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La Moneda asediada

Fuentes: Rebelión

    Si no viviera en Chile y me enterara de lo que pasa en el país por la prensa extranjera, seguramente estaría preocupado. En pocos meses, se ha pasado por la revuelta de los secundarios, los peores escándalos de corrupción y, ahora último, por la rebelión de las poblaciones debido al nuevo sistema de […]

 

 

Si no viviera en Chile y me enterara de lo que pasa en el país por la prensa extranjera, seguramente estaría preocupado. En pocos meses, se ha pasado por la revuelta de los secundarios, los peores escándalos de corrupción y, ahora último, por la rebelión de las poblaciones debido al nuevo sistema de transporte. Todo esto condimentado con tres cambios de gabinete en un año e, incluso, con algunos bombazos en bancos y sectores altos de la capital.

Un escenario bastante caótico y que se prolonga en el tiempo, sobre el cual algunos ya se anticipan en vaticinar un derrumbe o la crisis terminal. Lo cierto es que nadie esperaba esto.

 

Una derecha dispuesta a patear el tablero

 

El gobierno de Bachelet, que pavimentó su camino al palacio de gobierno sobre la promesa de que las cosas en Chile iban a cambiar con mano de mujer, recibe hoy las críticas despiadadas de todos los sectores. Incluso del interior de su propio partido.

El actuar autoritario, tecnócrata y soberbio del gobierno pierde mes a mes su capital electoral (del 57 al 39 y bajando, según Ultima encuesta de la empresa Adimark respecto de respaldo al gobierno en la capital), hipotecando para algunos, incluso, la posibilidad de un quinto gobierno de la Concertación de Partidos por la Democracia.

Es tal la histeria instalada que, toda la gamma de colores del sistema de partidos políticos se apropian, sin tapujos, del discurso instalado por la derecha hace ya algunos meses. Todos hablan de caos interno, de pérdida de la autoridad de la presidenta y de desprestigio de la clase política.

En este sorprendente cuadro, la derechista Unión Demócrata Independiente, UDI, ha definido claramente una táctica inédita en la política chilena de estos últimos 20 años. Dicho explícitamente por su máximo líder y ya candidato a las elecciones 2010, Pablo Longueira, «Lo que hicimos con Lagos fue un error. Esta vez no le perdonaremos la vida a la concertación» , haciendo alusión al pacto que la derecha, representada por él mismo, hizo con Lagos en el año 2002, a raiz de los casos de corrupción y que significó la recuperación del liderazgo del ex presidente Lagos. En la práctica se busca no dar descanso para que el gobierno de Bachelet se recupere. Como una vulgar pelea de barrio, se trata de patear al contrincante aunque esté caiga al suelo. Utilizando su influencia hegemónica en los medios de comunicación, la derecha alienta el desorden y promueve la visión de un Chile que ya no tiene rumbo. Solo el poderoso empresario, y eterno candidato presidencial, Piñera, se muestra incómodo con ésta apuesta táctica, ya que está consciente que en actual escenario, su propuesta de una centro derecha responsable, acumula electoralmente menos que el discurso incendiario y populista de la UDI.

Longueira y sus muchachos no quieren, porque no tienen por qué, ceder la iniciativa. Después de 4 elecciones pérdidas al hilo, son pocos los que hoy se atreven a cuestionar la lógica de que; para poder avanzar, hay que desestabilizar. Sobretodo, en un contexto en que ésta desestabilización no tiene contrapeso a la izquierda. Como demuestran las últimas encuestas, producto del caótico primer año de Bachelet, baja la concertación, pero la derecha no sube en intención de voto, y menos el Partido Comunista, PC. Al parecer a la derecha le bastaría, para ganar la próxima elección, con mantener sus votos duros.

Sin embargo, los límites de esta estrategia no serán tanto electorales, como económicos. Si ésta opción por la desestabiliación se da en un marco de crecimiento bajo el 5%, los grandes intereses económicos, sin duda, harán sentir su influencia, ya sea para temperar las ambiciones de Longueira, o al revés, para profundizar y acelerar la necesidad de cambios políticos más radicales.

 

 

Una pelea en dos frentes

 

En este contexto de asedio, los ingenieros del palacio de gobierno, a los cuales se acusa de actuar soberbiamente hacia la clase política mas tradicional de la concertación, hoy, reconocen su incapacidad, y se abren ser conducidos por los que supuestamente mas saben. Bajo su batuta, se construye una táctica que busca sacar al gobierno de un preocupante ataque «en tenaza»; por un flanco la UDI y por el otro, las movilizaciones sociales.

Para bajar los ímpetus de la UDI se tratará de diferenciar entre dos derechas, apostando claramente por la que se dice «querer construir una oposición propositiva». Las visitas de Bachelet a Lagos, la visita de Insulza a la Moneda y la llegada del ministro Viera Gallo, suponen, claramente, el reconocimiento de incapacidades que requiere de quienes pactaron la transición con Pinochet y fueron capaces de administrar el modelo neoliberal «mas exitoso de Latinoamérica» En esta línea se permite, y se seguirá haciendo, la entrada en puestos claves de la administración del Estado de varios militantes y simpatizantes de la centro derecha.

Esta puesta, sin duda, generará tensión con quienes se sitúan a la izquierda de la concertación. Pero los hechos ya demuestran que la debilidad del gobierno de Bachelet puede, en este caso, transformarse en su fortaleza, ya que de tanto «quitarle el piso» la estantería se puede caer. Y eso, más allá de que exista un sector díscolo en la concertación ( básicamente un grupo de senadores del Partido socialista, que demuestran públicamente su apoyo a Chavez y visitan a Evo Morales) no es algo que esté dentro de los cálculos, ni los deseos, de nadie. Asi que, a pesar de estar en desacuerdo con la idea de abrirse hacia la derecha, no tendrán otra alternativa que apoyar. El discurso está listo: quien critique a la presidenta y al gobierno terminará pavimentando el camino a la moneda a Pablo Longueira. Una extorsión que podría ser muy efectiva.

Por otra parte, es necesario ponerle paños fríos a la calentura social. En este plano se asume que apostar a Belisario Velasco fue un fracaso. La dinámica de la lucha social ya no es la misma de los 80′ y 90′. La política de informantes pagados, montajes televisivos y represión a las organizaciones sociales de Belisario, no ha tenido ningún efecto en cuanto a contener las luchas sociales. La respuesta tiene que ser entonces más política. Y ahí emerge, hoy como una necesidad, la integración al sistema de partidos políticos del Partido Comunista, PC. La modificación del sistema electoral binominal, que excluye a cualquier fuerza política que no esté en alianza con la concertación o la derecha, permitirá que el PC se integre al parlamento con un par de diputados. En la cabeza de muchos sigue siendo el PC la pieza clave de una agudización, o de la contención de las luchas sociales que hoy se dan en Chile. Hasta ahora, han jugado con cierta ambigüedad. Preocupados más bien de poner encima del escritorio de la Moneda la transformación del binominal, como la demostración de la intención de Bachelet por democratizar el país, y permitirles el reingreso al parlamento.

La apuesta desde el gobierno, es que el PC canalice de manera «positiva» estas demandas sociales que surgen desde abajo, dándole una puerta de salida controlada a los que ya no creen en la concertación. Se trataría de reposicionar una fuerza con la cual poder negociar. Este es uno de los problemas mas graves que hoy enfrenta el gobierno. Frente al conflicto estudiantil, o a la multitud de protestas que se han generado en las poblaciones, el gobierno necesita de un interlocutor que tenga los pies dentro del sistema de partidos, con el cual poder dialogar y llegar a acuerdos. En las actuales condiciones, con conducciones sociales de tipo horizontal y que promueven la toma de decisiones en asambleas democráticas, los operadores de los partidos tradicionales, no tienen ninguna capacidad de incidencia. Por ello se apuesta a que el PC cumpla ese rol, y se apresuran las votaciones en el parlamento para terminar con lo que, fruto de la repentina iluminación divina, ahora todos consideran como la injusta exclusión del PC del juego democrático parlamentario.

 

 

La difícil unidad de los que luchan

 

Con cierta facilidad, la lectura del escenario de las fuerzas partidistas podría llevarnos a asumir que basta con tener claro lo que pasa arriba, para saber lo que va a pasar abajo. Sin embargo, muchas de estas apuestas, generadas a nivel de las fuerzas políticas obedecen a un cambio, tal vez menos visible, pero mucho más determinante y que afecta directamente al sentido común de los chilenos.

En esta línea, y si tomamos como muestra lo que ha sucedió este año, lo que está pasando a bajo, es lo que determina lo que pasa arriba.

En un lapso muy corto de tiempo, se ha pasado de la confianza, largamente construida por la concertación en casi 20 años, a la más absoluta incertidumbre.

Los cambios implementados por el sistema neoliberal han logrado con éxito acostumbrar básicamente al chileno a vivir: con trabajo inestable, con salud, educación y vivienda precarizada.

Sin embargo, uno de los mayores éxitos de la concertación fue el moderar los efectos de esta inestabilidad con la idea de un futuro mejor, en el cual todas estas incertezas podrían definitivamente ser manejadas. Salidos de la oscuridad de Pinochet, la imagen de una concertación de partidos multicolor daba confianza.

Los embates sociales que hoy enfrenta la concertación responden a una serie larga de demandas por los derechos sociales perdidos después de la llegada de la dictadura, y nunca recuperados. Los años 90′ no fueron, como dicen algunos, un hoyo negro en términos de movilizaciones sociales. Durante casi 15 años se fueron desarrollando conflictos de baja intensidad que daban cuenta de las incapacidades estructurales de este sistema económico para mejorar la situación de vida de los chilenos. Sólo la ampliación del crédito pudo, momentáneamente, permitir que ciertas capas de la clases mas empobrecidas y medias accedieran a la vivienda, la educación la salud, y últimamente, hasta la comida y el transporte.

En esas condiciones fueron madurando los distintos actores que hoy emergen en la lucha social: los estudiantes secundarios, que en su mayoría son fruto de una educación deficiente entregada por los municipios y privados de colegios de la periferia de las grandes ciudades; los deudores habitacionales, que pagaron con sus dividendos hasta 2 o 3 veces el precio de sus casas, y aún siguen endeudados con el Estado y los bancos; los mapuches, a quienes se les prometió reconocimiento y devolución de sus territorios; o los trabajadores, que ven impotentes como empeoran sus condiciones de trabajo, y pierden capacidad adquisitiva día a día.

En tal sentido, lo que el sistema de partidos enfrenta actualmente es un ascenso de las demandas por recuperar derechos sociales que no pudieron ser resueltos por la via del mejoramiento de los salarios, o por las acciones del estado. Y para enfrentar este escenario, en donde es el modelo económico y social en si mismo lo que habría que modificar, la derecha y la concertación no tienen ninguna otra solución que no sea el profundizar el modelo neoliberal. O sea que para curar la enfermedad hay que matar al paciente.

Nada hace presagiar que las medidas desarrolladas por el gobierno tengan algún resultado que vaya más allá de pequeños tiempos de paz, en un horizonte cada vez más lleno de conflictos por derechos sociales.

La derecha solo tratará de utilizar estos conflictos para profundizar la imagen de descontrol. Como lo dijo Pablo Longueira, el miércoles 4 de abril en las puertas del Senado, a la ocasión de la aprobación de un proyecto en favor de los deudores habitacionales: «Todo esto que acabamos de aprobar los senadores fue gracias a las movilizaciones sociales que ustedes los pobladores han llevado a cabo».

Pero, obviamente, la derecha no apoyará ninguna acción que cambie los elementos de fondo del sistema neoliberal. A lo más su innovación será la de plantear un gobierno que cambie la figura maternal del Estado, por una paternal autoritaria, que mantenga a los pobres ordenados y contentos, y a los ricos tranquilos en sus negocios.

Los conflictos sociales que están, los secundarios, las peleas por el transporte, los deudores habitacionales, los subcontratistas, los mapuches, seguirán estando. Y a ellos probablemente se sumarán otros.

Pero, como quedó claro con el caso de la crisis y protestas por el nuevo modelo de transporte, Transantiago, que exista mas conflictividad social, no significa que sea mas fácil crear un instrumento que una al conjunto de fuerzas sociales y políticas, para cambiar el rumbo de este Chile neoliberal.

Este nuevo escenario requiere de nuevas habilidades políticas. Una de ellas, tal vez la mas determinante, es la capacidad de los dirigentes sociales, que se han formado y se siguen formando en este proceso de luchas por la recuperación de los derechos, de asumir una actitud política, que vaya mas allá de lo reivindicativo sectorial. Como lo dicen hoy casi todos los dirigentes sociales, cada vez hay más gente en Chile que está dispuesta a movilizarse y luchar por sus derechos. La verdad es que el modelo tampoco le da muchas razones para seguir esperando. Ver a miles en la calle este último año, ha pasado a ser algo relativamente normal.

El salto cualitativo vendrá si, como ha sucedido en todo el continente, toda esta fuerza social que emerge logra tener una lectura correcta del momento, y agudiza las condiciones de la lucha. Pero no bajo los viejos cánones de la izquierda tradicional, que creía que agudizar era sinónimo de endurecer. Sino bajo la lógica de ampliar. De ganar la hegemonía que hoy podría ser mucho mas multipolar.

Esta nueva hegemonía solo puede ser construida por quienes desarrollan la pelea directamente desde la base. No basta, como seguramente pasará, a propósito de las próximas elecciones, que una fuerza política determinada inscriba un partido (como, al parecer, lo harían el polo Fuerza Social-Surda o el Mir) para desde ahí, llamar a canalizar el descontento. Esa sería la vieja lectura vanguardista de la izquierda, que quiere sacar la cabeza para que el pueblo reconozca su liderazgo, y se sume a su esfuerzo.

Lo que se requiere es efectivamente una fuerza política de nuevo tipo, en la cual el componente de lucha social permee desde sus dirigentes, hasta el último militante. En Latinoamérica, y particularmente en Venezuela y Bolivia, el pueblo ha avanzado a pesar de la izquierda tradicional. Queda esperar para saber si en Chile nuestra izquierda militante tendrá la humildad, y sabiduría, de entender que el vanguardismo ha sido en nuestra historia uno de nuestros mayores errores. Y nuestros errores han sido sabiamente utilizados por la derecha para seguir mandando, y lo que es aún mas importante, han hecho que el pueblo, quien es siempre en última instancia el que pone la sangre, desconfie, con razón, de nuestras banderas.