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¿Existe futuro en el sindicalismo?

Fuentes: Rebelión

La huelga general del 29-M ha devuelto la legitimidad perdida a UGT y CCOO, pero los sindicatos se enfrentan al reto de renovarse o morir. El Pacto de las Pensiones en Enero de 2011 había dejado a la ciudadanía sumida en un sentimiento de orfandad. «La recuerdo como una fecha especial», explica Pablo Padilla, miembro […]

La huelga general del 29-M ha devuelto la legitimidad perdida a UGT y CCOO, pero los sindicatos se enfrentan al reto de renovarse o morir. El Pacto de las Pensiones en Enero de 2011 había dejado a la ciudadanía sumida en un sentimiento de orfandad. «La recuerdo como una fecha especial», explica Pablo Padilla, miembro de Juventud Sin Futuro, refiriéndose a la manifestación convocada por la CGT tras ese pacto, «algo era diferente, había mucha más gente y mucho más enfadada». Sobre ese caldo de cultivo surgió un 15M que desbordó durante meses a los sindicatos mayoritarios, a pesar de quedarse a las puertas de los centros de trabajo.

No se deberían engañar las cúpulas sindicales: los sindicatos no solo están desprestigiados entre la derecha. También en la izquierda, en muchos sectores sociales e incluso entre buena parte de sus afiliados. Los trabajadores los consideran imprescindibles, y más con la crisis, pero cuestionan sus políticas y sobre todo a los liberados sindicales, a quienes califican de ‘jetas’, ‘inútiles’, un ‘mal menor’, ‘preocupados sólo por lo suyo’ o ‘despreocupados por jóvenes y parados’ (D. Ripa, Atlántica XXII, Mayo, 2012). Aunque a quien más guste el discurso antisindical sea a Esperanza Aguirre, liberados, subvenciones o fondos para formación siguen siendo muy polémicos entre trabajadores, investigadores o ciudadanía en general. No se aportan cifras oficiales del número de liberados sindicales que hay en España, pero algunas fuentes los sitúan entre 5.000 y 10.000 (en H. Montero, La Razón, 18 Febrero, 2012, a partir de fuentes de la CEOE y de UGT). Respecto a las aportaciones públicas que reciben los sindicatos mayoritarios se sabe que en 2011 fueron 255 millones de euros (en F. Cancio, La Razón, 19 Abril, 2012, a partir del BOE y Boletines autonómicos), a pesar de que el gobierno del PP ha rebajado la aportación más de un cincuenta por ciento en 2012.

José Palacios (CNT), participante en la histórica huelga de la construcción asturiana de 1977, demanda eliminar esas subvenciones porque «nunca serán gratis», posición compartida por una buena parte del sindicalismo alternativo. Rubén Vega, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Oviedo, explica que «compran adhesión y docilidad», pero recuerda que los sindicatos «ya dependían de la financiación pública cuando hicieron la Huelga General del 14-D de 1988 y allí conquistaron derechos nuevos como las pensiones no contributivas».

EL RETROCESO DEL MOVIMIENTO OBRERO: O ESTÁS HIPERIDEOLOGIZADO O TE HACES DE LEGÁLITAS

Palacios recuerda que en los 70 «había precariedad, pero un entorno favorable, la conciencia de clase, sin el cual no se genera más que miseria» y «un pueblo solidario de verdad, que asumía y se implicaba en las luchas». Pero probablemente alude a un hecho inexorable históricamente: el declive del movimiento obrero. Rubén Vega se lamenta de que «todas las reformas del Estatuto de Trabajadores fueron recortes de derechos y retrocesos, no ha habido un solo avance». Recuerda que «el ideal del capital no son sindicatos ni dóciles ni rebeldes, sino que no existan», lo que explica la deslocalización a países como China, India o Filipinas. Añade que es un proceso global: «el movimiento obrero está en una situación prácticamente de extinción y de impotencia absoluta». Aunque cree que va a resurgir en Asia (China ya vivió en 2010 una oleada de huelgas victoriosas), éste no va a tener el aliento utópico por un mundo más justo y que explica «por qué la gente dedicó su tiempo, sacrificó su vida, fue a la cárcel, fue represaliada, o sus familias, y sin embargo volvía a la lucha», consiguiendo conquistas para el conjunto de la ciudadanía, no sólo para los trabajadores. Todo ello lleva a que en parte «los sindicatos representen bien a lo que es la clase trabajadora hoy en día», explica José Luis Carretero, miembro de Solidaridad Obrera, sindicato que en 2010 paralizó el metro de Madrid durante una semana. Por ello, «de la transformación social profunda hay que hablar siempre, incluso en los peores momentos».

Han desaparecido las grandes catedrales industriales que empleaban a miles de trabajadores, las masas obreras han dado paso a los empleados dispersos y silenciosos y el discurso neoliberal se ha hecho hegemónico y ha fomentado el individualismo. El discurso neoliberal hegemónico lo resume David García Arístegui, fundador hace una década de la Coordinadora Informática desde CGT y Solidaridad Obrera, «¿Qué vas tatuado, que te drogas? No pasa nada, pero ven a currar todas las horas que haga falta. ¿Qué has triunfado? Bien. ¿Qué te vas a la calle? Tienes una oportunidad para el cambio». En ese contexto, donde el trabajo ya no es el centro de la vida, «a no ser que seas una persona hiperideologizada, no te planteas tener sindicatos sino un Legálitas para, si te despiden, tener abogado gratis». Más allá, si ser precario es un proceso supuestamente temporal, y la negociación colectiva se extendía automáticamente, ¿para qué organizarse? ¿El resultado? «Puedes ser muy radical y extremista en la calle, pero en el centro de trabajo eres muy dócil y no tienes que sindicarte, porque crees que sólo vas a estar una temporadita y que te puedes ir cuando quieras», explica Carretero. Es más, «no vas a dedicar ni un cuarto de hora a reunirte en una asamblea con otra gente, porque crees que eso no tiene valor de cambio», añade Emilio León, activista del 15M y miembro de la ejecutiva de la Corriente Sindical de Izquierdas (CSI)

Pero la historia es tristemente paradójica y a veces retrocede. Ahora, dos siglos después del nacimiento del movimiento obrero, una reforma laboral que cercena la negociación colectiva nos lleva «muchas vueltas de tuerca más» hasta «la casilla de salida, a un mundo del trabajo sin derechos, individualizado», sentencia Rubén Vega.

EXCLUIDOS AL CUADRADO

Sea la culpa de su burocratización o del individualismo de los nuevos asalariados, lo cierto es que los sindicatos están un tanto al margen de los cambios en el mercado de trabajo, han olvidado al trabajo de los cuidados que tiene lugar en el hogar (realizado mayoritariamente por mujeres), y su afiliación y su influencia se concentra en las grandes empresas del sector industrial y en la Administración pública, lo que algunos llaman «aristocracia obrera». Entre los parados y los jóvenes explotados, casi como sus bisabuelos, su presencia y su prestigio son más bien escasos.

Carlos Delclós, profesor de Ciencia Política de la Universitat Pompeu Fabra, alerta de la existencia de una «cultura de ‘insiders’ (los de dentro) y ‘outsiders’ (los de fuera) en el sindicalismo mayoritario, donde defienden los intereses de los suyos a coste de las demás, jóvenes, mujeres e inmigrantes», como se demuestra en la aceptación por CCOO y UGT de la doble escala salarial, en función de la fecha de incorporación a la empresa. Para Antonio Antón, profesor de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid, es más fruto de su impotencia para transformar la creciente precarización de nuevos sectores laborales, centrándose en los de tradición sindical. Arístegui, en todo caso, cree que el sindicalismo sí ha entrado en algunos sectores precarios, y pone como ejemplo la huelga conjunta -exitosa- de las subcontratas de limpieza del Metro de Madrid en 2008. Exigieron un acuerdo conjunto que garantizase las mismas condiciones para todas ellas, evitando que se enfrentara a unos trabajadores frente a otros para rebajar sus condiciones a la baja. Donde lo ha hecho muy mal es «en los sectores diseñados para desintegrar el sindicalismo, al crítico y al hegemónico, como telemarketing o el informático», donde apenas se tiene contacto entre los propios trabajadores. Vega explica el cambio histórico del modelo productivo capitalista. Las fábricas «son núcleos donde ahora sólo se ensamblan piezas que a veces vienen de muy lejos, otras de proveedores y microempresas del mismo entorno». Así, «para quienes trabajan en subcontratas, por ejemplo de Vokswagen (VW), cualquier reivindicación que implique que su empresa no pueda abastecer a la empresa matriz implica automáticamente que VW rescinda el contrato, contrate a otro proveedor y el propietario cierre la fábrica». En ese contexto, «¿qué capacidad tienen esos trabajadores para plantear reivindicaciones cuando su propio empresario es un eslabón intermedio emparedado entre dos presiones? ¿Y qué acción sindical cabe?».Ahora en las empresas convive «gente de la limpieza de una subcontrata, a su vez contratados por una ETT, y temporales por 6 meses. Y los vigilantes son una subcontrata distinta. Todos con su convenio distinto. Y luego el de informática está como autónomo», explica Carretero. La apuesta del sindicalismo para combatir esa precariedad, que se cebaba principalmente en los jóvenes y mujeres, consistía en asegurar el acceso al mercado de trabajo de esos sectores, para luego buscar fórmulas de mejorar sus condiciones, por lo que cualquier empleo era solución. Sin embargo, reflexiona León, «la precariedad es central a este sistema económico, es la apuesta de las políticas neoliberales, por lo que mujeres y precarios han sido la punta de lanza para la inclusión de nuevas modalidades contractuales que han profundizado más si cabe la precariedad».

Todos los sindicatos mantienen por su parte la misma estructura que en los siglos XIX y XX. Pablo Padilla, impulsor del 15-M desde el colectivo Juventud sin Futuro, es explícito: «Los sindicatos mayoritarios solo representan y defienden los intereses de un modelo de trabajador en extinción». A los precarios no saben «ni dónde encuadrarte cuando quieres afiliarte», añade José Pablo Calleja, sociólogo de la Universidad de Oviedo. Al no encontrar un espacio donde desarrollar tu labor, ni en las secciones sindicales ni sectoriales, «los excluidos fuera por el mercado laboral vuelvan a estar excluidos dentro de los sindicatos, una exclusión al cuadrado», lo que lleva a una sobre-representación de trabajadores de modelos clásicos en los órganos de decisión de los sindicatos, culmina León (CSI). Los días y horarios de las asambleas (habitualmente entre semana y a primera hora de la tarde) y su formato tienen un trasfondo político muy importante, permitiendo la participación sólo de determinado tipo de trabajadores (fijos, funcionarios…). Lo que se agrava «si a eso le añades gente que no tiene trabajo y que se encuentra en las reuniones a un señor preocupado porque le han bajado medio punto en el convenio», señala Arístegui, que para romper esa inercia, relata su experiencia, «les dije, da igual qué trabajo y qué convenio tengas, los que se consideren informáticos que se inscriban en esta lista de correo. Y así, con gente de Madrid, Barcelona y Zaragoza montamos la Coordinadora Informática».

Además, los amagos de acercamiento a jóvenes pretendían «formar líderes sindicales muy afines y poco contestatarios a la par que los críticos eran apartados», recuerda Pedro Lobera, ex secretario general del sindicato aragonés OSTA. León señala también varias ausencias en los discursos sindicales: los cuidados, el trabajo no remunerado que tiene lugar en el hogar -en gran parte por mujeres-; la crisis ecológica, da igual que se produzcan o consuman armas que semillas transgénicas; las luchas campesinas y la cuestión agraria.

15-M, RECHAZO Y CONFLUENCIA

El 15-M nació hace ahora justamente un año tomando las plazas con un discurso tan contrario a los sindicatos como a los partidos. Ahora, con las plazas vacías, los jóvenes indignados que mantienen vivo el movimiento – con un perfil mucho más ideológico y politizado – siguen manifestando su rechazo a los sindicatos mayoritarios e incluso se han manifestado frente a sus sedes, pero el 15-M ha mostrado una cierta confluencia con el mundo sindical, sobre todo con los sindicatos minoritarios.

La huelga general del 29-M, apoyada en la agitación social previa causada por el 15-M, permitió para Delclós «piquetes más potentes y con más jóvenes, inmigrantes y mujeres que en el pasado». En el paro participaron grupos y activistas del 15-M, pero con su propio perfil,, bajo la iniciativa «Toma la huelga», y conformando bloques críticos dentro de las manifestaciones de los sindicatos mayoritarios. Para el 15-M, esta «sindicalización» representó un cambio en relación a un movimiento que se había quedado a las puertas de los centros de trabajo. Su ámbito de actuación se centra en los trabajadores precarios, un sector que engorda cada día y en el que los sindicatos mayoritarios no tienen presencia. Se están poniendo en marcha proyectos como la Oficina Precaria de Juventud sin Futuro, para ayuda y asesoramiento y que buscaría, al igual que sucede con los desahucios, visibilizar situaciones precarias en empresas de la zona. En opinión de Arístegui, no sería descabellado el surgimiento de «un sindicato 15M, bajo los parámetros movimentistas y sin los pájaros iniciales, lo que también va a ser un toque de atención a los sindicatos minoritarios», algo que para Beatriz Quirós, presidenta de la Junta de Personal Docente de Asturias por SUATEA, ya ha sucedido en América Latina, con la vinculación entre movimientos sociales y trabajadores.

En todo caso, las cupulas sindicales siguen tratando con desconfianza a estos «indignados sindicalistas» porque los tienen, señala Calleja, por «un grupo de idealistas desorganizados haciendo uso de su derecho al pataleo». Para León, los sectores más reticentes al 15-M «se han mantenido donde estaban y con el reflujo del 15M vuelven a tomar el control sin modificar un ápice su concepción y sus prácticas». Algunos ven probable la incorporación de afiliación joven a los sindicatos o a su entorno tras esta huelga general, aunque varios entrevistados ven una distancia insalvable. Estos, siguen viendo al 15M como un buen laboratorio para seguir desarrollando experiencias innovadoras.

¿LA MOVILIZACIÓN PUEDE DESBORDAR A CCOO Y UGT?

La recuperación de la legitimidad de CCOO y UGT tras la huelga y el 1 de Mayo puede ser un regalo envenenado. Para Antón ahora están en una encrucijada: «continuar con la actual protesta y movilización, con una perspectiva prolongada, o refugiarse en la pasividad con algún acuerdo parcial insustancial o regresivo» salvando así sus aparatos y moderando la movilización ante un potencial ‘estallido social’. Para Adrián Redondo, Secretario de Juventud de CCOO en Asturias, la cuestión no es tan sencilla: «si haces la segunda huelga y luego no se consigue nada, igual mucha gente se te echa para atrás». Por ello, son «muy mal negocio para los sindicatos porque hay mucho que perder si se fracasa y poco que ganar si tiene un éxito relativo», añade Calleja. Considera que la fuerza de un sindicato reside más en su amenaza de movilización que en la movilización en sí misma. Además, no siempre una mayor combatividad augura más éxitos para frenar la ofensiva neoliberal, señala Vega, recordando la huelga minera de 9 meses contra Margaret Tatcher, saldada con una derrota sindical aplastante y el comienzo de la liquidación del Estado del bienestar de ese país. Quien si continúa realizando nuevas amenazas es el Gobierno de Rajoy. Para León, «el correlato de la reforma laboral es el esbozo de una nueva legislación represiva, que equipara la protesta social al delito; sin represión, la ampliación del número de gente que participa en la protesta tendría que hacer inviable la aplicación de ese programa de ajuste en tan poco tiempo».

Delclós pide reconfigurar el concepto de huelga para abrirlo a trabajadores precarios del sector servicios, jóvenes o mujeres, con grandes dificultades para participar en las huelgas, caminando hacia una «huelga metropolitana, que mire a la ciudad como la fábrica y se centre en parar los puntos neurálgicos de la economía y en integrar las huelgas de consumo». Si el capital no conoce fronteras, habría que unificar las luchas de manera transfronteriza, ya que «otro gallo cantaría si todos los trabajadores de Volkswagen fueran capaces de parar al mismo tiempo», resume Vega, que ve las Huelgas Generales de 24 horas como una «teatralización de la protesta» y que resta eficacia a las de empresa por la externalización. Las huelgas de cuidados también son señaladas como otro aspecto clave.

Pero nadie parece dudar de que los nuevos tiempos exigen cambios y que la renovación es indispensable para mantener vivo e influyente al movimiento sindical cuando más se le necesita. Redondo, una persona activa en movimientos sociales, también lo tiene claro, aunque no cree que los cambios tengan que incluir el fin de las subvenciones («generan servicios importantes y son auditadas») y de los liberados («son una conquista»), puntualizando que su sindicato (CCOO Asturies) podría mantener su estructura sin subvenciones. Posición que comparten quienes creen que suprimir las subvenciones debilitaría al sindicalismo, que negocia con empresas potentes con abogados y asesores, apoyadas por «su asociación de empresarios, quienes más ayudas reciben», recuerda Lobera (OSTA). En todo caso, Calleja, cree que los sindicatos «han de renovarse o morirán». Entre las medidas a adoptar, defiende la vuelta a su puesto de trabajo tras cierto tiempo «para no perder el contacto con la realidad laboral».

YA NO TAN MINORITARIOS

La crisis y el pactismo de UGT Y CCOO están sin duda entre las causas de un cierto auge de los sindicatos minoritarios y alternativos. Aunque todavía muy fragmentados y descentralizados convocaron manifestaciones masivas, al margen de los mayoritarios, durante la pasada huelga general en lugares como Madrid, Barcelona, Zaragoza y Gijón. Pero el fenómeno viene de más atrás. En Asturias por ejemplo, un sindicato obrerista de corte radical que nació como una escisión de CCOO, la Corriente Sindical de Izquierdas(CSI), es desde hace tiempo el más votado y el mayoritario entre los funcionarios de la Administración autonómica, suceso similar al que sucede con LAB en Navarra. Junto a CGT o CNT, han apostado por un «sindicalismo de pequeña escala», reivindicaciones sindicales en pequeños centros de trabajo, con concentraciones y campañas paralelas apoyadas por movimientos sociales, como en la Pizzería La Competencia de Oviedo en 2010 o el Palacio de los Niños de esa ciudad al año siguiente, ambas saldadas exitosamente. Lo mismo ocurre en la enseñanza pública con SUATEA, un sindicato alternativo asturianista. Ambos funcionan sin subvenciones públicas ni liberados, aunque SUATEA admite liberaciones con un límite temporal de cinco años, siempre que compaginen con jornadas de trabajo en el centro.

En todo caso, el avance de los minoritarios es más lento de lo que a muchos les gustaría. Por ello, Carretero (Solidaridad Obrera) clama por la «independencia psicológica y organizativa de CCOO y UGT. Cree que aunque la gente es crítica con estos dos sindicatos, todavía le dan miedo otras cosas. ¿Las causas? «Nos ven como los radicales de siempre, muy divididos y muy débiles, piensan que no hay referentes». De ahí viene su apuesta por la unidad del sindicalismo alternativo y su confluencia con el 15M, al que perciben con cariño. Además, se atisba la llegada de nuevos agentes al juego: los parados, tras el previsible fracaso del Gobierno para reducir el desempleo, o el personal laboral de la Administración, hasta ahora inmune. Para incorporarlos, los sindicatos primero tendrán que ser más perceptivos a la complejidad de la sociedad, señala Arístegui, como hace el SAT en Andalucía, que engloba desde anarquistas hasta a alcaldes de IU, desde cooperativistas, a campesinos, precarios o funcionarios.

Beatriz Quirós (SUATEA), cree, no obstante, que las propuestas de este «otro sindicalismo» tienen «cada vez más audiencia en la sociedad», que en el caso de su sindicato valora su valentía al no haberse dejado llevar por la ola de «mercantilización de la educación», y apuesta por ampliar la democracia directa, con representantes revocables en asamblea, y el carácter sociopolítico de estas organizaciones, comprometiéndose con internacionalistas, feministas, ecologistas o grupos de reivindicación lingüística, algo que hace con éxito LAB en Euskadi y Navarra. Varios entrevistados plantean necesidad de constituir una plataforma estatal o autonómica estable entre los minoritarios y de superar la autoconsideración de lobby de CCOO y UGT. Finalmente, frente a un sindicalismo centrado en aquellos que ya tienen empleo, Padilla se plantea «¿cómo se combinan los derechos -renta básica, transporte gratuito- con entrar y salir del mercado de trabajo?». El testigo lo coge Redondo, que apuesta por volver al pasado para conquistar el futuro: «hay que recuperar las antiguas Comisiones Obreras de los 70, interesadas por todos los derechos sociales que afectaran al trabajador, para alcanzar a través del territorio a la gente que no tiene cobertura sindical diaria».

Daniel Mari Ripa. Investigador Severo Ochoa (FICYT). Departamento de Psicología de la Universidad de Oviedo.

*Agradecimientos: Al periodista Xuan Cándano, por sus interesantes aportaciones a este documento, así como a la quincena de personas entrevistadas en la elaboración de este texto y que compartieron con el autor sus visiones sobre el devenir del sindicalismo.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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