo estatista experimentado en el siglo XX prisionero de una decisiva dependencia ideológica respecto del estatismo-militarista burgués ascendente desde fines del siglo XIX. Hoy esa cultura se encuentra en franca decadencia, no fue así cuando se produjo la revolución rusa ni las tentativas anticapitalistas posteriores. Durante ese período la civilización burguesa empezaba a resquebrajarse, en su seno comenzaban a desarrollarse los parasitismos financiero y militar, se produjeron algunos períodos turbulentos donde el sistema presentó brechas, expresiones de debilidad, guerras intestinas que numerosos pueblos periféricos aprovecharon para intentar romper o aflojar las cadenas del capitalismo mundial. Sin embargo esas rebeliones periféricas, muchas de ellas como la rusa o la china desplegando una clara vocación postcapitalista, estaban penetradas ideológicamente, desbordadas por la cultura ya en crisis pero aún ascendente del capitalismo. En esa etapa inicial de la declinación del mundo burgués este seguía manteniendo una hegemonía cultural imbatible: dictaba las pautas tecnológicas reproductoras de las dinámicas de depredación ambiental y de explotación de los trabajadores, los estilos de organización de tipo autoritario, de creación artística deshumanizante, etc, los rebeldes portaban en sus conciencias las trampas ideológicas elaboradas por sus opresores.

Ahora todo eso está cambiando muy velozmente, la civilización burguesa navega a la deriva, sus grandes mitos están comenzando a caer, aunque no seamos excesivamente triunfalistas, en medio de las ruinas que se van acumulando subsiste mucho material reutilizable, muchas reservas ideológicas esperando su momento para reaparecer, retomar la ofensiva tal vez levantando banderas de barbarie.

Esta crisis cultural, este clima de «ancien régime» agotado irá brindando a la humanidad oprimida la posibilidad de retomar el camino de las revoluciones a partir de un horizonte infinitamente más amplio, más transitable que el que se le presentaba hace un siglo.

En consecuencia el socialismo debería hoy asumir formas mucho mas radicales, revolucionarias, democráticas que en el pasado. Por ejemplo eliminando comportamientos aparatistas vinculados a la cultura de la razón de estado, la profundidad de la crisis lo permite, lo exige.

El movimiento emancipador debe ser pensado y ensayado a partir de objetivos finales claramente comunistas, en tanto transición hacia formas crecientemente democráticas, igualitarias, libres, desmontando la compleja articulación de opresiones económicas, burocráticas, sexuales, generacionales, étnicas, nacionales, etc.. El socialismo pensado como camino plural, como proceso de destrucción creadora, de rupturas, de demoliciones institucionales que permitan instalar estructuras sociales solidarias, fraternales de producción y consumo no como complemento humanista del capitalismo sino como su superación revolucionaria, estableciendo formas políticas descentralizadas, incrementando, multiplicando la democracia directa. Mucho de eso puede ser encontrado en los movimientos populares ascendentes de América Latina, aunque estoy convencido de que no se trata de una excepción regional.

¿Cree usted que estamos volviendo a Marx y a su tradición política? ¿Asistiremos a un resurgimiento de la tradición marxista revolucionaria?

En realidad la declinación del neoliberalismo debería ser interpretada como la expresión concreta, a comienzos del siglo XXI de la decadencia del conjunto de la cultura dominante y el pensamiento de Marx es uno de los principales demonios que la misma trato mil veces de sepultar para siempre.

Sí, estamos volviendo a Marx, al pensamiento crítico enraizado en la rebelión de los explotados, enemigo irreconciliable del conformismo, de la adaptación seudo realista respecto de lo que los conservadores califican como «posible». Al verdadero Marx no para repetirlo sino seguramente para avanzar más allá de Marx. Al Marx sin ataduras dogmáticas, irreverente, el que escribió «yo no soy marxista» negándose así a convertirse en suministrador de recetas infalibles y verdades eternas. Uno de los puntos flojos del anticapitalismo del siglo XX fue la manipulación del pensamiento de Marx para convertirlo en «ideología», en sistema cerrado, monolítico, en referencia legitimadora obligatoria.

Las ideas de Marx son necesarias, imprescindibles cuando queremos entender la crisis actual aunque también son insuficientes. Por ejemplo, cuando nos referimos al mecanismo que ha llevado al capitalismo a la actual crisis de sobreproducción estamos utilizando a pleno el pensamiento de Marx, pero cuando queremos comprender el fenómeno más vasto de crisis de civilización nos estamos apoyando en Marx para avanzar mucho más allá de su universo cultural. Enfrentamos un enorme desafío a la vez teórico y práctico: asumir la herencia de Marx no para reutilizarla como si nada hubiera cambiado sino para convertirla en insumo de las próximas rebeliones.

Gracias, muchas gracias por su tiempo y por sus generosas y documentadas respuestas. ¿Quiere añadir algo más?.

Si, constato que una de las características más notables de esta crisis es su alta velocidad, algunos hablan de «turbo-crisis», tenemos que estar preparados para bruscos saltos cualitativos, para grandes rupturas ahora difíciles de imaginar pero que deberíamos imaginar y colocarlas en nuestro horizonte de posibilidades. No es sencillo hacerlo porque durante las últimas décadas hemos sido aplastados por una avalancha cultural conservadora, conformista, que por su magnitud no tiene precedentes en la historia de la modernidad. Solo hace menos de una década irrumpió con cierto éxito una consigna muy modesta de la que nos hubiéramos burlado por su timidez en los años 60 o 70s: «otro mundo es posible». Tenemos que empezar a pensar en términos de «revolución», «socialismo», «postcapitalismo», no como audacias para hacer circular entre algunos amigos sino como banderas para la acción, destinadas a las grandes mayorías populares.