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La metamorfosis de su excelencia

Fuentes: Rebelión

En la oscilante trayectoria política de Juan Manuel Santos hay una línea dura que articula su pensamiento y su acción, mucho más evidente en las dos últimas décadas en las que ha estado inmerso en la nuez del poder político y que lo sitúa del lado de las decisiones autoritarias en el trámite político de […]

En la oscilante trayectoria política de Juan Manuel Santos hay una línea dura que articula su pensamiento y su acción, mucho más evidente en las dos últimas décadas en las que ha estado inmerso en la nuez del poder político y que lo sitúa del lado de las decisiones autoritarias en el trámite político de las contradicciones sociales. Este aserto lo acaban de confirmar dos decisiones: una, la de designar como su fórmula a la vicepresidencia a un militarista de la talla de Germán Vargas Lleras, y dos, el desacato a las medidas cautelares dictadas a favor del Alcalde Mayor de Bogotá, Gustavo Petro, por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

Los vínculos de Santos Calderón con los gremios corporativos en donde se monopoliza la matriz distribuidora de los bienes sociales y desde los que se ha proyectado al campo público, tienen gran peso en esa tendencia que lo identifica -junto con Turbay, Gaviria, los dos Pastrana y Uribe- como ariete de las lógicas depredadoras del neoliberalismo, la dependencia y la mano dura. Obviamente, tales características no son exclusivas de este mandatario, pues salvo media docena de grandes estadistas, cultos y humanistas ejemplares que ejercieron el poder en el siglo XX, la historia republicana muestra a casi todos nuestros «primeros mandatarios» rodeados de un estigma de superficialidad, indiferencia social, violencia y corrupción, más dignos de la valoración humorística de los caricaturistas que del reconocimiento de la bibliografía científica.

Las veleidades «uribológicas» de Santos han sido evidentes desde cuando en octubre de 1996 en una conferencia ante la asamblea de Anif, sostuviera que soñaba con «un fujimorazo a la colombiana»; al año siguiente le dio un portazo a la coordinación del proceso Constituyente del Partido Liberal, porque las fuerzas progresistas pretendían refundarlo y romper con el fantasma del neoliberalismo que había avasallado su democracia interna. Santos, nombrado allí por el presidente de la DNL, Horacio Serpa, no se limitó a dejar «botado el compromiso», sino que organizó -con los senadores Luís Guillermo Vélez, Eduardo Mestre (jefe del llamado «Cartel de la Contraloría») y Carlos García Orjuela, presidente del Senado-, la desbandada hacia un embrionario uribismo, que garantizaba resolver la grave crisis social (miseria, inequidades o carencias del Estado) ´manu para-militari´, a favor de los grupos sociales mejor posicionados.

El 24 de febrero de 1998, capturado Víctor Carranza «zar de las esmeraldas», el entonces Fiscal General Alfonso Gómez Méndez (hoy ministro de Justicia), declaró a la prensa: «Santos me llamó a la media noche, para averiguar por las condiciones del detenido» (escuchar audio: http://www.wradio.com.co/escucha/archivo_de_audio/alfonso-gomez-mendez/20070618/oir/441563.aspx), un diligente raptus humanitario que Gómez divulgó en 2010. Ya en abril de 2002, fue el primero en apoyar públicamente el golpe de Estado de Pedro Carmona contra el presidente de la República Bolivariana de Venezuela Hugo Chávez. En el curso de su primera campaña presidencial, Santos fue acusado de haber buscado acuerdos con el clan paramilitar de los Castaño Gil para derrocar el gobierno del presidente Ernesto Samper Pizano, acusación que no desvirtuó, pero a la cual le dio un giro audaz que luego complementó con una generosa cuota ministerial al expresidente Samper.

Entre las intervenciones de mano dura que le merecieron aplausos, figura la «Operación Jaque», que liberó a Ingrid Betancur y al grupo de norteamericanos en poder de la insurgencia armada de las Farc, y en la que tropas regulares utilizaron emblemas de uso exclusivo de la Cruz Roja, que el ministro Santos justificó como «un hecho irrelevante».

Ahora, ha resuelto por sí y ante sí, no sólo desacatar las medidas cautelares que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos le confirió al Alcalde Mayor Gustavo Petro, sino llevarse de calle postulados cardinales de la legalidad interna que proclaman la autonomía territorial. Al presentarse ante la ciudadanía a través de los medios de comunicación -sustituyendo al Alcalde (e) con supuestas medidas de choque «propias» para afrontar la crisis que vive Bogotá, no ha hecho otra cosa que sustraer del plan de desarrollo «Bogotá Humana» (modelo alternativo fundado en valores de solidaridad, cooperación, equidad y respeto del hábitat) instrumentos vigentes que sus partidos de la llamada Unidad Nacional bloquearon en el Concejo capitalino y que el propio presidente Santos congeló deliberadamente en el presupuesto nacional para la administración de Gustavo Petro. Un golpe de mano, una jugada que seguramente le costará la reelección.

LIBRO RECOMENDADO: «Por las sendas del Ubérrimo», Best Seller de gran acogida. Juiciosa Investigación del Senador Iván Cepeda y del Representante a la Cámara Alirio Uribe Muñoz. Es un texto valiente, que renueva la información sobre algunos temas que han marcado la compleja historia de Colombia en las últimas décadas: paramilitarismo, desalojo violento de tierras y usurpación del poder para beneficios particulares Documentado rigurosamente con elementos probatorios, los autores demuestran cómo Álvaro Uribe Vélez fundó y convivió con grupos armados ilegales y puso el Estado al servicio de su patrimonio económico familiar. Ediciones B, Bogotá.

@Alpher3

(*) Alpher Rojas Carvajal es Investigador en Ciencias Sociales. Especialista en Estudios Políticos


 

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.