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La ensalada amarga del sistema

Fuentes: Rebelión

Vivimos en un mundo donde los pilares que deberían sostener la vida —el empleo, la vivienda, el la familia y el ahorro— se han convertido en trampas. Lo que antes eran derechos, hoy son privilegios. Lo que antes eran certezas, hoy son simulacros. Y en el centro de esta tormenta está la juventud: desorientada, precarizada, […]

Vivimos en un mundo donde los pilares que deberían sostener la vida —el empleo, la vivienda, el la familia y el ahorro— se han convertido en trampas. Lo que antes eran derechos, hoy son privilegios. Lo que antes eran certezas, hoy son simulacros. Y en el centro de esta tormenta está la juventud: desorientada, precarizada, expulsada.

El empleo es una ruleta rusa: contratos temporales, jornadas partidas, sueldos que no alcanzan, todo sube en la cesta de la compra. Se exige experiencia a quien no ha vivido. Se exige disponibilidad total a quien no tiene estabilidad. Se exige pasión a quien solo quiere sobrevivir. La precariedad no es una etapa: es un modelo. Y la juventud lo vive como condena.

La vivienda, ese lugar que debería ser refugio, se ha convertido en mercancía. Los precios suben sin freno alguno, los alquileres se disparan, los fondos de inversión compran edificios enteros para convertirlos en apartamentos turísticos. Los jóvenes no pueden emanciparse. Comparten piso, comparten deuda, comparten frustración. La casa ya no es un hogar: es un activo financiero.

La familia, ese espacio de afecto y cuidado, se resquebraja bajo el peso del sistema. Padres que no pueden ayudar, hijos que no pueden marcharse, abuelos que sostienen con pensiones lo que el mercado destruye. La familia se convierte en trinchera, en refugio, en último recurso. Pero no puede con todo. No debería tener que hacerlo.

La banca y el ahorro es la cuarta pata de esta mesa. Si antes ganaba, al menos tenía algún toque de servicio, e incluso te regalaban -si eras buen cliente- un calendario por Navidad. Ahora ni eso: se ha convertido en una máquina infernal de extracción economica de las clases menos pudientes, es decir, es como un cajero automático que te instala en tu domicilio, abierto las veinticuatro horas del día para satisfacer sus propios y desmesurados intereses. Te cobra por todo: por tener dinero, por moverlo, por pedirlo. Te ofrece créditos con intereses que rozan el abuso mientras invierte en fondos que especulan con tu futuro. Y de esa forma, el ahorro, ese gesto de prudencia que generaciones anteriores practicaban, se ha vuelto inútil. ¿Ahorrar para qué? ¿Para que la inflación se lo coma? ¿Para que el banco lo use contra ti?

Y mientras tanto, el sistema sonríe. Te dice que emprendas, que te formes, que te esfuerces. Te vende cursos, aplicaciones, promesas. Te culpa si no llegas. Te aplaude si te adaptas. Pero nunca cambia las reglas. Porque no quiere que ganes: quiere que participes. Que sigas girando en la rueda. Que sigas creyendo que es posible.

Esta ensalada amarga no es casual. Es diseño, estructura, ideología. Y si no la cuestionamos, si no la desmontamos, si no la transformamos, nuestros hijos e hijas vivirán, ya lo están haciendo, peor que nosotros. No por falta de talento, sino por exceso de injusticia.

La juventud no necesita consejos: necesita derechos. No necesita motivación: necesita dignidad. No necesita inteligencias artificiales: necesita casas, trabajos, tiempo, comunidad. Y esto no se consigue con clics. Se consigue con lucha. Y no solo en los parlamentos, en la calle, en la Universidad, con una cultura y una intelectualidad que salga de su ensimismamieto.

Frente a esta ensalada amarga del sistema —banca extractiva, vivienda especulativa, empleo precario, juventud sin futuro y familias al límite— hay otra receta posible. No es mágica ni inmediata. No viene de arriba ni de las instituciones. Nace de la comunidad, de la cooperación, de la desobediencia creativa. De la convicción de que la vida no puede seguir organizada en torno al beneficio de unos pocos.

Aquí van algunas pocas semillas, que ya existen, para cultivar otra forma de vivir:

1) Vivienda: del activo financiero al derecho habitado: a) Cooperativas de vivienda en cesión de uso: modelos como los de Sostre Cívic (Catalunya) o Entrepatios (Madrid) donde las personas no compran ni alquilan, sino que cohabitan y autogestionan sin especulación. b) Redes de vivienda solidaria: bancos de viviendas vacías gestionadas por comunidades para realojar a personas en situación de emergencia. c) Ocupación organizada y legitimada: cuando el mercado excluye, la comunidad responde. No como delito, sino como justicia.

2) Empleo: del trabajo precario al trabajo con sentido: a) Cooperativas de trabajo asociado: empresas sin patrón, donde los beneficios se reparten y las decisiones se toman en común. b) Redes de economía solidaria: circuitos de producción, distribución y consumo que priorizan el valor de uso sobre el valor de cambio. c) Monedas sociales y bancos de tiempo: formas de intercambio que reconocen el trabajo no remunerado y fortalecen los vínculos comunitarios.

3) Ahorro: del capital muerto al capital vivo: a) Finanzas éticas y cooperativas de crédito: alternativas a la banca tradicional que financian proyectos sociales, ecológicos y comunitarios. b) Fondos comunes vecinales: pequeñas cajas de resistencia para cubrir necesidades básicas, emergencias o impulsar iniciativas locales. c) Educación financiera popular: talleres y espacios donde se aprende a gestionar el dinero sin caer en la trampa del endeudamiento.

4) Juventud: del sálvese quien pueda al cuidémonos entre todos: a) Gaztetxes y casas de juventud autogestionadas: espacios donde los jóvenes crean, deciden, se organizan. b) Redes de mentoría intergeneracional: mayores que acompañan a jóvenes en sus procesos vitales y laborales, y viceversa. c) Escuelas de desobediencia creativa: formación política, emocional y práctica para resistir al sistema y construir alternativas.

5) Familia: del refugio forzado a la comunidad elegida: a) Comunidades de crianza compartida: grupos de familias que se apoyan mutuamente para cuidar, educar y sostener a sus hijos. b) Redes de cuidados comunitarios: ciudadanos que se organizan para atender a mayores, dependientes o personas solas. c) Espacios intergeneracionales: viviendas, centros o barrios donde conviven distintas edades y se rompen las burbujas de aislamiento.

Todas estas alternativas no son compartimentos estancos. Se alimentan entre sí. Una cooperativa de vivienda puede incluir una guardería autogestionada. Un banco de tiempo puede sostener una red de cuidados. Una moneda social puede circular entre productores locales y jóvenes en formación. La clave está en tejer redes, no en acumular soluciones aisladas.

Porque la precariedad no es solo económica: es emocional, relacional, simbólica. Y la respuesta no puede ser solo técnica: tiene que ser política, afectiva, colectiva.

Sembrar futuro

No se trata de idealizar lo comunitario. No todo es fácil, no todo funciona. Pero frente a un sistema que nos condena a competir, a endeudarnos, a sobrevivir, estas alternativas nos permiten vivir con dignidad, con sentido, con otros.

La ensalada amarga del sistema se combate sembrando otra: una que alimente, que nutra, que no intoxique. Una que no se sirva en bandejas de plástico, sino en mesas compartidas. Y esa ensalada solo se puede cocinar entre todas y todos.

Txema García, periodista y escritor

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.