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Entrevista a Enric Navarro, productor y labrador en l’Horta de Valencia

«Hace falta la profesionalización para vivir dignamente de la tierra»

Fuentes: Rebelión

En l’Horta de Valencia se funden Historia, ancestros y memoria personal. La sangre de la tierra y del labrador se confunde, casi como una fatalidad, con el asfalto de la expansión urbana. Como tantos otros productores y labradores, Enric Navarro, de 42 años, lleva en su biografía la secular querella entre la ciudad y su […]

En l’Horta de Valencia se funden Historia, ancestros y memoria personal. La sangre de la tierra y del labrador se confunde, casi como una fatalidad, con el asfalto de la expansión urbana. Como tantos otros productores y labradores, Enric Navarro, de 42 años, lleva en su biografía la secular querella entre la ciudad y su huerta. Su padre nació en una barraca de l’Horta de Vera, engullida años después por el Campus Universitario de Tarongers. Su madre nació en una alquería de l’Horta de Benicalap, donde hoy se demoran las obras del nuevo estadio del Valencia Club de Fútbol. Y sus abuelos eran labradores, también, en l’Horta de Benicalap. El nuevo Plan General de Valencia, actualmente en fase de alegaciones, plantea la reclasificación de 415 hectáreas de huerta para la construcción de viviendas y nuevas infraestructuras.

Enric Navarro cursó estudios de ingeniero agrónomo, pero desde pequeño tuvo claro que se quería dedicar a la tierra. En 2003 impulsó una pequeña empresa de producción y comercialización de fruta y verdura ecológica -«Terra i Xufa»-, que funciona como una cooperativa y hoy trata de consolidarse. Manifiesta, como una de sus principales preocupaciones, «que se dé un relevo generacional en la agricultura del País Valenciano», para que con la muerte de los viejos labradores no se pierda su sabiduría. A lo mejor por esta razón ha impartido clases, durante los últimos cinco años, en el ciclo de «Producción Agroecológica» en la Escuela de Capataces de la Diputación de Valencia. También es activista, miembro de Per l’Horta.

-¿Qué opinas, como ciudadano, del nuevo planeamiento urbanístico de la ciudad de Valencia, que propone una vez más crecimientos a costa de la huerta periurbana?

Después de siete años de crisis, la gente que gobierna el Ayuntamiento de Valencia todavía no ha entendido las circunstancias. Si hablamos de que las cosas nunca volverán a ser como en la década del «boom» urbanístico, tendrían que pensar en un nuevo modelo productivo. Y en Valencia, se quiera o no, el cambio de paradigma ha de basarse en la tierra, porque estamos rodeados de agricultura (sea tradicional o ecológica) y campos productivos. Se trata de una agricultura especial, periurbana, que si se tuviera una visión estratégica y de futuro tendría que valorarse por algo muy importante: en el futuro los costes del transporte de los alimentos se imputarán al precio final de estos. Además, en una ciudad con un área metropolitana de 1,5 millones de habitantes es inaudito continuar con una mentalidad desarrollista, propia de los años 60. Pensar que podemos expansionar la ciudad tanto como queramos, y siempre a costa de las tierras más fértiles, de regadío y que están en cultivo. Las tierras de huerta.

-¿Y tu opinión como labrador?

Tengo la impresión de que si una persona pretende constituir una fábrica y se marcha a un polígono industrial, cuenta con la seguridad jurídica de que nadie va a expulsarle de la nave. En cambio los agricultores (especialmente en Valencia), nos sometemos a que cualquier político cambie la normativa urbanística, y puedan expulsarte del lugar donde desarrollas tu actividad económica (en este caso agrícola). Además, para el agricultor joven los precios de la tierra son hoy inaccesibles. Y especulativos, aunque hayan disminuido en los últimos años. Todavía se fijan los precios con la mentalidad de que el día de mañana puedan urbanizarse las tierras. Así, lo que hacemos es arrendar. El arrendamiento es relativamente asequible, en la medida que no hay tanta gente que se quiera dedicar a la agricultura.

-Y eso que la tierra en un reservorio de alimentos en un contexto de crisis.

Cuando observas países como China, de enorme extensión pero con muy poca superficie agrícola útil en relación con sus 1.300 millones de habitantes; o Arabia Saudí, que acapara tierras de cultivo en otros países… En el País Valenciano destruimos la tierra más fértil, la de la llanura aluvial de l’Horta de Valencia, con un sistema de regadíos perfecto, que funciona por gravedad (sin bomba de impulsión) y sin coste energético. Me sorprende que los gobernantes persistan en el error. Actualmente vivimos un momento de caída de los precios del petróleo, pero todo el mundo sabe que, en el futuro, se tendrán que incluir los costes reales del transporte en el precio de los alimentos que consumimos. Es más, el día de mañana será uno de los costes principales. Hoy por hoy, los productos de «contratemporada» nos están llegando del hemisferio sur incluso en aviones. Y eso es algo que, con independencia de si se trata de agricultura convencional o ecológica, no se puede permitir. El coste ambiental y energético de transportar un kilogramo de cerezas desde Chile hasta nuestros mercados es inasumible.

-¿Habría que apostar, por tanto, por una agricultura ecológica y de proximidad?

En l’Horta de Valencia se practica la agricultura de proximidad en la mayoría de los casos. Los labradores, convencionales o ecológicos, dirigen el producto a los mercados locales (Mercavalencia o Mercovasa, los dos mercados mayoristas al norte y sur de la ciudad). «La tira de comptar» es una nave dentro de Mercavalencia donde los labradores de l’Horta venden directamente su producto a los minoristas de Valencia, sean restaurantes, tiendas o supermercados. Eso es la venta de proximidad. Y es muy importante que se proteja y potencie. Porque l’Horta no es únicamente sol y tierra. Hay también estructuras organizadas que debemos conocer y trabajar. Si el mercado central, el de Russafa o los mercados municipales son importantes, es porque detrás hay una «tira de comptar», donde las «paradas» de estos mercados van a comprar todas las mañanas. Existe en Valencia, además, la tradición de que los labradores vendan directamente su propia producción. Que tengan su propia «parada» en un mercado. Ahora bien, mientras haya labradores que no puedan defender dignamente su producto, al tiempo que hay «puestos» vacíos en los mercados municipales, algo no está funcionando. En todo esto consiste la venta de proximidad, que muchas veces, en mi opinión, es más ecológica que mucha «agricultura ecológica» que se promueve con un único fin: vender los productos en los supermercados de toda Europa.

-¿Opinas que se ha idealizado la etiqueta «ecológica»?

Hace unos años, casi todos los que hacíamos agricultura ecológica nos conocíamos. Además del sistema de certificación, todo el mundo sabía distinguir el grano de la paja. Pero ocurre que, conforme pasa el tiempo, las grandes empresas agroindustriales ven en la agricultura ecológica una oportunidad de negocio, y se incorporan a este sistema. Tampoco lo veo mal del todo. Porque cuanta más gente practique la agricultura ecológica (aunque se trate de grandes empresas), menos se contaminarán los acuíferos, los ciudadanos viviremos en un ambiente más sano y más se difundirá esta práctica. Nos verán menos como a unos «bichos raros». Además, si el producto ecológico estuviera en los supermercados en el grado en que está en el resto de Europa, el frutero o la verdulera del barrio también querrían tener estos productos. En Alemania, Austria, Dinamarca, Francia o Reino Unido se realiza la venta directa de productos ecológicos a pie de finca, en el pequeño comercio o en las grandes superficies. Y funcionan todos los canales.

-¿Se dedica la agroindustria a la agricultura ecológica? Si es así, ¿Con qué consecuencias?

Claro, casas holandesas de semillas, o empresas exportadoras de Almería, Castilla y zonas donde se da una estructura productiva latifundista. El problema con la agroindustria es que todo se centra en el precio, se trata de ver quién hace el producto más barato y, como te digo, «reventar» los precios. Se dejan de lado, entonces, otras cuestiones que hay detrás del producto ecológico: en qué entorno están producidos, quién está detrás del producto, salarios, condiciones laborales, embalaje…

-Hay un asunto que planea sobre la conversación. ¿Es posible que el labrador viva hoy de su oficio, de la tierra?

En mi opinión, para vivir hoy dignamente de la agricultura (en general, no sólo ecológica) son necesarias tres condiciones. Por un lado, la profesionalización. Nos hace falta una generación de gente bien formada. Además, el productor, hoy en día, ha de especializarse y buscar su proyecto. ¿Un ejemplo? El cultivo del cacahuete ecológico, que antes se cultivaba en l’horta de modo manual (sin mecanización), hoy prácticamente ha desaparecido. Actualmente los agricultores sólo plantan el cacahuete para el autoconsumo. El hecho es que se importa, sobre todo, de China y Egipto. Por otro lado, tengo un alumno que está produciendo setas ecológicas (shiitake o boletus eryngii) que, por cuestiones de salud o culinarias, están muy en boga. La tercera pata sería la innovación. Hacer algo diferente y con valor añadido. Y, además, cuanto más cerca del consumidor final, mejor…

-No has citado la coordinación entre proyectos que se basen en ideas parecidas. ¿Cuál es tu experiencia en ese sentido?

Trabajamos con otros agricultores de Cataluña, Madrid o Navarra que, por ejemplo en invierno, no disfrutan de las mismas condiciones climáticas que el País Valenciano. Durante estos meses no tienen hortalizas invernales, y nosotros les enviamos puerros, carlotas, cebollas o alcachofas. Se trata, en el caso de Cataluña, de redes comarcales de jóvenes agricultores que se juntan y organizan. Uno tiene una pequeña tienda, otro un «puesto» en un mercado, otro hace cestas «multiproductos»… Exportamos, además, para que el labrador de Francia, Alemania o Dinamarca pueda hacer su propia cesta «multiproductos». Por ejemplo, en Dinamarca trabajamos con una cooperativa que realiza 40.000 cestas semanales, a la que suministramos toda gama de coles. Estas empresas vienen, incluso, aquí en verano, porque les interesa saber quién es el productor. Y eso es cada vez más importante. Ponerle cara y ojos al producto.

-Se hace referencia continuamente al envejecimiento del trabajador del campo y a la falta de relevo generacional. ¿Observas un cambio en el oficio de labrador, un viraje en la mentalidad, una fractura entre generaciones?

Sí, es evidente. Te hablo de l’Horta. Aquí el labrador ha sido siempre muy buen productor, pero se ha quedado en eso. En una muy buena cosecha, con muy buen rendimiento. Hace 20 ó 30 años se le podía sacar a la tierra buen rendimiento, tanto en la agricultura convencional como ecológica, y con muy poca superficie daba para vivir. Pero hemos fallado, posiblemente, al quedarnos en el producto fresco y no potenciar la transformación. Por ejemplo, conservas, mermeladas o zumos, como sí se ha hecho en Murcia, Extremadura o Cataluña, y más todavía en países como Italia. Esta transformación no existe en l’Horta a nivel artesanal, ni de la pequeña y mediana empresa, aunque sí en las macroempresas de la agroindustria que trabajan para los supermercados. Pero el productor joven sí tiene la mentalidad de que los excedentes no pueden arrojarse a la basura. Hay que transformarlos y darles un valor añadido.

-¿Es imprescindible la vocación para dedicarse a la tierra? ¿Es compatible esta «llamada interior» con la profesionalización a la que apelas?

Hace falta una vocación porque ésta es una profesión muy dura y sacrificada. No se puede negar. Eso, claro, si uno quiere hacer bien el trabajo. Se ha de estar dispuesto a trabajar todas las horas que haga falta en los momentos «punta» de labor (plantación o recolección), aunque después hay otros meses en que el trabajo es diferente (por ejemplo, a la hora de preparar el terreno). Pero éste es un trabajo de 12 meses al año y 24 horas al día. A veces un poco más relajado, otras no tanto. Sin vocación, eso no puede hacerse. ¿Profesionalización? Sí, bien entendida.

-Por último, ¿de dónde le viene uno ese apego existencial a la tierra?

En mi caso, el entorno ha pesado mucho. La agricultura que yo viví de pequeño era un divertimento. No era nada forzada, y eso es decisivo. Es muy importante que los padres y los abuelos no fuercen nunca a los hijos a dedicarse a la tierra. No hay que obligar a nadie. A uno le tiene que nacer. Porque si no, ese sacrificio y exigencia que tiene la tierra se convierte en una tarea demasiado pesada. Y entonces vienen los problemas. En l’Horta siempre se ha apreciado el trabajo bien hecho. Porque no se trata sólo de un espacio agrícola, detrás hay una serie de técnicas de cultivo, del espacio y, repito, una estima por el trabajo bien realizado.

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