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La Comisión de las Verdades

Fuentes: www.lanuevaprensa.com

La Comisión de la Verdad no debió haber dado lugar a Uribe. La verdad, buscada en esta comisión, es “verdad”, no “verdades”. La comisión no puede ser un crisol difuso donde se respete cualquier posición, por absurda que sea. La verdad, en este contexto, tiene un fin preciso: la construcción de la paz; cualquier cosa que se diga debe ser estudiada desde esta perspectiva. Si vamos a poner la voz de Uribe, plagada de mentiras, en el mismo plano que la de las víctimas de Bojayá, Mapiripán, entonces tendríamos que hablar de “Comisión de las verdades”, donde nunca llegaremos a nada, pues cada quien construye su propia realidad. 

Esto es peligroso. Uribe debió haber sido confrontado con hechos, testimonios y pruebas, que ratificaran o contradijeran lo que él decía. Pero lo que sucedió fue lo contrario: dos horas de discurso de campaña, dos horas burlándose de las víctimas, dos horas negando el conflicto. La verdad nunca es un hecho universal, puro y sin problemas; la verdad se construye socialmente y tiene una orientación precisa. La verdad de Uribe no debe ser la verdad de la Comisión.

La verdad de Uribe es la verdad de un régimen oligárquico, soportado en años y años de victimizaciones de los derechos humanos. La Comisión, por su parte, al estar frente a este señor, no debió haber callado, pues su deber básico es defender su razón de ser: ¿cómo se pueden escuchar mentiras peligrosas sin decir nada, cuando ellas han causado y causan muertes en Colombia? La paz en este país no puede ser una ley o una palabra presidencial, sino un cambio en la cultura y la política. Uno de los cambios culturales que precisamos es entender que la verdad de las víctimas, basada en hechos y dolores, es más importante que la verdad de los victimarios que encubren los hechos. ¡La verdad no está por fuera del mundo político! Una actitud valiente de la Comisión hubiese sido llegar a defenderse a sí misma, plantar sus razones, demostrando, de esa manera, la fragilidad del discurso de Uribe. Pero no, haciendo gala de una tolerancia mal entendida, se dio espacio para el mismo juego electoral de siempre, donde la oligarquía, por muchas mentiras que diga, nunca será cuestionada.

Si el expresidente hubiese dicho cosas de poca monta, vaya y venga, pero usar un espacio institucional para decir cosas como “la JEP fuerza a militares a decir mentiras, reconociendo crímenes que no cometieron” es totalmente inaceptable. Quizá la voluntad del Padre de Roux era buena, y sus intenciones sanas, pero el camino al infierno está lleno de buenas intenciones. ¡Cómo así que ahora se puede usar una institución para desprestigiarla a ella (la Comisión de la Verdad) y a otra (la JEP)! Uribe fue muy claro desde un comienzo: él no reconocía la Comisión, solo sentía respeto por el Padre de Roux. ¡De cuándo acá uno puede abrazar o desechar instituciones por capricho personal! 

La Comisión de la Verdad es una institución del Estado que, a trochas y a mochas, ha llevado una labor importante, sin las vergüenzas que nos causan otras instituciones como la Fiscalía o la misma Presidencia. Aquí me baso en el pensamiento que la oligarquía dice respetar: el pensamiento liberal del Estado de derecho. Digo lo anterior para mostrar cómo el poder político en Colombia nos obliga a respetar instituciones, aun cuando estén podridas en todo su ser, pero ella elige a cuáles respeta y a cuáles no. Al muchacho que tira una piedra, todo el peso de la ley, aún cuando lo hayan capturado policías asesinos y fiscales corruptos; al expresidente acusado de masacres y falsos positivos… a ese sí no, él puede elegir las instituciones que más le convengan. ¿Qué no le gusta la Corte Suprema de Justicia? Tranquilo, ahí está la Fiscalía.

Fue triste y agotador ver la alocución del expresidente frente al Padre Francisco de Roux. Nada nuevo bajo el sol. Uribe, como siempre, tomando cualquier espacio para hacer campaña, para lavar su imagen, llevó a cabo un ejercicio retórico egoísta, donde no cabe ninguna construcción positiva de sociedad. Nada nuevo bajo el sol. Sin embargo, dos detalles cruciales de la alocución nos ayudan a entender mejor su persona, que no deja de ser difícil de desenredar: la imagen y la verdad. 

Empecemos por la imagen de la alocución: Uribe, sentado tras una mesa con mantel familiar, detrás de él, un largo pasillo que termina en un bello jardín. El padre de Roux, sentado más abajo de Uribe, silencioso casi siempre, escuchaba flagrantes mentiras y sólo anotaba. Al fondo sonaban caballos y pájaros y, de vez en cuando, llegaba una señora que, como en buen régimen patriarcal, servía a los señores y les llevaba la comida. Tierras, caballos y servidumbre son elementos cruciales de la oligarquía que soporta a Uribe: no es la oligarquía de los periódicos y las ciudades, sino aquella élite económica que se forjó a partir de la acaparación de tierras, el desplazamiento de familias campesinas y el narcotráfico. 

El padre de Roux, persona a la que respeto profundamente, no debió haber ido a la finca de Uribe. El simple hecho de haber ido ya es de por sí diciente: Uribe no viaja a Bogotá a respetar la institución, sino que la institución tiene que ir a su hogar. El poder público, una institución estatal ratificada en la Constitución se pliega y se sienta más abajo ante un poder privado, en su casa, en su lugar, con sus caballos y sus tierras. Éste no es un detalle menor: un Estado que no puede llevar a una persona ante su institucionalidad, sino que esa persona tiene que ser visitada. ¿Dónde yace, entonces, el poder? ¿Dónde yace, entonces, la res publica (la cosa pública)? La imagen de la alocución de Uribe, aparentemente inocente, ratifica un problema central en nuestra historia: no hay, realmente, espacios públicos; la oligarquía no cree en la política a cielo abierto. Su forma siempre se ha dado desde el murmullo, la casa personal, los clubes de amigos. Una de las fuerzas del paro nacional fue llevar la política al espacio público: no había ya decisiones tomadas por camarillas; el poder popular era aquel que decidía a cielo abierto, en construcción comunitaria. El contraste entre la política oligárquica y la política del poder popular no es un contraste menor sino radical: nos jugamos en ese contraste una diferencia ética. Si la izquierda quiere hacer política como lo ha hecho la oligarquía, entonces no ha entendido el cambio que necesita Colombia. 

El cambio que debemos construir desde el poder popular no puede compartir ni la misma imagen, ni la misma verdad de la oligarquía. Frente a una imagen de dos hombres en una casa privada, lujosa y con servidumbre, presentamos la calle abierta, llena de multitudes plurales, donde nadie es servido por nadie, pues todas servimos en la lucha política general. Frente al encierro, el cuchicheo, la tramoya y el trinquete, entregamos el ejercicio de poder popular amplio, en campos y ciudades. En cuanto a la verdad, ella no puede emanar de una persona “elegida”, que vive en un lugar lindo y ha tenido la oportunidad de estudiar en el exterior, gracias a dineros dudosamente adquiridos. Nuestra verdad es diferente; tiene heridas, suciedades y manos lastradas por el trabajo. ¡Ninguna verdad que nos impongan desde arriba, sino la creatividad popular que florece desde abajo! Cualquier verdad que no sea plural y que se quiera presentar como mesiánica nos envenena; debemos huir de ahí. Cualquier personalismo, cualquier llamado a seguir solo a una persona, a dejar la multitud en las calles por un individuo en una papeleta electoral, solo es una vuelta más de tuerca, en la verdad que ha impuesto la oligarquía. Hay gente así en la izquierda, claro que sí, y debemos estar atentas. 

Para volver a Uribe, fue la Comisión la que se plegó a la verdad y los espacios de Uribe. Triste imagen de la institución destinada a la paz, subordinada en el espacio ordenado por el señor de la guerra. Los uribistas han entendido bien y en eso tienen una buena disciplina epistémica: el problema de la verdad no es qué se dice, sino quién lo dice. Si lo dice Cepeda, es falso; si lo dice Uribe, es cierto. Él es, en toda la extensión de la palabra, un patriarca: sentado, tranquilo, hospitalario, preguntando autoritariamente, diciendo que esto se haga y que esto no se haga. ¡Toda una república independiente! Si Duque quiere mantener la unidad territorial, debería enviar el Esmad al Ubérrimo, más bien, antes que a Puerto Resistencia.

Post Scriptum: Se puede hacer un análisis de muchas cosas que dijo Uribe, pero ya todo el país sabe qué es mentira y que no. Rescatemos, sólo para el anaquel, dos frases: “yo pude ser amigo de Mancuso, pero no lo fui, por casualidad” y “el Estado de opinión es la fase superior del Estado de derecho.” ¡Qué lujo de fortuna divina y leninismo de derechas en una sola persona!

*Nicolás Martínez Bejarano, filósofo de la Universidad Nacional y estudiante de la maestría en historia del arte. Investigador sobre filosofía medieval y estudios visuales. @NicolasMarB

Tomado de https://www.lanuevaprensa.com.co/component/k2/la-comision-de-las-verdades