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La revuelta de octubre, en torno a abusos, excesos y derrumbes

Fuentes: Rebelión

Se cumple ya un mes desde que se comenzaron a vivir los procesos más relevantes de la historia contemporánea de Chile. Lo que explotó el viernes 18 de octubre, pero que se vino forjando durante toda esa semana con las evasiones masivas del Metro, no puede ser comprendido de otro modo que como una revuelta […]

Se cumple ya un mes desde que se comenzaron a vivir los procesos más relevantes de la historia contemporánea de Chile. Lo que explotó el viernes 18 de octubre, pero que se vino forjando durante toda esa semana con las evasiones masivas del Metro, no puede ser comprendido de otro modo que como una revuelta social. Y una revuelta, además, puramente social. La segunda alza del metro durante este año, no hizo sino gatillar las rabias y sentimientos de injusticia que la ciudadanía en Santiago estaba acumulando producto de los continuos y múltiples abusos que se cometían en contra de ella, a veces del modo más grotesco. Agua, luz, metro, arriendo, autopistas, bencina, y el constante aumento del costo de la vida, amparados en la mayoría de los casos por leyes que los políticos acordaron e impusieron por fuera de cualquier consenso social, hicieron que esto estallara de modo descontrolado.

Si bien es aún muy pronto para poder comprender en sus múltiples dimensiones la revuelta de octubre, entre otros motivos porque aun está activa, las ideas de exceso y de derrumbe pueden servir para comenzar un esbozo de ello.

Por un lado, los excesos se pueden entender de tres modos, concatenados entre sí. El primero de ellos, es el exceso de abusos por parte de las capas dominantes, incluyendo a la sociedad política. Si bien ello se puede rastrear desde 1973, en su forma contemporánea ellos comenzaron a darse con la concesión de las carreteras, la privatización de las sanitarias, o con un presidente en ejercicio pidiéndole patéticamente empleo al magnate Horst Paulman para cuando deje el cargo (en estos tres casos, Ricardo Lagos fue figura central). También con los continuos «perdonazos» del Servicio de Impuestos Internos a las grandes empresas, además de una serie de ventas, arreglos tarifarios, sobresueldos, lucros y ganancias aseguradas para las grandes empresas a costa de los sueldos de las trabajadoras y trabajadores.

El segundo tipo de excesos, es el aumento continuo de sufrimientos vividos cotidianamente por gran parte de la población, debido precisamente a los excesos del primer tipo. Las continuas alzas, escuetamente fundamentadas por «comisiones de expertos» o lisa y llanamente porque «es la ley», o las flexibilizaciones de todo tipo, fabricadas a pedido de los grupos dominantes, no hicieron sino precarizar, poco a poco, pero de modo sostenido, las vidas de gran parte de la población. Los excesos sufridos llegaban a gran parte de la población, que no sabían si al mes siguiente iban a tener trabajo, o que no sabían si a fin de mes iban a tener que endeudarse en el supermercado para comprar comida. Las vidas cotidianas se vieron sumidas en la incertidumbre, mientras las capas dominantes, sociedad política incluida, hablada de Chile como un oasis en la región.

Finalmente, luego de décadas de verse sometidos a los excesos de parte de los de arriba, los de abajo irrumpieron con una rabia desatada, contra el último exceso que rebasó el vaso: la segunda alza del Metro durante el año. De una cierta manera como el ludismo, cuando los obreros las emprendieron contra la máquina vista como la causa de sus malestares, la ciudadanía las emprendió contra el Metro, la causa que colmó una paciencia que parecía eterna. Luego, fueron los supermercados y las grandes empresas las que se vieron inundadas de rabia acumulada y tragada a regañadientes por una población que superficialmente parecía sumisa, pero que reventó incontenible. En último momento, y sólo debido a las torpezas de una sociedad política que no tuvo nunca las herramientas conceptuales para comprender lo que sucedía, se volcó contra la institucionalidad, exigiendo transformaciones profundas que frenaran sus excesos. Quien haya estado presente en alguno de los múltiples sitios de la revuelta aquel viernes 18, y el fin de semana que le siguió, difícilmente podrá negar que lo que se vivía ahí era un exceso, pero eran un exceso de emociones y de prácticas superpuestas que emergían a la superficie de las y los manifestantes. De la rabia, alegría, sorpresa, y anticipación mezcladas, emergían barricadas, ocupaciones, destrucciones, saqueos de grandes negocios, pero también convivialidad, acompañamiento, solidaridad. Se formó un espacio liminal del que emergió una suerte de communitas, donde los individuos escapan al sistema de clasificaciones ordinarias a las que están sometidos según las posiciones en la estructura social y el espacio cultural.

En ese marco, la idea de derrumbe emerge como modo de comprensión de la incapacidad, inoperancia, alienación y desaparición, de una sociedad política que ni previó, ni supo cómo gestionar un conflicto que se venía fraguando durante décadas en lo profundo de las vidas diarias de las personas. Menospreciando la capacidad de convocatoria de los secundarios durante la semana de evasiones, el viernes 18 esa sociedad política se vio desbordada en su única forma que tiene de gestionar los conflictos: la represión. Los carabineros no dieron abasto frente a los innumerables focos de revueltas espontáneas, excesivas. Luego, los militares tampoco pudieron controlar el desborde, y durante todo el tiempo que ha durado esta revuelta, el gobierno ha manifestado insistentemente, mediante sus intervenciones, que no comprende lo que sucede, y el parlamento ha quedado mudo, inerte. Apelar a la represión, a un supuesto enemigo poderoso, o a agendas sociales que no tocan los fundamentos del sistema, sólo ha servido para avivar a las y los manifestantes que, porfiadamente, se niegan a aceptar que las cosas se mantengan igual. El acuerdo pactado entre los mismos de siempre, en un intento por evitar su propio colapso, tampoco convence. La sociedad política, desbordada, está al borde del abismo.

El mundo académico, desde el día 2 de la revuelta, ha escrito que lo que desencadenó todo este proceso movilizatorio son las desigualdades persistentes contra una sociedad cada vez más a la deriva. Sin embargo, en las plazas, barrios y sobre todo en las Alamedas, las consignas y gritos son mucho menos académicos, y en gran medida priman aquellos que se refieren a los abusos continuos de parte de empresarios y políticos que, a espaldas de la ciudadanía, se sumergen en autocomplacencias, acuerdos y piropos endógenos, en enroques de puestos, en la formulación de leyes a medida de quienes financian con «raspados de olla» la actividad política. Más que las desigualdades, es contra los abusos cotidianos que se impulsó las consigna de «Hasta que la dignidad se haga costumbre», o «Hasta que valga la pena vivir». Porque durante el mes de movilizaciones, no había demandas unificadas, sino más bien un «¡Basta ya!». Las desigualdades, se diluyen en las manifestaciones en consignas de este otro tipo. Ni las desigualdades que operan a nivel academicista, ni la política, derrumbada por una falta de herramientas capaces de leer la realidad, han sido capaces de dar el rumbo. Es la ciudadanía, en una movilización que parece permanente, la que ha orientado, a trompicones, un rumbo incierto, pero donde lo claro es que ya no está dispuesta a aceptar el exceso de abusos, porque ha demostrado su capacidad de desbordar, con sus propios excesos, toda «normalidad».

Las preguntas que quedan por plantearse tienen que ver con qué es lo que sucede en las vidas cotidianas de quienes han salido a las calles, persistentemente, durante todo este mes de revueltas y movilizaciones. Si bien puede ser meridianamente claro que es contra los continuos abusos contra los que se manifiesta, lo que queda por indagar, por un lado, es cómo esos abusos se traducen en dificultades, limitaciones y privaciones, pero también en modos diversos de enfrentarlas, llevando a transformaciones diversas, ambivalentes e inciertas, de las prácticas y estrategias diarias. ¿Qué pasa cuando, por ejemplo, llega una cuenta de la luz un 10% más cara, o que la suba del Metro en $30 implica, para una familia estándar, el tener que posponer compras menos urgentes, pero igualmente necesarias, como los zapatos de sus hijos? Por el otro lado, debemos preguntarnos si en las vidas cotidianas de las y los que se manifiestan, existen también prácticas que buscan subvertir los modos dominantes de estar en el mundo. Las y los contestatarios, ¿son contestatarias/os también en sus vidas de todos los días? ¿Qué hacen y, sobre todo, cómo lo hacen para dar cuenta de activismos que, eventualmente, pueden subvertir la experiencia y subjetividad dominantes en las plazas, barrios, trabajos y en sus trayectos cotidianos?

Si es en la vida cotidiana donde se evidencian con toda su prepotencia los abusos y sufrimientos, es ahí donde se debe buscar las causas de la revuelta y de la movilización, más que en índices abstractos que, con toda su maquinaria positivista, no son capaces de distinguir entre un kilo de pan y un pasaje de metro. Es en la vida cotidiana, también, que se puede indagar para develar las coherencias y ambivalencias de activismos, cuyos estilos de vida promueven la transformación social.

El futuro es hoy incierto, pero ya no está en manos de quienes han sometido las vidas cotidianas a continuos abusos. Hoy está, como pocas veces en la historia, en las manos y en los cuerpos de quienes llevan sus ollas, sus antiparras, y sus voluntades, a la calle.

 

 

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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