Recomiendo:
1

Noticias desde el trabajo inmaterial VI

La redistribución de recursos en un planeta común: falacias del desarrollo sostenible

Fuentes: Rebelión

«Si llegara a haber un Estado de hombres de bien, probablemente se desataría una lucha por no gobernar» (Platón República 347d). Se viene hablando mucho últimamente de la imposibilidad del desarrollo sostenible dada la evidencia ecológica de los limitados recursos de un solo planeta tierra. Esas argumentaciones involucran de fondo diversos conceptos, como los de […]

«Si llegara a haber un Estado de hombres de bien, probablemente se desataría una lucha por no gobernar»

(Platón República 347d).

Se viene hablando mucho últimamente de la imposibilidad del desarrollo sostenible dada la evidencia ecológica de los limitados recursos de un solo planeta tierra. Esas argumentaciones involucran de fondo diversos conceptos, como los de gobierno, calidad, cualidad y propiedad. Permítansenos algunas disertaciones al respecto y algunas analogías entre lo individual y lo colectivo a modo sugerencias para pensar más en un asunto de tanta actualidad.

Aristóteles decía que no estaba entre los que consideraban que hubiese de ser común la propiedad pero que tampoco entre los que admitían que a alguien le faltase el sustento. Rousseau indicaba que nadie había de ser tan pobre que estuviese obligado a venderse ni nadie tan sumamente rico que pudiera comprar a otro hombre. Platón indicaba en sus Leyes (745e) que a todos los ciudadanos les corresponderían dos casas (por hablar de la vivienda) y prefigura la Renta Básica en su paradigma de su segunda ciudad ideal: ‘todos en esta ciudad tienen a su alcance lo más indispensable’ (Leyes, 774c). Si hablamos de la aldea global y generalizamos el razonamiento de aquellos a los que Karl Popper llamana totalitarios por defender la idea de propiedad común o colectiva, tendremos, ineludiblemente, como resultado de justicia, el reparto equitativo en función de los recursos globales limitados del planeta. La propiedad de la tierra, las teorías o conocimientos patrimonio de la humanidad y las materias primas se podrían considerar entonces como elementos de un derecho de propiedad colectiva o común, lo que justificaría el reparto de rentas entre todos los seres humanos con independencia de las variaciones debidas a la industriosidad y laboriosidad de cada cual.

Si nos atenemos a la educación de la ciudadanía veremos que en el capitalismo nada indica que se desarrolle la calidad sino que antes que los buenos libros de Carlos Fernández Liria vemos que el consumidor medio se nutre intelectualmente de libros orientalistas de la Nueva Era, de la televisión y de periódicos de rápida digestión, esos con mucho anunciante y letras mínimas que regalan en el metro. Carecen de tiempo para estudiar e informarse seriamente.

Por eso un mundo medianamente excelente no sería un mundo compuesto de sabios en el que todos y cada uno de sus miembros tuviesen la altura del genio en todas las áreas y en todos los aspectos, sino que un mundo excelente sería un mundo justo. La justicia es la madre de todas las demás excelencias o el punto en el que todas se encuentran. A los miembros que compusieran tal mundo sólo habría de pedírseles un mínimo y otorgárseles un mínimo, el de la opinión verdadera o juicio crítico, el de la renta básica para una vida digna, un mínimo a partir del cual creciesen y se desplegasen todas las excelencias en todas las direcciones y hasta llegar a todos los niveles. Si el perezoso se siente satisfecho en el estado mínimo que se quede en él, otros emplearán mejor ese ocio y otros para tener más seguirán presos de la competencia emprendedora.

La pretensión de proporcionar derechos sociales y económicos bien pudiera haber seguido esta senda perdida de la historia, pero las apuestas por realizarlo a costa de restricciones e imposiciones, de autoritarismos o, simplemente, de la negativa a aceptar limitaciones (la finitud), han terminado por desacreditar los intentos. Habrá que proceder como en un laboratorio experimental y ensayar una y otra vez procurando corregir los fallos que abortaron los experimentos anteriores al repetir el siguiente, pero no podrá dejar de intentarse procurar generar un mundo más justo.

Se dice que la sociedad capitalista es meritocrática pero cuando miramos a quienes han alcanzado un lugar por encima de los demás, ciertamente algunos son mejores y merecen mayores recompensas, pero muchos no son en absoluto mayormente excelentes que los demás; sino que se han encaramado con malas artes, trampas, por azar, nepotismo o herencia, hasta un lugar superior. Sin embargo es propio del hombre creer que cuando es rico es por sus méritos y cuando es pobre es por culpa de otros, como cuando se dice al suspender un examen «me han suspendido» pero al aprobarlo se dice «he aprobado». Lo bueno se experimenta como merecimiento aunque no lo sea mientras que lo malo se experimenta como inmerecido aunque lo sea. Poca lucidez hay en quienes no se remontan sobre semejante modo de pensar.

Aunque Platón dijese que habrían de gobernar los excelentes y que éstos habrían de ser los que sabían y no los ignorantes, aunque situase en su primer paradigma de ciudad ese su mejor régimen ideal de gobierno en manos de unos sabios que no lo serían tanto como para no tener que excluidos de la propiedad privada; es bastante evidente que el aristocratismo intelectual y moral nunca ha coincidido con el elitismo nobiliario de los detentadores de rentas, poseedores de la tierra y dominadores de los hombres. El liberalismo se nutre de la secularización de tal ideología calvinista analizada por Max Weber a la hora de justificar el capitalismo.

Interesante resulta retener que Platón considerase que el gobierno sólo podría ser excelente y justo si el dinero no se dejaba como factor de corrupción. De ahí que después de esa propuesta de su República indicase en sus Leyes que el mejor régimen ya no sería identificable con una clase particular sino que sería el del gobierno de la razón plasmada en leyes de regulación de la sociedad que evitasen la arbitrariedad de los deseos. La Ilustración siguió esta consigna en la revolución francesa y en la rusa, pero hoy en día no se ha llegado al gobierno de la razón sino al gobierno de la gestión tecnocrática, que no es lo mismo, porque mientras la segunda queda secuestrada por las pasiones y el dinero, sólo la primera se vería lo suficientemente libre de ellas para no ser su sierva. Si el gobierno no regula la economía es porque la razón ha quedado sierva del dinero y del poder.

Otro fenómeno curioso en relación a lo mejor es que a menudo vemos que unos hombres pueden ser los mejores en una cosa, los más nobles en algo, y esos mismos hombres pueden ser los más abyectos y viles en todo lo demás. La especialización consigue ese milagro y sólo sería enteramente excelente quien desarrollase equilibradamente y en el mismo grado todas las cualidades y potencialidades humanas. Lo que se dice para el individuo puede decirse para la humanidad en su conjunto como sujeto colectivo con cuerpo de planeta, hagan ustedes la analogía. No parece eso posible y el atleta de las olimpiadas que ha cultivado el cuerpo ha tenido que descuidar la inteligencia, mientras que el sabio que ha alcanzado una gran inteligencia habrá descuidado el cuerpo. Así, el gran pianista puede pegar a su mujer, el gran filósofo colaborar con el nazismo y el excelente en una cosa ser vil en otras. Conclusión: nadie es enteramente excelente, no hay regímenes perfectos y un sistema de gobierno mundial no sería un paraíso, sino un mínimo equilibrio sostenible.

La falacia del desarrollo sostenible proviene de una ideología tendente a secularizar la escatología infinitista judeocristiana en la idea de progreso lineal, continuo y ascendente a lo largo de la Historia. Una idea que parte del equívoco de considerar, según le convenga, o bien que los recursos del planeta son infinitos o bien que son escasos. No, los recursos del planeta no son ni escasos ni infinitos, son limitados, discretos, finitos, al igual que los hombres y que toda la humanidad considerada en su conjunto.

¿Podremos los ciudadanos críticos del planeta convenir democráticamente unos derechos sociales y económicos elementales para que la dignidad humana y la vida sostenible llegue a ser un hecho y se equilibre el planeta? ¿Logrará la razón instaurar leyes universales de obligado cumplimiento en tan básica intención? Se lograría entonces por primera vez en la Historia instaurar unos mínimos comunes denominadores.