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La lista Forbes

Fuentes: Rebelión

Julio Navarro es un hombre de cuarenta y cuatro, soltero, actualmente parado tras la finalización del contrato ‘por obra y servicio’ de la compañía telefónica en la que trabajaba como teleoperador. Sin demasiada suerte en la vida. Siempre a salto de mata entre trabajos sin futuro, sin posibilidad de ascenso, trabajos que dan sólo para comer. […]

Julio Navarro es un hombre de cuarenta y cuatro, soltero, actualmente parado tras la finalización del contrato ‘por obra y servicio’ de la compañía telefónica en la que trabajaba como teleoperador.

Sin demasiada suerte en la vida. Siempre a salto de mata entre trabajos sin futuro, sin posibilidad de ascenso, trabajos que dan sólo para comer. Julio no tiene casa propia. No tiene coche. Tuvo un Seat Ibiza de segunda mano pero lo tuvo que vender. No tiene afición por la lectura y la televisión cada vez le resulta más soporífera. Una vez pensó en quitarse de en medio, pero no lo hizo por su madre. Viuda, su único hijo. Pensó: ‘lo haré cuando ella se muera’. Probablemente luego no lo haga. Julio forma parte de esa gran masa de gente que vive con el agua al cuello. Ahora comparte alquiler con dos personas porque el sueldo no le llegaba para pagarse un piso entero. En su armario tiene dos pantalones y cuatro camisas que va alternando. No puede ir al dentista a arreglarse la boca. No ha podido comprarse ropa desde hace un año. No puede ir al cine desde hace seis meses. No va de bares. Ya no fuma.

Pero Julio tiene una afición. Una afición para la que dedica todo lo que le sobra, todo lo que no dedica al alquiler de su habitación o a la comida. Julio ingresa dinero cada mes en la cuenta corriente de Amancio Ortega, el hombre más rico de España, el vigésimo tercero del mundo en 2005 según la famosa lista de los más ricos del mundo que publica la revista Forbes, con una fortuna de más de 13.000 millones de euros, el dueño de Zara.

Todo empezó una semana después del despido, buscaba trabajo, leía los diarios, leyó la noticia de la última lista Forbes y Amancio estaba entre ellos. Recorrió varios bancos solicitando hacer un ingreso en la cuenta de Amancio Ortega hasta que encontró el banco del multimillonario.

La primera vez fueron 32 euros. Al mes siguiente ingresó 41 euros con cincuenta y cinco céntimos. Al siguiente fueron 24 con treinta. Todo lo que le sobra se lo da al señor Ortega. Algunos meses sacrifica buena parte del dinero de la comida. Descubrió que podía comer pan a secas para aumentar la cuantía de las donaciones. Incluso ha llegado a pedir prestado a algún amigo cuando el ingreso no podía ser lo suficientemente abultado.

Julio procura no hablar con nadie de su labor humanitaria. Comentarlo le parece ostentoso. ‘El benefactor nunca debe hablar de sus buenas obras’, piensa. Pero haciendo uno de los ingresos, un antiguo compañero de trabajo, que guardaba cola detrás suyo, escuchó la tramitación a favor del dueño de Zara y al encontrarse con Julio le preguntó con curiosidad si es que conocía al señor Ortega.

Julio le dijo que no conocía a Don Amancio en persona. Luego el amigo le preguntó qué le pasaba en la boca. Julio le dijo que se le estaba cayendo a pedazos, pero que no tenía suficiente para el dentista. El amigo le sugirió que fuese con la cartilla de la Seguridad Social a que le arrancasen lo que le quedaba, que eso lo cubría el seguro. Julio le agradeció el consejo, y le rogó de nuevo que no hablase de lo de Amancio con nadie.

Pero se corrió la voz. Y muchos desheredados empezaron a seguir el ejemplo de Julio Navarro, con el sueño de que Amancio Ortega llegase a estar algún día el número 1 de la lista Forbes.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.