Karl Marx escribió en algún lugar, adaptando una idea de su maestro Hegel, que la historia parecía repetirse dos veces: una vez, como tragedia y, otra vez, como farsa. De ese modo, quiso señalar el filósofo de Tréveris el carácter casi que repetible de ciertos acontecimientos ocurridos en momentos diferentes, aunque animados por personajes con nombres y trajes distintos.
Esa figura retórica, muy del estilo literario de Marx, bien puede iluminar la coyuntura política en Colombia, en la que se perfilan los rasgos de forma y contenido de un nuevo gobierno que representa los intereses de sectores ligados al latifundio narcoparamilitar («burguesía emergente», los denominó un sociólogo) y la extrema derecha clásica (tan altanera como ninguna), y que actúa bajo la premisa de extirpar el «cáncer del comunismo» y conducir a la «patria» hacia un orden social superior, regido por valores tradicionales.
A mediados del siglo XX, en Colombia se vivió una situación parecida. A las reformas sociales alrededor de la función social de la tierra, la promoción de la educación laica y la presencia de la mujer en los escenarios públicos, alentadas por los gobiernos liberales -el primero del viejo López Pumarejo, especialmente- y la figura de Gaitán, se les atravesó un férreo bloque conservador, liderado por Laureano Gómez (un personaje siniestro al que apodaban «El Monstruo») y la jerarquía católica del momento, invocando la defensa de la sociedad católica, apostólica y romana.
Animados por seudo teorías como la del «Basilisco» y por una intolerancia acérrima hacia las ideas modernas, amén de la mezquindad ante cualquier señal de democratización de la vida pública, aquellos sectores conservadores invocaron, primero, la consigna de «hacer invivible la república» y, luego, cuando obtuvieron el poder en las elecciones de 1946, reclamaron la «restauración conservadora» de un país que, decían, se había extraviado por los vericuetos del «liberalismo comunista».
Bajo esa premisa, el país acabó de irse por el despeñadero, con consecuencias nefastas como el incremento de la violencia en ciudades y campos, el golpe de militar de Rojas Pinilla en 1953, los desplazamientos internos y la incubación de odios políticos que se han extendido hasta el sol de nuestros días. Ni hablar de ese esperpento denominado «Frente Nacional», presentado como una genialidad democrática por los mismos responsables -y sus acólitos- de la hecatombe social que habían engendrado.
«El Monstruo» de antaño hoy aparece reencarnado, con traje distinto, en un perfumado chabacán que actúa azuzado en la sempiterna retórica anticomunista por los nietos de aquél (¡los de «Salvación Nacional»!). ¿Causalidad? De ninguna manera. La historia se repite, advertiría complaciente el viejo Marx. ¿Tendrá su 18 Brumario popular o su 13 de Junio plebeyo, el minúsculo personaje con ínfulas de emperador? Ya lo veremos.
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