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Katiusha cumple 70 años

Fuentes: Rebelión

Katiusha ha cumplido 70 años. Cuando los cohetes que llevan su nombre cruzan los cielos de Irak, Afganistán, el Líbano, Chechenia o el Cáucaso, nadie parece acordarse de la joven de la canción que inspiró la ocurrencia.  «Katiusha» -diminutivo cariñoso para Yekaterina (Yekaterina-Katia-Katiusha)-, la canción, que no el cohete, vino al mundo en 1938 con […]

Katiusha ha cumplido 70 años. Cuando los cohetes que llevan su nombre cruzan los cielos de Irak, Afganistán, el Líbano, Chechenia o el Cáucaso, nadie parece acordarse de la joven de la canción que inspiró la ocurrencia. 

«Katiusha» -diminutivo cariñoso para Yekaterina (Yekaterina-Katia-Katiusha)-, la canción, que no el cohete, vino al mundo en 1938 con música de Matvey Blanter (1903-1993) -aunque hay quien dice que éste la tomó de la ópera Mavra (1922) de Stravinski- y letra del poeta ruso Mijaíl Isakovski (1900-1973). La letra, traducida recientemente al castellano por Antonio Javier ‘Tonxabar’, dice así:

«Manzanos y perales estaban florecidos, / Sobre el río suspendida la niebla matutina, / La joven Katiusha subió a la rivera alta, / Del río la empinada rivera en la niebla.

En la rivera Katiusha comenzó a cantar / De una orgullosa águila gris de la estepa, / De una Katiusha enamorada tan profundamente, / De quien cuyas cartas ella ha guardado.

Oh, canción, brillante canción de una doncella, / Vuela al sol, vuela como un pájaro / Al soldado en el lejano frente / De Katiusha lleva un saludo.

Déjale pensar en una sencilla doncella oriunda, / Déjale oír la clara canción de Katiusha, / Guardará la tierra de su querida patria, / Y su amor Katiusha mantendrá fuerte.

Manzanos y perales estaban florecidos, / Sobre el río suspendida la niebla matutina, / La joven Katiusha subió a la rivera alta, / Del río la empinada rivera en la niebla.»

La canción, que por la sencillez de su melodía conoció rápidamente la popularidad, se convertiría durante la Segunda Guerra Mundial en el equivalente soviético de «Lili Marleen». Fueron los soldados soviéticos quienes dieron el nombre de «Katiusha» a los lanzacohetes BM-8, BM-13 y BM-31 que hoy se siguen empleando en numerosos conflictos, algunos de ellos no muy lejanos de la tierra que los vio nacer.

Cómo una canción tan sensiblera a nuestros oídos pudo calar tan hondo en los soldados del Ejército Rojo no es de extrañar si se tiene en cuenta los rigores propios del frente, pero también que cada día, todos los días que duró la guerra, tenían que alzarse al ritmo de los martilleantes compases trágico-heroicos de Sviashchennaia-vojna («La guerra sagrada») de Vasily Lebedev-Kumach y Aleksander Aleksandrov, el músico favorito de Stalin, compositor del «Himno de la URSS» -que sustituyó, significativamente, a «La Internacional» como himno del país- y, en fin, representante de ese estilo efectista y con aires de marcha militar que los compositores modernistas asociados al movimiento obrero internacional (como Hanns Eisler) detestaban.

» Katiusha» transmigró a Italia de la mano del médico y partisano Felice Cascione (1918-1944), quien adoptó la música de la canción a la letra de su Fischia il vento («Sopla el viento»), que junto con Bella Ciao y La Brigata Garibaldi devino una de las canciones más famosas de la resistencia antifascista en Italia.

Ruslanova

Los setenta años de Katiusha coinciden con el 35 aniversario de la muerte, el próximo 21 de septiembre, de su más famosa intérprete, Lidiya Ruslanova (1900-1973). Ruslanova es uno de aquellos personajes atravesados por las contradicciones de la historia soviética, instrumento de una nomenklatura que pasó rápidamente de aplaudirla a desterrarla al gulag.

Nacida en el seno de una familia campesina, oriunda de una pequeña aldea a las afueras de Saratov a orillas del río Volga, Lidiya Ruslanova fue entregada a un orfanato tras la temprana muerte de su madre. Sin formación musical alguna entró en el coro infantil de la parroquia, del que destacó prontamente, siendo nombrada solista. Se dice que ya entonces su extraordinaria voz atraía a la gente de las afueras de Saratov a los conciertos.

«Las canciones fueron mis niñeras. Me enseñaron todo lo que se le puede enseñar a una persona. Me criaron, me educaron, me ayudaron a entender mejor el mundo», declaró en una ocasión Ruslanova. «¿Qué hubiera sido sin las canciones? Cuando, siendo una huérfana pobre, me gané mi primer pan cantando, mi abuela me regañó: ‘¡Dios mío, qué vergüenza! ¡Cantar y bailar para ganarse el pan!», dijo. Pero yo no me avergonzaba… Después del orfanato, cuando trabajé para una fábrica de muebles, todo el mundo me ayudaba con mis canciones. A los 17 ya era una artista con experiencia sin miedo a nada: ni al escenario ni al público», recordaba.

En la guerra civil rusa (1917-1923) Ruslanova, que ya se había establecido como cantante profesional en un espectáculo de variedades en Rostov del Don, empezó a cantar para los soldados. El éxito motivó su traslado a Moscú, donde conoció el éxito. Lo que más asombraba, al parecer de los críticos de la época, era el timbre de su voz y su peculiar estilo vocal, que revivía la tradición rusa de las solistas femeninas que cantaban durante las fiestas tradicionales. No todo fueron alabanzas, por supuesto. Uno de los críticos escribió sobre Ruslanova: «los delantales y los zuecos hace mucho tiempo que pasaron de moda […] Ruslanova tendría que reconsiderar su posición en la escena contemporánea». Quien lo escribió hubo de ser, seguramente, uno de los últimos portavoces de la modernidad soviética, especialmente crítica con los resabios de la atrasada cultura campesina que sobrevivían en la URSS, idealizada, exactamente igual que en Europa occidental, por el velo romántico del meshchanstvo (el pequeño burgués). Como es sabido, la política cultural estalinista, atada a la de la «construcción del socialismo en un solo país», desempolvaría los viejos mitos nacionalistas en búsqueda de la legitimación de esta última.

En este contexto favorable, Ruslanova, que en 1933 había empezado a trabajar como artista de la Asociación estatal de espectáculos musicales, circenses y de variedades, vino a convertirse en el símbolo de la Madre Patria ya en los primeros días de la Gran guerra patriótica, infundiendo ánimo y esperanzas a los soldados. Los conciertos en primera línea de frente fueron habituales y, ocioso es decirlo, en condiciones muy precarias. En algunos de ellos Ruslanova, como muchas otras cantantes, cantó a los soldados desde la parte trasera de una camioneta, como testimonian algunas fotografías de época. La fama trajo consigo dinero, y Ruslanova se convirtió en la mujer más rica de la Unión Soviética e incluso llegó a financiar, en un predecible golpe publicitario, la construcción de dos baterías «Katiusha» en 1942. Ese mismo año se le concedió el título de Artista de Honor de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia. En 1945 llegó a Berlín con las tropas soviéticas, y en las escaleras de un Reichstag reducido a escombros cantó canciones tradicionales rusas a los soldados.

 

 

Nada de lo anterior salvó a la Ruslanova cuando, finalizada la Segunda Guerra Mundial, se retomó la represión estalinista allí donde ésta se había interrumpido por el comienzo de las hostilidades. En 1948 el marido de Ruslanova, un comandante del cuerpo de caballería del General Vladimir Kryuchov a quien había conocido en el frente, fue arrestado por la policía. Poco después le seguiría la propia Ruslanova. Como se descubrió más tarde, la verdadera razón tras la detención del matrimonio era la amistad de Kryuchov con el mariscal Georgy Zhukov, cuya fuerte personalidad y éxitos militares habían convertido en un formidable opositor político a Stalin. Ruslanova fue presionada para firmar una falsa acusación, inculpando a su marido de traición, pero se mantuvo firme y fue condenada a diez años de trabajos forzados por difundir rumores y realizar actividades anti-soviéticas. Fue encarcelada en Vladimirsky Tsentral hasta la muerte de Stalin en 1953, fecha en que fue liberada, restituida su figura, y pudo volver a los escenarios, donde continuó cantando hasta su muerte en 1973. El público nunca dejó de pedirle las dos canciones que se compusieron expresamente para ella: «Valenki» y «Katiusha». Los astrónomos soviéticos bautizaron a uno de los cráteres de Venus con su nombre.

«Katiusha» sigue siendo hoy una canción inmensamente popular, cantándose en innumerables versiones musicales cada 9 de mayo (día en que se conmemora la victoria del Ejército Rojo sobre las potencias del Eje). La doncella que cantaba, entre la neblina matutina, de » una orgullosa águila gris de la estepa » no ha conseguido escapar de la persecución del actual gobierno ruso, pronto a alistar a los viejos mitos soviéticos para la defensa de los intereses económicos de su elite dirigente. Y ahora Katiusha -por parafrasear a Heiner Müller- bajo las orugas de los tanques se pudre.