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Fidel Castro: el líder en su centenario

Fuentes: Rebelión

Nuestra América, con los humildes que la habitan, la viven y la defienden, tuvo en Fidel Castro Ruz a uno de sus mejores y más aguerridos hijos. El 13 de agosto de 1926 nació en Birán quien fue, es y será el máximo representante del pensamiento y la acción revolucionaria antiimperialista. Fidel fue, es y será, para la historia mundial y la memoria de los pueblos, la indiscutible figura que no por casualidad lideró en Cuba al Movimiento 26 de Julio, después al Ejército Rebelde y luego a la Revolución triunfante. Sin embargo, no es exagerado decir que el Comandante en Jefe también fue el líder de quienes a nivel mundial combatieron, combaten y combatirán la explotación, la injusticia y la desigualdad social generadas por la rapacidad capitalista.  

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El insustituible liderazgo de Fidel fue forjado a base de una militancia, sustentada en el deseo de justicia e igualdad para los seres humanos, que merece pensarse con mayor hondura. Desde pequeño tuvo contacto con la pobreza y supo que las diferencias sociales implican ventajas para unos cuantos y dificultades constantes para los más. En 1985, en una entrevista concedida a Mervin Dymally y Jeffrey Elliot, el alumno más adelantado de Martí señaló que “en el lugar donde yo nací, entre cientos de muchachos, los únicos que tuvimos oportunidad de estudiar más allá de los primeros grados, fuimos mis hermanos y yo. ¡Cuánta gente más habría entre esos cientos de muchachos con iguales o mejores condiciones para hacer lo que yo hice si hubieran tenido la oportunidad de estudiar! El primer elemento que va eliminando a mucha gente con talento y capacidad es el factor social, porque no tuvieron siquiera la menor oportunidad de estudiar, sencillamente”. Sus palabras parecen una obviedad, pero develan la abisal importancia que Fidel otorgó a la educación como elemento de transformación. Estudiar le permitió elaborar una noción de mundo mucho más crítica y, combinada con una sensibilidad particular ante los dolores de los demás, le sembró la necesidad inexorable de transformar las condiciones de desigualdad e injusticia que laceraban a los olvidados y los humildes de su patria. El estudio fue para él una herramienta fundamental en la militancia del hacer y del pensar revolucionario. No es casual, por eso mismo, que una de las grandes obras iniciales de la Revolución cubana haya sido la de terminar el analfabetismo y garantizar educación gratuita para todos los cubanos, sin importar si se encuentran en el rincón más apartado de la Isla. Fidel lo sabía: el estudio fue, es y será la trinchera imbatible de las ideas, más poderosa, valiosa y duradera que las trincheras de piedras.   

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La trinchera de las ideas condujo al entrañable compañero de Camilo Cienfuegos y el Che Guevara a poner manos a la obra para cambiar todo aquello que en Cuba debía ser cambiado. El accionar de Fidel fue resultado de un profundo análisis sobre la realidad de la Isla, mismo que plasmó en La historia me absolverá. Dicho accionar, cuyo sustento puede rastrearse en la tradición del pensamiento crítico cubano y en el marxismo, lo convirtió en el emblemático líder en la lucha contra Fulgencio Batista. Nadie menos que Armando Hart señaló que Fidel Castro se transformó “en el centro de atracción y de mayor importancia política para las capas más dinámicas de la población”. Para Hart, Fidel fue pronto el dirigente natural de un movimiento amplio, especialmente para los jóvenes que empujaban la línea insurreccional “por el significado que en ellos alcanzaban el sentido heroico y la decisión de combate”. Asimismo, quien fuera Ministro de Cultura tras el triunfo de la Revolución, anotó que los opositores a la tiranía de Batista encontraron en Castro al “jefe político revolucionario, hondamente popular, democrático, sin compromiso con el sistema prevaleciente y, al mismo tiempo, capaz de organizar la acción de las masas”. La caracterización de Hart no es menor. Fidel Castro destacó del resto de los militantes por la capacidad como creador de una estrategia política insurreccional tan necesaria como inevitable y de una táctica de aglutinamiento de fuerzas que le diera realidad a la vía armada. Además, existe un elemento fundamental: como el líder que fue, estuvo en la primera línea de combate. Del mismo modo que el Che, Fidel no exigió nunca ningún sacrificio que él mismo no estuviera dispuesto a realizar. La fallida toma del Moncada, la cárcel, el exilio, la lucha en Sierra Maestra, la defensa en Playa Girón son algunos de los ejemplos y momentos en los que el hermano de Raúl demostró con creces que un liderazgo político como el suyo se edifica cuando se ponen en juego las ideas, el hacer y la vida misma.  

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El liderazgo del Comandante invicto tiene, así en presente, diferentes facetas. En 1953 un jovencísimo Fidel que apenas rozaba los veintisiete años despuntó como un organizador capaz de conjuntar a todas las fuerzas opositoras a Batista, pero sin abandonar nunca la idea de la lucha insurreccional. Luego, como Comandante Verde Olivo, aglutinó con una visión de largo plazo a las diferentes expresiones antibatistianas que no necesariamente comulgaban con su accionar en Sierra Maestra. En los debates con las diversas posiciones, Fidel Castro tuvo el acierto de poner por encima de las diferencias la unidad que, a la postre, permitió vencer a la tiranía batistiana. Después, el liderazgo lo ejerció desde su papel como jefe de Estado en el que, quizá como ningún otro mandatario en la faz del planeta, descolló compartiendo el destino de los suyos de igual a igual. La radicalización del proceso revolucionario, claramente manifestado en 1962 con la Segunda Declaración de La Habana, fue la traducción de todo un pueblo que en la voz de Fidel anunciaba el camino socialista por el que Cuba habría de transitar. Cuando hubo que hablar de errores, dificultades y fracasos – en comparecencias televisivas, en los congresos con obreros y campesinos, en los grandes mítines o en las reuniones más pequeñas–, Fidel los afrontó sin tapujos, asumiendo la responsabilidad y ejerciendo la más torrencial de las autocríticas,  como cuando en la zafra de 1970 asumió la responsabilidad de no haber conseguido la meta histórica de los 10 millones de caña de azúcar o cuando en 2005 advertía sobre los peligros del proceso revolucionario. Sus palabras dibujan bien lo que para él significaba el papel de un líder. Un 18 de octubre de 1977 expresó:

Los líderes no son dioses que estén por allá arriba; los líderes deben ser hombres que vivan aquí en la tierra, se reúnan con el pueblo, conversen con los ciudadanos, conozcan sus problemas y trabajen para ellos. ¡Esos son los verdaderos líderes! De modo que cada ciudadano se sienta como su Primer Ministro, como su Presidente; que nadie esté mirando a los demás por arriba del hombro. Eso es lo que significa el socialismo y la democracia. Ser siempre justo y no permitir nunca que se cometan abusos de poder, de autoridad; que el pueblo participe en los problemas, que el pueblo dé sus opiniones, que el pueblo decida: eso es lo que significan la democracia y el socialismo. Significan que ningún dirigente pueda dormir tranquilo cuando hay un problema que resolver; significa que los líderes sean leales al pueblo, fieles al pueblo, que los líderes sean honestos con su pueblo.

El Comandante en Jefe dormía poco, conocía cada rincón de Cuba y hablaba con los cubanos como uno más entre los más. No hay forma de poner en duda la honestidad y la lealtad con los suyos. 

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No es exagerado decir que en 1959 se inauguró una nueva época en Cuba, en América Latina y el mundo. Con el triunfo del Ejército Rebelde, los olvidados de la tierra entraron, como los barbudos de Sierra Maestra el 8 de enero en La Habana, a la historia con un papel protagónico. La victoria sobre el régimen de Batista demostró con creces que la organización, la conciencia y la confianza en las fuerzas populares determinan, en gran medida, la posibilidad del cambio profundo. La figura de Fidel rebasó las fronteras de Cuba y se consolidó como una voz autorizada para hablar de la Revolución, además se convirtió en el ícono de la lucha antiimperialista y anticapitalista, con todo lo que ello implica. De su mano y su visión, la Cuba socialista se hizo la patria de la solidaridad mundial a través del internacionalismo y fue el refugio de cientos de exiliados políticos que cometieron el delito de enfrentar el racismo en Estados Unidos y otros lugares del planeta o de participar en los movimientos armados de liberación nacional en Latinoamérica durante la segunda mitad del siglo XX. La derrota del apartheid tiene la impronta del Gigante de Birán, lo mismo que iniciativas como la Conferencia Tricontinental, el Movimiento de los Países no Alineados (MNOAL) y la Alianza Bolivariana para los pueblos de Nuestra América (ALBA), inicialmente echada a andar por Hugo Chávez. Por eso no es casualidad que el imperialismo norteamericano convirtiera a Fidel en su enemigo a vencer. No por nada en 1991, con una buena dosis de humor e ironía, dijo que “Si en buena parte mucha gente admira a Cuba se lo debemos a los norteamericanos, son ellos los que más nos han destacado; al convertirnos en sus enemigos, al convertirnos en sus adversarios, nos han dado una importancia mayor y nos han hecho más famosos, no solo con sus calumnias, sino con sus hechos de hostilidad frente a nosotros”. El internacionalismo resultó un componente hasta natural en el quehacer de vida de quien consideraba que un estadista tenía la responsabilidad de preocuparse en serio por toda la humanidad y atender los problemas del mundo. En una entrevista concedida en marzo de 1985 para el periódico mexicano Excélsior, Fidel señaló lo siguiente: “Digamos: los problemas de la paz internacional son más importantes que cualquier problema interno de un país; los problemas del desarrollo son problemas fundamentales, decisivos para la vida de la inmensa mayoría del mundo; los grandes problemas económicos del Tercer Mundo, esos problemas afectan a miles de millones de personas […]. ¿Puede ser un buen estadista alguien que no se preocupe por el Tercer Mundo hoy día, que no se preocupe por los cientos de millones de gente que están pasando hambre, enfermedades, analfabetismo?”. 

De esa magnitud era su liderazgo.

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El 25 de noviembre de 2016 la muerte no logró arrebatarnos del todo al más recio antiimperialista que el siglo XX parió. Su legado es una mezcla de militancia en el hacer y el pensar; ejemplo activo y vivo de preocupación por los olvidados y los nadies de la tierra; necesidad genuina de cambiar todo aquello que en el mundo deba ser cambiado para terminar con las condiciones de desigualdad, pobreza, marginación y alcanzar la paz sin menoscabo de la autodeterminación y la soberanía de los pueblos. En estos días en los que el imperialismo norteamericano busca derrotar a su aguerrido pueblo, es necesario echar mano del tozudo y tesonero ejemplo del Comandante en Jefe. En marzo de 1965, en su carta de despedida, el Che le escribió: “Mi única falta de alguna gravedad fue no haber confiado más en ti desde los primeros momentos de la Sierra Maestra y no haber comprendido con suficiente claridad tus cualidades de conductor y de revolucionario”. Quienes creemos que el mundo puede ser mejor, tenemos hoy la oportunidad que el Che no tuvo. Podemos, debemos y necesitamos estudiar y comprender, con rigurosidad y ansias de pensar, a quien por méritos propios fue, es y será el Comandante en Jefe de las mejores causas de la humanidad.  

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.