Recomiendo:
1

Materiales para el seminario "De Marx al marxismo latinoamericano: una aproximación"

La sociedad colonial americana

Fuentes: Rebelión

l siguiente texto fue publicado en el volumen titulado La Burguesía nacional en América Latina. Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1971. En la formación de la sociedad colonial en América Latina interesa centrar el enfoque en lo que hace a su es­tructuración social: la formación de las diferentes clases sociales, cuáles son, cómo […]

l siguiente texto fue publicado en el volumen titulado La Burguesía nacional en América Latina. Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1971.

En la formación de la sociedad colonial en América Latina interesa centrar el enfoque en lo que hace a su es­tructuración social: la formación de las diferentes clases sociales, cuáles son, cómo funcionan y por qué ocupan de­terminado lugar en esa sociedad. Lo que queremos ubicar es el contexto histórico dentro del cual en un momento dado aparecerá en las distintas regiones una burguesía que irá cambiando, hasta que pueda hablarse de burguesía nacional y estado nacional.

Las raíces formativas son esenciales para después es­tablecer fácilmente sus debilidades congénitas y sus li­mitaciones como clase.

La llegada de los españoles a América pone en crisis todo el aparato social anterior. Queremos explicar porqué no funcionó un capitalismo en estas regiones. Básicamente porque ni los que estaban (indios) ni los que llegaban en el siglo XVI traían ese proyecto en sus planes. En rea­lidad al principio no hubo planes, solamente sed de expo­liación.

Riqueza es el símbolo de la conquista. Colón, cuando desembarca en las Antillas, encuentra indios que viven desnudos. Su atraso es muy grande, pero con ese atraso consiguen garantizar la supervivencia de la comunidad. La reacción de Colón es típica. Envía 500 de estos indios a Sevilla; allá son vendidos como esclavos. La experiencia de esclavizar a los indios no prospera. Pocos años des­pués Ovando introduce la encomienda (típica institución social feudal) y se descarta oficialmente el sistema de es­clavitud indígena. Hasta la Iglesia, a través del Papa Pa­blo III en 1537, declara que los indios son seres raciona les. Parece ser que los negros africanos seguían siendo «irracionales» por lo que no sólo no se condena sino que se alienta al tráfico negrero como sustitutivo de la fuerza de trabajo india. Ello será una realidad importante cuando comienza la gran mortandad de indios. En el curso del si­glo XVI y XVII florece la esclavitud negra. Digamos sim­plemente al respecto que en Cuba, a fines del siglo XVIII, se considera que los negros son un 40 % del total de la población.

Cuando los europeos españoles llegan a América van a concentrar su actividad en dos grandes núcleos, geográficos: México y Perú Como dice Celso Furtado, en el si­glo XVI su actividad es básicamente la minería y en el XVII la minería y la hacienda. En estos dos centros los españoles encuentran sociedades desarrolladas y organizadas; con hábitos de trabajo a través del ayllu y el calpulli; con formas institucionales centralizadas; con gran cantidad de población (millones de indios, aunque preferimos dejar de lado la polémica sobre su número exacto); con una mine­ría de oro y plata que implica riqueza rápida.

Para el conquistador, aventurero y a veces elemento marginal de la sociedad europea, que se encuentra en Amé­rica con la suma del poder militar, es el paraíso. Al co­mienzo saquea: es el aluvión de oro y plata que asfixia a España y enriquece a Europa, ariete esencial en el desa­rrollo del capitalismo manufacturero incipiente, especial­mente en Inglaterra. Después del saqueo, se ve en la ne­cesidad de planear una actividad más estable; entonces organiza el repartimiento de indios y la encomienda.

La encomienda consistía en una distribución de indios entre los colonizadores europeos; enfocada, primero, pa­ra la obtención de tributo de los indios y, en seguida, co­mo forma de conseguir fuerza de trabajo. Al principio no era necesario que el encomendero tuviera tierra. Sólo po­seía indios de quienes obtenía tributos; luego, cuando de­be hacerlos trabajar, se le une la concesión de tierras para minería o hacienda.

Dice Ots y Capdequí: «renacen en las Indias los usos y privilegios señoriales, enteramente superados o en vías de superación en la España peninsular». Por otra parte, esta situación ya era reconocida por una Real Cédula de 1553 que al referirse a los indios dice: «parecen ser más de esclavos que de hombres libres».

No se trata en realidad de esclavitud, sino de relacio­nes serviles encubiertas por las instituciones precolom­binas indígenas que le dan una fisonomía propia a la ser­vidumbre colonial, sin trascender el marco de las relacio­nes señoriales. Ó sea no aparece, ni surge en América un modo de producción diferente de los que hemos defi­nido antes: modo de producción asiático y modo de pro­ducción feudal. Simplemente hay una cierta combinación de ambos. El desarrollo principal de la actividad española en los primeros dos siglos se da en Perú y México. Pero en el siglo XVII se produce una crisis generalizada que afecta a la sociedad europea. En parte se debe al cese del flujo de oro y plata de América, pero obedece a razones estructu­rales más profundas. Podríamos decir que hubo una crisis de crecimiento en el capitalismo manufacturero. Ello trae­rá como consecuencia un ascenso de la burguesía en los países de Europa y luego, ya en el siglo XVIII, revolucio­nes burguesas que culminan con la revolución industria! y la revolución francesa.

La crisis del siglo XVII trae consecuencias importan­tes para la América española: reforzamiento del sistema de la hacienda y, especialmente, surgimiento de Nueva Granada (Venezuela y Colombia) y el Río de la Plata co­mo dos centros de desarrollo de primera importancia. Es­tas dos regiones se caracterizan por el reducido número de indios y por la casi inexistencia de posibilidades mineras. El único sector minero importante se desarrolla en Colom­bia, los negros esclavos constituían la mano de obra em­pleada. Así en Nueva Granada no existió la mita. Tampo­co existió en el Río de la Plata.

La importancia de México y Perú en los primeros dos siglos de colonización se desplaza hacia Nueva Granada y el Río de la Plata a partir de la segunda mitad del si­glo XVII.

En Brasil encontramos situaciones peculiares. Desde la conquista portuguesa la expoliación y el saqueo se con centran en lo que se conoce como el ciclo del palo brasil. En el norte de Brasil se talaban los bosques y se enviaba la madera de ese árbol, que tenía diversos usos, hacia Eu­ropa. El palo brasil no podía competir con el oro y la pla­ta de los españoles, y además el ciclo se agota rápida­mente: la costa norte brasileña, tupida de bosques, se ha­rá árida. Pero la consecuencia más importante fue que los indios, que se resistían a dicho trabajo, huyen al interior, y se van internando cada vez más. Ante esa situación los portugueses traen negros esclavos de África. Resultado: desde el principio la esclavitud negra es básica para el nordeste brasileño. Inmediatamente comienza en esa mis­ma región el ciclo del cultivo azucarero. El azúcar del nordeste se trabaja como plantación y la mano de obra es negra y esclava.

Hasta mediados del siglo XVII el azúcar brasileño es prácticamente la única actividad importante. Hay también una actividad ganadera que ocupa mano de obra indígena, y que se radica en e¡ interior del país. Esa actividad se cierra sobre sí misma en la medida que no tiene mercados de consumo. Los portugueses de la costa, que venden el azúcar en Europa, no tienen interés en el progreso de las zonas productoras, pues su conexión se establece con el mercado europeo y no con los centros de producción lo­cales. De allí que la hacienda ganadera, de formas total­mente arcaicas y aislada de la costa, se cierre sobre sí misma y vegete. La relación latifundio-minifundio pasa a ser importante. El minifundio a su vez garantiza el funcio­namiento del latifundio.

Con la crisis del siglo XVII, comenzó a diversificarse la economía en Brasil. A principios del siglo XVIII los por­tugueses descubren oro. Pero el oro brasileño, del centro de! país, es aluvional. Al principio surge allí también la quimena del oro. Piensan repetir el ciclo ya agotado del oro español. Sin embargo, este oro brasileño, requiere una organización del trabajo y no un simple saqueo.

El polo minero de! centro-sur se conecta con el nord­este y entre ambos establecerán la estructura de funcio­namiento de Brasil en el siglo XVIII. Cuando en el si­glo XIX se plantea la independencia, el ciclo aurífero está casi agotado, pero de todas maneras ya había contribuido a crear ciudades nuevas e importantes y a ampliar el co­mercio. Los gérmenes de una burguesía mercantil eran importantes.

En el siglo XVIII el imperio español tiende a descentralizarse y el predominio minero de la primera época (México y Perú) se continúa en el predominio agrícola y comercial (Nueva Granada y Río de la Plata).

Furtado afirma que sí en el siglo XVII es el colonizador el que está ligado a su metrópoli por lazos directos y sobre la base de la actividad minera, en el siglo XVIII ya existe una clase terrateniente y acrecientan sus fuerzas los intereses locales, cuyo centro es la hacienda.

Es interesante destacar un rasgo que también anali­zaremos más adelante: la crisis de la sociedad europea del siglo XVII, que afloja el control sobre América, no produce en ésta una evolución o un salto favorable al capitalismo sino al refuerzo de las relaciones precapitalistas. Por un lado la hacienda por el otro el esfuerzo de la ac­tividad artesanal y de los gremios que se cierran sobre sí mismos, impiden el surgimiento de cualquier tipo de manufactura en la región.

Silvio Zavala demuestra que no hay una relación me­cánica y directa entre encomienda y hacienda en América. La encomienda, que es el reparto de indios, debe ser com­pletada con la merced de tierras. Cuando se establece junto a la encomienda la merced de tierras, surge verda­deramente la hacienda colonial. Y esta hacienda colonial se estructura en el siglo XVII, y al hacerlo engloba de he­cho a pueblos indios que están en esos territorios. Ya hemos señalado antes que estos indios tienen fuertes la­zos propios de cohesión social. Entonces aparece el peo­naje.

Magnus Mórner sostiene que es en ese momento cuando a la dicotomía español-indio, se la reemplaza pau­latinamente por la de hacendado-peón. Digamos que en las regiones de Nueva Granada y Río de la Plata ese peón poco a poco pasará a ser gaucho, mestizo y ladino. En las regiones de alta concentración indígena como Perú y México, el peón seguirá siendo básicamente indio y en menor medida mestizo.

La organización de la hacienda implica entonces: extensas propiedades y usufructo de gran cantidad de ma­no de obra. Y ello es, de hecho, hacendísmo como sinó­nimo de latifundismo, o como dice Rolando Mellafe, se va pasando del policuitivo al monocultivo. Del policultivo de una primera época que es resultado de la etapa inicial de consolidación del poder europeo y usufructo de lo ya exis­tente, se pasa al período en que, habiendo consumado el saqueo, hay que organizar formas más estables de vida y de organización económica.

La mentalidad europea de la época se revela clara­mente. Los españoles evolucionan hacia el hacendísmo, trasladando las formas de trabajo mitaya o yanacona; los portugueses, a la plantación azucarera explotada con ma­no de obra esclava negra.

Dentro de este sistema se denominaba yanaconas a los indios directamente agregados a la hacienda, en Perú; pongos, a los indios destinados al servicio doméstico; pi­cotas, a los distribuidos por corregidores y caciques. En algunos lugares esta terminología se simplifica, y en Ecua­dor, por ejemplo, se dice directamente mita rural, para diferenciarla de la mita tradicional, minera.

En el siglo XVII y principios del XVIII, la legislación señala un cambio social. Por ejemplo, en 1632, se resuel­ve que los indios libres no pueden ser retenidos por deu­das, por sus hacendados. En 1642, se revé la resolución y las deudas pasan a ser razón de un lazo de retención que implica que el hacendado pueda encontrar todas las trampas, ya muy conocidas, para retener indios argumen­tando deudas de los mismos.

A principios del siglo XVII la encomienda se prolonga por una vida más y luego se volverá a prolongar en el disfrute de los encomenderos; de hecho la encomienda es hereditaria. Pero en 1718 se redacta la abolición de la encomienda. Ya no se otorgarán más títulos de enco­mienda y las vacantes deben volver a la Corona. No obs­tante, como sucede con la legislación de Indias, la institución, subsiste. A fines del siglo XVIII se lo constata ofi­cialmente.

Dejemos claro nuevamente otra cuestión importante. La tierra no era del encomendero, la había recibido como merced y tenía ciertas obligaciones. La tenencia eminen­te era de la Corona. La concesión era de usufructo. Pa­reciera que se está parafraseando la definición de contra­to feudal que aplica Marc Bloch al caso europeo; desde un punto de vista estricto la relación feudal es un con­trato de usufructo. Se podrá argumentar que de hecho, la tenencia de tierra de estos hacendados en América los hacía independientes. ¿Pero podemos decir que era me­nos independiente un Guillermo el Conquistador con res­pecto del rey de Francia, de quien era vasallo, y que en 1066 lleva a cabo la conquista del reino de Inglaterra para sí, convirtiéndose en más poderoso que su amo y señor? La realidad es siempre más importante y más conflictiva que cualquier contrato o legislación.

El trabajo forzado en las minas, que era lo normal con la mita del siglo XVI y XVII se transforma poco a po­co en el laborío, que es un trabajo asalariado, por lo me­nos formalmente, como lo dice Humboldt a principios del siglo XIX. En realidad el sistema de mita o cuatequil es también, según Silvio Zavala «sistema forzado de trabajo por salarios». Lo que sucede es que la ficción del salario es importante, especialmente para desorientar al historia­dor. La contradicción está en la misma definición: o es forzado o es por salarios. Al definirlo así se requiere una explicación.

El salario en la actividad mitaya es fijado por reales cédulas, pero es una ficción. Hacia 1600 incluso, se fijan aumentos en los salarios de los indios mitayos: de 1/2 real por día o a casi 2 reales diarios. Sin embargo esto es pura ficción: no hay economía dinerada en manos de los indios. En el siglo XVII, en una mina tan importante como Huancavelica en Perú, se detallan los gastos anuales to­tales. Hay minuciosidad, hasta se consigna el precio de una cuchara, pero no figura mención alguna de cifras de pago a los indios mitayos. Se dice que se les paga, pero el monto ni siquiera es mencionado en el presupuesto.

La forma más orgánica del funcionamiento de ese sis­tema de trabajo es que el gañán o el laborío indígena, ya representan el sistema de explotación por deudas. Se for­maliza legalmente la explotación de los indios, considera­dos libres y no esclavos, y así de la mita o el cuatequil se pasa a la gañanía o al laborío. Junto con el salario nominal se lleva el libro de cuentas. El indio compra con vales en la tienda de raya y se va endeudando. Cuando el indio endeudado quiere irse, le exigen previamente el pago de su deuda, si no paga no puede hacerlo. El indio está vinculado así a la tierra. La tienda de raya es su verda­dero anclaje. En cuanto a dinero, ni lo conoce. Como no lee el español, sólo sabe que le anotan en un libro un nú­mero de lo que se le dice ha ganado; al lado se le des­cuenta lo que lleva de la tienda de raya. La ficción de funcionamiento de un mercado es completa. En la Revo­lución Mexicana de 1910, existen indios endeudados des­de ocho generaciones. Porque lo que faltaba acotar es que la deuda se hereda. El sistema se cierra y el hacendismo es una estructura que sólo formalmente tiene apa­riencias de una actividad capitalista, se trabaja en con­diciones de atraso tremendas y se refuerzan los lazos serviles.

Muchos de estos hacendados, llegado el momento, to­marán parte con los criollos en la lucha por la independen­cia de España. Es que en ellos predomina el interés de eliminar toda la ligazón jurídica con la Corona. Ya no ten­drán títulos de usufructo de tierras, ahora serán propieta­rios.

Esta estructura de funcionamiento de la hacienda, y la organización del trabajo en la minería o la actividad agrícola, muestra claramente que no existen allí relaciones capitalistas. O sea que tampoco podemos ubicar en este sector la aparición de una burguesía, sea minera o terra­teniente. Esta actividad está en manos de una verdadera aristocracia colonial que explota una mano de obra escla­va o servil. Sus relaciones comerciales con Europa no di­suelven este mecanismo de funcionamiento sino que lo refuerzan. Es el ciclo de la dependencia y la monocultura Estos hacendados venden en Europa y de allí obtienen sus productos de lujo. Pero no crean un mercado interior y no hay verdadera economía capitalista ni monetaria ligada a las grandes masas de trabajadores mineros y agrícolas.

Algo distinto sucede en la ciudad, y en la organización de la actividad artesanal y comercial urbana. Aquí surge, aunque débilmente una burguesía mercantil. Y lo que su­cede en el campo, claro proceso no capitalista y básico para ulteriores consideraciones, ya que se trata de la in­mensa mayoría de la población total, debe ser vinculado a lo que sucede en este ámbito urbano y comercial. Nos fijaremos más detenidamente entonces en el artesanado y el comercio.

El artesanado aparece en América como forma de or­ganización de una actividad especializada, en el pasaje de la conquista a la colonización. El siglo XVI es escenario de este desarrollo. No hay ninguna duda ni discusión so­bre la existencia de este artesanado. Se los requiere en tareas especiales: plateros, orfebres, carpinteros, tallistas, etc. Asistimos a una organización de gremios por especia­lidad y a funcionamiento del taller artesanal.

Pero la organización artesanal es una forma medieval. Cuando definimos el modo de producción feudal dijimos que el artesanado era la otra cara de la servidumbre de la gleba. Señorío y artesanado son dos formas de organiza­ción del trabajo, complementarías, y que hacen a la defi­nición del feudalismo.

Sí hay un argumento objetivo de la inexistencia de una sociedad capitalista en América, reside claramente en las consecuencias de la crisis del siglo XVII en Europa, que en el campo americano provoca hacendismo y endeuda­miento del peón; en la ciudad refuerza el artesanado. Si existiera un germen de funcionamiento capitalista, la cri­sis del XVII habría provocado su desarrollo. De formas de transición se habría pasado a la manufactura. Por lo con­trario, nada de eso sucedió.

Está probado que cuando, en relación con un país de­pendiente, su metrópoli atraviesa dificultades, en el país dependiente se desarrollan al máximo sus aptitudes esta­blecidas. Por ejemplo, cuando se produce la primera guerra mundial o la crisis de 1929, en la medida que existen una burguesía y manufacturas en varios países latinoame­ricanos (en el caso de Argentina), se aprovecha la crisis de Europa para posibilitar el desarrollo de la industria e independizarse del abastecimiento exterior. Que ello pue­da o no ser realizado conscientemente no anula que objeti­vamente las leyes del funcionamiento económico capitalis­ta impongan estos recursos. En Argentina se creó una industria de alimentación y del vestido que sustituye las importaciones en estos rubros. Cuando las metrópolis se recobran de su crisis deben encarar una nueva realidad en sus lazos de dominio, para mantener la dependencia de estos países.

En el siglo XVII y XVIII, si hubiera existido un germen de capitalismo, se habría desarrollado la manufactura en América. No sólo eso no sucedió sino que se consolidó el funcionamiento artesanal.

Esta consolidación es notable en México y Lima. Se­gún Kossok, adviene un auge de los gremios artesanales que, por la caída del comercio con España, aumentan su producción local. Es innegable el auge del comercio lo­cal. Pero no han cambiado las relaciones de producción ni se ha modificado la organización de la producción en el taller. De allí que la conclusión sea que «la trabazón feudal del artesanado es aquí más firme que en la me­trópoli» según Kossok. Los principales beneficiados fue­ron los orfebres y plateros y ellos constituían lo más ex­clusivo de los gremios. En cambio en el Río de la Plata aun casi no existen gremios organizados. Pero ello no es porque la producción se organizara de otra manera, sino porque casi no hay producción.

O sea que la crisis del XVII no implica la aparición de la manufactura sino el refuerzo de los gremios; por otro lado, la producción sigue estando orientada hacia el exterior, al margen de que se desarrolla lentamente un mercado interno. Ello hará crecer las ciudades. Pero la única beneficiada, por ahora, es una débil burguesía mer­cantil, de tipo urbano.

La burguesía mercantil en la sociedad colonial es de esta manera sólo un elemento marginal de su funcionamiento. Así como lo era en la sociedad feudal de la alta y baja Edad Media.

Esta burguesía se relaciona con los productores y hace de intermediaria en el mercado local, trata de im­portar artículos, gran parte de las veces lo hace de contra­bando. Del mercader en la colonia, a veces trashumante como su antecesor medieval, se evolucionará a un co­merciante bien asentado en los centros urbanos, relacio­nado con Europa y con la élite criolla. En donde por sus características pueda beneficiarse con el contrabando, que siempre existió en las colonias, a pesar de las penas y prohibiciones que dictaba la corona, su crecimiento es más dinámico.

Todo ello trae como consecuencia la existencia de un comercio, pero que se desarrolla en los intersticios de la sociedad colonial. No es su característica básica. Como clase social la burguesía es raquítica y su peso sólo em­pezará a visualizarse en las luchas por la independencia a principios del siglo XIX. Hasta ese momento vegeta. Es más, podríamos establecer una fecha importante: a fi­nes del siglo XVIII la creación de los virreinatos de Nueva Granada y Río de la Plata está reconociendo una nueva realidad. En este período, el Río de la Plata pasa a tener importancia como centro de intermediación entre Perú y España. Estas décadas de fin del XVIII y principios del XIX son esenciales para el salto en la formación de una bur­guesía mercantil. Es importante verificar nuevamente al­go que ya dijimos antes. Al darse condiciones exteriores favorables, si existe aunque sean en germen las condi­ciones para el salto, ese salto comienza a producirse. De ello usufructúa en este caso la burguesía mercantil. Pero de ello no pudo usufructuar una manufactura no incipiente sino inexistente en el XVII.

«Son dos las características que distinguen desde el primer momento al régimen capitalista de producción di­ce Marx. Primera: este régimen crea sus productos con el carácter de mercancías. Pero el hecho de producir mer­cancías no lo distingue de otros sistemas de producción; lo que le distingue es la circunstancia de que en él, ser mercancías constituye un carácter predominante y determinante de sus productos. Implica, en primer término, el hecho de que en él, el propio obrero aparece como ven­dedor de mercancías, y por tanto como libre obrero asa­lariado, y por tanto el trabajo como trabajo asalariado con carácter general [… ] La segunda característica especí­fica del régimen capitalista de producción es la produc­ción de plusvalía como finalidad directa y móvil determi­nante de la producción.» Ya nos hemos referido a ambas características: por un lado no existe el obrero asalaria­do, y tampoco el peón asalariado. Las formas de salario que existen son pura ficción. Porque para que ese salario sea el salario capitalista el obrero o peón debe ser libre. La primera forma capitalista es la manufactura y en Amé­rica no existía. La existencia de riqueza y de una burguesía mercantil, es parte del funcionamiento del feudalismo de los siglos XII a XVI, y no entra en conflicto con la caracterización que estamos haciendo.

En cuanto a la característica de la plusvalía capitalista diferencia de la plusvalía en general de otros modos de producción, es la siguiente: la plusvalía se realiza en el mercado pero debe reinvertirse básicamente en el aparato de producción nuevamente. Hay plusvalía en la medida que hay organización del trabajo. La plusvalía es la for­ma en que se da la ganancia. Pero como trabajo excedente no remunerado, sólo en el capitalismo es objetivo directo. No se debe confundir plusvalía en dinero con plusvalía ca­pitalista. Puede haber plusvalía (trabajo excedente no re­munerado) que se concreta como dinero; pero de allí a que sea plusvalía capitalista hay un trecho muy grande, lo mismo que el dinero no es capital y existe dinero his­tóricamente antes de que existiera capital. Ni dinero, ni riqueza, ni usura por sí mismas son capital pero, como dice Marx, son la prehistoria del capital.

En relación con la actividad agraria, la renta que ob­tienen los hacendados es una renta natural, en produc­tos, con motivo de la explotación de los peones (gañanía, laborío, etc.). Dice Marx: «La transformación de la renta natural en renta en dinero, va además, no sólo necesariamente acompañada, sino incluso anticipada, por la formación de una clase de jornaleros desposeídos que se contratan por dinero».

Queremos insistir. No sólo necesariamente acompa­ñada, sino incluso anticipada, por la presencia del asala­riado. Es evidente que así no funcionaba la hacienda co­lonial: la renta natural no es renta en dinero, y no existe obrero asalariado.

Otra cosa es que, a posteriori de la producción, el comercio exterior le reditúe determinados beneficios al ha­cendado. Pero el comercio no determina ningún modo de producción. Solo hace que se concrete la ganancia.

En América Latina, este funcionamiento que estudia Marx, no se dio y de allí que sea inadecuado hablar de «capitalismo colonial» o «capitalismo comercial».

Y hablando de las colonias y de que no existe un verdadero divorcio entre la agricultura y la industria, dice Marx: «Si no se ha destruido todavía la industria domés­tico-rural […] ¿Dónde va a encontrar el capital su mer­cado interior?» Y sigue: «La gran belleza de la producción capitalista está en que no solo reproduce constantemente al obrero asalariado como tal obrero asalariado, sino que además crea una superpoblación relativa de obreros asa­lariados, proporcionada siempre a la acumulación del ca­pital.» Y es obvio que esto no se puede encontrar, en ningún lugar de América Latina, durante el período colo­nial.