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Lágrimas…

Fuentes: Rebelión

Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos) // hay alguno que ya nunca abriré… escribe Borges en «Límites». Y aunque más de veinte años separen aquella lectura, vuelvo a Sartre, el de Colonialismo y Neocolonialismo, por el impacto de su estilo, su estetidiología, y sabiéndolo de su compromiso en y con el mundo. Será […]

Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos) // hay alguno que ya nunca abriré… escribe Borges en «Límites». Y aunque más de veinte años separen aquella lectura, vuelvo a Sartre, el de Colonialismo y Neocolonialismo, por el impacto de su estilo, su estetidiología, y sabiéndolo de su compromiso en y con el mundo. Será desde esos días, de esas palabras, que hoy abro en la página indicada, como prodigioso presagio de espera, para saber que entre los libros de mi modesta biblioteca hay alguno que volveré a abrir, aquel que me hable de hoy y contenga mis lágrimas inducidas, no para volverme descarnado hierro del no sentir, sino para prevenirme que el dolor que tenemos no es nuestro, y el que debemos tener atraviesa los límites del escamoteo que se nos entrega.

No porque piense como el insigne autor de «Límites» que el mundo viene y pervive en la letra de páginas impresas, voy a la lectura, sino porque Sartre viene a decirnos que «la historia se repite», así, sin la farsa. Sólo algún cambio de nacionalidad, que no alteran ni las proposiciones ni el sentido político que ellas encierran.

«Cuando los felás exterminan a una familia europea, la gran prensa no nos ahorra nada, ni siquiera las fotos de los cuerpos mutilados; pero cuando un abogado musulmán no halla otro recurso que el suicidio, contra sus verdugos franceses, se menciona el hecho en tres líneas para no herir nuestra sensibilidad», y Sartre agrega que «los soldados franceses matan al azar en las calles de Argel, bajo los ojos aguerridos de la población europea: pero ése no es asunto nuestro».

En esta perspectiva de simetría en la que Sartre nos ubica, es imposible conmoverse conjuntamente con el llanto que la prensa nos ofrece frente al luctuoso hecho de Manchester. Ejercicio que nos exige pensar al mundo en un contexto de desinformación apabullante (aunque la mercadotecnia nos imponga que vivimos en «la sociedad de la información»). Como se dice en Colonialismo y Neocolonialismo lo que desmoraliza es «la falsa ignorancia en que se nos hace vivir y que contribuimos a mantener».

El diario Clarín nos recuerda los rostros de las víctimas fatales.

¡Impresiona!…

Impresiona la vigencia del dictum sartreano escrito hace más de medio siglo. ¡La «gran» prensa no nos ahorra nada! Y ese nada incluye la hipocresía en el descubrimiento de que los indigentes pueden ayudar (a pesar de su pobreza), y como si tal pobreza fuera poca (no la del solidario «sin techo» británico, por supuesto) vuelven más pobre a la humanidad al reparar en el andrajoso, al que en ese día y bajo esa circunstancia se le permitió ser un par, un común, aunque antes descartado. Y en lo magnánimo del descubrimiento, lo reducen a «ellos», bajo una de esas campañas de caridad (sin más alma que una culpita bochornosa) para sacarlo de las calles y que empiece una nueva vida. Seamos cínicos por una vez: ¡eso se llama un tipo de suerte! No los miles de desafortunados homeless londinenses donde la chatura de la seguridad les ha impedido ser héroes momentáneos, descubiertos en su plena humanidad, y objeto de apertura de una cuenta bancaria para depositar en euros la desigualdad que todos los días construye las fortunas que los excluye. O como cantó Cazuza, a contrapelo, a contramano, a contratiempo en contra del tiempo, «la burguesía… // hunde barcos llenos de niños // y duermen tranquilos // y duermen tranquilos».

¿Qué rojo clavel, que ramo de flores, mostró la prensa -hoy subsidiaria del llanto- por los más de 100 muertos de la «Operación El Dorado Canyon » en abril de 1986? ¿Quién llora las «víctimas colaterales» de la incursión aéreo-militar británica, francesa y estadounidense, como integrantes de la fuerza de ocupación denominada OTAN, iniciada en marzo de 2011 para dar cumplimiento a la resolución 1973/2011 del Consejo de «Seguridad» de Naciones Unidas? ¿Cuántos rostros de víctimas fatales nos han ahorrado ver? ¿Les hubiera alcanzado la tinta a estos diarios? ¿Qué derecho se han ganado los habitantes libios de morir bajo las bombas británicas, comenzando por las de la operación Ellamy? ¿El derecho de ser «víctimas colaterales»? ¿Cuál es la medida que estas vidas humanas son menos memorables, menos llorables, que las vidas humanas de Manchester? ¿Tuvieron conmovedoras historias las «víctimas colaterales» de la intervención británica en Libia, como hoy nos cuentan conmovedoras historias de muertos que de estar vivos serían absolutamente ignoradas?

Y así, como Sartre lo expresó en 1964, «con qué sencillez, con qué rapidez se arreglaría todo, si una vez, una vez sola llegasen esos gritos a nuestros oídos, pero se nos hace el servicio de ahogarlos».

En tiempos (aparentemente) postideológicos debemos estar precavidos ante el tráfico moral de lo político, o, en otras palabras, no debemos dejar de lado la complicidad latente entre el capitalismo global y el fundamentalismo étnico-religioso, como lo demuestra Slavoj Žižek en «La subjetivización política y sus vicisitudes». Se debe cuestionar «el orden universal concreto existente, en nombre de su síntoma, de la parte que, aunque inherente al orden universal existente, no tiene ningún «lugar propio» en él (por ejemplo, los inmigrantes ilegales…)», dice el filósofo esloveno.

Invirtiendo la reflexión de Žižek, en cierto aspecto, en esto de identificar la universalidad en el punto de exclusión nos sentimos tentados a identificar a Libia como «lugar propio» que «impropiamente» es vedado a ocuparlo. Y esto nos lleva a plantear (a riesgo de la tautología) el interrogante sobre si no son la(s) condición(es) de veda las que prefiguran lo sintomático. Porque la exclusión global se encarga de, incluso, socavar las configuraciones territoriales, el «lugar propio» y lo «propio del lugar», para volverlo un «lugar impropio» cuyo único vestigio (a la vista de Occidente) es un fundamentalismo étnico-religioso arcaico que enmascara las latencias del poder globalizador de Occidente (que permanece oculto a la vista de Occidente).

En lo poético de «la burguesía… // hunde barcos llenos de niños // y duermen tranquilos // y duermen tranquilos», reside toda verdad performativa del cinismo como fase política superior del devenir capitalista global: en las sociedades hiperinflacionarias de circulación de información, las únicas muertes televisadas que nos llegan desde el complejo «cercano Oriente» -para conmover nuestra moral «occidentalista»- son las ejecuciones de prisioneros por parte de los comandos y/o células «terroristas».

Nadie mejor que la BBC sabe esto. «En Siria ves cosas tan grotescas que comienzas a filtrar las fotos que realmente podrás utilizar y las que sabes que nunca serán publicadas», exclama el fotógrafo Will Wintercross sobre la foto de Alan, el niño ahogado en Turquía, tal lo remarcan en BBC-Mundo. Es imposible que podamos conmovernos con un niño muerto como «daño colateral». El proceso de filtrado comienza por el profesional mismo. Y la editorial nos dice «muchas organizaciones como la BBC se inclinaron por no publicar la foto donde se aprecia a Alan completamente». Y toman como argumento lo expresado por Wintercross, dado que hay que tener un balance «y es difícil hacerlo porque no puedes bombardear a las personas. ¿Qué pasa si la semana que viene encuentran cinco niños? ¿A dónde vamos a llegar?». Está suficientemente explícita la posición para él, cuyo trabajo remunerado es fotografiar sirios bombardeados por bombas reales: «no se puede bombardear a las personas» con imágenes del desastre de la guerra (los británicos -y los occidentalistas- podemos sufrir náuseas a la hora del noticiero, porque somos personas; no importa que la bomba caiga sobre los sirios). Su misión, atentos a su portfolio, es mostrar las ruinas y los escombros, como si los bombardeos cayeran sobre taperas deshabitadas desde tiempos inmemoriales.

La BBC nos ahorra ver el rostro inhumano de las bombas británicas, a cambio de los humanos rostros de las víctimas de Manchester. Nuevamente, no debemos dejar de lado la complicidad latente entre el capitalismo global y el fundamentalismo étnico-religioso, y ver que, en aquel fotógrafo de guerra, su trabajo es la guerra, como el de su editorial ocultarla, para que no sepamos que nuestra felicidad consumocapitalista «occidentalista» está sustentada por las lágrimas de miles y miles de oprimidas/os, por bombas, por esclavitud, por denigración de la condición humana. El refrán español dice «ojos que no ven, corazón que no siente». Ojos que no ven… Así la BBC (encarnando a todas las cadenas de información sistémicas) nos pone «Límites» y nos parafrasea a «nuestro» Borges, ciego, tan British él… Entre los muertos de mis imágenes (estoy viéndolos) // hay algunos -muchos- que nunca verás…

 

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.