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Itinerario de un problema

La cuestión nacional en la actualidad

Fuentes: Rebelión

«Los muertos […] necesitan un Edipo que les explique su propio enigma, cuyo sentido no captaron, que les enseñe lo que querían decir sus palabras, sus actos, que ellos no han comprendido» Michelet[2] 1. Propósito En el presente escrito, pretendo recorrer las contribuciones recientes más relevantes al tema de la así llamada «cuestión nacional», para, […]

«Los muertos […] necesitan un Edipo que les explique su propio enigma,

cuyo sentido no captaron, que les enseñe lo que querían decir sus palabras,

sus actos, que ellos no han comprendido»

Michelet[2]

1. Propósito

En el presente escrito, pretendo recorrer las contribuciones recientes más relevantes al tema de la así llamada «cuestión nacional», para, una vez cumplida dicha tarea, reflexionar sobre el presente de las identidades nacionales y de su vínculo con los Estados-nación. Encuentro al menos dos razones de envergadura para ello.

En primer lugar, cabe destacar que los últimos años, amén de una copiosa literatura sobre el tema, han visto surgir, en diferentes partes del orbe, distintos conflictos que variados observadores no han vacilado en calificar de nacionales. Sin embargo, ni en la periferia -donde los conflictos han sido en general al interior de naciones constituidas, pero compuestas de grupos nacionales reconocidos como diferenciados con mucha anterioridad, como es el caso de las regiones de la que una vez fuera Yugoslavia-, ni, al menos hasta ahora, en los países centrales, el nacionalismo ideológico tradicional, de derechas, es una fuerza destacable o representativa[3].

Vale entonces preguntarse si dicha caracterización es pertinente, o si en verdad son otros los factores -económicos, políticos, culturales- que juegan su papel en este renacimiento de preocupante apariencia.

En cualquier caso, creo que este tema merece ser discutido por una segunda razón. Pues, allende los conflictos antes mencionados, la más impresionante transición jamás vista hacia una forma de unidad política de tipo confederal -la Unión Europea- comporta un desafío gigantesco al análisis tradicionalmente centralizado en la incidencia geopolítica de los aparatos estatales. Junto a ella, la tendencia de los mercados a eliminar de plano las fronteras, a virtualizar el espacio -incluido aquí el espacio estrictamente político- para unificar las diferentes áreas económicas, ha generado una fuerte corriente que navega hacia formas de unidad que trasciendan los estados existentes -un ejemplo de ello es el MERCOSUR-, todo lo cual nos sumerge en la inquietud respecto del futuro de las identidades públicas tal cual las conocemos.

2. Antecedentes: de las naciones a los nacionalistas.

En 1882, el historiador francés Ernest Renán iniciaba un maravilloso trabajo sobre la cuestión a debatir bajo el título inquisitorio «¿Qué es una nación?»[4]. El tipo de pregunta, independientemente de la genialidad del autor, presuponía ya todo un enfoque acerca del tema.

No sólo se asumía la existencia de una respuesta, sino que incluso quedaba determinada buena parte del contenido de la misma. Una porción significativa de la literatura surgida a la vera de este interrogante se empantanó en la búsqueda de criterios objetivos de distinción, empíricamente observables, como la lengua o la cultura en común, que unificasen o definiesen aquello que una nación era. Lamentablemente, rara vez, de existir, alcanzaban dichos criterios a cubrir a los habitantes de una entera nación, en tanto que tampoco eran exclusivos de la misma, sino que atravesaban las fronteras nacionales para incluir a toda clase de extranjeros.[5]

Hoy, en tanto, sabemos de la historicidad de todas las obras humanas, y por tanto de la inutilidad de tales pretensiones. Pero fue precisamente Renán, en el ensayo antes citado, quien puso una de las piedras fundamentales para dicho avance, aunque tal vez fuera poco apreciada en su tiempo. El francés, que creía que eran ciudadanos de un Estado determinado quienes así lo expresaban mediante su voluntad pública -y buscaba así zanjar el conflicto creciente entre sus compatriotas y los alemanes por las regiones de Alsacia y Lorena- afirmaba, para sorpresa del lector contemporáneo:

«Las naciones no son algo eterno. Han comenzado, y concluirán. Probablemente las reemplazará la confederación europea. Pero no es ésta la ley del siglo en que vivimos»[6]

No obstante, este ilustre antecedente no fue recogido sino hasta mediados del siglo XX, cuando el desarrollo económico y social de posguerra derivó en nuevas preguntas formuladas a la filosofía y a la teoría social[7].

Desde entonces, y pese a las enormes diferencias teóricas existentes entre los diferentes analistas, se ha ido imponiendo un criterio común, una suerte de consenso, y hasta casi diría una tradición, denominada por sus adversarios «modernismo»[8].

Sucintamente, y en forma independiente de toda clase de filiación personal, los modernistas sostienen dos premisas en sus escritos. En primer lugar, afirman que la idea de nación tal cual hoy la entendemos no refiere a una unidad primaria impermeable al devenir, sino que es un producto reciente, moderno, de imposible aparición antes del siglo XIX.

Con anterioridad a esa fecha, argumentaban, tanto la teoría política ilustrada como sus ancestros del derecho natural identificaban el concepto de nación con un grupo humano que vive bajo una misma ley y un mismo gobierno, en un territorio definido -concepción que hemos de identificar como política. No había nexo necesario entre la evidente identidad cultural que desde siempre los hombres han sentido y reconocido, y la pertenencia a una unidad política determinada.

No obstante, hacia mediados del siglo XIX, apareció, primero en el campo de las ideas y luego en el campo de la política, el llamado principio de las nacionalidades, que precisamente fundamentaba el derecho a la autodeterminación y a la soberanía de un Estado en la existencia previa de una nacionalidad -concepto ausente antes de dicho tiempo- cultural y étnicamente homogénea. Las identidades culturales dejaron de verse como cambiantes, y pasaron a pensarse como esenciales, y su nexo con la vida política de una colectividad devino, no meramente necesario, sino decisivo. Vale aclarar que este principio es aún el criterio oficial sobre el tema, y que representó el método de recomposición del mapa europeo durante las negociaciones de Versalles, en 1918.

En segundo término, y derivado de la lectura historiográfica previa, los modernistas suscriben que la idea de nación debe verse como un constructo, un artefacto, en fin, una invención[9]. El sujeto de la invención, el nacionalismo[10], pasa a ser el verdadero objeto de estudio de este colectivo de autores.

Las evidencias, tan diversas como la trayectoria intelectual de los autores, recorren el campo de la filosofía, la economía, y la historiografía. En el acápite siguiente, veremos algunas de ellas, manteniendo el criterio de convergencia que quisiéramos subrayar.

3. Diferentes miradas sobre el origen de un concepto

Desde la historia de la filosofía y de las ideas, Elie Kedourie fue de los primeros en aportar a la comprensión del nacionalismo y de la nacionalidad en tanto argumento doctrinal[11]. Por un lado, destacó el impacto intelectual que significó la conversión del concepto kantiano de autodeterminación en un equivalente, no ya del individuo, sino de los grandes conglomerados nacionales exaltados por la generación de Fichte. Por otra parte, fue decisiva la convergencia de dicho proceso intelectual con aquel de naturaleza política abierto por la revolución francesa. Éste, al quebrar el orden internacional preexistente, cambió para siempre la correlación entre ciudadanía y gobierno, en favor de la primera. El nacionalismo, para este autor, era el resultado fortuito del encuentro de ambos procesos.

En cambio, para Ernest Gellner[12], el surgimiento del nacionalismo fue cualquier cosa menos un fenómeno intelectual o ideológico contingente. Surgido del magma de la revolución industrial, según Gellner el nacionalismo era un producto derivado del proceso económico de modernización. Con la aparición de sociedades industriales, los sujetos debían recibir altas dosis de una cultura fuertemente homogénea y estandarizada, a fin de poder movilizarse y cambiar de ocupación. El mantenimiento de dicha cultura «nacional», dado su costo, era prerrogativa de los nuevos Estados surgidos tras las guerras napoleónicas. De este modo, al menos en los países centrales, la identidad nacional era al principio un correlato de las apreciables distancias culturales nacidas de la transición desde las sociedades agrarias hacia las industriales.

Desde el marxismo, entretanto, Eric Hobsbawm exploraba los aspectos económicos e ideológicos del proceso, en un intento de síntesis de importante provecho. Si, por una parte, el naciente capitalismo industrial tuvo su marco de desarrollo hasta hace relativamente poco tiempo en el espacio territorial proporcionado por cada Estado[13], la explicación material era por sí misma insuficiente, pues el recurso a la nacionalidad fue la respuesta a un contexto de enfrentamiento ideológico y político concreto[14] -los años finales del siglo XIX-, donde la radicalización social de la clase trabajadora, crecientemente organizada, hacía temer que su inminente inclusión electoral significara el final del orden social vigente. En ese escenario, la bandera de la nacionalidad fue un instrumento para competir por las conciencias obreras frente a las rojas insignias de las agrupaciones de clase[15].

En definitiva, para los autores mencionados el concepto de nacionalidad representó históricamente una forma anacrónica de lectura de las identidades colectivas, pues sirvió a los fines del Estado moderno, transfirió al pasado la ficción de éste de basarse en unidades preexistentes, y confundió dicha ficción con sentimientos de identidad cultural que, si bien eran reales, no derivaban de su existencia imperativo político alguno. De este modo, los modernistas han devuelto a la nación y al estado su fundamento políticamente constructivo, su historicidad, y por ende su relatividad.

4. La actualidad de la cuestión nacional.

«El olvido, e incluso diría que el error histórico, son un factor esencial en la creación de una nación, y de aquí que el progreso de los estudios históricos sea frecuentemente un peligro para la nacionalidad»

Ernest Renán[16]

Las naciones no tienen nacimientos claramente identificables y sus muertes, si ocurren, nunca son naturales. Y como no hay un Autor, la biografía de la nación no se puede escribir evangélicamente a lo largo del tiempo […] La única alternativa es remitirla al tiempo: hacia el hombre de Pekín, el hombre de Java, el Rey Arturo […] Sin embargo, esta manera queda marcada por muertes que, en una curiosa inversión de la genealogía convencional, parten de un origen actual. La segunda guerra mundial engendra la primera guerra mundial; de Sedán sale Austerlitz; el antepasado del levantamiento de Varsovia es el Estado de Israel»

Benedict Anderson[17]

Ese carácter políticamente constructivo es lo que primero destaca al observador del proceso de conformación de la UE. Recalco este aspecto debido a que las posiciones basadas en lecturas nacionalistas -por ejemplo, la crítica de un Le pen- han sido gradualmente barridas, al menos en Europa, de la esfera pública. Los gobiernos que, ora al interior, ora al exterior de la UE, presentan objeciones a su funcionamiento, lo hacen en términos de intereses, no de identidades primigenias o culturas primordiales.

¿Se convertirá la UE en un Estado Federal? Si así fuera, no sería técnicamente incorrecto hablar de una nación europea, siempre en atención al sentido político del término. Y, de hecho, la adopción de una moneda común, la realización periódica de elecciones parlamentarias, la conformación de un tribunal continental, la unificación gradual de la legislación, constituyen pasos formales hacia esa meta ¿Pero tendrá la UE la misma fuerza en tanto formadora de una identidad colectiva que la históricamente alcanzada por las viejas naciones – estado?

No sólo es dudoso que así suceda, precisamente debido a la visibilidad del mencionado diseño político, así como a la indisolubilidad de los espacios culturales preexistentes. Tampoco parece deseable. En este mundo multicultural, donde ya los propios Estados deben lidiar con la presencia de vastas minorías de costumbres muchas veces opuestas, lo más factible es que, finalmente, tras varios siglos de convivencia, el Estado y la nación inicien su divorcio parcial[18], mientras que la errónea idea de nacionalidad pasará a mejor vida.

Los desarrollos históricos acontecidos en la periferia reiteran este diagnóstico. Pues si bien tanto en la otrora unificada Yugoslavia como en las asiáticas estepas de la vieja Unión Soviética se reivindican nacionalidades con derecho a la autodeterminación basadas en el argumento de la sangre y el suelo, es precisamente el fenómeno opuesto el que está en juego: la desintegración social y política de las unidades estatales existentes, que se muestran incapaces de seguir sosteniendo en el tiempo su carácter artificial.

Si, en el primer caso, de lo que se trata es lisa y llanamente desde el punto de vista serbio es del exterminio del otro, y la autodeterminación es en todo caso una reivindicación defensiva del derecho a la vida de los habitantes de los territorios a «pacificar», en el segundo caso el desmembramiento fue mayoritariamente no conflictivo, y las reivindicaciones de orden cultural dejaron pronto percibir su naturaleza subyacente de simples defensas de intereses económicos regionales y hasta zonales, basadas en concesiones políticas previas de carácter irreversible, acaecidas durante el apogeo del estalinismo. En el fondo de este juego de apariencias, ni la tierra, los muertos o la tradición, salvo tal vez como máscaras del colapso de un determinado orden sociopolítico preexistente, han jugado los papeles realmente decisivos en estas regiones: tampoco parece que vayan a hacerlo.

Pero entonces, si la tradición modernista explica el éxito de la unificación europea, pese a siglos de enorme distancia cultural y política, así como de otros procesos de unificación aún en infancia, queda por explicar el estallido de la periferia, al menos en Bosnia-Herzegovina y Kosovo.

Refiriéndose a dichos casos, Hobsbawm ha argumentado de modo similar al que aquí seguimos, y que nos parece el mejor método para resolver el enigma:

«El torbellino actual de conflictos nacionalistas y guerras civiles no debe ser considerado en modo alguno como un fenómeno ideológico, y todavía menos como el resurgir de fuerzas primordiales durante demasiado tiempo suprimidas por el comunismo o el universalismo occidental. Son, en mi opinión, una respuesta a un doble colapso: el colapso del orden político representado por los Estados en funcionamiento –ningún Estado eficaz existente resiste la caída en la anarquía hobbesiana- y el desmoronamiento de las antiguas estructuras de relaciones sociales en una gran parte del mundo -ninguna estructura existente resiste a la anomia durkheimiana-.»[19]

Es decir, no se trataría de factores ligados al retorno del viejo nacionalismo estatalista, sino de los conflictos heredados de una época de catástrofes -la guerra fría, las revoluciones sociales y/ coloniales en el tercer mundo, la guerra total, etc.- en la cual fueron gradualmente desmanteladas las defensas existentes contra la barbarie, se revocaron los resabios del proyecto de la Ilustración, y se derrumbaron las guías sociales que dictaminaban a los sujetos la manera de actuar. Pero éste, claro, es tema de otro escrito[20].

Ezequiel Meler, [email protected]



[1] Este trabajo no hubiera sido posible sin el empeño, el talento y la crítica de Silvina Cormick.

[2] Citado en Anderson, Benedict: Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo, México, FCE, 1993

[3] Dejo afuera los conflictos por la búsqueda de una mayor autonomía local en el caso de regiones específicas -Cataluña, País Vasco, Escocia, Irlanda- por considerar que no corresponden con el modelo descrito, ni han implicado conflictos de la envergadura de los que sacudieron al mundo los últimos doscientos años.

[4] Reeditado bajo título original en AA.VV.: La invención de la nación. Lecturas de la identidad de Herder a Homi Bhabha, Buenos Aires, Manantial, 2000.

[5] Véase Hobsbawm: Naciones y nacionalismo desde 1780, Crítica, Barcelona, 1991, p. 13 y ss.

[6] La invención…, p. 66.

[7] Sobre el desarrollo económico, político y cultural de posguerra, véase Hobsbawm: Historia del siglo XX, 1914-1991, Barcelona, Crítica, pp. 290-345.

[8] Éstos son Smith, Anthony: La identidad nacional, Madrid, Trama, 1997, p. 40, y Hastings, Adrian: La construcción de las nacionalidades. Etnicidad, religión y nacionalismo, Madrid, Cambridge University Press, 2000, p. 12. Con suerte, nos ocuparemos de estos autores en un trabajo futuro.

[9] «El nacionalismo engendra a las naciones, no a la inversa. No puede negarse que aprovecha -si bien de manera muy selectiva, y a menudo transformándolas radicalmente- la multiplicidad de culturas preexistente, heredada históricamente. Es posible que se haga revivir lenguas muertas, que se inventen tradiciones y que se restauren esencias originales completamente ficticias», en Gellner: Naciones…, p. 80.

[10] Definido por Gellner como «un principio que sostiene que debe haber congruencia entre la unidad nacional y la política». Gellner, E.: Naciones y nacionalismo, Madrid, Alianza, 1988, p. 13. Véase también Ídem: Encuentros con el nacionalismo, Madrid, Alianza, 1992.

[11] Kedourie: Nacionalismo, Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1988. Original de 1960.

[12] Gellner: Naciones…, capítulo 9.

[13] «Las fuerzas más importantes entre las que definen a determinada clase obrera son las de la economía nacional del Estado en el que vive un trabajador, así como las leyes, las instituciones, las prácticas y la cultura oficial de dicho Estado», en Hobsbawm: El mundo del trabajo. Estudios históricos sobre la formación y evolución de la clase obrera, Barcelona, Crítica, 1984, p. 74.

[14] Hobsbawm: La era del Imperio, 1875-1914, Barcelona, Crítica, capítulo 6, pp. 152-174.

[15] Hobsbawm: Naciones y nacionalismo…, capítulo 1. Es importante destacar que para Hobsbawm, la coexistencia de identidades nacionales y sociales en la consciencia obrera no implica una contradicción, una contaminación, un producto de la ideología burguesa en tanto que «falsa consciencia», etc. La consciencia nacional y la consciencia de clase coexisten de hecho, sin que una sea menos real o más ficcional que la otra, debido a la forma particular que adopta la vida social al interior de los Estados capitalistas. Incluso si la realidad económica resulta cada vez menos subsumible al tamaño de una economía nacional, es aún la realidad palpable de dichas economías la que define el marco de la ideología proletaria.

[16] Renán, en La invención…, p. 56.

[17] Anderson: Comunidades imaginadas…, p. 285-286.

[18] Esto ocurrirá en la medida en que el gobierno inmediato de los ciudadanos europeos ya no coincidirá necesariamente con su Estado, ni será la ley una y la misma en todos los lugares. Con todo, la sinonimia histórica de ambos términos, unidos casi por una suerte de dependencia ontológica, deja el debate más abierto que clausurado.

[19] Hobsbawm: «La barbarie de este siglo», en Debats, N º 50, p. 36.

[20] Remito a Meler, Ezequiel: «El asedio a la Meca: algunos apuntes sobre Occidente, el Islam y el porvenir de nuestra civilización», en www.rebelion.org, 20 de febrero de 2006.