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La franja de dios

Fuentes: Rebelión

El mar rojo de la información fue abierto en estos días con la publicación de un libro del Papa Benedicto XVI que aborda la Inocencia de los judíos en la Muerte de Jesús. La Iglesia Católica ha adoptado como moda reconocer sus desafueros históricos. Su fin parece ser, que se construya el balance de crueldades […]


El mar rojo de la información fue abierto en estos días con la publicación de un libro del Papa Benedicto XVI que aborda la Inocencia de los judíos en la Muerte de Jesús.

La Iglesia Católica ha adoptado como moda reconocer sus desafueros históricos. Su fin parece ser, que se construya el balance de crueldades que han causado la muerte de miles y miles de personas en guerras religiosas e inquisiciones de brujas y herejes, y de paso meter todas las culpas en el inocente molde de la palabra perdón y reconciliación con la humanidad, para que los reproches dejen de ser heridas urticantes que hurguen cada cierto ciclo la comodidad de sus conciencias pretensiosamente universales.

Este será siempre el destino de una humanidad sufriente. Aguantar un presente avasallador con dogmas y teologías de muerte, e instituciones con aromas de santidad que dominan con piedras medievales y calendarios gregorianos la vida moderna, y adjurar de los que se inmolaron por un mundo mejor, para tomar taimadamente en el futuro, los frutos de un pasado que se ha cocinado en el laboratorio de la experiencia histórica, y hacer santos del escarnio y sacar perdones de túnicas manchadas de sangres.

¿Quién no recuerda La encíclica Rerum Novarum, que la Iglesia Católica Publicó en 1891, precisamente en el momento en que el movimiento obrero europeo empezaba a marcar el camino de un nuevo mundo de relaciones económicas, gracias al imaginario dialéctico que significó la comprensión del Marxismo? ¿Cómo quedarse en la zaga y no coincidir con los proletarios que amenazaban con la toma del poder político? Estas posiciones oportunistas siempre han marcado las decisiones de la Iglesia Católica. No es raro que el Concilio Vaticano Segundo, La Conferencia de Medellín y de Puebla se decantaran por la opción preferencial hacia los pobres, en tiempos en que la revolución latinoamericana era liderada por el fervor causado por las victorias en Cuba y Nicaragüa. Y tampoco es extraño que en la Conferencia de Santo Domingo de 1992 a tres años de la caída del socialismo real en el este de Europa, El Papa Juan Pablo Segundo haya impuesto el decreto de muerte a la Teología de la Liberación.

Le toca pues, el turno al pueblo judío para absolverlo de toda responsabilidad en la muerte de Jesús. Hasta el más ingenuo pensador sabrá que la muerte de Jesús fue producida por los estamentos y liderazgos religiosos y políticos de judíos y romanos, y que la turba no hizo más que responder con uniformidad a los aparatos ideológicos del estado político-religioso.

El nacionalismo católico y protestante de la Europa medieval encendió la pólvora de odio contra los judíos en la diáspora, y los pueblos respondieron a aquellos controles sociales tan elementales, matando y persiguiendo. Las clases dominantes siempre son las culpables de todo.

¿A qué viene este perdón extemporáneo de un pueblo que vivía subyugado a un imperio y que no encontró en Jesucristo más que pasividad y aturdimiento? Los pueblos nunca son culpables y no es necesario hacer un libro, Ratzinger para confirmarlo.

Es cómodo apoltronarse en la silleta imperial del cancerbero Pedro, y enjuiciar con bisturí el pasado, porque el pasado nunca traerá a la escena presente ni apologistas, ni enemigos, ni controversia, ni reacciones, ni a los actores que yacen en el polvo esperando en átomos y quantum misericordias de ultratumba. El pasado es hielo petrificado del que se puede extraer fragmentos de minúsculas historias para moldear sesgadamente las realidades presentes.

El presente es para los profetas no para los cobardes. En el presente un buen profeta le diría a los liderazgos políticos de Israel que ellos son los asesinos de los niños y los ancianos palestinos en la franja de Gaza. En el Presente un auténtico profeta les reclamaría por su ateísmo práctico en el que aman a Yavet en Torás y Talmudes pero matan a los hijos de Yavet y de Alá con misiles y bombas sin ninguna clase de remordimientos. Seguramente la Iglesia Católica esperará no sé cuantos siglos cuando se vuelvan a poner de moda los perdones y las absoluciones para enjuiciar con unas líneas de tinta intrascendente a los asesinos del presente.

* Milson Salgado es escritor hondureño.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.