Estos días, Nuestra América y los pueblos del Sur global conmemoran el centenario del nacimiento de Fidel Castro Ruz. Ante una figura de semejante densidad histórica y simbólica, el acontecimiento rehúye cualquier indiferencia: interpela conciencias, sacude memorias y reactiva debates urgentes.
Para las mayorías oprimidas, Fidel encarna al militante de la praxis revolucionaria; aquel que, tal como sentenció el Che Guevara, estuvo guiado por «grandes sentimientos de amor». En su trayectoria late una radicalidad que hermana el compromiso político con una profunda dimensión ética: la capacidad de abrazar a los despojados de la tierra, despojarse de privilegios y ofrendar la vida entera para que los pobres dejen de ser víctimas pasivas y se conviertan en sujetos de su propia liberación. Es el eco de la fraternidad universal que no tolera la humillación del hermano, traducido en lucha concreta contra el pecado estructural del colonialismo y el capital.
En la orilla opuesta, los heraldos del imperialismo y los administradores del orden establecido pretenden proclamar, una vez más, su muerte definitiva. No se conforman con su partida física; buscan decretar el fin de su horizonte de emancipación, desacreditar sus sueños colectivos y enterrar la posibilidad de un porvenir justo bajo el dogma del «fin de la historia».
Frente a esa ofensiva ideológica, la pregunta se vuelve imperiosa: ¿Se puede matar la utopía? ¿Es posible asesinar a un mito nacido del clamor de los pueblos?
La respuesta brota de la experiencia viva de nuestras comunidades: las ideas de redención y soberanía no sucumben ante los decretos del poder. La utopía no es una quimera estéril, sino el horizonte ético y político que moviliza la historia. Fidel permanece vivo allí donde la indignación moral se transforma en organización popular y donde el amor al prójimo exige derribar las estructuras de explotación.
¿Qué destino aguardaría a nuestros pueblos si aceptáramos la miseria, la subordinación y la dependencia como fatalidades inevitables? La resignación es la victoria cultural del opresor. Mientras en el corazón de Nuestra América persista el anhelo de liberación integral, mientras un solo destello de justicia social encienda la dignidad de los más humildes y la esperanza fraterna resista ante la noche neoliberal, el legado de Fidel y del Che seguirá caminando junto a nosotros: no como monumentos de mármol, sino como levadura, memoria combativa y fuego inextinguible en el camino hacia la tierra sin males.
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