Recomiendo:
0

La sonrisa del emperador

Fuentes: Rebelión

La sabiduría popular asegura que no hay bestia más peligrosa que la que está malherida. El imperialismo está malherido. Proclamó su victoria en el ridículo discurso que pronunciara George W. Bush disfrazado de piloto militar en la cubierta de un portaviones en la bahía de San Diego sólo para convertirse en un conspicuo sepulturero de […]

La sabiduría popular asegura que no hay bestia más peligrosa que la que está malherida. El imperialismo está malherido. Proclamó su victoria en el ridículo discurso que pronunciara George W. Bush disfrazado de piloto militar en la cubierta de un portaviones en la bahía de San Diego sólo para convertirse en un conspicuo sepulturero de casi mil soldados, mercenarios, guardias privados y civiles norteamericanos a manos de quienes supuestamente los habían recibido con los brazos abiertos. Hoy, la preocupación excluyente de la Casa Blanca es la de cómo salir de Irak lo antes posible: los nativos parece que aprendieron rápido lo que palabras tales como «derechos humanos», «libertad» y «democracia» significan cuando las pronuncian en inglés, sea de labios de Bush o de Blair, y están despidiendo a sus liberadores con un indigesto cóctel de metrallas. Se impone entonces una retirada.

El servil sirviente español ya es un cadáver político y los soldados dominicanos, mañosamente reclutados por Aznar, ya están de vuelta. El mayordomo inglés siente que se le mueve el piso bajo sus pies; no sólo porque no logra introducir un mínimo de racionalidad en la carnicería iraquí sino porque ni siquiera consigue que el rústico vaquero le devuelva los súbditos de Su Majestad arrojados en Guantánamo. El escándalo de las fotos y videos tomados en la cárcel iraquí está carcomiendo el frente interno más rápidamente que durante los años de Vietnam y demuestran fehacientemente que el proceso de putrefacción del imperio, antesala de su ineluctable derrumbe, se encuentra más avanzado de lo que muchos creían. Para colmo, en el mismo gobierno se profundiza una escisión entre dos líneas: la liderada por Donald Rumsfeld y la Señorita Rice (ninguno de los cuales jamás tomó entre sus manos un M-16) y la comandada por Colin Powell. En síntesis: en las alturas del estado norteamericano ya no saben qué hacer, y el «liderazgo» de George W. no les ayuda mucho que digamos a la hora de encontrar el rumbo correcto. Como lo demostró en su momento Afganistán, arrasar a un país no significa controlarlo. Irak reactualiza hoy esa enseñanza.

La voz de orden es huir cuanto antes del infierno, pero es preciso fingir serenidad y dominio de la situación. La inestimable ayuda de los medios de comunicación cada vez más monopolizados por la burguesía y la multibillonaria industria publicitaria harán posible, tal vez, disimular la derrota. De lo que se trata es de maquillar el revés y hacerlo aparecer como si fuera una aplastante victoria que abre camino a la constitución de una nueva autoridad iraquí. Para eso nada mejor que apelar a esa incomparable sonrisa eternamente dibujada en el rostro del jefe de los invasores, enigma que supera al que suscita la sonrisa de la Gioconda. Si en ésta podría conjeturarse que la misma delataba una sensualidad reprimida por los rigidísimos cánones morales de la época, la crónica sonrisa del presidente norteamericano, en cambio, es de otro tipo. Es la misma que exhibía Mark David Chapman, el infame asesino de John Lennon cuando lo sorprendieron con el arma todavía humeante luego del magnicidio. Es la del sujeto cuyas pocas luces le impiden adquirir conciencia del desastre que producen sus acciones, y entonces sonríe; sonríe porque el mundo le resulta demasiado complejo para su simplicidad intelectual y demasiado tentador dada la impunidad que le otorgaba, en un caso, el del magnicida, su anonimato y, en el del emperador, su poder.

Pese a sus limitaciones su instinto político le dice que necesita un enemigo externo para ganar las elecciones. Irak ya no le sirve porque entre los muertos y las fotos la carta de triunfo se ha convertido en un salvavidas de plomo. La crisis palestina amenaza con salir fuera de control, Afganistán y el Asia Central parecen ser ingobernables y para colmo en la India se produjo la caída de su peón y el retorno de una Gandhi al gobierno. Por eso el emperador, con su característica sonrisa, se acuerda de la Doctrina Monroe y se repliega en América Latina para recuperar el aliento. Sus medidas son claras, y responden a una suerte de acto reflejo dirigido a eliminar a sus dos grandes preocupaciones en la región: Fidel y Chávez. En primer lugar, manda endurecer aún más el criminal bloqueo practicado contra el pueblo cubano, en una vil maniobra motivada por sus necesidades políticas y con total indiferencia ante los sufrimientos que ella va a provocar. Supone que tal medida encontrará un eco favorable en la comunidad cubana del sur de la Florida. Sus amigos le dicen que son todos exiliados políticos y que están allí porque detestan a Castro. Sus asesores asienten inclinando la cabeza, pese a que cualquier estudiante de primer año de sociología les habría demostrado que el exilio cubano no es diferente del mexicano, ecuatoriano, dominicano o peruano y que está motivado fundamentalmente por causas económicas. Esa comunidad ahora sufrirá también ella las consecuencias de las brutales decisiones tomadas por Bush. La mayoría de esa gente salió de Cuba para ayudar económicamente a su familia. Ahora ya no podrán. Y aprenderán, como ya lo saben los cubanos que se quedaron en Cuba, que Estados Unidos tiene preparado un programa para «democratizar» a Cuba cuyos primeros pasos prácticos pueden verse en las fotos y videos tomados en la cárcel de Abu Ghraib. Esta es la manera como Washington «enseña democracia» en todo el mundo.

Pero las ambiciones presidenciales no terminan allí. Venezuela es otra espina más, y el desparpajo de Chávez una presencia intolerable, sobre todo después que algunos recientes y muy confiables informes han llegado a la conclusión de que su subsuelo albergaría más reservas de petróleo que la mismísima Arabia Saudita, lo cual excita la codicia sin fin del imperialismo. Aquí un bloqueo no es posible, y menos en las condiciones actuales. Pero por allí andan los paramilitares colombianos, siempre tan comprensivos con las necesidades del imperio, para dar una mano y acabar con Chávez aplicando el plan que tan buenos resultados diera en Nicaragua: reclutar algunos pobres tipos y disfrazarlos de «contras»; convertirlos luego ­-otra vez, gracias a los medios- en «combatientes por la libertad»; apoyar a esas fuerzas para que ocupen una porción del país en una zona remota y fronteriza y la declaren «zona liberada» de la tiranía chavista; convocar de urgencia, en cuestión de horas, a una conferencia extraordinaria de la OEA, siempre lista para atender a las urgencias del Tío Sam, para que haga un llamado a la concordia y la pacificación nacional reconociendo la legitimidad de los insurrectos armados y financiados por el imperio y la necesidad de iniciar conversaciones para facilitar una «transición» que quite a Chávez del medio. Luego entrarían a jugar los tradicionales mecanismos de manipulación ideológica, chantajes y sobornos, la rápida organización de una coordinadora democrática y, finalmente, la liquidación de la revolución bolivariana.

Para ello la Casa Blanca cuenta con el incondicional apoyo de la mayoría de los gobiernos de la región, que hace rato abdicaron de cualquier pretensión de sostener una política exterior relativamente independiente de la dictada por Washington. Para muestras basta un ejemplo: el reciente voto de México en contra de Cuba en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU fue oficialmente anunciado por la Casa Blanca al mismo tiempo de que el presidente Vicente Fox decía a los periodistas de su país que su gobierno estaba discutiendo cual iría a ser la postura mexicana en tan urticante cuestión. En pocas palabras, al procónsul le ahorraron el trabajo y el emperador se encargó por su cuenta de decirlo. Si eso ocurre con México fácil es comprender el atropello que el imperio ejerce sobre países aún más débiles que éste.

Estados Unidos cuenta también con importantes socios en la región: los personeros de la mafia enquistada en Miami, una ínfima minoría de la comunidad cubana radicada en dicha ciudad, que también tiene sus representantes en Venezuela. Su jefe, el zar de los medios venezolanos y uno de los más importantes de América Latina, Gustavo Cisneros, controla los más importantes canales de televisión, y todo el grupo se reparte el control de las radios y la prensa gráfica. Incluso se dan el gusto de financiar, gracias al auxilio oficial norteamericano, a un periódico, El Nacional, que está económicamente quebrado hace años pero que cumple una importante misión en la frontal batalla ideológico-política contra el gobierno. Fue seguramente por casualidad que los paramilitares colombianos fueron hallados en una finca situada en las afueras de Caracas propiedad del «gusano» Robert Alonso. Y también fue casual que en ese mismo momento Roger Noriega denunciara ante la inefable Sociedad Interamericana de Prensa los supuestos atropellos a la libertad de expresión en Venezuela, uno de los pocos países latinoamericanos en donde, pese a los insultos diarios a la figura presidencial y al gobierno de Chávez, no hay un solo periodista procesado, preso, exiliado, asesinado o desaparecido.

Los estrategos del imperio parecen ignorar que Cuba, que resistió cuarenta y cinco años de bravatas y provocaciones, dará también cuenta de Bush hijo como ya lo hizo antes con Bush padre; y que Venezuela, con Chávez o sin él, ya nunca volverá a ser lo que era antes. Allí radica el núcleo duro de la revolución bolivariana, más allá de las evidentes limitaciones que exhibe en otras cuestiones. Por eso, torpe y degradado moralmente; malherido y temeroso, el imperio pueden llegar a promover iniciativas tan feroces como descabelladas en un vano intento por detener lo inevitable. Los pueblos de América Latina deben estar concientes de esta situación, y estar preparados para resistir renovadas presiones y presenciar los más aberrantes ataques a sus ansias de justicia, libertad y democracia.