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La iglesia católica

Fuentes: Rebelión

Juan Antonio Martínez Camino, secretario general y portavoz de la conferencia episcopal, ha amenazado de forma clara y directa a los políticos españoles que apoyen en el congreso la pretendida nueva ley del aborto. La pena para aquellos políticos católicos que den el Sí a la nueva ley será, según palabras textuales del señor Camino […]

Juan Antonio Martínez Camino, secretario general y portavoz de la conferencia episcopal, ha amenazado de forma clara y directa a los políticos españoles que apoyen en el congreso la pretendida nueva ley del aborto. La pena para aquellos políticos católicos que den el Sí a la nueva ley será, según palabras textuales del señor Camino en su rueda de prensa del pasado 27 de noviembre: que «no podrán ser admitidos a la Sagrada Comunión». Les perdona la excomunión, pero «al votar a favor de la nueva ley, «públicamente se ponen en situación de pecado objetivo», y nadie, estando en situación de pecado puede recibir la comunión de la Sagrada Iglesia Católica. Durante su intervención, el portavoz de la CEE, defendió que la postura de los católicos es la del «sí a la vida de los seres humanos inocentes e indefensos». Dejando a un lado el debate filosófico sobre el aborto, resulta indignante la hipocresía de la jerarquía católica respecto del derecho a la vida. No matarás que decía el quinto mandamiento. Pero este respeto a la vida parece que la iglesia católica lo aplica de modo selectivo. Como sino, explicaría el señor camino que en en octubre de 1988, Su Santidad el Papa Juan Pablo II depositara en la boca del general Augusto Pinochet la hostia consagrada. Entonces, estaba o no el dictador chileno en situación de «pecado público».

Podemos mencionar aquí también el caso de Efraín Ríos Montt, dictador de Guatemala durante 16 terroríficos meses entre 1982 y 1983, durante los cuales ejerció una política de represión y terrorismo de estado indiscriminado contra cualquier cosa que oliera a disidencia. Se le imputa un genocidio de no menos de 200.000 indígenas. El señor Efrain, ejecutó sin piedad a varios adversarios políticos una semana antes de recibir a Juan Pablo II. Nada de esto impidió que el Papa le diera la comunión, quizá porque el dictador había tenido un cuidado exquisito en no asesinar jamás a mujeres gestantes…

En España, la iglesia católica sacaba bajo palio al General Franco, que contaba con miles de muertos y desaparecidos a sus espaldas, asunto, que no parecía ser fuente de pecado para la iglesia católica. Hoy día, cada 20 de noviembre todavía hay párrocos en España, como el del valle de los caidos o el de la iglesia de San Nicolás de Avilés, que siguen dando misas en honor del obsceno dictador que el 18 de noviembre de 1936, visiblemente emocionado, aparecía en Salamanca ante las multitudes que aclamaban febrilmente a Hitler y a Mussolini para decirles que la Alemania nazi y la Italia fascista eran el baluarte de la cultura, la civilización y el cristianismo en Europa». Las exhumaciones, promovidas al calor de la cándida ley de la Memoria Histórica Española, de las innumerables fosas comunes que contienen los cuerpos de cientos de miles de fusilados arrojados como `perros´ en las cunetas de carreteras, en las afueras de los pueblos, en los montes, en los páramos o en las tapias de los cementerios de España, dan buena cuenta del carácter sanguinario de la Dictadura franquista. Este personaje tampoco estaba en pecado público, no señor Camino.

Como tampoco mereció para la Iglesia platense ser negado de comunión un tal Videla, de nombre Jorge Rafael, que entre 1976 y 1981, perpetró en Argentina un auténtico baño de sangre contra sus detractores con el beneplácito y la colaboración de la iglesia, como bien queda reflejado en las vergonzosas fotos en las que se puede ver al dictador recibiendo alegremente la hostia consagrada por parte de un funcionario de Dios perteneciente al clero argentino.

La iglesia católica, desde su fundación, ha estado siempre de parte de la Muerte. Apoyó sistemáticamente a aquellos regímenes que le aseguraban mantener sus privilegios, beneficios e intereses a buen recaudo. Ha sobrevivido a costa de inocular miedo en la sociedad, de amedrentar y amenazar a sus fieles con excomuniones, infiernos y purgatorios si no se plegaban a sus designios de grandeza y poder efectivo en el terreno material. Ha cubierto sus templos de oro. Ha sido uno de los principales valedores de un sistema que condena a tres cuartas partes de la humanidad a morir de hambre (Hace unos meses, el Papa declaraba que el orden social occidental es mejor y más humanitario que el comunismo). La iglesia católica ha vendido los ideales de cristo, del cristianismo primigenio, al mejor postor, a aquellos que por la fuerza han conseguido mantenerla en los estratos más alto de la cúspide social y de poder.

Incluso, ha acallado, silenciado y, en muchos casos, eliminado de su seno aquellas tendencias cristianas que preconizaban los valores más puros y loables de la doctrina cristiana: ayudar a los desfavorecidos y combatir la injusticia social(Teología de la liberación).

Pero la gente ya está cansada de miedos, de infamias, de que la amenacen y la condenen, de que todo lo hermoso sea considerado pecado. La iglesia pierde clientes a pasos agigantados, y como animal herido que es, se revuelve, da sus coletazos últimos, agresivos, violentos, pero carentes de sentido en una sociedad que ya no puede seguir tolerando ni un minuto más a una institución retrógrada que se resiste a adaptarse al avance de los tiempos.

En marzo de este año, en su viaje a África, el Papa se oponía al uso del preservativo en este continente, donde según la Organización Mundial de la Salud padecen SIDA 22,5 millones de subsaharianos. Lamentable.

Hace tan solo unos días, Benedicto XVI declaraba que «el aborto, la eutanasia, «las livianas» experimentaciones genéticas y los matrimonios entre personas del mismo sexo van contra la ley natural y contra la dignidad de las personas. Deleznable.

Sigan ustedes condenando y se quedarán sin nadie que les rece.

Rebelión ha publicado este artículo con permiso del autor, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.