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La miserable vida de los obreros del salitre

Fuentes: Punto Final

Los trabajadores del salitre se constituyeron en los obreros mejor pagados de nuestro país a comienzos del siglo XX. Así, «un informe gubernamental de 1913 señaló que el minero salitrero promedio ganaba salarios más altos que cualquier otro trabajador chileno, incluyendo los que laboraban en plantas metalúrgicas o en los ferrocarriles estatales, las elites de […]

Los trabajadores del salitre se constituyeron en los obreros mejor pagados de nuestro país a comienzos del siglo XX. Así, «un informe gubernamental de 1913 señaló que el minero salitrero promedio ganaba salarios más altos que cualquier otro trabajador chileno, incluyendo los que laboraban en plantas metalúrgicas o en los ferrocarriles estatales, las elites de la embrionaria fuerza de trabajo industrial» (Simon Collier y William Sater. A History of Chile 1808-1994 ; Cambridge University Press, New York, 1996; p. 165). Sin embargo, sus condiciones de vida y de trabajo eran de un sufrimiento difícilmente imaginable por las actuales generaciones.

De partida, su labor era particularmente dura y riesgosa: «A menudo llevando sacos que pesaban más de 140 kilos, los mineros permanentemente tenían que hacer su camino entre explosiones, escombros que caían y carretillas o vagonetas en movimiento. Las refinerías no eran menos peligrosas. Laborando en plantas llenas de polvo o vapor, los trabajadores tenían que evitar caer en las macizas máquinas trituradoras o en las tinas llenas de líquidos hirvientes. La tasa de accidentes, en un negocio especialmente reacio a introducir medidas de seguridad, era previsiblemente alta. Dada la falta de servicios médicos la mayoría de los accidentes eran fatales o causaban discapacidades permanentes» (Ibid.; p. 163).

De este modo, de acuerdo a la comisión investigadora de la Cámara de Diputados que fue a Tarapacá en 1913, «un promedio de 4.000 trabajadores (al año) sufría algún accidente en el trabajo, la mayor parte de los cuales tenía consecuencias fatales (8,2% de la fuerza de trabajo pampina) (…) A ella debe agregarse el número de bajas por enfermedad (2.500 al año, aproximadamente) y por suicidio (452, sólo en 1912)» (Gabriel Salazar. Labradores, peones y proletarios ; LOM, 2000; p. 229).

A su vez, el presidente de dicha comisión, el diputado radical Enrique Oyarzún, al dar cuenta a la Cámara el 7 de noviembre de 1913, señaló: «La trituración de los grandes trozos de caliche o de costra, que es lo que ahí se beneficia, hecha en chancadoras abiertas y en medio de una nube de polvo sofocante, obligaba a los trabajadores a cubrirse la cara con un grueso pañuelo que les impedía respirar, y andaban a ciegas; los cachuchos, donde en agua hirviente se opera la disolución de la sustancia salitrosa del mineral chancado, no tenían seguridad alguna que evitaran las caídas dentro de ellos, y se veía cuan penoso debía ser ese trabajo, con los riesgos consiguientes a semejante abandono, ya que los operarios están expuestos a esas caídas peligrosísimas. La temperatura de las salas de las calderas era posiblemente superior a cuarenta y cinco grados, y la comisión no permaneció sino pocos minutos dentro de ella, pues se sentía ahogada por el polvo, ofendidos sus ojos por los vapores salinos de los cachuchos y sofocada por ese gran calor de la sala. Las demás instalaciones corrían parejas con las anteriores, y los campamentos eran también de lo más primitivo y desaseado que vieron en toda la excursión» (Ricardo Donoso. Alessandri, agitador y demoledor. Cincuenta años de historia política de Chile ; Tomo I, Fondo de Cultura Económica, México, 1952; pp. 161-2).

 

TRABAJO INFANTIL

Agravaba aun más lo anterior la proliferación del trabajo infantil en un oficio tan duro: «En las faenas salitreras se empleó ampliamente el trabajo infantil; varios miles de niños menores de diez años estuvieron ocupados en toda clase de labores en las oficinas salitreras. El año 1900, un funcionario informaba al Intendente de Tarapacá que cada campamento contaba con cien o más niños en edad escolar; pero, en lugar de asistir a la escuela llevaban una existencia del más rudo trabajo sin que nadie ‘eduque ni alimente los sentimientos del corazón’ ( El Tarapacá ; 26-6-1900)» en Hernán Ramírez Necochea. ( Historia del movimiento obrero en Chile. Siglo XIX ; Tall. Graf. Lautaro, 1956; p. 278). «Todavía el año 1917 la comisión parlamentaria que visitó las salitreras pudo ver niños por miles, y hasta de siete u ocho años, que desempeñaban labores ‘no sólo superiores a sus fuerzas, sino extremadamente peligrosas e insalubres'» (Gonzalo Vial. Historia de Chile (1891-1973) , Volumen I, Tomo II; La sociedad chilena en el cambio de siglo (1891-1920) ; Zig-Zag, 1996; p. 535).

Por otro lado, los salarios nominalmente altos eran sistemáticamente rebajados a través de valoraciones arbitraria y abusivamente bajas que hacían los «correctores» (especies de mayordomos) de las calidades del nitrato entregado por el minero para ser fundido (ver Fernando Ortiz Letelier. El movimiento obrero en Chile 1891-1919; Edic. Michay, Madrid, 1985; pp. 85-6); de aplicaciones arbitrarias de multas; de cuotas de «médico y boticas», servicio que se daba muy de tarde en tarde; y sobre todo por el sistema de pulperías que obligaba prácticamente al trabajador a comprarle su alimentación al patrón a precios superiores a los de mercado (ver Vial; pp. 769-70).

Tan esquilmador era el sistema de pulperías que el propio líder conservador, Abdón Cifuentes, lo denunciaba así en 1894 en el Senado: «Cada oficina tiene su despacho o tienda, donde el trabajador se ve obligado a comprar todo cuanto necesita a precios fabulosos, a precios sin competencia, porque ninguna oficina permite que se establezcan otros comerciantes o vendedores dentro de sus dominios ni en sus cercanías. Y para que este monopolio de la venta sea más completo y absoluto, las oficinas no pagan los salarios en dinero sino en fichas, que sólo se reciben, por supuesto, en la tienda o despacho de la oficina, adonde tiene el trabajador que ir por la fuerza a comprar lo que necesita (…) De esta manera, los gastos que el industrial extranjero hace en la explotación de la salitrera, vuelven en su mayor parte a su bolsillo por la puerta de la tienda (…) Minas he conocido yo que no producían de utilidad líquida más de ocho a diez mil pesos al año; pero en las cuales la tienda dejaba una utilidad anual de veinticinco a treinta mil pesos» (Abdón Cifuentes. Discursos , Tomo II; Esc. Tip. de La Gratitud Nacional, 1916; pp. 394-5).

A su vez, el periodista de El Chileno , Pedro Belisario Gálvez, que acompañó a la comisión investigadora de la Cámara de Diputados que fue en 1904 a las salitreras, señalaba respecto de las pulperías: «Aquí está, a nuestro juicio, la expoliación del trabajador, la exacción de sus dineros. Dejemos a un lado el atentado contra la libertad del trabajador, la tiranía de obligarlo a comprar allí, y solamente allí. Económicamente nos parece una esclavitud sin nombre. Es hacer entrar por el mesón de la pulpería lo que se paga por la caja de la oficina, con esta diferencia: que lo que se paga, bien ganado está, y lo que se vende adolece de fraudes y recargos exorbitantes. Para usar una forma sencilla, diremos que esta rotación del dinero se produce así: el salitrero da cinco con la mano derecha y recoge seis con la mano izquierda» (Donoso; p. 153).

Empeoraba aun más la situación de los obreros salitreros el que los administradores del campamento se constituían en verdaderos déspotas: «Los empresarios sometían a sus obreros a los más absurdos reglamentos; debido a ellos, las oficinas salitreras más parecían campamentos de trabajos forzados o campos de concentración que lugares donde trabajaban obreros» (Ramírez; p. 278). De este modo, el administrador «echa o admite a quien le parece. Confisca mercaderías. Aplica multas. Tiene su propio cuerpo policial, los ‘serenos’. Para los burócratas lugareños -la policía comunal, los modestos funcionarios administrativos, los jueces inferiores- el administrador es alguien situado jerárquicamente bastante por encima. Una disputa salarial entre un operario y el admi-nistrador, entonces, está casi siempre resuelta por anticipado» (Vial; pp. 770-1).

 

VIVIAN EN CASUCHAS INSALUBRES

Asimismo, las condiciones de vivienda de los obreros eran pésimas. Vivían en «campamentos mineros en la árida pampa. Sus casuchas, a menudo constituidas con pedazos del mismo desierto y techadas con zinc, les daban poca o ninguna protección contra las temperaturas extremas por las que el Norte Grande es famoso. Sin agua potable o siquiera alcantarillado, los mineros y sus familias sucumbían fácilmente a las siempre presentes enfermedades epidémicas o tuberculosis» (Collier y Sater; p. 163).

Pero quizás lo que más dañaba su calidad de vida era el desarraigo y la inexistencia de todo atractivo en el entorno en que transcurría su dura existencia. No habían áreas verdes, lugares de recreación, posibilidades de educación, de centros artísticos y culturales y ni siquiera de servicios religiosos: «Nadie estaba allí por gusto; nadie tenía allí raíces; nadie podía allí, ni desplegando la mejor voluntad y la mayor imaginación, ennoblecer la pesadez, la monotonía y la inhumanidad ambientes. La única relación fue la relación trabajo-dinero (…) Hasta el sentido nacional se desvanecía. En las oficinas, los empleados superiores eran casi todos extranjeros, y muchas naciones conformaban la clase trabajadora. El año 1912 un 22,5% de ésta no era chileno (bolivianos 12,5%; peruanos 7,5%; otras nacionalidades, 2,5%)» (Vial; p. 771).

Además, de esto se aprovechaban particulares inescrupulosos, ayudados por la corrupta complacencia de las autoridades: «En ese ambiente desolador, aplastado por la rudeza del clima, sin escuelas ni diversiones, florecían esplendorosas dos plantas aniquiladoras: la bebida y el juego, explotadas por particulares que hallaban la complaciente o corruptora protección de las autoridades» (Donoso; pp. 153-4).

Agravaba todavía más la situación de los obreros el hecho de que quedaran tan aislados del resto del país, ya que en ese tiempo solo se podía llegar por barco al extremo norte. Esto permitía dos males adicionales. Uno, que los «enganchadores» (agentes que recorrían el país para atraer obreros al norte) pudieran engañar a los trabajadores ofreciéndoles condiciones de trabajo que luego no se respetarían, ya que una vez llegados a las salitreras no disponían de recursos para volver al sur en el caso que se sintieran estafados. Por tanto, se veían prácticamente obligados a trabajar en base a las condiciones impuestas unilateralmente por los patrones.

De acuerdo a Fernando Ortiz, este mal fue denunciado por la prensa obrera en numerosas ocasiones. Un ejemplo de ello fue la denuncia hecha ante el cuartel de policía de Taltal por 146 obreros y que apareció en La Voz del Obrero de dicha localidad el 28 de enero de 1905. En ella se acusaba a la Compañía Salitrera Alemana de haberlos llevado engañados al norte del país: «Desde no hace mucho la compañía salitrera se ha empeñado de una manera muy activa en enviar a los distintos puntos del país a unos cuantos verdugos y canallas a buscar gente de trabajo, llegando allá con promesas que ni en sueños piensa la compañía darle cumplimiento ni aún en la décima parte de lo que prometen (…) Ahora bien, llegamos a la Oficina donde se nos lleva, nos meten tres y cuatro familias en un cuartucho que solo se puede soportar el calor y las fatigas teniendo las puertas abiertas de par en par, durmiendo uno sobre otro (…) El ferrocarril (…) presta toda clase de facilidades para trasladar a las gentes a las oficinas y, sin embargo, para trasladarnos al puerto se nos atraca en el precio del pasajes y flete de equipaje, cobrándonos el doble» (Ortiz; pp. 72-3).

 

JORNALES DE MISERIA

Otro ejemplo fue la denuncia aparecida en La Doctrina Popular de Coquimbo del 3 de noviembre de 1905: «Aquí se les ofrece un jornal de cuatro o cinco pesos y transporte gratis para la familia, pero llegando allá (Taltal) se les paga la mitad del jornal prometido y si no lo aceptan los dejan abandonados en un pueblo desconocido, sin amparo ni recursos para el regreso y en resumidas cuentas, se verán en la necesidad de aceptar el salario que sus patrones quieran imponerles» (Ibid.; p. 73).

El otro mal adicional lo reportaban las masivas oleadas de cesantía, producto de las fluctuaciones cíclicas de la demanda internacional del salitre. Como no gozaban de ningún sistema de protección social y no disponían de alternativas laborales en el extremo norte, las situaciones de miseria y desamparo que ello generaba eran tremendamente aflictivas. Así, entre 1895-98, en 1909 y en 1914, miles de obreros salitreros quedaron abruptamente desempleados (ver Ibid.; pp. 78-81). Y más grave aún, en 1918 y en 1921 fueron decenas de miles (ver Ibid.; pp. 81-2). En estas ocasiones los gobiernos se contentaron con adoptar medidas paliativas de emergencia como «trasladar cesantes al sur, abrir albergues y ollas populares» (Ibid.; p. 81); medidas que ciertamente no permitían que los trabajadores y sus familias subsistiesen con una mínima dignidad.

En definitiva, la situación de los obreros del salitre era tan mala que suscitaba juicios como los del político e historiador liberal Domingo Amunátegui Solar: «A la vista de este cuadro (de la vida de aquellos), puede afirmarse que no era más mise-rable la condición de los indígenas durante la época colonial en los lavaderos de oro» (Ramírez; p. 276). O los del político conservador Francisco Antonio del Campo en la convención de su partido de 1895: «En esas regiones (las salitreras) campea libremente el extranjero explotador, para quien no hay otra ley que esa que inspira su interés insaciable, ni otro Dios que su sola voluntad, siempre agria, despótica siempre. Y considerando y tratando al infeliz obrero como a animal de carga, le abruma de exacciones hasta el punto de hacerle ilusorio el mezquino y efímero salario» (Ibid.; p. 281).

 

FELIPE PORTALES (*)

 

(*) Este artículo es parte de una serie que pretende resaltar aspectos o episodios relevantes de nuestra historia que permanecen olvidados. Ellos constituyen elaboraciones extraídas del libro del autor, Los mitos de la democracia chilena, publicado por Editorial Catalonia.

 

Publicado en «Punto Final», edición Nº 861, 30 de septiembre 2016.

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