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Ponencia del autor en el acto conmemorativo del 41° aniversario de la creación de FARC. Mayo 2005. Santiago de Chile. .

La originalidad histórica de la construcción de las FARC

Fuentes: Rebelión

En Chile, la gente sabe más de los matrimonios de la realeza europea, o de los escarceos amorosos de ídolos deportivos y figuras o figurones de una farándula más bien patética, que de los procesos políticos y luchas sociales que están ocurriendo, aquí y ahora, en nuestro continente. Es claramente el caso de Colombia, donde […]

En Chile, la gente sabe más de los matrimonios de la realeza europea, o de los escarceos amorosos de ídolos deportivos y figuras o figurones de una farándula más bien patética, que de los procesos políticos y luchas sociales que están ocurriendo, aquí y ahora, en nuestro continente.

Es claramente el caso de Colombia, donde se está desarrollando una guerra civil, ya de ninguna manera larvada, que ha cumplido cuarenta años.

Con la información que difunden los medios chilenos, y más aún las agencias internacionales, es muy poco lo que conocemos de ese conflicto.

Quizá que las FARC son la guerrilla más antigua del mundo, que su jefe es el legendario Manuel Marulanda Vélez, más conocido como Tirofijo, y muy poco más, salvo reportes de caracter episódico y fuera de contexto, que tienden a mostrar a las FARC como una guerrilla anacrónica, arrinconada en lo profundo de la selva, que se financia con el narcotráfico y que está condenada a la extinción de manera irremediable.

Ese es, creo, el valor del trabajo periodístico reflejado en la edición extraordinaria del semanario El Siglo, publicada el 27 de diciembre pasado, y que hoy se puede encontrar, de manera íntegra, en el sitio de Mundo Posible, en Internet.

Acogiendo una invitación del secretariado de las FARC, tuve la invalorable oportunidad de compartir durante dos semanas, la realidad y la vida cotidiana de un campamento de las FARC, específicamente el del comandante Raúl Reyes Suzarte, uno de los siete miembros del secretariado de esa organización.

No se me escapa que el resultado de ese trabajo es necesariamente polémico, porque muestra una realidad y una situación diametralmente distinta a la que describen los medios de comunicación convencionales. Pero tampoco puedo dejar de reparar en que el diario El Mercurio, habitual cancerbero de toda información relativa a las FARC, en este caso optó por guardar un prudente silencio, lo que se puede interpretar como la línea de menor costo, y por tanto, como un aval indirecto de los contenidos de la publicación.

Sin desconocer que desde que asumió el actual presidente de Colombia, Alvaro Uribe Vélez, a mediados de 2002, las FARC han sido objeto de quizá la mayor ofensiva militar en sus cuarenta años de historia, la principal conclusión de mi estadía en la selva, es, primero, que el conflicto colombiano no tiene, por ahora, solución militar. Segundo, que las FARC están lejos de ser derrotadas. Y tercero, a pesar de que enfrenta a un enemigo que lo supera en una proporción de diez a uno, tanto en hombres como en recursos bélicos, las FARC tienen claras oportunidades de lograr la victoria, a condición de que las actuales contradicciones desemboquen en una crisis social todavía mayor a la actual, y se produzca la confluencia entre la insurgencia levantada en armas y el movimiento popular no armado. Precisamente, la existencia o no de condiciones para que ello ocurra, el tiempo que tarde, y el margen de maniobra de la cada vez más desembozada intervención del imperialismo norteamericano, constituyen las principales variables que pueden inclinar la balanza en una u otra dirección.

Otra variable que puede decidir el conflicto es el costo económico de la guerra. Desde el inicio del gobierno de Alvaro Uribe, el gasto militar se incrementó desde el 1% al 2,9% del Producto Interno Bruto, calculándose que superará el 4% hacia el final de este año.

Según la ONG Medios por la Paz, el presupuesto del Estado para la guerra alcanza anualmente la friolera de 4.800 millones de dólares, equivalentes al 116% del presupuesto anual en salud, y el 125% del gasto en educación.
Precisamente, una de las principales variables de orden estratégico consiste en determinar cuánto tiempo logrará soportar semejante esfuerzo bélico la estructura económica de un país en acelerado deterioro de sus indicadores económicos y sociales.

En otras palabras, el conflicto no se va a resolver por el solo arbitrio de los aparatos armados, sino por la compleja interrelación de fenómenos políticos y sociales, entre los que se cuenta, naturalmente, el componente armado.
Es decir, las FARC podrían, en un momento no muy lejano, tener suficiente capacidad militar para tomarse el poder, o parte de él. Pero ellos están muy conscientes de que nada serviría si no tienen el decisivo apoyo de masas dispuestas a jugarse hasta la vida en defensa de un proyecto revolucionario para una nueva Colombia.

La existencia de ese componente armado, que puede resultar decisivo en el contexto de una crisis social y política agudizada, como es el caso de Colombia, constituye el segundo aspecto sobre el que quiero llamar la atención, por cuanto se trata de una experiencia histórica inédita en la construcción de fuerza propia de carácter revolucionario.

Para precisar lo que quiero decir, citaré un párrafo del libro Allende y la Experiencia Chilena, de Joan Garcés:

«Evidentemente, ni Engels, ni Rosa Luxemburg, ni las organizaciones obreras italianas y alemanas que se opusieron a la llegada al poder de Mussolini y Hitler, ni la izquierda chilena, contaban con un ejército popular que oponer al ejército profesional del Estado. Afirmar después ¡debieron crearlo! es un recurso que evita el fondo del problema: no lo crearon porque no era posible hacerlo, cualesquiera que hubiesen sido sus deseos. Y, sin embargo, las teorías políticas socialistas, particularmente la marxista, hace más de un siglo que se enfrenta con el problema militar en relación con el poder del Estado, sin haberlo hecho avanzar mucho más allá de donde se encontraba al término de la primera guerra mundial y comienzo de la revolución bolchevique».

Ese es el rasgo de originalidad de la construcción de las FARC a lo largo de cuarenta años. Las FARC construyeron ese ejército popular que se está enfrentando a las fuerzas armadas regulares del Estado colombiano, como digo, con objetivas perspectivas de victoria, en la medida en que se cumplan determinadas condiciones.

Revisemos lo que nos informa la historia sobre este crucial problema.

El partido bolchevique encabezó una insurrección triunfante, pero consolidó su victoria sobre la base del Ejército Rojo, organizado encima de la estructura del ejército zarista. El ejército campesino de Mao surgió de un ejército nacional, que luchó contra la invasión del fascismo japonés. El Vietcong también fue primeramente un ejército nacional que defendía su territorio, primero contra los franceses y luego contra los norteamericanos. Es el mismo caso de los partizanos de Tito, en Yugoeslavia, contra el ejército nazi. Y qué decir de la toma del poder en los países de europa del Este. En ninguno habría sido posible sin la fuerza militar representada por el Ejército Rojo, en su camino de ida y vuelta hacia Berlín.

Quizá los únicos antecedentes comparables los encontramos en Latinoamérica: el victorioso Movimiento 26 de Julio, en Cuba; el Frente Farabundo Martí en El Salvador y el Ejército Sandinista en Nicaragua. Pero la fase exclusivamente militar en Cuba fue muy breve. El ejército, propiamente tal, se construyó después, ya desde el Estado. Y en los casos del Farabundo Martí y el Ejército Sandinista, su grado de dependencia de factores externos, tales como el apoyo de Unión Soviética y la intervención ampliada del imperialismo norteamericano, impidieron la victoria en el primer caso, y que se consolidara en el poder, en el segundo.

Con esta somerísima recapitulación, que de ningún modo pretende ser exhaustiva, estoy simplemente subrayando la dimensión histórica que reviste la construcción de un ejército popular en Colombia, como digo, con claras perspectivas de victoria, de darse determinadas circunstancias.

Quisiera insistir, sin embargo, en que no estoy postulando una victoria de un aparato armado sobre otro. Cito nuevamente a Joan Garcés:

«Sin crisis social no hay cambio de régimen ni, con mayor motivo, de sistema político. La desarticulación de los mecanismos integradores y reguladores de un sistema económico es el principal precipitante de una crisis social. Pero ni toda crisis económica conduce a una crisis social, ni toda crisis socioeconómica desemboca en crisis general del sistema político existente, sino que el proceso está condicionado por la presencia y naturaleza de otros fenómenos sociales. Es en torno de estos últimos, de su delimitación, articulación y función, que gira el debate político, tanto teórico como práctico. En ambos terrenos las fuerzas sociales interesadas en la continuidad de las variables esenciales del sistema capitalista, y las partidarias de su reemplazo por otras de orientación socialista, sostienen una batalla sin tregua».

Esa es la batalla que están librando las FARC, esa es su importancia. Y la pueden ganar en la medida en que se agudice la tremolante crisis social y económica colombiana, y se sume a la lucha el movimiento popular no armado, por el momento muy inhibido por la feroz represión y el dominio ideológico del aparato estatal.

La prueba de lo que estoy diciendo la proporciona, por contraste, la creciente y cada vez más desembozada intervención del imperialismo norteamericano, primero con el Plan Colombia y ahora con el Plan Patriota. Sin la colosal transferencia de recursos económicos y tecnología militar de última generación, el ejército colombiano estaría al borde de la derrota y por consiguiente, la victoria estaría mucho más cerca.

Quiero, en esta oportunidad, ratificar esa afirmación con fuentes independientes.

Cito en primer término, una crónica firmada por Joaquim Ibarz, en el diario La Vanguardia, de México:

«El Plan Patriota, el más gigantesco y ambicioso operativo militar coordinado entre Colombia y Estados Unidos para «sacar de la jungla» a los jefes de la más antigua guerrilla del mundo, cumple un año con «modestos resultados». Aunque el gobierno de Álvaro Uribe aún no ha presentado un informe oficial del despliegue, los analistas ya adelantan que será desalentador».

Enseguida, agrega:
«El operativo vincula por primera vez, sin tapujos, a EE.UU. en la lucha contrainsurgente. Nunca antes los militares norteamericanos se habían involucrado de manera tan directa en el conflicto interno colombiano.
Sostener el Plan Patriota, continuación del denominado Plan Colombia -iniciado hace cinco años con el fin de acabar con la producción de cocaína y heroína, y golpear a la guerrilla- cuesta unos 300 millones de dólares anuales. Según cálculos modestos, Washington aporta 100 millones en entrenamiento, armas, repuestos, inteligencia, transporte y sofisticados equipos de comunicación, y ha ha enviado 800 de sus más experimentados soldados y avezados contratistas, que tienen un papel clave en la planificación y soporte de los operativos».

Más contundente aún es el análisis de Alfredo Rangel, el más reputado analista de temas militares de Colombia, director de la Fundación Seguridad y Democracia, y declarado enemigo de las FARC.

En un trabajo denominado El Repliegue de las FARC ¿Derrota o Estrategia?, publicado en octubre de 2004, plantea:
«Es posible apreciar como las FARC han mantenido durante este gobierno una vocación ofensiva en el plano táctico, representada en importantes acciones que han tenido un considerable impacto sobre la Fuerza Pública, medida en este caso en número de bajas. Un aspecto adicional es el hecho de que estas acciones no han sido improvisadas o producto del azar, sino por el contrario acciones que responden a planteamientos y recomendaciones que desde siglos atrás reposan en manuales y escritos sobre estrategia y forma de conducción de operaciones de guerra».
En marzo de 2005, se creyó obligado a advertir:
«Para desatascar militarmente el conflicto a favor del Estado se necesitaría duplicar los soldados y los helicópteros de transporte; triplicar los de combate e incrementar sustancialmente el presupuesto de operaciones».

En el trabajo, Opciones Frente a las FARC, agrega:
«La gran pregunta es si las Fuerzas Militares tienen hoy el pie de fuerza, la movilidad y el presupuesto suficientes para neutralizar las ofensivas de la guerrilla, asegurar las zonas abandonadas por los paramilitares y, además, seguir avanzando en recuperar la seguridad y el control de todo el territorio nacional, reducir el narcotráfico y blindar las fronteras».

Y su respuesta fue:
«Se necesitaría llegar al menos a 300 mil soldados (hoy el Ejército tiene cerca de 160 mil), duplicar los helicópteros de transporte (tenemos cerca de 90 operando), triplicar los helicópteros de combate (contamos con solo 16 Arpías) e incrementar sustancialmente el presupuesto de operaciones para que todo lo anterior se ponga en movimiento a tope. Esta sería la condición para desatascar militarmente el conflicto a favor del Estado. Pero los solos helicópteros valdrían cerca de dos mil millones de dólares, o sea, casi todo el presupuesto militar de un año».

Ya producido el ataque al poblado de Toribio, donde las FARC se mantuvieron durante cinco días, y ocasionaron 45 bajas a las fuerzas combinadas del Ejército y la Policía, en el marco de la contraofensiva iniciada por las FARC desde marzo de este año, Rangel apuntó, en una columna de opinión publicada en el diario El Tiempo, el pasado 22 de abril:
«Los hechos de Toribío constituyen hasta ahora, sin duda alguna, el más importante reto de las Farc a la estrategia de recuperación del control territorial, objetivo central de la política de seguridad democrática del Gobierno. En desarrollo del fin de su repliegue estratégico, las Farc no solo atacaron la población sino que durante siete días la han mantenido bajo un persistente hostigamiento y un fuerte cerco militar, sin que el Ejército Nacional haya podido recuperar el control del área. Es el más importante pulso militar entre las Farc y Uribe».

Los párrafos siguientes ahorran mayor comentario:
«En la misma noche del ataque a Toribío, hostigaron simultáneamente cuatro pueblos de Nariño y otro de Cauca, en una demostración de coordinación digna de ponerle atención. Sin embargo, las prioridades de las Fuerzas Militares son otras. Han empeñado diez y siete mil hombres y una parte muy significativa del equipo, la movilidad y la logística militar para perseguir a las Farc en su retaguardia localizada en lo más profundo de las selvas de Caquetá. Es lo que se conoce como el Plan Patriota. Yo sigo dudando de la oportunidad y el propósito de esta campaña, que es la más grande jamás emprendida contra las Farc. Primero, porque parte del supuesto de que la guerrilla está prácticamente derrotada y solo quedaría darle el «puntillazo» final en esa selva. Pero no hay tal. Como lo están demostrando, las Farc están prácticamente intactas y se fortalecen en muchas regiones. La propaganda no debe determinar la estrategia. Segundo, porque ante la dramática escasez de pie de fuerza y medios, los pocos recursos disponibles hay que utilizarlos donde más se necesitan: donde está la población y alrededor de los centros nerviosos de la vida política y económica de la nación.

Desguarnecer Cauca es hacer vulnerable a Cali, la Carretera Panamericana y la salida al mar. Desproteger Nariño es entregar la frontera y el Pacífico. No proteger Putumayo es ceder la frontera y el petróleo. Atacar la retaguardia de las Farc es un objetivo válido, siempre y cuando en el intento no queden expuestos nuestros puntos vitales. Adicionalmente, las Farc son una guerrilla móvil, acostumbrada a reubicar su retaguardia. Ha trasegado por Marquetalia, Guayabero, El Pato, Riochiquito y Uribe, antes de llegar al Caguán . Hoy tal vez habría que buscar su retaguardia en otra parte. Pero estamos empeñando grandes esfuerzos e ingentes recursos con el riesgo inminente de quedar empantanados en las despobladas e impenetrables selvas del sur de Caquetá, mientras las Farc mantienen el sitio en Toribío, se toman el Cauca y se entronizan en Nariño. Mañana podría ser más grave».

Quiero resaltar que estas palabras corresponden a un analista militar sumamente respetado, a quién no se podría acusar de tener la más mínima simpatía por las FARC.

No menos decidora es su conclusión, expresada en el trabajo del 11 de marzo, ya citado:
«Si el conflicto permanece atascado, porque ninguna de las dos partes hace el esfuerzo suficiente para definirlo en términos militares, entonces la única opción es la negociación política: reiniciar conversaciones de paz en búsqueda de una solución política pragmática y viable. Estas son las opciones, mientras más nos demoremos en entenderlo peor para todos».

Pero es difícil que el gobierno de Uribe acepte reiniciar conversaciones, porque implicaría el reconocimiento de su derrota.

Por eso planteo, en el mi trabajo, que una de las variables de las que depende el resultado global de la confrontación en Colombia, es el grado de implicación del imperialismo norteamericano, que por el momento se limita al suministro de recursos bélicos y económicos, pero que perfectamente podría escalar hasta la intervención directa, en caso de que perciba la inminencia de una derrota de las fuerzas del Estado colombiano.

Sin embargo, la ecuación no es tan simple. Una intervención directa podría galvanizar el sentimiento de defensa de la soberanía nacional y precipitar en los hechos la unificación del movimiento armado con el no armado. De otra, el imperialismo no puede arriesgarse a multiplicar nuevas aventuras militares, mientras permanezca sumido en el pantano de Iraq y Afganistán, aspecto este último que deja de manifiesto las limitaciones del poder militar desnudo.

Por lo demás, una intervención armada en Colombia, o en Cuba, estimularía una reacción antiimperialista en gran escala en un continente donde las luchas populares han cobrado gran impulso, y que se manifiestan tanto en el plano político institucional, como en la agudización de la lucha de masas.

En este tipo de eventos de naturaleza histórica, no sirve la bola de cristal.
El desenlace del conflicto colombiano pueder ser muy rápido, o prolongarse todavía por mucho tiempo. Pero ningún análisis serio puede apostar a una derrota militar de las FARC. Por tanto, la pregunta inversa es inevitable

¿Y si las FARC ganan la guerra?

En tal caso, la ideología que postula el fin de las ideologías y la imposibilidad de establecer regimenes políticos que escapen a la tutela imperial, experimentaría una derrota tan definitiva como la que El Quijote le propinó a las novelas de caballería, o la física copernicaba a la tesis del geocentrismo, sin perjuicio del efecto dominó en una región caracterizada por inéditos niveles de concentración de la riqueza y generalización de la pobreza, polarización social, radicalización política y desarrollo de luchas populares de marcado contenido antiimperialista.

Por cierto, cada uno de los lectores podrá estar de acuerdo o en radical desacuerdo con las conclusiones aquí esbozadas. Pero si en este trabajo encuentra antecedentes útiles para formarse una opinión, los objetivos del mismo se habrán sobradamente cumplido.