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La izquierda integral frente a la izquierda integrada (populismos, eurocomunismo, UE y hegemonías)

La importancia de la política en grande

Fuentes: Rebelión

En marzo de 1977, en su encuentro en Madrid para la legalización del PCE, Santiago Carrillo, Georges Marchais y Enrico Berlinguer (secretarios generales de los partidos comunistas español, francés e italiano, respectivamente) dieron carta de constitución a lo que venía siendo un hecho consumado: el eurocomunismo. Con este término-concepto querían indicar la independencia de los […]

En marzo de 1977, en su encuentro en Madrid para la legalización del PCE, Santiago Carrillo, Georges Marchais y Enrico Berlinguer (secretarios generales de los partidos comunistas español, francés e italiano, respectivamente) dieron carta de constitución a lo que venía siendo un hecho consumado: el eurocomunismo. Con este término-concepto querían indicar la independencia de los PC respecto de la URSS y la aceptación de la vía «democrático-parlamentaria» para competir por el poder institucional (es decir, el poder con minúsculas). También lo que ellos pensaban que era una ruptura con el leninismo: el descarte de la insurrección revolucionaria.

Sin embargo, lo que realmente entrañaba aquel proceso era una ruptura con Marx: a partir de ese momento no se trataba ya de llevar a cabo la «lucha de clases» con el fin de abolir la explotación humana ni la injusticia de que unos pocos tengan acaparados los medios de vida de la sociedad y la absoluta mayoría de ésta tenga que depender de si aquéllos les dan trabajo o no. Se descartaba la meta de superar el capitalismo o se la desplazaba a un tiempo indefinido en el largo futuro. En adelante se trataba de aprovechar las oportunidades que el sistema brindaba para mejorar las propias posiciones electorales. Con ello se daba prioridad también a la política pequeña, con minúsculas (la minipolítica).

Se rompía, además, con la milenaria tradición republicano-democrática, que siempre abogó por la igualdad como base de la democracia, y la soberanía económica (sin depender de tener que trabajar para otros) como elemento imprescindible de la libertad y la autonomía.

En lo sucesivo, la mayor parte de los PC europeos aceptaban el Estado Social capitalista como una muestra inobjetable de las posibilidades del reformismo, que se apresuraban a abrazar contra los pecados del «comunismo leninista». Las libertades, la democracia, el consumo permanente y masivo, los derechos humanos, que eran supuestamente intrínsecos a ese Estado Social (que muchos llamaron «del Bienestar») se asumían también como compatibles con la explotación del ser humano por el ser humano, con la extracción de plusvalía y la dictadura de la tasa de ganancia, con las transnacionales y con la depredación del hábitat.

Los cambios experimentados en la estructura de clases, el nuevo «capitalismo de Estado» [con su vías fuertes de integración de la población a través de la seguridad social] y el programado descrédito del Bloque Soviético en la población europea occidental habían ido preparando el terreno, a su vez, contra las «viejas» formaciones partidistas o más en general, contra las «viejas» formas de organizarse y hacer política. Frente al obrerismo propio del capitalismo industrial-fordista, se abrió paso el movimientismo ciudadano como rechazo a ello y como forma predominante de contestación social en el capitalismo de consumo keynesiano. Recuperada de las aún más viejas luchas del pre o proto-proletariado europeo, esta forma de intervención social se expandió pronto por las formaciones centrales del sistema en su conjunto. Las reivindicaciones se habían hecho parciales, los campos de conflicto e intervención dejaron atrás lo universal para irse haciendo cada vez más reducidos, más sectoriales, más locales. Los logros, por tanto, también menguaron. Y unas y otros quedaban convenientemente dentro del sistema, un sistema que supuestamente lo admitía todo y era capaz de reformarse a sí mismo, con la ayuda de la ciudadanía, indefinidamente, hasta poder llegar a conseguirse a través de él cotas cada vez más altas de justicia e igualdad.

Un sistema prometedor, por tanto, «el menos malo de los sistemas posibles», capaz de regenerarse a sí mismo y de secretar indefinidamente mayores niveles de «bienestar», «democracia» y «crecimiento». No es de extrañar que la absoluta mayor parte de las izquierdas se integraran en él.

Esas izquierdas políticas y culturales, que se decían a sí mismas «modernas», «democráticas», miraban hacia atrás con una mezcla de desaprobación y autosuficiencia frente a las «derivas» de la «vieja izquierda» que se antojaba dogmática y sectaria, visionaria e irrealista, cuando no directamente dictatorial. El culto al progreso, le fe en el futuro, que era presentado como el realizador del mejor de los mundos, traslucían un sentido de la historia «progresista», mientras que el encumbramiento del universalismo abstracto que predica la abolición de las fronteras y el desarraigo identitario y comunitario en general, aportaban un elemento más de comunión con la nueva derecha, «cosmopolita». La aceptación del marco dado de lo posible y de lo pensable, ocupó el lugar de las «viejas» ideas de ruptura y transformación social. El concepto de justicia universal fue sustituido por el del mérito personal, no importa que estuviera basado en una profunda desigualdad de oportunidades, porque ésta era también ampliamente asumida como necesaria o, al menos, inevitable.

La descomposición de los Grandes Sujetos [clases, movimiento obrero, organizaciones de masas, naciones…] que habían ido surgiendo del capitalismo «pre-democrático» de la Primera y Segunda Revolución Industriales, se extremó con el capitalismo «post-democrático» propio del nuevo modelo de crecimiento neoliberal-financiarizado. Las vías de «integración» de la población se hicieron «blandas», ya no a través de la seguridad social, sino del consumo a crédito y del endeudamiento masivo, de la (pretendida) revalorización financiera de los bienes inmuebles (una suerte de keynesianismo de precio de activos) que, además de «democratizar» la especulación para más capas sociales, hacía seguir manteniendo la ficción del consumo y de «clase media» de la población trabajadora, ayudada aquella ficción también inestimablemente por la entrada masiva de productos chinos ultra-baratos.

Así hasta que llegó la debacle de este modelo de crecimiento. Todos los palos de su sombrajo empezaron a caerse: crédito, deuda, solvencia, consumo, empleo, vivienda… El destrozo de la «seguridad» social ha traído una vuelta acelerada al mundo de las inseguridades: inseguridad de empleo y por tanto de vivienda, inseguridad de acceso al consumo, al crédito y a los bienes… Inseguridad del presente y todavía más del futuro.

El capitalismo empezaba a mostrar, de nuevo, su otra cara, la menos amable.

Pero ahora que su profunda y muy probablemente irreversible crisis se está llevando por medio las condiciones que posibilitaron el Estado Social, y está poniendo en un brete la legitimidad de este modelo de crecimiento neoliberal-financiarizado (que no todavía la del capitalismo en sí mismo), la primera víctima suya ha sido, no obstante, la propia izquierda integrada. El declive de la opción reformista en el capitalismo realmente existente, arrastra consigo a esas izquierdas bienpensantes, moderadas y racionales que a la postre asistieron impasibles a la trasmutación del sistema: de keynesiano a fridmaniano.

El fin del reformismo se llevó también, como no podía ser de otra forma, al eurocomunismo.

Sin embargo, estas izquierdas integradas han realizado el (que pudiera ser) último intento de salvarse a sí mismas y de salvar el reformismo. La última pirueta posibilista.

Y lo han hecho, como no podía ser de otra forma, a través del electoralismo, de la llamada al voto en torno a la idea de las mayorías amorfas, de los 99%, de las multitudes, más allá de las clases, de la izquierda y la derecha, de la ideología y de la Política. Como si todo eso no estuviera sujeto a las propias luchas, y no existiera por tanto la posibilidad de contender también en torno al peso social construido, sociológico, histórico y estructural que contienen esas «etiquetas», sino que fueran meramente superables, por arte de birlibirloque , desde el discurso electoral.

Para ello, en el caso concreto de la formación socio-estatal llamada «España», se ha seguido al pie de la letra una espúrea recuperación de Gramsci de la que son altamente responsables Laclau y Mouffe.

Mutilando a Gramsci. La hegemonía débil1.

Son muchos los militantes que en medio de la barbarie neoliberal propugnaban la necesidad de un populismo de izquierdas capaz de hacer frente a través de esquemas, consignas y convocatorias simples, a todo el aparataje ideológico-mediático-cultural capitalista que destrozaba las conciencias y empobrecía las vidas de una generación tras otra de «ciudadanos».

Parecía increíble, pero al final se consiguió. Nació el populismo de izquierdas. Y pareció extenderse como un reguero por toda Europa. Así, entre los más famosos ejemplos, Die Linke, Mélenchon, buena parte de lo que terminó siendo Syriza, y en la formación social España, Podemos…

Este último es un claro proyecto dirigista, vertical, en el que un reducido núcleo juramentado lanza desde arriba unas consignas fáciles e intentan hacer a través de la ideas de Laclau y Mouffe un experimento de laboratorio social.

Este proyecto de ingeniería social populista ha pretendido construir una hegemonía débil, es decir, no alternativa en el campo ideológico, ni albergando un proyecto social económico-productivo propio. Se trata de una «hegemonía» para competir en la política pequeña, en la contienda electoral.

Los procesos populistas se diferencias de los populares en que estos últimos son construidos desde los propios sujetos de emancipación y por tanto se co-implican con una mayor autonomía de los mismos. En los procesos populistas la heteronomía (o construcción externa a esos sujetos) es la nota dominante.

Esta distinción es pertinente aunque sólo fuere para poder prever hacia dónde nos llevan unas u otras construcciones «hegemónicas». Porque de lo contrario identificamos popular con populista, y por ello podemos entender cualquier proceso social en que estén implicados sujetos colectivos, sea subordinadamente o no y promuevan lo que promuevan o hagan lo que hagan.

«Al aprovechar, controlar, limitar y, en el fondo, obstaculizar cualquier despliegue de participación, de conquista de espacios de ejercicio de autodeterminación, de conformación de poder popular o de contrapoderes desde abajo -u otras denominaciones que se prefieran- se estaría no sólo negando un elemento substancial de cualquier hipótesis emancipatoria sino además debilitando la posible continuidad de iniciativas de reformas -ni hablar de una radicalización en clave revolucionaria- en la medida en que se desperfilaría o sencillamente desaparecería de la escena un recurso político fundamental para la historia de las clases subalternas: la iniciativa desde abajo, la capacidad de organización, de movilización y de lucha.» [Dal Maso y Rosso, op.cit.]

Y eso no puede ser de otra forma, pues «con un sujeto político que alberga intereses sociales no definidos que pueden llegar a ser contradictorios, no es posible poner en marcha un frente común con objetivos claros destinado a la movilización y la conquista popular de derechos. «Lo que cuadra con un espacio político populista es la indefinición, la ambigüedad del discurso y la reducción de los antagonismos de clase en su seno (…) Lo que se puede hacer con un sujeto político así es utilizarlo para el voto y desactivarlo como elemento autónomo de incidencia social.» (Sanz, op.cit.). «No es hora de luchar, es hora de votar», proclamará el principal líder de Podemos en varios de sus mítines.

Bueno, se dirá, pero todo eso servirá para ganar las elecciones, el poder institucional, y a partir de allí empezar un «programa fuerte» de reformas.

Podemos y la ruptura democrática: el malogramiento de la oportunidad

Pues no, porque en realidad con ello

«Se difunde un discurso donde el enemigo no es el sistema socio-económico capitalista sino una entidad ontológica trans-clasista (los políticos, los banqueros, los policías corruptos, etc. -la casta-), que pervierte los mitos fundacionales del 78 (la patria, las Cortes Generales, la guardia civil como institución, etc.) preexistentes y buenos, y cuya expulsión del sistema los restablecerá haciendo que todo vuelva a funcionar. Lo malo no es el sistema ni las instituciones sobre las que se levanta sino los sujetos que las ocupan pervirtiéndolas.

(…) Fortalecer los mitos fundacionales del régimen del 78, en lugar de superarlos, vacía la dimensión constituyente y por tanto, imposibilita la conformación del subsuelo político del proceso constituyente, el cual requiere indignación pero también narrativas rupturistas de alternatividad. El no haber construido estas narrativas más bien lo contrario, hace que mucha gente quiera un cambio pero sin que nada cambie. Ello explica porqué el partido de Albert Rivera, Ciudadanos, ha usurpado en pocas semanas gran parte de las expectativas electorales de Podemos. (…) Con ello estamos transitando del campo del Poder Constituyente al campo de la reforma constitucional, donde lo que se busca ya no es crear algo nuevo sino una adecuación entre realidad jurídica y realidad socio-política sin que exista quebrantamiento de la continuidad jurídica.» [Albert Noguera (Grupo Ruptura para la transformación social), «Perspectivas y vías de activación de un proceso constituyente en el Estado español», http://gruporuptura.org/wp-content/uploads/2015/06/dossier-no.1.pdf].

Por ello, con ese populismo de izquierdas no se aprovecha la estructura de oportunidad venida de la degeneración del sistema capitalista y que se expresa en la formación socio-estatal española en la fuerte crisis del régimen del 78, sino que se intenta una relegitimación del sistema, ilusionando en torno a una imposible vuelta a su fase keynesiana, a una recuperación del capitalismo amable, sin corruptos, ni banqueros malos, ni mafias políticas.

En ningún momento se considera que es sistema no ha llegado hasta estos procesos de podredumbre «por accidente», sino que todas esas lacras, y muchas otras que no se dicen, forman parte intrínseca del mismo, y se acentúan cuando entra en una espiral degenerativa.

La ingenuidad laclauniana de que se puede usar el Estado contra la clase dominante sin una profunda transformación estructural y de correlación de fuerzas, sin daños ni costos sociales ni políticos para las poblaciones implicadas, forma parte de esa aséptica ingeniería social, la cual puede hacer creer a las gentes que instituciones y poderes sistémicos se suicidarán sin presentar batalla. Basta con votar y salir a la calle con globos y silbatos2.

Por eso, la Política grande no aparece por ningún lado. Y la hegemonía fuerte, la del metabolismo capitalista, sigue intocada.

El metabolismo capitalista y la Política con mayúsculas

El metabolismo capitalista 3 garantiza la valorización de los capitales individuales como «capital social« en conjunto y pone en juego la totalidad de los aspectos y elementos de la realidad social, de la praxis social.

Para empezar, el «metabolismo» de este modo de producción requiere la conversión de los seres humanos en productores desposeídos (sin atadura personal a nadie pero sin medios de producción para subsistir); por tanto individuos que no pueden ser soberanos sino dependientes de quienes les compran (contratan) o no (como fuerza de trabajo). A ello se suma la producción de poseedores de medios de producción abocados a reproducir de forma constante y ampliada el capital, compitiendo sin fin entre sí, siendo los recursos naturales medios de esa competencia, lo que implica la explotación incesante y creciente del medio físico o depredación del hábitat.

Entre otros muchos factores ese «metabolismo» segrega también el espacio socio-institucional-ideal que requiere la circulación del capital: las redes de transporte y comunicaciones, los procesos de urbanización, la particular disposición del territorio para facilitar en lo posible la movilidad tanto del capital social como del trabajo social, de una rama de producción a otra, de una región a otra; etc.; las normas jurídicas para garantizar tanto la plusvalía como la ganancia (derecho; derecho mercantil, penal…) y las instituciones encargadas de velar por su aplicación; la unificación político-administrativa del territorio y homogeneización de las condiciones de vida (normas sociales y culturales) al interior de una determinada formación social.

Estas y muchas otras condiciones, generan determinados modelos de sociedad y de entender las relaciones humanas y las relaciones de los seres humanos con la vida; implican, de hecho, determinados tipos de seres humanos, determinada racionalidad social y formas de subjetividad, y potencian las posibilidades de hegemonía de determinados tipos de pensamiento, filosofías e ideologías (expresadas en las distintas facetas de lo que se conoce como supraestructura social).

Tener objetivos de transformación social, por modestos que sean, exige afectar todo este conjunto de procesos, dinámicas y condiciones estructurales. Este es el sentido profundo de la Política con mayúsculas, y de hacer Política en grande. La Política como dinámica de construcción del consenso o de la legitimidad, pero también como forma de dirimir el conflicto o establecer el antagonismo entre las clases y sectores sociales, en la pugna por uno u otro tipo de orden social, por unas u otras formas de ser social, de ser sociedad.

La Política así entendida es un auténtico marcador evolutivo humano, lo que nos ha permitido vivir en comunidad en el proceso de hominización y que ha posibilitado a los subalternos en cualquier orden social combatir colectivamente contra esa subordinación en todos los campos.

A un tipo tan avispado como Gramsci, no se le pasó por alto que las relaciones sociales de producción capitalistas (su metabolismo) habían alcanzado un alto grado de madurez en las formaciones sociales europeas, por lo que no quedaba más remedio que hacer Política en grande también a través de la política institucional o, en nuestros términos, de la política pequeña o con minúsculas (como parte de la guerra de posiciones gramsciana). Pero ese paso, o la intervención en la política institucional no fue nunca para él el primer ni mucho menos el principal objetivo, sino parte del proceso para apoyar la Política con mayúsculas (porque en nuestras sociedades conseguir el poder institucional es condición necesaria, pero ni por asomo suficiente para transformar), la cual sólo puede realizarse a través de sujetos sociales y políticos que intervengan en todos los campos del metabolismo capitalista. Mejor, dirá Gramsci, si se articulan de alguna forma (como «Bloques» sociales o históricos, por ejemplo)4.

Esos sujetos políticos no pueden ser sólo resultado de elaboraciones discursivo-ideológicas, de ver quién tiene más éxito en construir alguna forma de «hegemonía», de mirar qué «campo de conflicto» adquiere protagonismo sobre los demás, como proponen Laclau y Mouffe. Todo ello puede ser válido a lo sumo para unas u otras relaciones de fuerza dentro del modo de producción capitalista, pero no para la transformación de éste. Esa transformación está en función (en cada modo de producción), de quién esté implicado en el campo fundamental de antagonismo.

Y explico lo de «fundamental».

Las luchas fundamentales

El contexto de la acción social, como el de la producción y la propia vida, no es contingente, no se da sólo en función de significados subjetivos que se otorgan en cada situación concreta por unos u otros individuos o sectores sociales. No se trata de ver quién puede lograr la «hegemonía» de sus intereses particulares. Los antagonismos básicos del capitalismo no son un problema de semiótica o de «nominación» (en todo caso, nunca son sólo eso). La diferente potencialidad de cada lucha y forma organizativa radica en que sea más o menos adecuada para enfrentar unas u otras desigualdades y fracturas sociales. Pero su mayor o menor importancia no sólo viene referida por cada campo de lucha, sino que radica a la vez en el espectro que abarca (aplíquese esto de cara a la transformación sistémica).

El antagonismo estructural es el que está relacionado con el carácter «fundamental» del proceso de clase5, que en el capitalismo hace referencia a la producción-apropiación del plustrabajo o de sus productos, mediante la conversión del trabajo concreto de los seres humanos en trabajo abstracto, generador de valor, lo que convierte a seres humanos y su trabajo en mercancías intercambiables por dinero. Ese mismo proceso o relación de clase tiene, además, un carácter «subsumido», que hace referencia a la distribución o recepción de lo que ha sido producido y apropiado previamente. Es decir, quién se aprovecha más, o menos, de esa distribución.

Los términos «fundamental» y «subsumido» no aluden a la prevalencia o mayor importancia ontológica de unos procesos sobre otros, sino a su peso dentro de un determinado modo de producción.

Por eso tendrán más oportunidades de llevar a cabo la (contra)hegemonía fuerte los sujetos que en cada momento hayan conseguido reunir las partes frontales del antagonismo, incorporando además otras luchas en plano de equivalencia, en la construcción de sujetos colectivos con proyección de alternatividad histórica. Más allá del modo de producción dominante.

Por eso, igualmente, y volviendo al punto de partida, los sujetos que protagonizan las luchas de clase fundamentales son a la postre necesarios para la transformación de un modo de producción, por más que no lo sean para otro tipo de transformaciones o luchas, o al menos no sean suficientes por sí mismos. Así, por ejemplo, aquellas luchas no son suficientes para acabar con el patriarcado, que es un sistema de dominación-explotación que se empotra en el capitalismo, como en otros modos de producción, pero al tiempo le trasciende, puede sobrevivirle (ver nota anterior para la reciprocidad de enunciados). Es decir, que quienes protagonizan las luchas de clase fundamentales podrían no ser los «articuladores» de la revuelta, pero para que ésta devenga contestación anticapitalista necesitará incorporar a esos sujetos en lugar destacado. Dicho de otra forma, cualesquiera que sean los sujetos que emprendan la lucha social (desde el ecologismo, por ejemplo), tendrán que romper la relación de clase fundamental capitalista para superar este modo de producción histórico. Esto es, tendrán que convertirse también en sujetos políticos clasistas (eso sí, a esa transformación le añadirán todo un contenido ecológico sine qua non, que no estaría presente sin ellos).

Y al revés (y en esto sí concuerdo con Laclau), las luchas anticapitalistas serán tanto más potentes y eficaces en tanto sean capaces no sólo de «articular» sino de incorporar como luchas propias más y más luchas de los distintos ámbitos o campos sociales. Es decir, devienen más fuertes en tanto hacen a las otras luchas parte integrante de sí mismas, y a su vez integran las restantes (sólo así la transformación del modo de producción puede conducir a una transformación en favor de las grandes mayorías y no sólo a un reemplazo de élites).

Estas son las bases para la (re)construcción de una izquierda integral, que comprenda todos los campos de acción, para afectar al conjunto del metabolismo capitalista.

Sin embargo, la abundantísima izquierda integrada tenía, lejos de ello, muy otros planes.

El último agarre reformista: el europeísmo

Ser europeísta ha llegado a convertirse en sinónimo de progreso y de progresismo.

Los valores ilustrados, la democracia, los derechos asociados a la ciudadanía, se ven ligados al capitalismo europeo como si formaran parte de su propia esencia y no como un resultado histórico-contingente, más o menos adulterado, de las luchas de clase y de luchas sociales en general.

Precisamente, actuando subterráneamente en contra de esa vinculación es que se desarrolla la construcción de la Unión Europea. La UE es el mayor experimento neoliberal (ejemplo de guerra de clase desde arriba) coordinado a escala regional que conoce el mundo.

El proyecto de lanzar la Gran Alemania a través de la UE tuvo como primer objetivo posibilitar la reestructuración productiva germana con miras a la exportación. En las últimas décadas la vieja industria alemana se reconvirtió, renovando su perfil hasta hacerse una «arrolladora máquina de generar excedentes» (las ventas externas pasaron del 20% del PIB en 1990 al 47% en 2009).

Pero ese proceso fue acompañado de una dinámica de financiarización de la economía alemana. Con la irrupción neoliberal la desregulada estructura financiera mundial proporcionó a su clase capitalista la posibilidad de conseguir crédito fuera de la economía productiva. Esas masas de capitales «liberados» de los ciclos manufactureros locales quedaban listas para invertirse en los mercados financieros, donde se pueden hacer ingentes beneficios sin producir la menor riqueza, y eran destinadas fundamentalmente a:

  1. Prestar a la Banca de las formaciones periféricas europeas (la Europa del Sur), a fin de generar un ciclo de demanda de los productos alemanes. Cuando, en plena crisis, los Bancos privados tienen que satisfacer la deuda alemana y no pueden, son los Estados (es decir, el conjunto de la población) los que la asumen («socialización de pérdidas»).

  1. Invertir especulativamente en el sector inmobiliario de ciertas de esas formaciones y también en el de EE.UU., contribuyendo a provocar sus enormes burbujas.

  1. Invertir en la Europa del Este para la apropiación por desposesión y la explotación de una fuerza de trabajo que se había depreciado substancialmente con la terapia de «shock» que previamente habían aplicado en esas formaciones la UE y el FMI. Esto serviría también para lanzar un ataque feroz contra la fuerza de trabajo alemana para extender su precarización (Alemania es la única formación de la OCDE en la que los salarios reales cayeron ininterrumpidamente entre 2000 y 20007).

Además, para competir con Asia oriental y especialmente con China, la Gran Alemania y la clase capitalista europea utilizan a la UE como herramienta para rebajar las condiciones laborales y salariales de la fuerza de trabajo en Europa6.

No olvidemos que el macro-Estado (la UE, en el caso europeo) es una de las expresiones rectoras del capitalismo oligopólico de ámbito global en el que estamos inmersos (que tiene que recurrir a esas estructuras intermedias ante su incapacidad para conseguir un Estado mundial). Es la vía que el Capital transnacionalizado tiene hoy de destruir las conquistas que el Trabajo logró en el ámbito del Estado, que ha sido el elemento rector-coordinador de la acumulación capitalista hasta ahora.

En el caso de Europa, también, la moneda única, el euro, es una eficaz forma de sustraer el valor del dinero a la lucha de clases. Un potentísimo disciplinador de la fuerza de trabajo. Dispositivo sin igual para (ante la imposibilidad de realizar devaluaciones competitivas, de moneda), establecer devaluaciones internas: reducción del salario directo e indirecto. También para ajustar a favor del Capital los mercados laborales.

En la UE, la delegación de soberanía política sucede a la monetaria. Los Estados se excusan mutuamente por verse obligados a seguir lo que dicta Bruselas. Las instituciones europeas están blindadas frente a posibles cambios desde abajo. Lo que se vote en cada país vale tanto como que usted y yo le pidamos a la OTAN que deje de bombardear a la gente.

Por eso, hoy, ser europeísta, en contra de lo que proclaman los medios del Capital y las izquierdas integradas, pasa necesariamente por estar contra la UE y romper con su ariete en su guerra de clase: el euro. Ser europeísta, suponiendo que eso tenga algún sentido no exclusivo frente a otros pueblos, pasaría por construir una auténtica «unión europea». La cual sólo podrá venir de la desarticulación de los intereses de las clases dominantes a escala de cada Estado.

Pero las izquierdas integradas, con el eurocomunismo tardío en declive de acompañante estelar, siguen obcecadas en rescatar a la UE realmente existente. No importa el descuartizamiento social que realice en casa, ni las intervenciones militares, golpes de Estado y bombardeos de países que lleven a cabo sus miembros (Yugoeslavia, Irak, Libia, Ucrania, Siria, Afganistán…), sembrando de desposeídos, muertos y refugiados el mundo.

Sólo las expresiones más recalcitrantes del Capital (las ultraderechas), han abierto el campo del antieuropeísmo, por lo cual tienen crecientes posibilidades de volver a ganar la partida populista a las izquierdas integradas.

Romper con el euro no es ni fácil ni indoloro. Lleva costes económicos e impactos sociales muy altos, y generará un tremendo «shock» humano. No se puede engañar sobre ello. Pero seguir en el euro conlleva a corto término la catástrofe.

El momento es muy delicado, una izquierda integral tiene que andar por el finísimo y traicionero filo de la navaja entre el «shock» o la catástrofe («caos» o «catástrofe» lleva tiempo diciendo al respecto Pedro Montes), donde la suma de fuerzas o el seguimiento de la población dependen de errores mínimos.

Por eso es vital tener claros los pasos a dar. Para lo cual es además imprescindible construir constructores sociales de alternatividad. Sujetos que se multipliquen en otros sujetos, capaces de generar hegemonía fuerte, en torno a una salida post-capitalista a la UE *[Para más detalles, ver Apéndice].

* APÉNDICE PARA LECTORES PERSISTENTES7

Objetivo inmediato: romper con el euro. Los pasos

Si se ha logrado una acumulación de fuerza social y política para tener posibilidades de no pagar la deuda española8, hay que emprender enseguida las siguientes medidas:

  • Utilizar una moneda (probablemente telemática) sobre la que se tenga soberanía, para los pagos internacionales (caso de ruptura unilateral o realizada en un solo país, esa moneda no podría ser el euro).

  • Establecer una moneda interna de pago a escala estatal

Esa moneda podrá complementarse con diversas monedas sociales, propias del fortalecimiento de economías de base autogestionaria de intercambio.

  • Con los miles de millones ahorrados en pagos de deuda e intereses de la misma, se puede realizar un programa de inversiones estatales para no sólo reactivar sino engrandecer el sector público social, generando a medio plazo mejora en la calidad de vida de la población y en su seguridad social.

Esas inversiones se retroalimentarían con servicios de calidad capaces de proporcionar empleos a más partes de la propia población, aumentando así, por otra parte, los ingresos fiscales.

Tales medidas se reforzarían con una profunda reforma fiscal destinada a extraer los ingentes recursos que el capital no está aportando debido bien a la vigente imposición regresiva, bien al fraude directo.

  • Generación de otras formas de producción-consumo, destinadas al ahorro masivo de energía, que pasan por la:

        • eliminación acelerada del trasporte privado,

        • eliminación de la obsolescencia programada de las mercancías

  • fin de la fabricación masiva de éstas y en general de las actividades públicas y privadas altamente energívoras y contaminantes.

Esto es importante, puesto que con más tiempo de vida útil de los productos, se necesitaría consumir menos constantemente y por tanto gastar menos. Lo que quiere decir trabajar menos también.

Todo ello está encaminado igualmente al

  • Abandonando la economía del crecimiento.

Abandono que debe realizarse y evidenciarse en algunos puntos básicos para el comienzo de una economía social y ecológica:

  • Reducción al máximo de importaciones, y asentamiento de las bases de una economía de lo necesario, con un mercado cada vez más «sujetado» por la sociedad.

  • Mientras se frena el crecimiento material, hay que generar desarrollo de servicios y bienes relacionales y de consumo cada vez más asociados a valores de uso realmente útiles (en vez de su actual prevalencia como valores de cambio, a menudo sólo útiles para la ganancia privada).

La nacionalización de la gran banca, de los recursos energéticos y las industrias de carácter estratégico permitirán también una holgada fuente de recursos para la inversión en calidad de vida de la población.

  • Se elimina la banca especulativa para mantener fundamentalmente la banca pública de inversión

  • Puesta en marcha de una profunda reforma laboral en orden a democratizar la gestión productiva, pero también el consumo, así como aumentar el salario real de la población (éste aumenta sobre todo porque ahora se pueden adquirir más productos por más tiempo, con menos dinero. Por otra parte, al aumentar los salarios reales, aumenta también la capacidad de consumo de bienes útiles, se reactiva la economía -pero es ya una nueva economía-). Destinada a acortar también drásticamente las distancias salariales entre los asalariados, para lo que es imprescindible, entre otros puntos, atacar la división sexual del trabajo y la que se basa en la distinción nacional/extranjero.

  • Todo ello implica la posibilidad de incrementar enormemente el empleo en la población:

a) Los empleos generados en el sector de la economía social;

b) la cooperativización creciente del trabajo;

c) la rotación de empleos en el sector industrial «tradicional»

(crecientemente sustituido por nuevos tipos de industria)

  • Se trabajará menos horas y durante menos tiempo de vida (acortamiento de la edad de jubilación), y cada vez menos para patronos individuales, con miras a que esa nueva economía vaya conformándose realmente como alternativa a la capitalista.

  • A ello contribuirá la necesaria reforma agraria, para distribuir las tierras a millones de personas, en una recampesinización del campo, en orden a generar una agricultura mayoritariamente de producción local de autoconsumo y de circuitos cortos de distribución, que siente las bases de la recuperación de la soberanía alimentaria.

  • Estas medidas se co-implican con la generación de dispositivos político-legales y educativos acordes con esas nuevas formas de lo económico y lo social.

Y con una generalizada socialización de la política.

Tales medidas no son imposibles, sino que al Capital, a las clases dominantes europeas, les daría horror aplicarlas, porque suponen su auto-aniquilación. Por eso las enfrentará con todas sus armas y la pugna por ellas conllevará siempre altos costos sociales. Pero no es que no puedan darse, «sólo» hace falta el sujeto social capaz de enfrentar al Capital y ponerlas en marcha.

Primer paso: la construcción de los sujetos transformadores. La izquierda integral frente a la izquierda integrada9

Desgraciadamente, los sujetos transformadores no se hacen solamente a partir de la propia indignación. Las masas o multitudes (ni siquiera su tamaño es una garantía) sin proyecto ni objetivos políticos ni sociales claros, ni organización ni capacidad de poner en práctica una política integral independiente, están destinadas a extinguirse por sí mismas o a ser aniquiladas o fácilmente derrotadas y divididas por quienes sí tengan esa claridad y organización, más aún si tienen poder, como se está viendo en las llamadas «primaveras árabes», cogidas entre dos contrarrevoluciones, la de los estratos dominantes y su ejército (o el propio ejército como clase dominante) y la de los movimientos religiosos reaccionarios (éstos sí organizados, y por tanto únicos que han demostrado ser capaces de intentar el relevo de poder).

Por eso es imprescindible reconstruir una izquierda integral. La cual sólo puede albergar un proyecto socialista.

Es por eso que recuperar autonomía estratégica (y no meras tácticas más o menos electoralistas o efectistas de coyuntura) pasa por reconstruir el referente universal socialista (o al menos post-capitalista), ineludibles ambos, a su vez, para reconstituir las posibilidades transformadoras en esta «fase larga de coyuntura».

Pero entonces, ¿cuáles son los pasos a dar para que los dominados se constituyan en sujetos y poder construir nuevas fuerzas sociopolíticas alternativas?

Antes que nada, si alguna posibilidad hay de resolver en positivo esta pregunta, sería necesaria la constitución por doquier de franjas de constructores sociales y políticos, sin los cuales es imposible imaginar siquiera respuestas estratégicas a las embestidas del Capital.

Esas franjas permiten pensar en una masa crítica para poder inducir la configuración de l@s explotad@s, excluíd@s y discrimiad@s en fuerzas sociales y políticas capaces de pensarse a sí mismas como sujetos portadores de un proyecto de cambio social, esto es como sujeto político.

La fuerza social se refiere a segmentos de población organizados que, pertenecientes a determinados sectores sociales, son reconocidos por éstos y por otros adyacentes como fuerza de opinión y lucha en torno a sus problemáticas relevantes. Es, por tanto también, expresión de legitimidad de ese segmento de población organizado.

Una fuerza teórico-programática resulta de la sistematización de la experiencia propia para otorgar sentido al problema de la construcción y el cambio social. La fuerza teórica es la expresión de la potencia movilizadora y la verosimilitud de una visión precisa pero abierta de la realidad y su transformación.

La fuerza política es la síntesis de una fuerza social y una fuerza teórica cuya emergencia y realización ocurre en el campo de la acción, que se caracteriza por su capacidad convocante, dada su legitimidad y verosimilitud, y que por tanto es capaz de definir objetivos y caminos susceptibles de transformarse en práctica política y social alternativa a partir de las condiciones existentes.

Entendida de este modo, resulta evidente que la fuerza política no puede confundirse con la fuerza orgánica que opera en el ámbito de la política con minúsculas institucional. La fuerza política no puede sino entenderse como síntesis de un proceso de construcción de sujetos cuya primera manifestación es el logro de una masa crítica ampliada.

Una orgánica vacía de sujeto es, desde praxis transformadoras, una aberración. Aberración condenada a repetir los procesos de entrega, oportunismo, esquizofrenia o dislocación que han experimentado la absoluta mayor parte de las organizaciones de la «izquierda institucionalizada».

La contribución a la gestación de sujetos que confluyan en movimientos sociales y movimientos políticos con vocación y posibilidades de transformar sólo puede hacerse desde el propio movimiento, esto es, desde una organización-movimiento que trascienda definitivamente el electoralismo y el parlamentarismo (sin por ello renunciar tácticamente ni a las elecciones ni al Parlamento).

Notas

1 Hago con este título un refrito de dos trabajos que considero importantes sobre este apartado, especialmente el que cito en primer lugar: Miguel Sanz, «La influencia de Laclau y Mouffe en Podemos: hegemonía sin revolución», en Revista La Hiedra, junio-septiembre de 2015. http://lahiedra.info/la-influencia-de-laclau/ ; Juan dal Maso y Fernando Rosso, «La hegemonía débil del ‘populismo'», en Ideas de Izquierda, nº19, mayo de 2015. http://www.laizquierdadiario.com/ideasdeizquierda/la-hegemonia-debil-del-populismo/ Me voy a permitir citar textualmente varios de sus pasajes, para no repetir con otras palabras que parezcan mías, lo que ya está dicho con asaz claridad.

2 Por ridículo que parezca, este «proyecto» despierta la ilusión de los desechos del eurocomunismo y organizaciones salidas del mismo, que ven en él la salvación a su propia debacle, y se aprestan a abrazarlo los primeros (es bien conocida la fernandina frase, «Marchemos francamente, y yo el primero…»), incluso a ser motores del mismo.

3 A finales del siglo XX, Mészáros recuperaría la primigenia concepción de Marx (del intercambio social con la naturaleza), para hablar de metabolismo social.

4 De ahí que Gramsci ya advirtiera que para realizar el camino de Lenin en las formaciones sociales europeas occidentales, no se podía repetir a Lenin, es decir, seguir los pasos que él había dado, sino emprender, a partir del análisis sociohistórico concreto, las opciones estratégicas pertinentes para la transformación sistémica, en orden a superar el capitalismo. Algo de lo que el eurocomunismo se olvidaría después alegremente. Por eso descartó la revolución social junto con el leninismo y no sólo los pasos a dar que Lenin, en una formación semifeudal, había llevado a cabo.

5 La relación de clase es la que se produce cuando unos seres humanos se apropian de parte o de la totalidad del hacer y de lo hecho por otros, quienes son expropiados de su hacer y de lo hecho, ya sea mediante la fuerza, la servidumbre aceptada o mediante un salario, por ejemplo [Ámbito Estricto de la Explotación]; también mediante el trabajo impagado ( en gran parte de las mujeres) [Ámbito Amplio de la Explotación]. Recordemos que la condición estructural del tiempo de trabajo socialmente necesario es el socialmente necesario trabajo impagado . En unos u otros casos, media entre los seres humanos un proceso de explotación . Por eso el feminismo no sólo se complementa, sino que es parte fundamental de las luchas de clase.

6 Recordemos que la famosa competitividad perseguida por los diferentes Estados individuales, mide los costos laborales unitarios de las mercancías producidas en un territorio frente a los de las mercancías producidas en otros territorios, incluyendo la mercancía fuerza de trabajo. Si un Macro-Estado como la UE logra incrementar la tasa de explotación del trabajo, se supone que aumenta la capacidad de captación de flujos internacionales de capitales productivos (y financieros).

7 Puntos y análisis tomados del II Curso de Verano de la Academia de Pensamiento Crítico. A.Piqueras (ed.) Claves para construir el socialismo en el siglo XXI. El Viejo Topo. Barcelona. Allí puede seguirse la bibliografía correspondiente.

8 No es sitio para precisar ni sopesar los pasos políticos y técnicos al respecto ni las enormes dificultades inherentes a esta medida o el inocultable periodo de conmoción económica por el que habría que atravesar (siempre mejor que el abismo al que vamos a caer bajo las actuales circunstancias), pero entendemos que serían superables a partir de cierta correlación de fuerzas, dado que esa es la auténtica clave de posibilidad de las mismas. Hay mucha bibliografía y debate al respecto en Europa en estos momentos. Citamos aquí dos ejemplos que se han ocupado de especificar esas posibilidades: Miguel Riera, ¿Salir del euro? Preguntas (y respuestas) más frecuentes. El Viejo Topo. Barcelona. 2012 (ver ahí la ordenada propuesta de Jacques Sapir, en la segunda parte). Costas Lapavitsas y otros. «Crisis en la zona euro: perspectiva de un impago en la periferia», en Revista de Economía Crítica, nº 11, pp.131-171. Es interesante también la aportación de Eric Touissaint, «Grecia: alternativas frente a la capitulación» http://cadtm.org/Grecia-alternativas-frente-a-la

9 Este es un documento de trabajo que recoge análisis y propuestas a partir de los debates y planteamientos que diferentes expresiones de izquierda vienen realizando en los últimos tiempos en diversos lugares el mundo, pero muy especialmente en América Latina, junto a y por fuera del último proyecto bolivariano. Especialmente Rafael Agacino, » Hegemonía y contra hegemonía en una contrarrevolución neoliberal madura. La izquierda desconfiada en el Chile post-Pinochet.», http://www.cipstra.cl/download/transformaciones/Hegemon%C3%ADa%20y%20Contra%20hegemon%C3%ADa%20en%20una%20Contrarrevoluci%C3%B3n%20Neoliberal%20Madura%20-%20Agacino,%20Rafael.pdf

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