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La última Siempreviva

Fuentes: Rebelión

«-Si estuviera viva ya la hubiéramos encontrado. -Si estuviera muerta también.» La Siempreviva   El escenario modesto y familiar. Un ramillete azul en cada asiento. En penumbra los actores rígidos, las velas titilando sobre sus manos. El público emocionado e impaciente, entre incómodo y expectante. La ansiedad invade el recinto y no es para menos: […]

«-Si estuviera viva ya la hubiéramos encontrado.

-Si estuviera muerta también.»

La Siempreviva

 

El escenario modesto y familiar. Un ramillete azul en cada asiento. En penumbra los actores rígidos, las velas titilando sobre sus manos. El público emocionado e impaciente, entre incómodo y expectante. La ansiedad invade el recinto y no es para menos: algo tremendo viene. Un portazo. Se estremecen las velas, arranca el corrillo incomprensible de voces y movimientos aleteando patio adentro de lo que -se adivina- es una vieja casona bogotana convertida en inquilinato. Comienza la última función de La Siempreviva. El final de un clásico.

El 8 de noviembre fue la cita en la Casa del Teatro Nacional. Casi se trata del mismo elenco que con el dramaturgo Miguel Torres dio vida y fama a este montaje considerado uno de los mejores en la historia del teatro colombiano. Han pasado veinte años exactos desde el estreno, han transcurrido más de mil funciones, han corrido ya casi tres décadas de los desafortunados hechos del Palacio de Justicia. Carmenza Gómez recita con fuerza emocionante: «mientras puedan pagar los muertos de este país será muy fácil seguirlos matando». He aquí un resumen de historia patria.

Inspirada en el caso de la desaparecida Cristina del Pilar Guarín, la trama se abre pintando las miserias cotidianas de una modesta casa de inquilinato. Desfilan por el lavadero y las ropas colgadas del patio los arquetipos de una Colombia que naufraga: el cruel usurero. El abogado leguleyo sin escrúpulos. El hijo calavera. El típico rebuscador de esquina con su mujer maltratada, ambos siempre haciéndole piruetas al hambre. La dueña del hogar venida a menos, agobiada en deudas que son impagables. Tal entorno saturado de dificultades realza el carácter tenaz y esperanzador de Julieta Marín, la protagonista que sale una mañana al trabajo en la cafetería del Palacio de Justicia. Nunca volverá.

Miguel Torres habría podido, por ejemplo, recrear la impactante incursión de los tanques artillados al Palacio. Hubiera podido sucumbir a la tentación de que sus actores representaran el tiroteo con que la guerrilla inició la toma. O enceguecer el escenario en el bombardeo, con los fuegos malditos del incendio, con los cadáveres humeantes. Hubiera podido narrar las correrías de su personaje y los demás rehenes tomados por los subversivos al interior del Palacio, el ingreso de los soldados, la oscuridad de alguna guarnición del Ejército, las torturas, las golpizas, los interrogatorios militares, las ejecuciones, las fosas comunes. Crímenes atroces que medio país imagina o contempla por televisión cada tanto. Ninguna de esas certezas tenebrosas emerge en la actuación, aunque el espectador las presiente. Ninguno de estos horrores históricos será visible, apenas van sugeridos entre disputas menores como cobrar la renta, golpear a la esposa, hipotecar la casa. Lo político se infiere a través de puras conjeturas. El dramaturgo prefiere fantasear con las conversaciones de las señoras en el lavadero mientras ruidos atronadores estallan en el centro de la capital. Prefiere sintonizar la radio, como hizo cualquiera ese 6 de noviembre de 1985 para saber qué estaba pasando. Nos recuerda que los locutores cambiaron la Historia, con mayúscula, por un partido de futbol. ¿Ganó Millonarios?

Miguel Torres elige que los horrores cotidianos son más aterradores. Quizá por circunstancias de escenografía, por respeto a las víctimas, quizá por afanes propios del teatro, o también por su genialidad como director, La Siempreviva terminó siendo una obra maestra en su abordaje del tema, el mejor drama que existe en el país sobre los desaparecidos: un relato de incertidumbres y no de certezas. La narración evita a toda costa la figuración explícita de la violencia política que es, paradójicamente, el trasfondo.

La tensión galopante incendia el inquilinato, simultáneamente la protagonista con su ausencia determina el conflicto acentuando los caracteres de los demás personajes. ¿Una obra de teatro donde la protagonista interviene justamente con su no actuación, con su ausencia que resulta definitiva? Si. Otra genialidad de Torres. Lo más doloroso de un desaparecido es que sigue siempre ahí, justamente porque no está. La tragedia hilada con fina incertidumbre.

Acaba esta función, dolorosa a la vez que enérgica, pero muy conmovedora por ser la última. «Es mi deseo que La Siempreviva siga siempre viva en la memoria de ustedes». Con esa frase breve y unas lágrimas Miguel Torres se despide de los aplausos estruendosos. Yo me quedo convencido que este montaje genial, capaz de arrancar llanto de verdad tanto al público como a los actores cuando culmina la función, tiene que ser una pieza enorme, un clásico gigante, que voltea por completo la mirada sobre el Palacio de Justicia. Es una comprobación dura: los verdaderos protagonistas nunca estuvieron adentro matándose a tiros, sino afuera, contemplando con inocencia o complicidad o impotencia el derrumbamiento de su país.

Fotografía: Casa del Teatro Nacional.