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Dos años después (XX)

Francisco Fernández Buey: estudiante antifranquista y comunista democrático, profesor universitario, maestro de ciudadanos y ciudadanas

Fuentes: Rebelión

(con un anexo de Jordi Mir Garcia)

In memoriam et ad honorem. Para que no habite el olvido

La novedad o innovación del movimiento estudiantil barcelonés después del mayo francés, sobre todo desde octubre de 1968, señala FFB, no se encuentra en el plano estrictamente político o en un aumento de la participación estudiantil en las movilizaciones. No, en absoluto.

Se ubicaba en otros ámbitos.

«En mi recuerdo, esos otros ámbitos que hay que considerar fueron principalmente dos. En primer lugar, surgen entonces nuevas formas de organización de la protesta, claramente influidas por las vanguardias de los movimientos estudiantiles europeos y (en menor medida) norteamericanos. En segundo lugar, y esto en un sentido más capilar pero también en relación con algunas de las ideas de los movimientos estudiantiles europeos del 68, se produce entonces un importante cambio socio-cultural que afectó no sólo a la vanguardia del movimiento estudiantil sino a los jóvenes universitarios en general.»

Las dos cosas tenían que ver con la radicalización de un movimiento estudiantil que, además de antifranquista, se quería ya, y se proclamaba, anticapitalista y anti-imperialista y, en algunos casos, por si fuera poco, anti-burgués y/o proletario. «En la proclama anticapitalista influyó mucho la difusión de las ideas de «las tres M», como decían algunos de los estudiantes franceses, italianos y alemanes: Marx, Mao, Marcuse.»

En la proclama anti-imperialista, lo decisivo había sido la importancia que entonces tuvo la protesta contra la intervención norteamericana en Vietnam, protesta que estuvo ya, como FFB ya habia señalado, «en los orígenes del movimiento estudiantil californiano y que contaba en Europa con el apoyo decidido de intelectuales de renombre». Bertrand Russell, Günther Anders, Lelio Basso, Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Laurent Schwartz, Vladimir Dedijer o Isaac Deutscher, eran algunos de los nombres más conocidos.

De la proclama anti-burguesa existían numerosas muestras en las octavillas de los principales grupos barceloneses del momento.

«[…] y tal vez la titulada Los hijos de la burguesía han dicho basta, difundida en febrero de 1969 por la Comités de Acción, sea la más significativa de las lanzadas por entonces en la universidad de Barcelona. No conozco cosas de ese cariz en otras universidades españolas (tal vez porque en ellas no había burguesía propiamente dicha o porque la influencia parisina fue menor).»

De la relevancia que llegó a darse, en la vanguardia estudiantil, a la proletarización bastaba con recordar el llamamiento formulado por uno -¿tal vez el PCE (i)?- de los grupos postseseantyochista para ir a trabajar a las fábricas del cinturón industrial barcelonés, lo que algunos estudiantes universitarios de entonces hicieron realmente (Lo mismo que ocurrió pocos años después, a mediados de los setenta, en el caso de partidos políticos de la izquierda comunista como el Movimiento Comunista. De cadenas y de hombres de Robert Linhart, publicado por Siglo XXI, fue un libro que influyó fuertemente en estos grupos de estudiantes. A mi mismo, por ejemplo).

Durante los últimos meses de 1968 y a lo largo de 1969 el contenido de las reivindicaciones del movimiento estudiantil cambió de forma sustancial respecto de lo que había sido el programa del SDEUB en los años anteriores, apunta FFB. Cambió también el lenguaje en que tales reivindicaciones se expresaban.

«Todos los grupos y grupúsculos que constituían la vanguardia estudiantil en la universidad de Barcelona se autoproclamaban entonces revolucionarios. Algunos, como la UER, llevaban la palabra revolucionario ya en su sigla; otros, como los Estudiantes Marxista-Leninistas, las Comisiones de Estudiantes Socialistas (CES), los Comités de Huelga Estudiantil-Comités de Huelga Obrera (CHE-CHO) o los Comités de Acción de las distintas facultades y escuelas lo proclamaban constantemente en sus papeles.»

El adjetivo revolucionario se empleaba entonces en las universidades, y en otros ámbitos, para calificar varias cosas a la vez. Por supuesto, «para impugnar globalmente la sociedad capitalista y propugnar una sociedad socialista». Pero también para calificar «objetivos inmediatos como la ocupación y clausura de cátedras» y acciones «como los «juicios críticos» a los catedráticos considerados reaccionarios o para proclamar desiderata como la destrucción de la universidad existente».

Sea como fuere, el punto seguramente más llamativo de la acción política de las vanguardias estudiantiles de aquellos años, si se la comparaba con lo que había sido el programa del SDEUB, fue, en opinión de FFB, la crítica radical a la democracia representativa o por delegación. Vestigios, nudos de esta crítica, de esa crítica han quedado plasmados en el movimiento del 15M y del 22M o en tesis de los movimientos alterglobalizadores.

La lucha por la democracia pasó a ser considerada por las vanguardias políticas mero reformismo: «el talante democrático se llamaba despectivamente «democratismo»; el democratismo era considerado una trampa tendida a los estudiantes por los nuevos gestores universitarios; la posibilidad misma de una gestión democrática de los claustros universitarios (que, obviamente, no llegó a realizarse) se calificaba de «democratiforme»; los partidarios de la misma eran «liberalejos»».

Hasta los militantes más curtidos y formados del PSUC, recuerda FFB, entraban en la admonición leninista contra el «cretinismo parlamentario». Todas estas cosas, que por supuesto él no fabulaba sino que estaban tal cual entre los papeles que entonces difundían los grupos anteriormente mencionados, eran sin duda transposiciones del lenguaje sesentayochista «acuñado en países en los que sí existía la democracia parlamentaria». Pero:

«[…] no hay que engañarse al respecto: si este lenguaje tuvo su aceptación en el momento, por minoritaria que tal aceptación haya sido en el mundo universitario, no fue porque se hubiera producido algo así como una obnubilación generalizada de la vanguardia juvenil universitaria en un país que seguía gobernado con mano férrea por un dictador, sino más bien por la percepción de que aquello que los mandamases del régimen llamaban democracia (orgánica) o liberalización era una mentira; y también por la enorme decepción que entre los estudiantes produjo la ilegalización y persecución de los sindicatos estudiantiles que habían llevado (o aún llevaban) en sus siglas el nombre de democráticos.»

Era importante subrayar que la radicalización del movimiento estudiantil en esos años no se debió sólo al mimetismo respecto de los movimientos estudiantiles europeos. No, aquí había que distinguir entre palabras y acciones. «El radicalismo verbal mimético fue muy barcelonés; la radicalidad en las acciones fue, en cambio, mucho más general». Se comprendía, se podía comprender teniendo en cuenta «los cierres de facultades, los expedientes abiertos, la presencia constante de la policía en la mayoría de las universidades del país, los desalojos de edificios universitarios, los ataques a estudiantes por parte de grupos como Defensa Universitaria», las mismas declaraciones del almirante Carrero Blanco, futuro presidente de Gobierno, alma gemela de Franco, calificando al movimiento estudiantil de «grupo de estudiantes, drogados y ateos». A la altura de su mentor. Había que sumar también «la clausura de editoriales progresistas, el restablecimiento de la censura de prensa, el papel del TOP (Tribunal de Orden Público), los consejos de guerra…»

De las nuevas formas de actuación que entonces se impusieron en el movimiento estudiantil barcelonés, FFB destaca «las sentadas, los encierros, los «juicios críticos» a los mandarines, el uso habitual del dazibao en los patios y pasillos de las instalaciones, las ocupaciones de cátedras y la proliferación de comités ad hoc en las facultades universitarias». Fuera de la universidad, en las calles de la ciudad entonces resistente y más que antifranquista, «la actuación de comandos, las manifestaciones relámpago, la guerrilla urbana y los llamamientos al enfrentamiento directo con la policía».

«Se puede decir que ahí hubo una combinación de ideas procedentes de Nanterre, de los escritos de los estudiantes anti-autoritarios de Berlín, de las prácticas de los estudiantes californianos, del maoísmo, del guevarismo y de la revolución cultural china (vista entonces casi siempre con ojos idealizadores y no sólo por la vanguardia estudiantil).»

Todo lo indicado representaba un cambio notable respecto de las formas de actuación del movimiento estudiantil barcelonés de los años anteriores. La dinámica de los sindicatos democráticos se había basado por lo general en la asamblea -de curso, de facultad, de distrito-, en la elección de delegados representativos, en la huelga, en las manifestaciones en la calle, siguiendo en general la práctica tradicional del movimiento obrero y sindical.

«Ahora, en el 68-69, la imposición de los comités para llevar a cabo tal o cual actuación sustituía a las asambleas cuando en ellas no había acuerdo o, en la mayoría de los casos, se superponía a las asambleas en nombre de la democracia directa o de la eficacia de la acción en una situación represiva y de clandestinidad.»

Praxis, activismo rupturista. Las sentadas y los encierros, «inicialmente vistos con desconfianza por los estudiantes más vinculados al movimiento obrero», acabaron imponiéndose como prolongación del «No nos moverán» (algo así, como el «sí se puede, sí podemos (sin confundirnos)» de aquellos años) y como consecuencia de la presencia permanente, una novedad represiva, de la policía en la universidad, lo que hacía cada vez más difícil la celebración de asambleas masivas.

«Los juicios críticos a los catedráticos, las ocupaciones y clausuras de cátedras fueron otra herencia del mayo francés. Con estas acciones se pretendía, por una parte, criticar los contenidos de aquellas asignaturas impartidas por catedráticos reaccionarios, conservadores o «tecnócratas» y denunciar, por otra, el carácter autoritario de la universidad burguesa. Hay que decir, con todo, que fueron aquellos estudiantes los que descubrieron que el autoritarismo no estaba sólo en la ideología franquista de tales o cuales profesores sino también en la forma habitual de la relación profesor-alumno, en la forma de transmitir conocimientos.»

Por debajo de los juicios críticos, de las ocupaciones y clausuras de cátedras, habituales en las facultades de letras y económicas sobre todo, latían dos ideas no siempre coincidentes sostiene FFB: «la aspiración a la autogestión de la universidad, protagonizada por los propios estudiantes, y la proclama de la destrucción de la universidad (generalmente calificada de burguesa o tecnocrática)». Esta tensión se solía resolver, en los casos más lúcidos, como el de la UER, presentado la universidad «como un espacio de libertad que había que conquistar, pese a todo, en un contexto dictatorial.»

Sacristán escribió y dictó conferencias oponiéndose frontalmente a la idea, aparentemente revolucionaria, de destrucción de la Universidad. FFB apreció siempre sus escritos sobre el tema. El esencial está recogido, como se indicó, en el tercer volumen de los «Panfletos y materiales»: «La universidad y la división del trabajo.»

Sin lugar a dudas, uno de los grandes escritos, de los menos olvidados, del marxismo ibérico. La primera conferencia que yo le escuché. Hablé con FFB varias veces sobre la hondura de la argumentación desarrollada y la exquisita paciencia durante su intervención oral en los comedores universitarios de 1972, ante un conjunto diezmado de frailes obnubilados que no pararon de interrogarle hasta tres horas después de iniciar su conferencia. El que suscribe, con autocrítica y pesar, entre ellos.

Anexo: «Una Universidad que volver a ganar. Recordando a Francisco Fernández Buey»

 

Jordi Mir Garcia

 

Hoy la vida universitaria necesita a personas como Francisco Fernández Buey tanto o más que cuando al inicio de la década de los sesenta llegó a Barcelona para iniciar su carrera universitaria. Desde ese día la Universidad fue una parte esencial de su vida. Lo fue como espacio de trabajo, de docencia, investigación y difusión; como espacio de actuación política e intervención en el conjunto de la sociedad; y lo fue como espacio sobre el que pensar y actuar para conseguir una Universidad al servicio de una sociedad democrática. La Universidad ha cambiado mucho desde los sesenta, nada que decir a eso. Pero algunas de sus características actuales son tan inadmisibles como muchas de las que se encontró la generación de Fernández Buey e intentó cambiar.

Su labor cotidiana en el día a día de la vida universitaria y sus aportaciones más puntuales en forma de artículos, libros o conferencias, le han convertido en un referente para muchas personas. Un recorrido por su vida, es pasar por algunos de los momentos más significativos de una lucha por la democratización de la Universidad. Como estudiante se implicó en la gestación del Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad de Barcelona, constituído el 9 de marzo de 1966. Un proyecto decidido de ruptura con el régimen franquista a partir de la creación de un espacio de participación, decisión y gestión de las personas estudiantes en la Universidad de Barcelona al margen del oficial Sindicato Español Universitario. Un proyecto para hacer posible una Universidad preocupada por los problemas de su sociedad, que no fuera clasista, con libertad de docencia y expresión, gestionada por las personas que forman parte de la comunidad. La experiencia del SDEUB supuso muchas cosas, pero conviene destacar la aportación decisiva para que la dictadura perdiera la Universidad. Ya fueran hijos o hijas de familias vencedoras o perdedoras de la guerra, un grupo nada despreciable se encontró para autogestionar su representación e impulsar una vida universitaria que acabaría llevando a una situación que permitía hablar de las universidades como «islas de libertad» a finales del franquismo.

La represión cayó sobre ellos y ellas antes del 68. Cárcel, torturas, expulsiones, servicio militar en el Sahara… Pero habían conseguido cambiar muchas cosas. Una clara muestra de ello es como algunos de estos estudiantes expulsados en 1967-68 serían incorporados como jóvenes profesores al inicio de la década de los setenta, después de poder recuperar sus estudios y terminar las licenciaturas. Estaban cambiando la Universidad. Después vendría la situación de precariedad laboral como profesorado no numerario. No se resolvió como querían, pero consiguieron una Universidad que estabilizó su situación y donde pudieron desarrollar su carrera académica. Parecía que la Universidad podía avanzar en una dirección deseable: preocupación por el acceso para el conjunto de la población, trabajar en condiciones dignas, investigación que pudiera estar al servicio de su sociedad… La tendencia permitía estar esperanzado. Décadas de movilización y trabajo serio así lo podían hacer pensar.

Pero a la vez que se hacía más presente la tendencia democratizadora de la Universidad, defensora de que no puede haber progreso científico-técnico que no sea también social como ya decía el SDEUB en 1966, iba creciendo la que defiende la Universidad como elemento clave del sector industrial, como inversión privada, como generadora de transferencia al mundo empresarial, como formadora de las personas que el mercado laboral demanda… La eclosión de esta emergencia fue aprovechando el llamado proceso de Bolonia (ya en el nuevo siglo) que, de entrada, no tenía por qué ser más que la homologación del mundo universitario europeo para facilitar la comunicación y circulación entre países. Quien antes y mejor lo vio fue buena parte del movimiento estudiantil. Poco profesorado estuvo atento y preocupado por la cuestión. Y todavía menos decidió acompañar la movilización y apoyar en los momentos de represión y criminalización.

Hoy, no es extraño leer o escuchar intervenciones que reconocen lo visto y cuestionado por el movimiento estudiantil. Como en tantas ocasiones de la historia, lo reconocen mal y a destiempo. Pero aquí no vale solamente con el yo ya lo dije. Eso puede ofrecer cierta autoridad o legitimidad a reclamar para intentar que hagan más caso. Pero lo importante es continuar porque nada ha cambiado en lo esencial. Nuestra Universidad, la que nos tendría que preocupar a todas las personas que formamos parte de esta sociedad, tiene problemas que afectan a sus propios fundamentos.

Hoy la Universidad pública, española y catalana, está entre las que tiene matrículas de grado y máster más caras de Europa (lo muestra el último informe del Observatorio del Sistema Universitario http://www.observatoriuniversitari.org/es/2014/06/19/el-coste-de-estudiar-en-europa/ ). Las implicaciones que esto supone son muchas, pero conviene destacar la dificultad para acceder y mantenerse como estudiante. Cuando todavía no habíamos conseguido un acceso universal a la Universidad, las políticas públicas supondrán una grave regresión que todavía es difícil de cuantificar. Hoy la Universidad pública española y catalana ve como la financiación pública se reduce y eso afecta decisivamente a las personas que en ella trabajan. Despidos, no renovaciones. Las condiciones del personal, no estable, docente, investigador o de servicios, no dejan de precarizarse. Se utilizan figuras contractuales inadecuadas, cuando no ilegales; hay personas cobrando sueldos que ni de lejos se acercan al mileurismo para desarrollar docencia e investigación. Una investigación que recibirá una muy diferente financiación dependiendo de los intereses a los que consiga atraer. La reducción de los recursos públicos y su orientación al llamado sector productivo no lo pone fácil para quien se mueva por otros criterios. Unos criterios que tampoco son fáciles de encontrar en una docencia que no apuesta por una educación que busque la autonomía, la capacidad de pensar con la propia cabeza.

Podríamos continuar con la lista. Podríamos tener la tentación de reclamar a nuestros mayores. Siempre podemos reclamar por lo que nos hemos encontrado. Pero, a mi entender, convendría primero agradecer lo que consiguieron las generaciones anteriores. Después, asumir como propios los desafíos que hoy se nos presentan. Fernández Buey, en sus últimos años, le costó imaginar hasta donde podía evolucionar la situación. Parecía que no se atreverían a tanto… Al final ya no tuvo dudas. Le hubiera gustado poder hacer más. Hizo mucho. Ahora es tiempo de no mirar hacia otro lado si nos preocupa una Universidad que sea democrática. Las condiciones no ayudan, pero no somos ni los primeras ni las últimas personas que tendremos que hacerlo.

Hace dos años que nos dejó Francisco Fernández Buey. Y Salvador López Arnal me ha pedido si me gustaría escribir algo que acompañará al texto que él ha preparado para hoy dentro de la serie dedicada a la obra de Paco sobre la Universidad. Hay que agradecer y mucho, así lo pienso y lo digo, el trabajo constante de Salvador para hacer presente, analizar y divulgar el pensamiento y la obra de personas como Francisco Fernández Buey o Manuel Sacristán. Personas con grandes aportaciones, que sufren el silencio que en nuestra sociedad merece la incomodidad y la actuación crítica. Seguiremos pensando y actuando con ellos, nos continúan ayudando a hacerlo.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de los autores mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes

Dos años después (XX)

Francisco Fernández Buey: estudiante antifranquista y comunista democrático, profesor universitario, maestro de ciudadanos y ciudadanas

(con un anexo de Jordi Mir Garcia)

 

Salvador López Arnal

In memoriam et ad honorem. Para que no habite el olvido

La novedad o innovación del movimiento estudiantil barcelonés después del mayo francés, sobre todo desde octubre de 1968, señala FFB, no se encuentra en el plano estrictamente político o en un aumento de la participación estudiantil en las movilizaciones. No, en absoluto.

Se ubicaba en otros ámbitos.

«En mi recuerdo, esos otros ámbitos que hay que considerar fueron principalmente dos. En primer lugar, surgen entonces nuevas formas de organización de la protesta, claramente influidas por las vanguardias de los movimientos estudiantiles europeos y (en menor medida) norteamericanos. En segundo lugar, y esto en un sentido más capilar pero también en relación con algunas de las ideas de los movimientos estudiantiles europeos del 68, se produce entonces un importante cambio socio-cultural que afectó no sólo a la vanguardia del movimiento estudiantil sino a los jóvenes universitarios en general.»

Las dos cosas tenían que ver con la radicalización de un movimiento estudiantil que, además de antifranquista, se quería ya, y se proclamaba, anticapitalista y anti-imperialista y, en algunos casos, por si fuera poco, anti-burgués y/o proletario. «En la proclama anticapitalista influyó mucho la difusión de las ideas de «las tres M», como decían algunos de los estudiantes franceses, italianos y alemanes: Marx, Mao, Marcuse.»

En la proclama anti-imperialista, lo decisivo había sido la importancia que entonces tuvo la protesta contra la intervención norteamericana en Vietnam, protesta que estuvo ya, como FFB ya habia señalado, «en los orígenes del movimiento estudiantil californiano y que contaba en Europa con el apoyo decidido de intelectuales de renombre». Bertrand Russell, Günther Anders, Lelio Basso, Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Laurent Schwartz, Vladimir Dedijer o Isaac Deutscher, eran algunos de los nombres más conocidos.

De la proclama anti-burguesa existían numerosas muestras en las octavillas de los principales grupos barceloneses del momento.

«[…] y tal vez la titulada Los hijos de la burguesía han dicho basta, difundida en febrero de 1969 por la Comités de Acción, sea la más significativa de las lanzadas por entonces en la universidad de Barcelona. No conozco cosas de ese cariz en otras universidades españolas (tal vez porque en ellas no había burguesía propiamente dicha o porque la influencia parisina fue menor).»

De la relevancia que llegó a darse, en la vanguardia estudiantil, a la proletarización bastaba con recordar el llamamiento formulado por uno -¿tal vez el PCE (i)?- de los grupos postseseantyochista para ir a trabajar a las fábricas del cinturón industrial barcelonés, lo que algunos estudiantes universitarios de entonces hicieron realmente (Lo mismo que ocurrió pocos años después, a mediados de los setenta, en el caso de partidos políticos de la izquierda comunista como el Movimiento Comunista. De cadenas y de hombres de Robert Linhart, publicado por Siglo XXI, fue un libro que influyó fuertemente en estos grupos de estudiantes. A mi mismo, por ejemplo).

Durante los últimos meses de 1968 y a lo largo de 1969 el contenido de las reivindicaciones del movimiento estudiantil cambió de forma sustancial respecto de lo que había sido el programa del SDEUB en los años anteriores, apunta FFB. Cambió también el lenguaje en que tales reivindicaciones se expresaban.

«Todos los grupos y grupúsculos que constituían la vanguardia estudiantil en la universidad de Barcelona se autoproclamaban entonces revolucionarios. Algunos, como la UER, llevaban la palabra revolucionario ya en su sigla; otros, como los Estudiantes Marxista-Leninistas, las Comisiones de Estudiantes Socialistas (CES), los Comités de Huelga Estudiantil-Comités de Huelga Obrera (CHE-CHO) o los Comités de Acción de las distintas facultades y escuelas lo proclamaban constantemente en sus papeles.»

El adjetivo revolucionario se empleaba entonces en las universidades, y en otros ámbitos, para calificar varias cosas a la vez. Por supuesto, «para impugnar globalmente la sociedad capitalista y propugnar una sociedad socialista». Pero también para calificar «objetivos inmediatos como la ocupación y clausura de cátedras» y acciones «como los «juicios críticos» a los catedráticos considerados reaccionarios o para proclamar desiderata como la destrucción de la universidad existente».

Sea como fuere, el punto seguramente más llamativo de la acción política de las vanguardias estudiantiles de aquellos años, si se la comparaba con lo que había sido el programa del SDEUB, fue, en opinión de FFB, la crítica radical a la democracia representativa o por delegación. Vestigios, nudos de esta crítica, de esa crítica han quedado plasmados en el movimiento del 15M y del 22M o en tesis de los movimientos alterglobalizadores.

La lucha por la democracia pasó a ser considerada por las vanguardias políticas mero reformismo: «el talante democrático se llamaba despectivamente «democratismo»; el democratismo era considerado una trampa tendida a los estudiantes por los nuevos gestores universitarios; la posibilidad misma de una gestión democrática de los claustros universitarios (que, obviamente, no llegó a realizarse) se calificaba de «democratiforme»; los partidarios de la misma eran «liberalejos»».

Hasta los militantes más curtidos y formados del PSUC, recuerda FFB, entraban en la admonición leninista contra el «cretinismo parlamentario». Todas estas cosas, que por supuesto él no fabulaba sino que estaban tal cual entre los papeles que entonces difundían los grupos anteriormente mencionados, eran sin duda transposiciones del lenguaje sesentayochista «acuñado en países en los que sí existía la democracia parlamentaria». Pero:

«[…] no hay que engañarse al respecto: si este lenguaje tuvo su aceptación en el momento, por minoritaria que tal aceptación haya sido en el mundo universitario, no fue porque se hubiera producido algo así como una obnubilación generalizada de la vanguardia juvenil universitaria en un país que seguía gobernado con mano férrea por un dictador, sino más bien por la percepción de que aquello que los mandamases del régimen llamaban democracia (orgánica) o liberalización era una mentira; y también por la enorme decepción que entre los estudiantes produjo la ilegalización y persecución de los sindicatos estudiantiles que habían llevado (o aún llevaban) en sus siglas el nombre de democráticos.»

Era importante subrayar que la radicalización del movimiento estudiantil en esos años no se debió sólo al mimetismo respecto de los movimientos estudiantiles europeos. No, aquí había que distinguir entre palabras y acciones. «El radicalismo verbal mimético fue muy barcelonés; la radicalidad en las acciones fue, en cambio, mucho más general». Se comprendía, se podía comprender teniendo en cuenta «los cierres de facultades, los expedientes abiertos, la presencia constante de la policía en la mayoría de las universidades del país, los desalojos de edificios universitarios, los ataques a estudiantes por parte de grupos como Defensa Universitaria», las mismas declaraciones del almirante Carrero Blanco, futuro presidente de Gobierno, alma gemela de Franco, calificando al movimiento estudiantil de «grupo de estudiantes, drogados y ateos». A la altura de su mentor. Había que sumar también «la clausura de editoriales progresistas, el restablecimiento de la censura de prensa, el papel del TOP (Tribunal de Orden Público), los consejos de guerra…»

De las nuevas formas de actuación que entonces se impusieron en el movimiento estudiantil barcelonés, FFB destaca «las sentadas, los encierros, los «juicios críticos» a los mandarines, el uso habitual del dazibao en los patios y pasillos de las instalaciones, las ocupaciones de cátedras y la proliferación de comités ad hoc en las facultades universitarias». Fuera de la universidad, en las calles de la ciudad entonces resistente y más que antifranquista, «la actuación de comandos, las manifestaciones relámpago, la guerrilla urbana y los llamamientos al enfrentamiento directo con la policía».

«Se puede decir que ahí hubo una combinación de ideas procedentes de Nanterre, de los escritos de los estudiantes anti-autoritarios de Berlín, de las prácticas de los estudiantes californianos, del maoísmo, del guevarismo y de la revolución cultural china (vista entonces casi siempre con ojos idealizadores y no sólo por la vanguardia estudiantil).»

Todo lo indicado representaba un cambio notable respecto de las formas de actuación del movimiento estudiantil barcelonés de los años anteriores. La dinámica de los sindicatos democráticos se había basado por lo general en la asamblea -de curso, de facultad, de distrito-, en la elección de delegados representativos, en la huelga, en las manifestaciones en la calle, siguiendo en general la práctica tradicional del movimiento obrero y sindical.

«Ahora, en el 68-69, la imposición de los comités para llevar a cabo tal o cual actuación sustituía a las asambleas cuando en ellas no había acuerdo o, en la mayoría de los casos, se superponía a las asambleas en nombre de la democracia directa o de la eficacia de la acción en una situación represiva y de clandestinidad.»

Praxis, activismo rupturista. Las sentadas y los encierros, «inicialmente vistos con desconfianza por los estudiantes más vinculados al movimiento obrero», acabaron imponiéndose como prolongación del «No nos moverán» (algo así, como el «sí se puede, sí podemos (sin confundirnos)» de aquellos años) y como consecuencia de la presencia permanente, una novedad represiva, de la policía en la universidad, lo que hacía cada vez más difícil la celebración de asambleas masivas.

«Los juicios críticos a los catedráticos, las ocupaciones y clausuras de cátedras fueron otra herencia del mayo francés. Con estas acciones se pretendía, por una parte, criticar los contenidos de aquellas asignaturas impartidas por catedráticos reaccionarios, conservadores o «tecnócratas» y denunciar, por otra, el carácter autoritario de la universidad burguesa. Hay que decir, con todo, que fueron aquellos estudiantes los que descubrieron que el autoritarismo no estaba sólo en la ideología franquista de tales o cuales profesores sino también en la forma habitual de la relación profesor-alumno, en la forma de transmitir conocimientos.»

Por debajo de los juicios críticos, de las ocupaciones y clausuras de cátedras, habituales en las facultades de letras y económicas sobre todo, latían dos ideas no siempre coincidentes sostiene FFB: «la aspiración a la autogestión de la universidad, protagonizada por los propios estudiantes, y la proclama de la destrucción de la universidad (generalmente calificada de burguesa o tecnocrática)». Esta tensión se solía resolver, en los casos más lúcidos, como el de la UER, presentado la universidad «como un espacio de libertad que había que conquistar, pese a todo, en un contexto dictatorial.»

Sacristán escribió y dictó conferencias oponiéndose frontalmente a la idea, aparentemente revolucionaria, de destrucción de la Universidad. FFB apreció siempre sus escritos sobre el tema. El esencial está recogido, como se indicó, en el tercer volumen de los «Panfletos y materiales»: «La universidad y la división del trabajo.»

Sin lugar a dudas, uno de los grandes escritos, de los menos olvidados, del marxismo ibérico. La primera conferencia que yo le escuché. Hablé con FFB varias veces sobre la hondura de la argumentación desarrollada y la exquisita paciencia durante su intervención oral en los comedores universitarios de 1972, ante un conjunto diezmado de frailes obnubilados que no pararon de interrogarle hasta tres horas después de iniciar su conferencia. El que suscribe, con autocrítica y pesar, entre ellos.

Anexo: «Una Universidad que volver a ganar. Recordando a Francisco Fernández Buey»

 

Jordi Mir Garcia

 

Hoy la vida universitaria necesita a personas como Francisco Fernández Buey tanto o más que cuando al inicio de la década de los sesenta llegó a Barcelona para iniciar su carrera universitaria. Desde ese día la Universidad fue una parte esencial de su vida. Lo fue como espacio de trabajo, de docencia, investigación y difusión; como espacio de actuación política e intervención en el conjunto de la sociedad; y lo fue como espacio sobre el que pensar y actuar para conseguir una Universidad al servicio de una sociedad democrática. La Universidad ha cambiado mucho desde los sesenta, nada que decir a eso. Pero algunas de sus características actuales son tan inadmisibles como muchas de las que se encontró la generación de Fernández Buey e intentó cambiar.

Su labor cotidiana en el día a día de la vida universitaria y sus aportaciones más puntuales en forma de artículos, libros o conferencias, le han convertido en un referente para muchas personas. Un recorrido por su vida, es pasar por algunos de los momentos más significativos de una lucha por la democratización de la Universidad. Como estudiante se implicó en la gestación del Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad de Barcelona, constituído el 9 de marzo de 1966. Un proyecto decidido de ruptura con el régimen franquista a partir de la creación de un espacio de participación, decisión y gestión de las personas estudiantes en la Universidad de Barcelona al margen del oficial Sindicato Español Universitario. Un proyecto para hacer posible una Universidad preocupada por los problemas de su sociedad, que no fuera clasista, con libertad de docencia y expresión, gestionada por las personas que forman parte de la comunidad. La experiencia del SDEUB supuso muchas cosas, pero conviene destacar la aportación decisiva para que la dictadura perdiera la Universidad. Ya fueran hijos o hijas de familias vencedoras o perdedoras de la guerra, un grupo nada despreciable se encontró para autogestionar su representación e impulsar una vida universitaria que acabaría llevando a una situación que permitía hablar de las universidades como «islas de libertad» a finales del franquismo.

La represión cayó sobre ellos y ellas antes del 68. Cárcel, torturas, expulsiones, servicio militar en el Sahara… Pero habían conseguido cambiar muchas cosas. Una clara muestra de ello es como algunos de estos estudiantes expulsados en 1967-68 serían incorporados como jóvenes profesores al inicio de la década de los setenta, después de poder recuperar sus estudios y terminar las licenciaturas. Estaban cambiando la Universidad. Después vendría la situación de precariedad laboral como profesorado no numerario. No se resolvió como querían, pero consiguieron una Universidad que estabilizó su situación y donde pudieron desarrollar su carrera académica. Parecía que la Universidad podía avanzar en una dirección deseable: preocupación por el acceso para el conjunto de la población, trabajar en condiciones dignas, investigación que pudiera estar al servicio de su sociedad… La tendencia permitía estar esperanzado. Décadas de movilización y trabajo serio así lo podían hacer pensar.

Pero a la vez que se hacía más presente la tendencia democratizadora de la Universidad, defensora de que no puede haber progreso científico-técnico que no sea también social como ya decía el SDEUB en 1966, iba creciendo la que defiende la Universidad como elemento clave del sector industrial, como inversión privada, como generadora de transferencia al mundo empresarial, como formadora de las personas que el mercado laboral demanda… La eclosión de esta emergencia fue aprovechando el llamado proceso de Bolonia (ya en el nuevo siglo) que, de entrada, no tenía por qué ser más que la homologación del mundo universitario europeo para facilitar la comunicación y circulación entre países. Quien antes y mejor lo vio fue buena parte del movimiento estudiantil. Poco profesorado estuvo atento y preocupado por la cuestión. Y todavía menos decidió acompañar la movilización y apoyar en los momentos de represión y criminalización.

Hoy, no es extraño leer o escuchar intervenciones que reconocen lo visto y cuestionado por el movimiento estudiantil. Como en tantas ocasiones de la historia, lo reconocen mal y a destiempo. Pero aquí no vale solamente con el yo ya lo dije. Eso puede ofrecer cierta autoridad o legitimidad a reclamar para intentar que hagan más caso. Pero lo importante es continuar porque nada ha cambiado en lo esencial. Nuestra Universidad, la que nos tendría que preocupar a todas las personas que formamos parte de esta sociedad, tiene problemas que afectan a sus propios fundamentos.

Hoy la Universidad pública, española y catalana, está entre las que tiene matrículas de grado y máster más caras de Europa (lo muestra el último informe del Observatorio del Sistema Universitario http://www.observatoriuniversitari.org/es/2014/06/19/el-coste-de-estudiar-en-europa/ ). Las implicaciones que esto supone son muchas, pero conviene destacar la dificultad para acceder y mantenerse como estudiante. Cuando todavía no habíamos conseguido un acceso universal a la Universidad, las políticas públicas supondrán una grave regresión que todavía es difícil de cuantificar. Hoy la Universidad pública española y catalana ve como la financiación pública se reduce y eso afecta decisivamente a las personas que en ella trabajan. Despidos, no renovaciones. Las condiciones del personal, no estable, docente, investigador o de servicios, no dejan de precarizarse. Se utilizan figuras contractuales inadecuadas, cuando no ilegales; hay personas cobrando sueldos que ni de lejos se acercan al mileurismo para desarrollar docencia e investigación. Una investigación que recibirá una muy diferente financiación dependiendo de los intereses a los que consiga atraer. La reducción de los recursos públicos y su orientación al llamado sector productivo no lo pone fácil para quien se mueva por otros criterios. Unos criterios que tampoco son fáciles de encontrar en una docencia que no apuesta por una educación que busque la autonomía, la capacidad de pensar con la propia cabeza.

Podríamos continuar con la lista. Podríamos tener la tentación de reclamar a nuestros mayores. Siempre podemos reclamar por lo que nos hemos encontrado. Pero, a mi entender, convendría primero agradecer lo que consiguieron las generaciones anteriores. Después, asumir como propios los desafíos que hoy se nos presentan. Fernández Buey, en sus últimos años, le costó imaginar hasta donde podía evolucionar la situación. Parecía que no se atreverían a tanto… Al final ya no tuvo dudas. Le hubiera gustado poder hacer más. Hizo mucho. Ahora es tiempo de no mirar hacia otro lado si nos preocupa una Universidad que sea democrática. Las condiciones no ayudan, pero no somos ni los primeras ni las últimas personas que tendremos que hacerlo.

Hace dos años que nos dejó Francisco Fernández Buey. Y Salvador López Arnal me ha pedido si me gustaría escribir algo que acompañará al texto que él ha preparado para hoy dentro de la serie dedicada a la obra de Paco sobre la Universidad. Hay que agradecer y mucho, así lo pienso y lo digo, el trabajo constante de Salvador para hacer presente, analizar y divulgar el pensamiento y la obra de personas como Francisco Fernández Buey o Manuel Sacristán. Personas con grandes aportaciones, que sufren el silencio que en nuestra sociedad merece la incomodidad y la actuación crítica. Seguiremos pensando y actuando con ellos, nos continúan ayudando a hacerlo.

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