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La vieja mentira de morir por la patria: Wilfred Owen

Fuentes: fliegecojonera.blogspot.com

Era un 26 de junio de 1917 cuando abordó un tren desde Dunbar. Habrá suspirado al ver el sol brillar desde las ventanillas sobre las colinas de Pentland y vislumbrar la skyline de la noble Edinburgh con el recortado perfil del castillo. Veterano del frente, se dirigía a un hospital de guerra. Wilfred Edward Salter […]

Era un 26 de junio de 1917 cuando abordó un tren desde Dunbar. Habrá suspirado al ver el sol brillar desde las ventanillas sobre las colinas de Pentland y vislumbrar la skyline de la noble Edinburgh con el recortado perfil del castillo. Veterano del frente, se dirigía a un hospital de guerra. Wilfred Edward Salter Owen se encontraba en Francia cuando la guerra estalló en 1914. Era tutor de inglés en Bordeaux para una familia burguesa adinerada. Escribía poemas estilo georgians o intentando imitar a su amado Keats. En un ataque de nacionalchauvinismo retorna a Inglaterra y se enlista como voluntario en los Artist’s Rifles. En 1916 es comisionado como teniente segundo en el The Manchester Regiment y enviado a Francia, justo para la desastrosa ofensiva en el Somme. En este matadero el ejército británico, que era llamado por la prensa triunfalista como el «Big Push», tiene el triste honor de ostentar el récord histórico de bajas en un solo día de batalla: 19.000 muertos y 40.000 heridos. Sus orígenes sociales eran de clase media baja galesa, con una educación cristiana-evangélica al mejor estilo del personaje Stephen Daedalus de Joyce.

¿Qué se siente cuando a uno lo envían a una muerte segura y horrible? Owen lo describe en una carta del 14 de mayo de 1917: «The sensations of going over the top are about as exhilarating as those dreams of falling over a precipice, when you see the rocks at the bottom surging up to you.» Es lo más parecido a la euforia en esos sueños en que caes en un precipicio y compruebas que las rocas vienen hacia ti y no puedes hacer nada. Al mando de la compañía «A», con veinticinco muchachos de no más de veinte años de los Manchester’s, recorre el frente infernal del Somme. Su barómetro espiritual comienza a descender sin pausa. Pasa el invierno 1916/1917 congelándose en los dug-outs inundados y llenos de cadáveres; sus hombres mueren de frío o terminan con sus miembros amputados por el «pie de trinchera». Todos desean una herida benigna para volver a casa. Su primer destino en el frente es la llamada «La Signy Farm», en el campo de batalla de Serre. Ocupa una trinchera alemana vacía en el medio de la No Man’s Land y debido al fuego terrorífico de artillería permanece encerrado con sus hombres durante cincuenta horas en un oscuro refugio: «Those fifty hours were the agony of my happy life……», escribirá. De esta experiencia saldrá su poema «The Sentry». En abril de 1917 participa en la llamada «Spring Offensive», un ataque contra la ciudad de St. Quentin. El pueblo formaba parte de una poderosa línea fortificada alemana de trincheras y reductos de concreto, la «Hindenburg Line». El ataque apoya a otro paralelo de los franceses. El objetivo de Owen es una trinchera con el nombre de Dancour. Mientras esperan la orden de ataque, son machacados por al artillería pesada, con muchas bajas. Finalmente atacan a través de la tierra de nadie y al llegar a su objetivo encuentran la «Dancour Trench» vacía. Es demasiado para Wilfred. Esa noche el comandante recibe noticias de que Owen no está en condiciones de liderar a sus hombres. Se encuentra absorto y en estado de trance. Más tarde describirá esta experiencia en su poema «Spring Offensive». Es enviado a la retaguardia, al hospital de campaña en Gailly y de allí al hospital de guerra en Edinburgh, Escocia.

Ahora con veinticuatro años podía contar la épica de la guerra, la antiepopeya de muerte, miseria y sinsentido. Su caso caía dentro del llamado «Shell-Shock», que se suponía era una neurastenia de guerra. En 1914 médicos británicos revelaron su presencia en forma de bloqueo de la atención, ataques de pánico, carencia de concentración, cefaleas e irritabilidad. Los hombres con tal desorden mental eran inútiles en el frente. Algunos psiquiatras dedujeron, por el origen de los soldados afectados (la mayoría de Flandes, Gallipolli e Isonzo), que debían haber sido afectados por el fuego de artillería pesada. Se pensaba que el impacto físico de un proyectil de gran tamaño producía un vacío, un vacuum, y que el aire se introducía por este vacío hacia el fluido de la glándula espinal, que terminaba conmocionando el trabajo normal del cerebro. Para regenerar estos guerreros confundidos se creía que sólo era necesario un largo período de descanso y ocio en lugares idílicos. En la Gran Guerra (1914-1918) el ejército imperial británico reconoció alrededor de 80.000 afectados por el «Shell-Shock», aunque muchos de estos casos fueron considerados como malingeres (fingidos). Muchos se suicidaron. Los que volvían se negaban a seguir órdenes superiores. Otros intentaban desertar o se auto-inflingían heridas. Un gran cantidad (exactamente 306, la mayoría en Francia) recibió una corte marcial (que no tardaba más de veinte minutos en expedirse) y fueron fusilados in situ. Noventa años después, gracias a la lucha de sus descendientes, en agosto de 2006 fueron perdonados por el estado y su memoria rescatada del deshonor. A otros casos menos graves (como borracheras o dormirse de guardia) se le aplicaba la tradicional Field Punishment Number One. Un castigo flemático sobre el terreno, que consistía en ser atado a un objeto fijo durante horas o una jornada completa durante cuatro meses, a campo abierto.

Un taxi condujo a Wilfred al famoso Craiglockhart Hydropathic Establishment, un antiguo centro de recuperación de alcohólicos pudientes con terapia de agua. Una bella construcción victoriana cercana a la oscura sombra de la Wester Craiglockhart Hill («The Craig» como le llamaban a la colina), ahora hospital de guerra para oficiales. Se erigía en el distrito de Slateford. El edificio había sido construido entre 1877 y 1880, en un pesado italian style, con una fachada bien toscana. El ambiente interior, con las instalaciones dedicadas a la terapia acuática, era depresivo y sombrío. El sobrenombre que le daban sus pacientes era «The Hydro». La pequeña habitación que le tocó en suerte a Owen estaba en la sala norte, tercer piso. Encontró el lugar abarrotado de oficiales con graves problemas psíquicos, psicosis y neurosis de guerra. Todos quebrados, de alguna manera. Allí se producirá un encuentro notable con un escritor de algún renombre, Siegfried Loraine Sassoon, quien se transformará en guía y mentor de su trabajo poético. Una amistad vertiginosa (algunos la relacionan con cierta atracción homosexual) que recuerda a las mejores tradiciones griegas de discípulo y maestro. Sassoon era todo un senior poet que había sido acusado de tener una neurastenia aguda debido a sus críticas, no sólo a la guerra en sí y sus objetivos económicos-coloniales, sino al corazón del sistema político y militar del Imperio Británico. La vida de Owen ya no será igual. A los conocimientos y aportes de Sasson se agrega toda una serie de contactos del grupo de amigos, incluido Robert Graves y Robert Nichols. Y allí también saldrán a luz sus primeros poemas, en una pequeña revista literaria, «The Hydra», que editaba el hospital como pasatiempo catártico. Allí llegará a esta conclusión luminosa en una línea de su «Preface»: My subject is War, and the pity of War. The Poetry is in the pity. (Mi tema es la Guerra, y la compasión de la Guerra. La poesía está en la compasión»). Y escribirá su mejor poema: «Dulce et Decorum Est».

La corta carrera de Owen como poeta es de una velocidad rimbaudiana. No existen muchos casos similares. Sus poemas fueron escritos en un lapso de no más de dos años. Su primer poema sobre la guerra fue «1914», escrito en el mismo año -aunque el turnpoint de su trabajo poético intenso y maduro comenzó realmente en agosto de 1917 en Craiglockhart con el poema «The Dead-Beat», una obra de crudo y moderno realismo- y duró catorce meses hasta su muerte. Fue decisivo su encuentro con el admirado Sassoon, como le cuenta en una carta a su primo estaba escribiendo: «something in Sassoon’s style, which I may as well send you». Y le agrega más adelante los trabajos de corrección de su nuevo compañero: «He (Sassoon) was struck with ‘The Dead-Beat’ but pointed out that the facetious bit was out of keeping with the first and last stanzas. Thus the piece as a whole is no good.» Ese poema fue el inicio de la transformación del joven Owen, dubitativo e inseguro, en un poeta modernista, realista, satírico y con plena lucidez. Gracias a la escritora Pat Barker y a la primera novela (multipremiada) de su trilogía sobre la Primera Guerra Mundial, «Regeneration» (Plume, 1991) podemos reconstruir en forma literaria el ambiente de Craiglockhart y las relaciones entre Sassoon y Owen, además de la aparición de Graves y de la relación con el psiquiatra freudiano W. H. Rivers a cargo de la recuperación de los enfermos con técnicas heterodoxas. En 1997 se realizó un excelente film basado en la novela: «Regeneration», dirigido por Gillies Mackinnon con Jonhatan Pryce como Rivers, James Wilby como Sassoon y Stuart Bounce como Owen. Lo cierto es que regenerado por la estadía en el hospital es enviado de nuevo a Francia, esta vez en el avance en la ciudad de Ors. Su regimiento es parte del intento de cruzar el canal Sambre-Oise. Los ingenieros han construido pontones rígidos y flotables sobre el agua, además de botes y lanchones. Owen con sus hombres aguarda en una orilla. A las cinco de la madrugada comienza el cruce bajo fuerte fuego alemán de ametralladoras y artillería. Los puentes son destruidos, el caos es total. Owen no sobrevivirá. Un superviviente que fue herido, su amigo el teniente Fowlkes, lo vio por última vez intentando cruzar bajo fuego intenso a bordo de una balsa. Era el 4 de noviembre de 1918, una semana antes del armisticio. La tumba del poeta se encuentra en una esquina del cementerio en Ors, tiene un epitafio elegido por su madre de su poema «The End»: «Shall Life renew these bodies? Of a truth/ All death will he annul» (¿Podrá la vida renovarse en esos cuerpos? De la verdad/ Toda la muerte él anulará»).

En una carta de Owen a su madre de octubre de 1917 le comenta: «He aquí un poema sobre el gas… La famosa cita latina, de las Odas de Horatio, II, 13, significan, por supuesto, que es dulce y placentero morir por su país. ¡Dulce! ¡Y decoroso!». Lo del Gas Poem es sobre los ataques con gases tóxicos en el frente. El uso militar de gases era bien conocido antes de 1914, pero no se utilizaban por razones humanitarias. El ejército francés fue el primero en utilizarlos, lacrimógenos, contra los alemanes durante le primer mes de la guerra. Los alemanes habían utilizado irritantes químicos untando las esquirlas de sus proyectiles de artillería. En abril de 1915 se utilizó por primera vez un gas mortal a escala masiva: los alemanes usaron gas de cloro (sulfuro clorhídrico) en tubos durante la segunda batalla de Ypres contra los franceses. El gas es del tipo asfixiante: destruye los alvéolos pulmonares y se produce una muerte lenta y tortuosa por asfixia. Un testigo declaró que era como ahogarse en agua pero sin ella. Visualmente se forma una niebla verde-amarillenta inconfundible. Sabemos que existe una versión del poema subtitulada «To a Certain Poetess», refiriéndose a la poetisa contemporánea Jessie Pope, una escritora de vibrantes poemas patrioteros y propagandísticos, muy popular en la época. Pope nunca visitó el frente de combate. El poema tendrá dos versiones, con muchas anotaciones y correcciones de la mano de Sassoon. El único borrador que se conserva tiene como fecha el 8 de octubre. El título es irónico. Su estructura se desenvuelve en cuatro estrofas desiguales: las primeras en forma de soneto, las últimas han perdido la estructura. La primera sitúa la escena; la segunda focaliza la acción sobre un hombre que no ha podido colocarse a tiempo la máscara contra los gases venenosos. La tercera es el aftermath: la heroicidad se trasluce a través de una nueva perspectiva. La última y cuarta stanza es para los insensibles civiles (y para la poeta nacionalista) con quien quiere compartir sus vivencias que son verdaderos sueños que asfixian. «My friend» no es otra que Jessie Pope. Los términos son intencionalmente ambiguos y chocantes. Respecto a la técnica, descubre un nuevo elemento que se va a denominar para-rhyme, es decir media rima, y que va a ser utilizado con profusión por poetas posteriores, especialmente en los años ’30. El objetivo: un violento shock iconoclasta a los que creen en la gloria y el honor de morir de manera espantosa e irracional. Un ataque frontal al clima de «Indifference at Home» y del «Bussines as Usual» de la retaguardia. El muerto en la guerra no tiene nada de glorioso sino la cara de un diablo enfermo de pecado. Su reputación será enteramente póstuma, gracias a la edición de sus poemas editados por Sassoon en 1920 con el título «Poems» y por una re-edición ampliada por el poeta Edmund Blunden de 1931, con un estudio preliminar y aparato crítico: « The Poems of Wilfred Owen» (Chatto and Windus) . Vale como final la profecía de Owen enterrado en el lodo del Somme: «We laughed -knowing than better men would come,/ and greater Wars», «Reíamos, -sabiendo que mejores hombres vendrían, y guerras más grandes…».

‘Dulce Et Decorum Est’

Doblados como viejos mendigos bajo bolsas, Chocando las rodillas y tosiendo como viejas, maldecimos a través del lodo Hasta darle la espalda a las condenadas bengalas Y empezar a arrastrarnos a un descanso remoto. Los hombres marchaban dormidos. Muchos ya sin botas Cojeaban calzados de sangre. Todos patéticos, ciegos todos, Ebrios de cansancio, sordos incluso a los silbidos De proyectiles decepcionados que caían más atrás.

¡Gas! ¡Gas! ¡De prisa, chicos! En un éxtasis de torpeza Nos calamos torpes cascos justo a tiempo; Pero alguno seguía pidiendo ayuda a gritos tropezando

Indeciso como un hombre ardiendo en llamas o cal viva. Borroso tras los vidrios empañados y a través de aquella verde luz espesa, Como hundido en un mar verde, lo vi ahogarse.

En todos mis sueños, ante mi vista indefensa, Se abalanza sobre mí, se atraganta, se ahoga, se apaga.

Si en algún sueño asfixiante también pudieras seguir a pie La carreta donde lo arrojamos Y ver cómo retorcía los blancos ojos en la cara, Una cara colgante, como un diablo harto del pecado; Si pudieras oír, a cada tumbo, la sangre Vomitada por pulmones de espuma corrompidos, Obsceno como el cáncer, amargo como pus De viles llagas incurables en lenguas inocentes,–

Amigo mío, no contarías con tanto entusiasmo A los niños que arden ansiosos de gloria Esa vieja mentira: Dulce et decorum est Pro patria mori.

‘Dulce Et Decorum Est’

Bent double, like old beggars under sacks, Knock-kneed, coughing like hags, we cursed through sludge, Till on the haunting flares we turned our backs And towards our distant rest began to trudge. Men marched asleep. Many had lost their boots But limped on, blood-shod. All went lame; all blind; Drunk with fatigue; deaf even to the hoots Of disappointed shells that dropped behind.

Gas! Gas! Quick, boys!-An ecstasy of fumbling, Fitting the clumsy helmets just in time; But someone still was yelling out and stumbling And flound’ring like a man in fire or lime… Dim, through the misty panes and thick green light As under a green sea, I saw him drowning.

In all my dreams, before my helpless sight, He plunges at me, guttering, choking, drowning.

If in some smothering dreams you too could pace Behind the wagon that we flung him in, And watch the white eyes writhing in his face, His hanging face, like a devil’s sick of sin; If you could hear, at every jolt, the blood Come gargling from the froth-corrupted lungs, Obscene as cancer, bitter as the cud Of vile, incurable sores on innocent tongues,– My friend, you would not tell with such high zest To children ardent for some desperate glory, The old Lie: Dulce et decorum est Pro patria mori.

(1917)

  • Traducción: Nicolás González Varela – Ilustración: Otto Dix, «Flandres» (1934)

http://fliegecojonera.blogspot.com/2006/12/la-vieja-mentira-de-morir-por-la.html.