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La muerte venció a la justicia, pero no a la esperanza

Fuentes: Mundo Obrero

En los últimos meses han fallecido dos de los más tenebrosos dictadores del siglo XX americano: Alfredo Stroessner, quien encabezó una dictadura en Paraguay entre 1954 y 1989, y Augusto Pinochet, quien hizo lo propio en Chile entre 1973 y 1990. Ambos se distinguieron por su anticomunismo primario, contaron con el apoyo privilegiado de la […]


En los últimos meses han fallecido dos de los más tenebrosos dictadores del siglo XX americano: Alfredo Stroessner, quien encabezó una dictadura en Paraguay entre 1954 y 1989, y Augusto Pinochet, quien hizo lo propio en Chile entre 1973 y 1990. Ambos se distinguieron por su anticomunismo primario, contaron con el apoyo privilegiado de la Casa Blanca y ejecutaron un verdadero exterminio de las fuerzas de izquierda. La siniestra Operación Cóndor les hermanó en la represión y ambos lograron evadirse de la persecución judicial. Stroessner y Pinochet han fallecido en la impunidad, el primero en su exilio brasileño, el segundo en el Hospital Militar de Santiago de Chile.

Sin embargo, si la muerte de Stroessner nos ha pasado desapercibida, durante varios días la atención internacional, con un gran despliegue de todos los grandes medios de comunicación, se centró en la agonía y muerte de Pinochet y en su funeral con honores de ex comandante en jefe del ejército. El interés que concita el decrépito general chileno se remonta al 11 de septiembre de 1973, al golpe de estado que derrocó al gobierno constitucional del Presidente Salvador Allende. Durante mil días la Unidad Popular, con un gran trabajo del Partido Comunista, intentó construir una sociedad socialista a partir de la transformación desde dentro de la legalidad burguesa en condiciones muy difíciles (minoría en el Congreso Nacional, bloqueo del imperialismo, conspiración de la oposición, unas Fuerzas Armadas dependientes en su preparación y pertrechamiento de Washington…).

Las múltiples expresiones del movimiento popular (la conciencia de clase de su proletariado, la lucha por la reforma agraria, los movimientos culturales de la Nueva Canción Chilena o del muralismo de las Brigadas Ramona Parra, las luchas estudiantiles, los cordones industriales y la mística del poder popular, la creación y desarrollo del movimiento Cristianos por el Socialismo…) cautivaron la atención de millones de personas en todo el planeta, en un tiempo histórico en que la Revolución parecía aguardar a la vuelta de la esquina estimulado por las luchas de liberación en el Tercer Mundo y el marxismo conocía una nueva primavera.

La brutalidad del golpe de estado, el simbolismo del palacio de La Moneda convertido en una pira en la que ardieron los sueños de justicia social e igualdad, el exterminio del movimiento popular convirtieron a Pinochet, con su voz aflautada, con sus gafas negras, con su expresión de arrogancia, con su estupidez supina, en paradigma universal de la cobardía y la represión fascista.

Sin embargo, su actuación histórica, al frente de la junta militar y como autoproclamado presidente de la República en diciembre de 1974, debemos de interpretarla desde dos perspectivas. En primer lugar, en el marco del viraje histórico que se produjo en América Latina tras la Revolución Cubana, cuando los golpes militares dejaron de ser cuartelazos para convertirse en el punto de partida de una cruel persecución de las fuerzas de izquierda y democráticas, con el patrocinio de Estados Unidos y con el argumentario cínico de la Doctrina de Seguridad Nacional.

La otra perspectiva nos conduce al tiempo histórico largo: tras la guerra de independencia, a finales de los años 20 del siglo XIX, la oligarquía logró acabar con aquellos grupos sociales que pugnaban por construir una sociedad democrática y se apropió del proceso de construcción de la nación, cuyo primer hito fue la Constitución de 1833, inspirada en el autoritarismo de Diego Portales (en septiembre de 1973 -140 años después- Pinochet reivindicó el «pensamiento» de este comerciante de Valparaíso como inspirador ideológico de su dictadura), y que se caracterizó por la represión implacable de todo intento de romper la hegemonía de unas elites que en buena parte procedían de la época colonial.

La manifestación de las primeras ideas de inspiración socialista, a mediados del siglo XIX con Arcos y Bilbao, y sobre todo la progresiva gestación de un movimiento obrero de matriz marxista y también anarquista, principalmente en las oficinas salitreras del Norte Grande, despertó el fantasma de la Revolución y la burguesía respondió con las armas: en el primer tercio del siglo XX no hubo prácticamente un año en que el ejército no reprimiera brutalmente las manifestaciones de los trabajadores y asesinara a centenares o incluso a miles de ellos. Las masacres de Santa María de Iquique, Santiago, San Gregorio, Lonquimay o La Coruña forman parte de esa tradición sanguinaria de la burguesía, que también tiene un capítulo especialmente brutal en relación con el pueblo indígena mayoritario, el mapuche, con la llamada «Pacificación de la Araucanía», a finales del siglo XIX.

Muchos analistas han señalado que la muerte de Pinochet a los 91 años cierra un capítulo de la historia de Chile. Todo lo contrario: en su «legado» hallamos las claves que nos explican la situación actual del país. Al adelantarse en más de un lustro a Margaret Thatcher y Ronald Reagan en la aplicación del proyecto neoliberal, la dictadura condenó a la miseria a amplias capas de la población: en 1990, al ceder Pinochet el poder al presidente Patricio Aylwin tras perder el plebiscito de 1988, el 45% de la población vivía en condiciones miserables. Aún hoy, a pesar de la reducción de la extrema pobreza, Chile es uno de los países donde la brecha social es más acentuada y donde la indefensión de los trabajadores frente al poder económico es mayor, puesto que está vigente el Código del Trabajo de 1980. Asimismo, las transnacionales del cobre, la pesca y la madera depredan los principales recursos naturales del país en virtud de su alabada «apertura» económica y la educación y la sanidad públicas han sufrido las consecuencias del «tsunami» neoliberal.

Por otra parte, y a pesar de los notables avances derivados de su histórica detención en Londres el 16 de octubre de 1998, la impunidad continúa vigente, gracias esencialmente al decreto-ley de amnistía de 1978, y la inmensa mayoría de los asesinos y torturadores goza de plena libertad. Además, deja unas Fuerzas Armadas con privilegios inadmisibles en un régimen democrático y, aunque algunos de ellos han sido anulados por reformas constitucionales, todavía se apropian del 10% de los beneficios de la venta del cobre (la gran riqueza del país) y conservan una capacidad de intervención en la escena política considerable.

No obstante, Pinochet ha fallecido a los 91 años de manera muy diferente a la que soñó: salvado de sentarse en los tribunales por demente, abandonado por la mayor parte de quienes fueron sus fieles (desprovistos también del argumento de la supuesta «austeridad prusiana» del general), repudiado por la conciencia democrática de la humanidad y procesado en distintas causas judiciales por violaciones de los derechos humanos.

Pero la gran lección que nos deja su muerte, o la de Stroessner, es que ni siquiera los peores crímenes contra la humanidad imaginables, las torturas más atroces (reeditadas hoy por el imperialismo en Irak, Guantánamo o Afganistán) y los asesinatos más dolorosos, que significaron la pérdida de miles de compañeros y compañeras y la destrucción de movimientos populares verdaderamente impresionantes, pueden extinguir la lucha por la justicia social y por la libertad de los pueblos, la lucha por una utopía que hoy se forja a diario en la Venezuela bolivariana o en la Bolivia indígena, con el aliento de resistencia y esperanza que encarna la Revolución Cubana, con la mirada puesta ya en la construcción del Socialismo del siglo XXI. Después de tres décadas oscuras, la esperanza renace en América Latina.

También en Chile, distintas fuerzas de izquierda (principalmente el Partido Comunista), el movimiento obrero y los movimientos sociales críticos luchan por construir, no sin dificultades, una alternativa socialista al modelo neoliberal impuesto por la dictadura de Pinochet y administrado por la Concertación. Porque, como ha escrito mi camarada Armando López Salinas, el mañana no está escrito, nunca lo estuvo.