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Comentarios y reflexiones sobre “El Capital, Carlos Marx, Resumen del Tomo I”, de Alejandro Yañez Betancourt

La actualidad de un gran revolucionario

Fuentes: Rebelión

Un par de semanas atrás, en mi correo tuve la grata sorpresa de recibir la invitación de la «Editorial de la Universidad de Santiago» (USACH) para asistir al lanzamiento del libro, «El Capital, Carlos Marx, Resumen del Tomo I», de Alejandro Yañez Betancourt. La cita era para el mediodía del 11 de Noviembre en el […]

Un par de semanas atrás, en mi correo tuve la grata sorpresa de recibir la invitación de la «Editorial de la Universidad de Santiago» (USACH) para asistir al lanzamiento del libro, «El Capital, Carlos Marx, Resumen del Tomo I», de Alejandro Yañez Betancourt. La cita era para el mediodía del 11 de Noviembre en el Salón de Honor de esa universidad.

Venciendo mi natural resistencia, ante la sola idea de tener que viajar a Santiago, y abandonar la comodidad de mi atalaya en el maravilloso puerto de Valparaíso no trepidé, ni un instante, en aceptar dicha invitación, no tan sólo por la larga amistad de años que tengo con su autor, sino sobretodo, por el tema elegido y la oportunidad en que aparece su publicación. Una deuda que Alejandro tenía pendiente, porque me consta que era una idea que le venía dando vueltas en su cabeza, desde hacía un buen tiempo a esta parte. Una publicación que por fin ve la luz, justo en uno de los momentos más propicios, cuando la economía capitalista, en su actual face (neoliberalismo), ha puesto en evidencia las falencias de los supuestos fundacionalistas que le dieron origen.

Si de algo está sirviendo la crisis actual del capitalismo, es para mostrar la inanidad del discurso pseudo-científico con el que se ha sustentado el neoliberalismo. La idea de que era posible y eficiente una sociedad basada en individuos egoístas sólo coordinados por el mercado, un mercado organizado él mismo por organizaciones mercantiles o pseudo-mercantiles, simples estructuras técnicas diseñadas para «regular el tráfico», dar información a los individuos libres y generar competencia: no sólo han quebrado grandes empresas, también han volado por los aires poderosas instituciones bancarias y financieras tanto así como aseguradoras y agencias de evaluación de riesgos, reguladoras del mercado de valores, etc.

En efecto, esa suerte de catecismo que el discurso oficial nos ha repetido majaderamente por años, en cuanto a que el «mercado», lo es todo, mientras el Estado sólo debe tener un rol pasivo o, en el mejor de los casos, subsidiario, es una idea fuerza del neoliberalismo que se ha venido estrepitosamente abajo. Lo que ha pasado, recientemente, en Estados Unidos, iniciado por la insolvencia de las grandes compañías inmobiliarias, y trasladadas prontamente a poderosos bancos y empresas financieras, y repercutido en las principales Bolsas de Valores del mundo, ahorran mayores cometarios para dar fuerza a esta imagen.

Este libro resumen, objeto de esta nota, por la naturaleza de su contenido, y por la actualidad del tema que aborda, no puede haber llegado en hora más oportuna. Sin duda, una ayuda inestimable para el ciudadano de a pie, para posibilitarle comprender todo aquel halo de misterio que parece haber rodeado la dinámica que mueve a la economía capitalista, supuestamente, reservada su comprensión sólo para una elite privilegiada de especialistas.

Es que una cosa extraña pasa con la ciencia económica, pues para el hombre común, para el hombre de la calle, su comprensión le ha resultado ser algo inalcanzable como si tuviera que estar incursionando en la física cuántica o algo así por el estilo. Debemos reconocer que los economistas no han hecho mucho esfuerzo para superar este estado de cosas, dejando que la economía quede como flotando en las alturas, encerrada en los claustros de la pura Academia. De este modo la economía ha quedado como una ciencia de laboratorio reservada su comprensión sólo para una elite de «especialistas». Ha sido este el motivo, entre otros, por la que el ciudadano de a pie no se haya detenido nunca a pensar como es que funciona esa cosa tan extraña llamada economía. Esas imágenes surrealistas que a diario le muestra la televisión, en donde ve a verdaderos energúmenos que operan en las Bolsas de Valores en todo el mundo, gritando y gesticulando, en medio de centenares de pantallas llenas de cifras, y de voces vociferantes a su alrededor, resulta ser un mundo incomprensible e inaprensible para él.

Es que desde las cuentas corrientes de nuestros bancos, creemos que la economía es una cosa simple de suma y resta, aquellas que aparecen en nuestras cartolas. En otro sentido, se nos hace pensar que los IPC mensuales representan el «non plus ultra» de la economía, algo infalible que funciona con exactitud, regulado por los precios que arrojan la ley «de la oferta y la demanda». Sin embargo no todo parece ser tan sencillo como nos los explican los gurúes de la economía. Así, por ejemplo, cuando está muy alto el precio del petróleo inmediatamente nos suben las tarifas de la luz, agua y las micros, entre otros. Claro está, se nos explica que esto se debe a causa del alza en el precio de los insumos, para el caso, el petróleo, lo cual parece ser comprensible. Sin embargo, estos mismos garúes, callan y hacen mutis por el foro, cuando el petróleo sufriendo una baja ostensible y sostenida en sus precios, las tarifas de la luz, agua y micros siguen ahí donde mismo, sin haber bajado un peso, al contrario, en algunos casos han vuelto a subir. Entonces, ¿Para qué diablos sirven las leyes de la economía?…¿Qué monos pinta la famosa ley de la oferta y la demanda?… ¿Qué es lo que mide en realidad esa sagrada ley según los economistas?. En este punto, creo yo, es el momento de llegar a sincerarnos o, a lo menos, cuestionarnos. ¿No será que bajo la ley de la oferta y la demanda se esconden los principios oscuros del capitalismo como lo son, por ejemplo, el estímulo a la especulación, la usura, la codicia y el egoísmo humano?

De otra parte, el hecho que, de la noche a la mañana, nuestros fondos provisionales depositados en las AFPs hayan tenido una pérdida de más del 30% por ciento, nos dan cuenta que la economía no es una pura y simple operación de suma y resta, sino que hay vaivenes, vicisitudes, hechos imprevisibles, manos negras que se meten, que especulan, que manipulan y rapiñan nuestros fondos, todo lo cual mandan al tacho de la basura todos los presupuestos que nuestro imaginario ha pensado respecto a como funciona la economía, la que pensábamos, erróneamente, que como ciencia tenía que funcionar necesariamente con la exactitud de un reloj.

Manfred Max Neef, Premio Alternativo al Nóbel de Economía, nos revelaba, en un artículo, que de todas las transacciones que se llevan a cabo diariamente en las Bolsas de Valores del mundo, la suma total de estos, son 50 veces más que los valores efectivos reales de aquellos productos y servicios que efectivamente se transan ese día. Esto quiere decir que en este punto, entramos lisa y llanamente a una economía de puro papel, una economía que es puramente virtual, aquella que nada tiene que ver con lo efectivamente real.

Ahora bien, aunque han pasado ya 140 años desde la publicación del primer volumen de El capital (1867), y una serie de cambios se han sucedido en todos los ámbitos en nuestras sociedades, a lo cual no ha podido escapar la misma ciencia, sin embargo, -al contrario de lo que la mayoría pudiera creer-, los fundamentos básicos de la economía capitalista, desde sus orígenes hasta su versión más avanzada, el neoliberalismo, se han mantenido incólumes hasta nuestros días. Para comprobar esto, ni siquiera hace falta leer «El Capital», sino remitirse al «Manifiesto Comunista» redactado a dos cabezas en 1848, por Carlos Marx y Federico Engels.

En efecto, Francis Wheen en su libro «Kart Marx (año 2000), pone al descubierto que a los economistas y políticos de hoy se les suelta la lengua haciendo constantes y múltiples referencias a la globalización que hoy vivimos, sin caer en la cuenta que Marx ya lo había advertido en 1848 en el «Manifiesto Comunista». También que el ámbito en que se mueven hoy día transnacionales como la Coca Cola y la Mc Donald no habrían sorprendido en lo más mínimo a Marx.

Pero hay algo más que ni Marx había previsto -nos sigue revelando Wheen- que de repente, a finales de los 90 mucho después que el cadáver de Marx había sido enterrado ya varias veces, fuese ensalzado como un genio por los mismísimos capitalistas contemporáneos. El primer signo de este extraño cambio de posición apareció en Octubre de 1997, cuando en un número especial de la revista «New Yorker» se proclamaba a Marx como «el gran pensador del futuro», que tiene mucho que enseñarnos sobre la corrupción política, la monopolización, la alienación, la desigualdad y los mercados mundiales. «Cuanto más tiempo paso en Wall Street más me convenzo de que Marx estaba en lo cierto. Estoy absolutamente convencido de que el método de Marx es el mejor para estudiar el capitalismo» , declaró un rico banquero a New Yorker. Desde entones, economistas y periodistas de derecha han hecho cola para reconocer la rigurosidad científica de Marx y lo valioso de su doctrina para comprender el meollo que hay tras la circulación del dinero, de cómo es que se acumula el capital, como es que funciona el capitalismo, etc.

Màs aún, pocos años después (2005) del ensayo de Wheen, una encuesta de la BBB de Londres sorprendió al mundo intelectual y político del mundo. Carlos Marx había sido elegido, por abrumadora mayoría, con más del doble de la votación que sacó su más inmediato seguidor, como «el filósofo más importante de la historia». Esta designación tiene un mérito innegable, si tomamos en cuenta que la encuesta no se hizo ni en Cuba, ni en Venezuela, ni en Bolivia, tampoco en Rusia, ni en Norcorea, ni en Vietnam, sino en el corazón de una de las potencias imperialistas más poderosas del mundo y, por antonomasia, cuna en donde surgió el marco teórico del capitalismo, y más aún, en donde el neoliberalismo empezó a ser cuestión central de la política, en el periodo de la conservadora Margareth Thatcher.

Por si todo esto no bastara, más recientemente, en las últimas semanas el cable nos ha traído la noticia que en las librerías alemanas, y la de todos los países europeos, los libros de Carlos Marx se han empezado a vender como pan caliente, los que han aumentado desde un 300% a 900% en sus ventas. Un boom literario inesperado, que ha puesto en duros aprietos a los libreros, los que han tenido que encargar urgentemente la impresión de nuevas ediciones a las distintas editoriales.

Por estas y otras consideraciones, repito y reitero, que el libro que ahora Alejandro nos ofrece ha llegado en hora oportuna. Viene a llenar en nuestro país un vacío que hacía falta. Mal que mal, no cualquiera podría haberse dado a la tarea de hacer un resumen de El Capital. Serían contados con la mano aquí en Chile, aquellos que pudieran haberlo hecho; pienso en Hugo Fazio, Manuel Riesco o Carlos Pérez, u otro que por ahí se me escape. Pero ha dado el caso que ha sido Alejandro Yañez, el que se ha atrevido, y ello no ha sido casual, toda vez que aquellos que lo conocemos sabemos que hace más de veinte años anda de aquí para allá con «El Capital» bajo el brazo, desparramando su enseñanza con una envidiable fe de carbonero.

En este punto, no puedo dejar de asociar la imagen del profesor Alejandro, con mi viejo profesor de música, cuando estudiaba en el Liceo de Osorno. Entraba a la sala de clases siempre con un viejo tocadiscos bajo el brazo. Nada más nos hacía escuchar la 5ª Sinfonía de Beethoven o la Patética de Tchaikovski, y un halo de placidez inundaba la sala. Y cuando este viejo profesor nos explicaba quienes habían sido Beethoven y Tchaikovsky, y como habían hecho su música y lo que representaban, enmudecíamos agradecidos porque sentíamos en nuestra piel toda la estética que el viejo profesor nos transmitía en sus clases. En su oportunidad, cuando asistí a tomar clases sobre «El Capital», teniendo como profesor a mi amigo Alejandro, experimenté sensación similar a la señalada en la anterior imagen.

Con esto quiero decir, que para enseñar algo, lo que más se necesita es tener el sentido pedagógico y didáctico como la que nos entrega Alejandro en sus clases. Y, más aún, si a ello agregamos la empatía que Alejandro transmite a sus alumnos, tenemos un cuadro completo el del por qué son importantes las clases de El Capital que él imparte, todo lo cual se siente y palpa en el libro resumen que ahora estoy comentando. Más aún, se siente en él, (según me han dicho) el legado del viejo Anastasio Mansilla, insigne maestro español de El Capital y las ideas de Marx, (ni más ni menos, profesor de marxismo del Ché y Fidel) de lo cual Alejandro es uno de sus fieles herederos haciendo uso de su método como uno de sus mejores exponentes.

Por eso, es meritorio el trabajo que ahora nos presenta Alejandro Yañez, y como tal tenemos que agradecérselo, porque así y todo, ¿a quien pudiera habérsele ocurrido hacer un resumen de El Capital, obra de un autor que ha sido declarado tantas veces muerto?. Sólo a un gran conocedor, a un gran entusiasta de la teoría económica de Carlos Marx, pudiera habérsele ocurrido tamaña locura. Por suerte, Alejandro pertenece a esa generación de locos que tanta falta hacen en nuestro país.

Entre otras cosas quienes lean este resumen de El Capital, podrán concluir que lo que majaderamente se nos ha pretendido hacer creer, como fenómenos nuevos que se han sucedido en el tema de la economía capitalista, a decir verdad no tienen nada de eso. El neoliberalismo, por decirlo de algún modo, es algo así como «más de lo mismo»; nada más que la vieja aspiración del incipiente capitalismo fundacionalista, expresada ahora en su versión más extrema y dura, y nada más que eso. En efecto, el capitalismo, desde sus orígenes teóricos con «La riqueza de las naciones» (1776) de Adam Smith, proseguida después en su versión neoliberalista con «El camino a la servidumbre» (1944) de Frederic Hayeck, doctrina retomada más tarde en la década de los 70, por la Escuela de Chicago, con su gurú a la cabeza, Milton Friedman, no es más que la repetición de un círculo vicioso en donde aparecen distintas pieles pero vistiendo al mismo lobo.

Ahora bien, nunca antes una teoría económica tan fracasada en sus propósitos, y más aún en sus resultados, había tenido como soporte un política comunicacional tan reiterada e intensa por los medios de comunicación. Es que cuando se quiere implantar una idea fuerza, que vaya a contrapelo con los intereses de la mayoría del pueblo, no hay mejor estrategia que una fuerte ofensiva comunicacional para instalar en el imaginario social supuestas bondades de un sistema económico, pero que en lo real es nefastamente perjudicial para aquellos a quienes supuestamente los beneficia.

Ya Gramsci en sus notas referidas al carácter de la opinión pública señalaba que cuando el Estado quiere iniciar una acción impopular o poco democrática, empieza a ambientar una opinión pública que sea adocilada a tales propósitos. Sirviéndose de los aparatos ideológicos del Estado es capaz de crear una sola fuerza que modele la opinión de la gente y, por tanto, la voluntad política nacional, convirtiendo a los discrepantes en «un polvillo individual e inorgánico.» Esto quiere decir que la adhesión «espontánea» de las masas a los propósitos y fines del sistema, no implica una adhesión racional y consciente, sino más bien el resultado de un proceso compulsivo y manipulador capaz de dejar en total estado acrítico a los que recepcionan el mensaje.

No hay expresión más representativa de esta imagen, que lo que se ha hecho hoy en nuestro país, para convencernos de las supuestas bondades del neoliberalismos. Los epígonos criollos no han faltado, aquellos economistas de salón, verdaderos charlatanes, los proveniente de la Escuela de Chicago o de la universidad de Harward, quienes exhiben muy orondos los certificados de sus licenciaturas y doctorados que los acreditan, mas que economistas en sí, como los mayores exponentes del charlatanismo pseudos científico. La lista es larga, empezando por el actual ministro de economía Andrés Velasco, y otros especímenes de la misma fauna, como Foxley, Bucci, Eyzaguirre, Larroulet, etc. De la Alianza o la Concertación, que más da, todos ellos no se distinguen unos de otros, incapaces de pensar por su propia cabeza, todos con el mismo discurso repetitivo que traen desde el corazón del imperio. Un puro charlatanismo y nada más que eso.

Los conocemos hasta el hartazgo. Son viejos pájaros de cuentas que nos bombardean todos los días por la TV, y aún por la prensa escrita recitándonos sus mágicas recetas económicas que quieren hacer pasar como verdades pseudos científicas. Con la insistencia machacona de quien repite un dogma religioso, los vemos asumir pretensiones de expertos, y recomendarnos por enésima vez las recetas esperables, ésas que ya conocíamos antes de que las propusieran, y que son las mismas que ya les escuchamos mil veces. Nada importa, siempre se recomendará lo mismo: «hay que desregular la economía», «todos los males provienen de la intervención estatal», «hay que profundizar el ajuste», «hay que disminuir la presión tributaria», «se debe flexibilizar las condiciones laborales», «es necesario disminuir las cargas patronales»…¿Las desconoce el lector? ¿Las dejó de oír alguna vez?…En verdad un suma y sigue de charlatanería como un cuento de nunca acabar. Incluso, mientras escribo estas notas acaba de finalizar la Cumbre de la APEC, en la cual nuestra presidenta «socialista» (¡Y cuando no!) suscribe una declaración final que, pese a la crisis, los países no dictarán leyes proteccionistas y reafirman su confianza en el «libre mercado», como regulador de la economía.

Los supuestos especialistas que enuncian estas estereotipadas soluciones, antes de enterarse de cuál sea el problema, son por demás conocidos, ya que sus rostros nos asaltan por la pantalla chica todos los días. Conocemos a los internacionales, y siempre existen opacos epígonos locales. Pero poco importan sus nombres: nadie los extrañará cuando no estén, dado que son todos mutuamente calcados, y da exactamente lo mismo quién hable. Ninguno de ellos es capaz de establecer no digamos ya una heterodoxia, sino siquiera un matiz dentro del tedioso credo neoliberal en boga.

Aquí en Chile se muestra patente el caso de los epígonos criollos del neoliberalismo. Según lo señala el Premio Nóbel de Economía , Gary Becker, » el economista profesional, al igual que el filósofo contemporáneo, se esconde detrás de los modelos y las abstracciones de la Torre de Marfil, divorciado de la «vulgaridad» de la vida cotidiana. Vive en el mundo platónico de las formas, de las fórmulas y las proposiciones teóricas, sin considerar su rol como un potencial formador de una política económica, o de un proceso de decisión. Es un mundo de pedantería intelectual».

Bueno, para el caso, y por fortuna, el viejo zorro Marx, en El Capital, hace tabla rasa con todo este tonto charlatanismo. Devela y deja al descubierto todas las falacias que vomitan. Para hacerlo, se mete en el corazón del funcionamiento de la economía capitalista; la estudia, la investiga, la da vuelta al revés y al derecho al calor de la dialéctica, como método de investigación científica. Aquel método que no se detiene en la cáscara, en la superficie, sino que va al fondo, al meollo de la cuestión. Sin duda, Marx, en su obra fundamental «El Capital», a través de las categorías del plus valor, el fetichismo, la especulación, la codicia, el egoísmo, etc., nos irá develando uno a uno todos los factores que inciden para que la economía tenga comportamientos tan erráticos y que resultan incomprensibles entenderlos para el hombre común.

Pues bien, todo esto lo transmite Alejandro en su libro: dejando «pedagógicamente» al descubierto, desde su raíz, todos los entuertos que dejó al descubierto Carlos Marx, en forma científica sobre el capitalismo. En mi opinión, ese es el plus principal de este libro, ese es el principal de sus méritos.

De otra parte, sabemos que el discurso económico imperante en Chile se ha orientado, desde el periodo de la dictadura, a asentar en el imaginario del colectivo social las bondades del modelo neoliberal. Para ello se han exhibido insistentemente cifras macroeconómicas, soslayando y guardando silencio respecto de las cifras que imperan en el mundo de la microeconomía, que es la que afecta al bolsillo del ciudadano de a pie, y por tal, la más real de todas las economías.

Este discurso que creíamos patrimonio de la derecha económica más dura, poco ha poco fue siendo asumido por los sucesivos gobiernos de la Concertación hasta llegar al «socialista» Lagos, y a la socialista Bachellet, quienes no sólo han asumido este discurso como si fuera su propia piel, sino que, peor aún, lo han consolidado y profundizado más aún en nuestro país. Podríamos decir, desde una óptica internacional, que no hay país que haya asumido tan profundamente el neoliberalismo como Chile. Ese es un dato de la causa que nadie a ningún título puede hoy soslayar, para hacer un análisis serio de las complejidades y contradicciones que hoy presenta ante la región y el mundo la sociedad chilena.

En efecto, los economistas y políticos en nuestro país, de hecho han producido un profundo divorcio entre el mundo de la macroeconomía y la microeconomía, poniendo el acento sólo en la primera variable pareciendo ignorar la segunda. Es decir, han dado cuenta solo de aquello que beneficia directamente a sectores minoritarios de la sociedad, léanse éstos, multinacionales, bolsa, exportadores, empresarios, financistas y banqueros, sin olvidar aquella reducida casta de lobbystas políticos, así como también a burócratas y a un no despreciable número de corruptos. Como contrapartida, hacen mutis por el foro respecto de la microeconomía que afecta directamente los bolsillos de millones de trabajadores chilenos, aquellos que viven mes a mes el drama de no poder pagar el agua, la luz, la micro, el arriendo, el gas, el teléfono, remedios, y aranceles de universidades o colegios, entre otros.

A partir de este divorcio, se repite majaderamente que en materia de economía somos los «tigres» de la región, mareándonos y repitiéndonos hasta el cansancio las cifras del PIB, balanza de pagos, y las siempre crecientes exportaciones. Y no es que eso esté mal, todo lo contrario, son datos que debieran alegrarnos a todos. Pero es el caso que cuando confrontamos la realidad de este discurso con los dramas reales que padecen la mayoría de los hogares chilenos, nos percatamos de que algo no anda bien en las cuentas alegres que el discurso oficial nos entrega a diario.. A pesar de ello se sigue insistiendo en un éxito económico que se exhibe como modelo y que ya se quisieran imitar otros países.

Somos primeros en la región, se nos repite hasta el cansancio. Somos campeones mundiales en muchas cosas dicen otros, dejándose llevar por el entusiasmo. Y no podría ser de otro modo, si hasta hemos tejido el chal más largo del mundo, y hemos confeccionado la empanada más grande del mundo, y también el asado más largo del mundo. ¡En fin!,… todo es saltar y abrazarse; un exitismo construido artificialmente mediante una mezcla rara de cifras abstractas y ramplonería, propia de un país en donde sobran los estúpidos.

El desastre de pobreza, desocupación y marginalidad actual, es fruto de las políticas neoliberales, como todo el mundo sabe a partir de sus responsables específicos en cada país. Sin embargo, ingeniosas piruetas retóricas permiten a los «expertos» echarle la culpa al exceso de presencia estatal. «Los problemas del liberalismo -proclaman insólitamente- se solucionan con más liberalismo». De modo que producen desastres, y luego culpan a sus adversarios. No se hacen cargo de sus responsabilidades por las políticas de los últimos años (a las que han apoyado y promovido explícitamente), sino que siempre el problema es que subsiste -¿quizá ya lo adivinó Usted?- «exceso de gasto estatal». Y como aún no privatizamos la Casa de Gobierno o la actividad policial, siempre podrá decirse que hay un cierto monto de gasto estatal, y consecuentemente argumentar que resulta inevitablemente abultado y excesivo, de modo que se podrá en toda ocasión e invariablemente «demostrar» que esa es la causa del conjunto de nuestros males.

Por último, tal como se presentan las cosas, sobre todo, la repercusión que tiene hoy la economía en cada una de nuestras vidas, se hace necesario e impostergable sacar la ciencia de la economía a la calle, para hacérsela llegar al ciudadano de a pie. Y es de ahí la importancia que adquiere el trabajo de Alejandro Yañez, hacer que esa magna y cíclopea obra de El Capital, pueda ser accesible para el ciudadano común haciéndosela llegar en forma resumida.

Incluso más, en mi opinión, «El Capital» de Carlos Marx, debiera ser una obra que se enseñara como ramo obligatorio en las Universidades, a lo menos, en sus escuelas de Economía de Negocios, de Filosofía y de Ingeniería Comercial, entre otros. Y si esas clases pudiera hacerlas Alejandro Yañez tanto mejor, para beneficio de los estudiantes, y para el prestigio mismo del nivel docente que puedan exhibir las universidades que así pudieran hacerlo.

Eso, en mi modesta opinión, a propósito de la recomendación que quería hacer de que lean el libro de Alejandro Yañez, «El Capital, Carlos Marx, Resumen del Tomo I». Una atinada decisión de la «Editorial de la Universidad de Santiago» por haberla publicado, y lo cual también tenemos que agradecer.