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Las autopistas de la información y las reglas de su tráfico

Fuentes: Rebelión

Para la mayoría de los ciudadanos de la tierra, es hoy absolutamente evidente que el flujo de las informaciones, esa maquinaria tecnológica mundial que produce y reproduce diariamente gran parte de todo lo que sabemos sobre el mundo: los acontecimientos, las previsiones climáticas, el valor del dinero, la música, el cine, los nuevos productos y […]

Para la mayoría de los ciudadanos de la tierra, es hoy absolutamente evidente que el flujo de las informaciones, esa maquinaria tecnológica mundial que produce y reproduce diariamente gran parte de todo lo que sabemos sobre el mundo: los acontecimientos, las previsiones climáticas, el valor del dinero, la música, el cine, los nuevos productos y sus marcas, las decisiones políticas o las guerras y las bombas que estallan, para todo el mundo es evidente, decía, que ese flujo informativo permanente es un elemento fundamental en nuestras vidas y en la vida de nuestras sociedades.

Igualmente cierto es que para las potencias políticas y los grupos económicos, el hecho de poder controlar los medios tecno-científicos, capaces de producir distintos canales de ese flujo informativo, constituye un deseo irrefrenable. Por esa misma razón, justamente porque todo el mundo lo sabe y porque todos vivimos constantemente equipados con una televisión, una radio, un móvil o un ordenador, cuando no sean las cuatro cosas al mismo tiempo, es aún más impresionante constatar lo poco que se sabe y se habla públicamente sobre los procesos reales que establecen las reglas de «trafico» de ese flujo simbólico informativo, los procesos, es decir, dónde se deciden los parámetros tecnológicos compartidos, las categorías lógicas comunes, los códigos numéricos estándar de memorización y elaboración de datos.

Si es verdad que el flujo informativo esta constituido por distintos medios y que accedemos a él por interfaces diferentes (una televisión, una radio, un móvil, un ordenador) es verdad también que todo el sistema mundial de producción y difusión de datos está abandonando progresivamente las tecnologías analógicas, basadas en redes de repetidores hertzianos pesadas, costosas y nacionales, para convertirse a las tecnologías digitales, integrando las normas MPEG (compresión de imágenes y de sonidos) y TCP-IP (interoperabilidad de redes digitales). Se trata de un proceso de conversión irreversible y si en EEUU, como decretó desde 1997 la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC), el año 2006 ya significará el cierre definitivo de las frecuencias analógicas para la difusión hertziana de la televisión, no queda duda que todos los países se adecuarán muy pronto a ese nuevo paradigma tecnológico. Eso quiere decir que está surgiendo una verdadera infraestructura mundial de redes interoperativas en la cual estará incluida tanto la telefonía móvil (gracias a las frecuencias UMTS que, permitiendo transmitir informaciones multimedia con imágenes y sonidos en las frecuencias de radio de los teléfonos, de hecho convierten todo móvil en una interfaz de acceso a los programas audiovisuales y a la red IP) como la telefonía fija (a través de las redes XDSL capaces de transmitir imágenes televisivas en la red telefónica y por lo tanto de difundir programas audiovisuales en un ordenador sin pasar por los emisores hertzianos).

No es exagerado ver en la implantación de esta infraestructura mundial el nacimiento de una nueva forma de relojería social de masa y si la posesión de un ordenador queda todavía limitado a una minoría de la población mundial, esta claro que la red IP constituye unos de los canales privilegiados para la creación de esta infraestructura y para que el flujo informativo siga fluyendo sin interrupciones. La red Internet, nacida en EEUU y desarrollada con financiaciones federales utilizando una aplicación, el Web, concebida en Europa, no es simplemente una interfaz de acceso a la información mundial o una de las formas más utilizada de correo y de comunicación, es también el instrumento fundamental de cualquiera investigación académica y científica; es, junto a las bibliotecas del mundo entero y substituyéndolas cada vez más, el principal deposito de la memoria colectiva.

Sin embargo, para poderse orientar en este depósito es esencial que existan unos criterios de almacenamiento, es decir unas categorías que permitan la partición y la clasificación de los datos, de la misma forma que por un libro es necesario el índice y que por una biblioteca es necesario el archivo de las fichas. En el caso de Internet, la gestión de los datos se realiza a través del Domain Name and Addressing System (DNS), une red de 13 ordenadores instalados en el suelo americano que los técnicos llaman la «root» del Internet y que comparten las distintas paginas registrándolas según las denominaciones .com, .org, .net, etc. Desde el nacimiento del Internet y hasta 2006, de la tarea de atribuir los nombres de los dominios y de las direcciones electrónicas se encarga un organismo privado americano, el ICANN (Internet Corporation for Assigned Names and Numbers). Aunque su órgano directivo esté compuesto también por algunos expertos internacionales, el ICANN ha sido criticado muy a menudo por su gestión parcial y son muchos los que piden que una tarea tan importante sea cumplida por un organismo con una mayor credibilidad internacional, como por ejemplo el ITU (Unión Internacional de las Telecomunicaciones), domiciliado en Ginebra.

Las decisiones relativas al gobierno de Internet después de 2006 se tomaran en la Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información que se tendrá en Túnez los próximos 16, 17 y 18 de Noviembre y nada hace confiar en una limitación de la hegemonía americana. Para darse cuenta de eso es suficiente leer, en el sitio oficial de la Cumbre, los documentos relativos al grupo de trabajo sobre el Gobierno de Internet o prestar atención a las declaraciones del gobierno americano. Por boca de su portavoz Michael D. Gallagher, secretario al Comercio Internacional, el Gobierno de EEUU declaró, hace unos días, que «Internet es demasiado importante para los destinos del mundo (del comercio, de la seguridad, de la circulación de la información) para que se pueda confiar el corazón técnico y directivo a cualquiera organismo internacional. Teniendo en cuenta el papel crucial de Internet en la economía mundial, el Gobierno de EEUU desea garantizar la seguridad y la estabilidad del sistema de atribución de los dominios de Internet (DNS, Domain Name System). Por esa razón EEUU mantendrá su papel histórico en la autorización a cualquiera, modificación de los file de root y no apoyará ninguna iniciativa susceptible de desestabilizar dicho sistema».

Sería verdaderamente muy ingenuo creer que el problema de EEUU es nada más que la seguridad. En realidad, la apuesta es mucho más alta, como ya se dieron cuenta hace muchos años los estrategas políticos norteamericanos. En 1997, por ejemplo, David Rothkopf, director general de la Kissinger Associated, en un ensayo de la revista Foreign Policy ya escribía: «En la era de la información, el objetivo central de la política exterior de Estados Unidos tiene que ser ganar la batalla de los flujos de la información mundial dominando las ondas, así como, en otro tiempo, Gran Bretaña dominaba el ma». Hay que reconocer que esta precavida política ha conseguido buenos resultados y que si hoy nos vemos reflexionando sobre el imperialismo americano, éste no es únicamente el fruto de la fuerza de las armas. Esta forma de imperialismo es quizás mucho menos peligrosa y penetrante de aquella basada en una poderosa industria cultural y simbólica, largamente financiada por el Estado, que dominando las «ondas» irradia desde Estados Unidos valores de dimensión universal que capturan la imaginación de toda la humanidad y suscitan un mimetismo generalizado.

Frente a la extensa inversión de capital y de energía política por parte de EEUU en la producción cultural, es deprimente seguir escuchando los discursos de la clase política europea, todavía intoxicada por el mito del libremercado y olvidándose que el problema de la historia siempre ha sido y será: quién y cómo establece las reglas del juego.