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La izquierda y la crisis de la representación política: carta abierta a Bertinotti

Fuentes: Sin Permiso

Querido Fausto: Disculpa la intromisión. No habría querido involucrarte en una discusión «abstracta» en este momento delicado, si no fuera porque la precipitación de la situación en las últimas semanas -digamos desde Vicenza en adelante-, y algunas indiscreciones periodísticas no del todo fieles, me han hecho sentir la urgencia de una suerte de «verificación de […]

Querido Fausto:

Disculpa la intromisión. No habría querido involucrarte en una discusión «abstracta» en este momento delicado, si no fuera porque la precipitación de la situación en las últimas semanas -digamos desde Vicenza en adelante-, y algunas indiscreciones periodísticas no del todo fieles, me han hecho sentir la urgencia de una suerte de «verificación de los valores» compartidos por nosotros, precisamente en razón de aquella amistad y de aquella estima personal que, en lo que a mí respecta, nunca han disminuido respecto a tí.

Comienzo de lejos. Cuando más de tres años atrás, en Venecia, convocados por Paolo Cacciari, preparamos, todos juntos, el discurso sobre la «no violencia», sabíamos muy bien que no sería un recorrido sencillo. Que requeriría un compromiso no formal. La disponibilidad a volver a poner en discusión muchas certidumbres antiguas. En suma, a «desestabilizarnos». Sabíamos que la «no violencia» no es un simple ornamento que se exhibe para tener acceso a los salones buenos de la cultura conforme, ni la señal del abandono de orgullosas radicalidades en nombre de una apacible reconciliación con lo existente; sino, al contrario, como tú has escrito en el volumen común cofirmado con Lidia Menapace, «la condición esencial» de una «radicalidad de los objetivos» más profunda y extensa. Sabíamos, además, que el discurso de la «no violencia» no apunta sólo «hacia bajo», a las prácticas del movimiento, sino que también, de manera más ambiciosa, pone en cuestión lo que mueve «hacia lo alto», las lógicas de los Estados y su arrogante pretensión de ejercer el monopolio de la fuerza. Que, en otras palabras, no apunta sólo a convencer a los amigos de Luca Casarini a abandonar los cascos en los desfiles, sino también a los hombres del ministro Parisi a bajar las armas, y a vaciar sus más que homicidas arsenales. Quizás no ahora, por cierto, sino gradualmente; pero con firmeza.

Sabíamos, sobre todo, que aquel discurso -nacido de la irrupción del «movimiento de los movimientos» y de la necesidad de reconocerle el valor «constituyente»- encontraba un punto firme, irrenunciable, comprometido más allá de las circunstancias, en el rechazo de la guerra. De toda «política de guerra». En la necesaria separación léxica entre los dos términos -guerra y política-, fundada en la convicción de que con la guerra, y en la guerra, no hay política aceptable. Que allí donde la política debe contaminarse con la guerra -aceptar aun cuando sea sólo parcialmente sus medios, moverse sobre su terreno con sus lógicas totalitarias- termina por perderse a sí misma: por bloquear la posibilidad de una posible cura con vectores de su propia enfermedad. Era de veras una ruptura -cito tus palabras- «epistemológica y de lenguaje»: una revolución copernicana en el modo tradicional de concebir la política (el «estatuto» de la política), hasta ahora asociada inescindiblemente al medio específico de la «fuerza», al carácter crucial de las «relaciones de fuerza», al primado de la dimensión «polémica». Era -al menos yo la consideraba así- la definitiva ruptura con aquel «realismo irrealista» que, en el curso del siglo veinte, generó tantas tragedias (en primer lugar aquella, de verdad catastrófica, del «socialismo real»). El convencido despidirse de aquella «ética de los resultados» típica de quien está dispuesto a recurrir al instrumento que sea, por brutal o inmoral que fuere, con tal de que sea capaz de asegurar la victoria y el logro de los objetivos deseados, salvo darse cuenta, regularmente, de que éstos se habían perdido en el curso de la «batalla», junto a la humanidad de quienes los habían perseguido por ese camino.

Parecía cierto que se podía «dar vuelta la página», no sólo respecto a los esquemas conceptuales, sino también a los comportamientos concretos, en el sistema de las relaciones, tanto dentro como fuera del partido. ¿Cómo decirlo más claramente? En la «antropología» de los sujetos políticos: en el modo recíproco de comportarse, de prestarse oídos, de respetarse, de practicar los valores fuera del clima de cuartel de los antiguos aparatos organizativos «bélicos» o «belicosos». De discutir, confrontarse, incluso oponerse, sin hostilidad. Porque -también esto lo decíamos en Venecia-, el «paradigma de la no violencia» es exigente: implica un compromiso personal («subjetivo», diríamos con una palabra no siempre grata). Un «trabajo sobre uno mismo». Una pedagogía del respeto que excluye las relaciones musculosas, las técnicas de anulación de las razones del otro, la incomunicación y las clausuras. Sea cual fuere la puesta en juego: tanto mayor, cuanto más alta sea ésta. Ahora, a ninguno de nosotros se le escapaba el grado de dificultad de este discurso. Su carácter preponderante de idea reguladora, más que de codificación imperativa. Por lo que a mi respecta, imaginaba perfectamente que su puesta en práctica habría implicado amplios márgenes de compromiso, de mediación.

Capacidad de ser paciente. Incluso de aceptar elevados niveles de ambivalencia y hasta de ambigüedad. Tanto más en una situación como la actual, peligrosamente suspendida entre el ya no más y el no todavía: con una política por entero encerrada en las envolturas del pasado y una serie creciente de problemas en espera de respuesta proyectados en un futuro vertiginoso. Por eso ni sueño siquiera con precipitar el repertorio valorativo entero del tema de la no violencia en las decisiones político-institucionales de estos días. No pretendo por cierto que aquel estatuto ideal valga como código imperativo en los laberintos de los recorridos parlamentarios. También yo, como todos vosotros, ando preso del dilema irresuelto de la elección entre «dos males»: el apoyo a una misión de guerra (porque, no digamos mentiras, esto es Afganistán) y la caída de un gobierno que no considero, personalmente, «amigo», pero que le dejaría el puesto a uno claramente «enemigo». La rendición consciente de la política frente a la guerra, y la entrega forzada a un gobierno de guerra.

Sinceramente, si estuviera en vuestro lugar (en alguna rama del parlamento), no sabría cómo desembrollar el dilema (la única cosa que viene a mi mente son las palabras de Fabrizio De André, en «Nella mia ora di libertà», dirigidas a los jueces: «Si hubiera estado en vuestro lugar/ mas en vuestro lugar no sé estar»). Por lo tanto no es la elección, dura, penosa, sea ella la que fuere, la que puede dividirnos (de todos modos, se paga un precio…). Lo que por el contrario me ha turbado, y herido, en todo este asunto, aquello que hallo francamente inaceptable, y que creo que contradice todos los pasos adelante dados juntos, es el modo con que tu partido, y la gran mayoría de las fuerzas políticas del centroizquierda y de los diarios a ellas ligados, ha afrontado y liquidado el problema: liquidando a quienes lo plantean. Desencadenando una desapoderada ola de ultrajes denigrantes sobre los pocos, poquísimos, que han encarado el dilema por una vía distinta de la de la subordinación a la estabilidad del cuadro político.

Me ha golpeado, aquí, el lenguaje (nada que ver con la «ruptura lingüística»), en línea con la peor tradición autoritario-burocrática. Ha reaparecido ad abundantiam, como arroz en boca de tartamudo, la expresión -que yo esperaba francamente extinta- «almas bellas», dirigida a los impulsores de un rechazo «sin vueltas» de la guerra, usada con particular acrimonia por muchos, demasiados exponentes del PRC y de los Comunistas Italianos; empleada con el gusto particular experimentado por quien, después de haberla sufrido por demasiado tiempo en carne propia, puede finalmente arrojarla sobre la cabeza de otro, ingenuo incomprendido; con el gusto de estar finalmente entre los cazadores y no entre los cazados; de poder finalmente participar en la partida de caza del realismo político, libre ya de la mordaza de un idealismo mal llevado. Ha regresado, con intención denigratoria, la acusación de «testimonial» para las posiciones minoritarias. De irresponsabildad (sin tener en cuenta que se puede ser «responsable» hacia una pluralidad de valores, no necesariamente aquellos elegidos por la dirección de turno y elevados a línea para todos: en este caso la estabilidad del gobierno).

Han regresado las insinuaciones, las calumnias, las revelaciones susurradas en los corredores. La tentación de la deslegitimación moral de los disidentes, de compañeros con los cuales se han dado infinitas batallas, y que, de golpe, se vuelven «enemigos»: la insinuación de su dependencia a «centrales extranjeras», de acuerdos bajo la mesa, de transacciones inconfesables. Y aquellas horribles muecas de suficiencia, como si el último peón senatorial, por el solo hecho de estar del lado de los más, se viera de repente ennoblecido frente al réprobo infame (e infamado). Hay que preguntarse –si parva licet… y en forma, por cierto, paradójica- cómo habrían mirado (y tratado) aquellos a los «pobres» Karl Liebknecht y Otto Rühle (¿»almas bellas»?) que, en diciembre de 1914, solos, en el grupo parlamentario de la socialdemocracia alemana, rompieron la disciplina y votaron contra los créditos de guerra.

Y todo esto no sólo no tiene nada que ver, y aun se da violentamente de bruces con la esencia del discurso sobre la «no violencia», sino que es también indicio de un contragolpe devastador: como si, después de haber subido con fatiga los escalones de una escalera empinada, subitáneamente, en un par de semanas de locura, uno se precipitara de nuevo hacia el fondo. Y todo el trabajo conquistado fuese anulado. Desde este punto de vista, créeme, sería bueno que, competentemente, viniera una señal fuerte de detención de una práctica que, bien lo sabemos, exactamente como la violencia, degrada más a quien la pone en marcha que a quien la sufre. Al igual que la amiga Lidia Menapace, que justamente pretende ser respetada por las posiciones asumidas (y hacia quien va toda mi solidaridad personal por los insultos recibidos), yo creo que, en una clave no violenta, incluso quien ha asumido posiciones heterodoxas merece respeto por lo que cree y el justo espacio en la prensa del partido (que le ha sido, a mi entender, injustamente negado) para sus propias motivaciones. ¿No sería un buen signo de cambio? La prueba de que quien proclama que «otro mundo es posible» puede seriamente dejar de replicar al infinito los peores vicios de su propia historia, no enmendados por nadie, tampoco, hasta ahora, por las distintas briznas partidísticas de la diáspora comunista del siglo XX, PRC incluido. No me convence -debo decirlo- la metáfora sinfónica del coro propuesta por la amiga Rina Gagliardi, cara a tantísimos diputados y senadores y funcionarios de distinto nivel. La idea de que para obtener una buena ejecución musical -una perfecta armonía- haya que mantener, cada uno, una rígida, total disciplina, y una subordinación plena de cada parte al todo que es quien garantiza -en exclusiva- el eficaz obrar. No me convence por varias razones: Porque aquella metáfora es sólo aparentemente dulce (¿qué cosa más dulce que una armoniosa aria musical?) pero, en su sustancia, evoca un alma durísima. Una idea de la disciplina feroz en última instancia, e impía: quien disiente, no hay duda, está afuera. Con otra, y quizás mayor, eficacia podría ser sustituida por metáforas distintas, igualmente convenientes aun cuando más desagradables: con el reparto de una fábrica fordista, donde quien no sigue el ritmo de la cadena de montaje es considerado un saboteador.

También, con el pelotón de asalto empeñado en una misión mortal, donde la defección de uno puede ser el fin de todos. Si a los alegres cantores de Rina los sustituimos por hombres en mameluco azul, como ves, el resultado no cambia. Y de hecho, es exactamente la metáfora militar lo que un científico social como Roberto Michels, al inicio del siglo pasado, empleó para describir las lógicas internas del partido de masas (de la socialdemocracia alemana): los mecanismos que lo llevaron, en tanto que «partido militante», órgano de combate, a trocarse en un enorme «martillo en manos de su presidente», según líneas jerárquicas y aparatos disciplinarios propios de las máquinas bélicas, y que -de este modo- explican entonces la metamorfosis del «partido de la democracia » en una estructura oligárquica. Leída hoy su Sociología del partido político, escrita en 1911, le pone a uno los pelos de punta.

Pero hay una segunda razón, también sustancial, que me lleva a desconfiar de aquella metáfora: y es el hecho de que, en el caso del coro, o de la orquesta (¿recuerdas una de las últimas películas de Fellini, en la que aquella analogía fue usada desprejuiciadamente en sentido antisindical?), se trata de «seguir» una música ya escrita. La obra de arte está fuera, ya ha sido creada, está firmada por otros y es inmodificable para los ejecutores, salvo en el caso de algún matiz, decidido de todos modos por el Director, no por los maestros cantores. Aquellos deben sólo conformarse lo más fielmente posible. Ahora bien; ésta no es mi concepción de la política (y, si no me equivoco, tampoco la tuya), ya que ésta no puede sino ser creación continua, participación, adhesión no formal. Y si esta metáfora podría ser en alguna medida defendida en épocas de estabilidad, cuando las cosas son claras, precisas y los objetivos compartidos, discutidos, y aprobadas las premisas y las finalidades, me parece francamente irrecibible en tiempos de crisis de la política.

De incertidumbre radical. De ausencia de fundamentos y de exigencias de «refundaciones» ab imis. En época de dudas legítimas como nunca. Y de búsqueda a tientas. Reclamar que suene la vieja música con la disciplina y la fidelidad del monje gregoriano en tiempos como éstos me parece, francamente, suicida. Hemos llegado así al corazón de nuestra «constatación». Habías -disculpa que siga citándote- formulado el concepto de manera ejemplar en Venecia cuando, a propósito de la «investigación» emprendida, afirmaste que «nosotros vivimos el tiempo de la crisis de la política». Y enseguida agregaste: «hacer como si esa dimensión no existiera, y continuar nuestro camino indiferentes a esta toma de conciencia, quiere decir ir a chocar contra un muro, correr el riesgo de que se separen los movimientos y la política y de que la política misma muera». Hacías hincapié justamente en el concepto de «separación» como núcleo profundo de aquella crisis. Con el riesgo de una fractura sin enmienda entre los «movimientos» y la «política», decías. Yo precisaría: entre la sociedad y la política. Entre los «ciudadanos», en su dimensión cultural más genérica, y la «esfera política». Entre los territorios y aquello que, cada vez más, asemeja a un «sector» separado y lejano, que decide pero no escucha. Que habla un lenguaje de jerga y autorreferencial, y ya no genera identificación y sentido. Tal hiato no se ha salvado en estos tres años. Antes bien, se ha ensanchado de manera desmesurada. Ni la alternancia institucional del 2005 ha mejorado las cosas. En algunos aspectos, las ha empeorado. Hay una soledad de los territorios y de las «personas» (las verdaderas, las que, de carne y hueso, en los territorio,s gastan y fatigan sus vidas; no las de la representación virtual institucional y mediática), una soledad que inquieta y asusta.

Personalmente, la he llamado «crisis de representación». Ruptura de aquel residual cordón umbilical que, en el siglo pasado, le había dado oxígeno a nuestras democracias. Que con fatiga, a tientas, había traducido y reproducido dentro de la arena institucional del «campo político», humores, intereses, pasiones y sentimientos que se agitaban en los pliegues de la sociedad. Creo que aquel cordón se ha roto. Que –como escribí en Il Manifesto– cada vez más las relaciones «verticales» entre representantes y representados, gobernantes y gobernados, orientados a una lógica de mandato que es, sin embargo, débil, se van sustituyendo por los lazos «horizontales» de los gobernantes entre sí, en el ámbito de la coalición de gobierno y en las diferentes agencias trasnacionales, orientadas a una solidaridad de rol y a una conformidad funcional. ¿No responde quizás a esta lógica el edicto de Bucarest, con el que Prodi liquidó las razones de un territorio entero y de una buena porción de sus propios electores por la fuerza de un lábil, muy lábil, «compromiso internacional», evidentemente considerado más «vinculante» e «imperativo» que el asumido con sus propios ciudadanos? ¿Y no es un ejemplo clamoroso el caso del Valle de Susa y del TAV, impuesto por todos los medios posibles, sin real atención y escucha, con arrogante presunción, desde lo alto, con la simple motivación de que Europa (¿cuál?) se lo pide? Hay, creo, un «vínculo» ínsito en el vértice de la pirámide, una suerte de «bloqueo» de la participación, un secuestro de las facultades decisionales a manos de los ejecutivos, que cortan hasta las raíces las relaciones de representación. Y las sustituyen con una degradada lógica de «representación», en la que sector político y sector periodístico, poderes institucionales y poderes mediáticos se funden, inextricablemente, al elaborar el mismo relato social, el único dotado de curso legal, el único aceptado como «realidad» (más «real» que aquello que cada quien experimenta en la propia vida material, degradada a subjetividad inerte, a fracaso personal, a «struggle for life»…).

Podemos razonar largo y tendido sobre las causas de todo esto. Ciertamente, un punto de origen está en la desventurada deriva hacia el sistema electoral mayoritario, inaugurada a inicios de los años noventa como expediente para desviar la demanda de autorreforma de la política a un (falso) terreno institucional. Aquella «reforma» nos ha regalado el berlusconismo, no como simple forma política (pasajera), sino como antropología. Como lenguaje. Como modo de dar rostro y voz -«representación», justamente- a los peores vicios privados de los italianos (la vulgaridad, el egoísmo, el hacer las propias cosas sin mirar a la cara a nadie, el defradudar al fisco y corromper a los jueces). Representándolas en el escenario nacional como posibles virtudes públicas, como formas aceptables. Un segundo factor -crucial- fue el derrumbe de los grandes agregaciones sociales. De aquellas que con lenguaje gramsciano se llamaban «bloques sociales» -«clase obrera», «sectores medios», burguesía industrial fordista…- y de las organizaciones de masa que representaban sus intereses. La pulverización social postfordista, la marcha acelerada hacia la «sociedad líquida» (la licuación de todos los lazos sociales y de todas las solidaridades establecidas), la individualización galopante, la atomización competitiva: todo esto ha excavado bajo los fundamentos de las relaciones de representación un abismo, hacia el que seguimos resbalando. Y además la globalización: la explosión del «espacio nacional», la ruptura de los grandes contenedores estatales, el primado de la lógica de los flujos, por su naturaleza borderless, por sobre la de los lugares… que erosionan las posibles autonomías decisionales de las clases políticas nacionales. Las someten a vínculos inéditos, transversales, independientes de sus propios pueblos y de la propia gente.

Muchas razones, entonces. Y podríamos añadir más, tantas como para hacer, quizá, un seminario. Pero las consecuencias, eso sí, han sido gigantescas. Rina me critica una suerte de «catastrofismo». Se turba por los reflejos «apocalípticos» que se filtrarían de este análisis. Pero creo que en verdad los efectos de todo esto sobre las formas consolidadas de la política no pueden ser subestimados. Ni sorteados con escamoteos tácticos. Ni, aun menos, velados detrás de lenguajes formalizados, cada vez más cercanos a los orwellianos, hechos para esconder las cosas antes que para nombrarlas. Y a la larga, autodestructivos para quien, empleándolos, termina por creérselos y diseñar un relato cómodo (pienso en la famosa «conferencia de paz», para no ser reticente). El hecho es que una parte consistente de la estrategia de las izquierdas que se definen como radicales muestra la cuerda de la que corre el peligro de acabar colgada, en particular allí donde confía a la propia presencia institucional la posibilidad de traducir (o más a menudo, hacer ascender) las instancias prepolíticas de los movimientos en el círculo mágico de la decisión política. Elevar al nivel «alto» de la eficacia las razones ideales que maduran en lo «bajo». Muestra sus propios límites, porque ese espacio de la representación social que en un tiempo se podía atravesar, hoy tiende a cerrarse más o menos herméticamente. A seguir otras líneas de legitimación (ya no fundada en el consenso de ciudadanos transformados ahora en espectadores, sino en la aprobación de socios de nivel parecido, internos y externos). A asumir un carácter cada vez más rígidamente «oligárquico» -de «democracia a puerta cerrada»- como el que, de una manera cada vez más insistente en estas últimas semanas, Prodi busca imponer a «sus» ministros y a los partidos de «su» coalición. Hoy, no lo neguemos, aquel espacio está más cerrado que un mes atrás, y por culpa de Turigliatto. Porque ése es el rumbo preponderante en casi todo el campo político en ésta que es presentada como la «lógica de las cosas».

No es una cuestión de contingencia. Ni sólo de nuestro centroizquierda. Ni sólo italiana. Es, creo, un rumbo general, por lo menos en el entero occidente, desde que asumió -queriéndolo o no- la forma y la cultura de la guerra permanente. Es la cuestión de fondo de la inédita «espacialidad» de la política, que ve, quizás por primera vez desde la ruptura que dio inicio a la modernidad, a los diferentes sujetos moverse en «espacios diferentes» y separados, presentes en el mismo tiempo, pero distinguidos por lógicas abismalmente diferentes, por códigos incompatibles: «espacios locales», de los territorios, de las comunidades de lugar, donde se despliega y se consuma la vida material de las personas, las relaciones cara a cara, la experiencia de un hábitat ya no dado naturalmente, sino vivido algo como cada vez más en riesgo, desafiado por flujos de distintas procedencias, amenazado por la licuación de los lazos, envenenado por la soledad o rescatado por la participación directa; y «espacios globales» ilimitados, incluso extremos, hoy bien visibles, donde se perfilan las verdaderas cuestiones «primeras» de un futuro que hostil a la supervivencia de la especie, al destino del planeta y de sus elementos fundamentales, del agua, del aire, de la tierra, que «se terminan», que se vuelven recursos escasos, para ser divididos según una nueva lógica de la sobriedad o para ser apropiados con los medios destructivos de la guerra y de la agresión… En el medio, el «espacio nacional» (aquel que tú, llevando la cruz, presides): espacio «explotado», de alguna manera vuelto inerte, vaciado, neutralizado por los arreones que vienen de arriba -y de fuera- y por los que vienen de abajo -de «adentro»-, todavía altanero por sus antiguas prerrogativas, por el pasado monopolio de las decisiones colectivamente comprometidas, orgulloso de sus fastos, y por lo mismo, siempre al borde de la autorreferencialidad. De la clausura en su propio interior. De la usurpación de los lenguajes y de las representaciones del mundo. Aparentemente, el más seguro de sí mismo: aquello a lo que todos los medios de comunicación y los observadores (y nosotros mismos, cuando nos sentimos incapaces de participar en primera persona) siguen mirando como el centro del mundo público. En realidad, el que más riesgo corre de descomposición y de asfixia.

Será necesario aprender bien, tarde o temprano, a «gobernar» este inédito «multiversum» [sic] espacial. A regular las relaciones entre estos tres niveles de nuestro espacio público, aceptando la polifonía. La multiplicidad de los discursos y de los relatos. Y también de los valores de referencia. Nace de esta incapacidad de gestión del pluralismo espacial buena parte de los equívocos que nos dividen en estas horas: la sensación -expresada recientemente con orgullo por Lidia Menapace- de que incluso un solo llamado al rechazo absoluto de la guerra, formulado por quien está en el «tercer espacio», en aquel «présbite» de los movimientos globales, suena a imposición autoritaria (y tendencialmente violenta) sobre la autonomía de los parlamentarios (habitantes del «segundo espacio»). O la percepción de quien está en el «primer espacio», en el de los lugares y los territorios, de estar físicamente violentado por las lógicas decisionales de quien -ministro de la República- se presenta en televisión a proclamar decisiones últimas que ponen en juego vidas y existencias, asumidas a puerta cerrada en el «segundo espacio». O, aún más, la sensación de quien habita el «tercer espacio» de estar chantajeado, y contaminado, por las «responsabilidades horizontales» de quien, en el «segundo espacio», dice querer representar las instancias pero después, en realidad, termina por descargar sobre los hombros de los movimientos orientados a valores «globales», responsabilidades y cargas de agresividad competitiva propias del espacio político nacional.

Como ves, no tengo propuestas operativas. Ni soluciones «tácticas» a dudas «estratégicas». Me doy cuenta de lo difícil que es moverse por los meandros estrechos de una situación dificilísima, en el intento de tener abiertas espirales más o menos amplias (cada vez menos, me parece). Y tengo gran respeto por quien se compromete (tal vez hasta equivocarse) en este difícil ejercicio. Creo, sin embargo, que incluso en ésto, más allá de las opciones inmediatas, como perspectiva, la lógica de la no violencia pueda ayudar: a aceptar la multiformidad de lo real, su polifonía, sin pretender operar bruscas, y burocráticas, formas de reductio ad unum. A admitir, como se nos va aconsejando desde hace tiempo, «un mundo que contenga muchos mundos».

Y, sobre todo, a no estafar la palabra. A no inventar neo-lenguas al uso de sectores. A no «creérnosla», en suma. Estoy seguro de que en este punto estaremos de acuerdo. Y de que podremos continuar nuestro diálogo. Un saludo cariñoso, Marco.

Marco Revelli, antiguo militante del autonomismo obrero italiano y celebrado estudioso del fordismo y el postfordismo, es profesor de ciencia política en la Universidad de Turín. Sus dos últimos libros más debatidos son La sinistra sociale (una investigación muy importante sobre el tránsito del capitalismo fordista al postfordista y la evolución de las bases sociales de la izquierda) y Más allá del siglo XX (traducido al castellano y publicado por la editorial El Viejo Topo, Barcelona, 2003).

Traducción para www.sinpermiso.info: Ricardo González-Bertomeu