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Las mujeres en la mira de la barbarie

Fuentes: Rebelión

Desde diversos flancos, la mujer colombiana viene siendo sometida al acoso. Y ello ha sido una constante invariable ha todo lo largo de nuestra historia, sólo que, ahora, con mayor frecuencia y brutalidad dados los caóticos tiempos del conflicto armado por el que atravesamos. Y que nadie se engañe: su suerte entre nosotros como seres […]

Desde diversos flancos, la mujer colombiana viene siendo sometida al acoso. Y ello ha sido una constante invariable ha todo lo largo de nuestra historia, sólo que, ahora, con mayor frecuencia y brutalidad dados los caóticos tiempos del conflicto armado por el que atravesamos. Y que nadie se engañe: su suerte entre nosotros como seres de «segunda» es una realidad que la viene golpeando en todos los ámbitos de su existencia. Y su intrépida lucha por la reivindicación y el reconocimiento de sus valores, aún no ha dado los frutos requeridos para ubicarla en el plano de igualdad que desde siempre ha exigido.

A su condición de madres, origen y fundamento del concepto de familia, parece ser que no le queda otra compensación que la del orgullo de ser procreadoras y la satisfacción del amor que derrochan por aquellos hijos venidos de sus entrañas. En tan limitado escenario hay quienes quisieran verlas durante su periplo vital. Y tan es así, que el reclamo suyo a sus derechos de ser partícipes activas y en pie de igualdad dentro del conjunto de la sociedad, todavía, ¡quién lo creyera!, se mira con recelo y desconfianza. No de otra forma se entendería la inequidad salarial y de oportunidades para el trabajo que las golpea, la esclavitud a la que se las reduce muchas veces, el exiguo o ningún reconocimiento a su enorme aporte social, y lo que es peor y ciertamente inconcebible: el acoso sexual derivado de un machismo cavernario, el aprovechamiento de su debilidad física, la tradicional mirada del hombre que más que sentirse superior a ella, la ve desde su óptica en medio de un ejercicio casi nato y de tradición cultural como a un ser inferior, y todavía no contentos con ello, sus esclavistas decidieron, amparados quién sabe en cuál «derecho» bárbaro, ensañarse en su integridad física y sicológica, abusarlas, vejarlas y violarlas para luego, aún no saciados, asesinarlas.

Tan cruel y real como suena.

Como el espectro es amplio, centrémonos en dos de los crímenes que se cometen con las mujeres y que se desprenden de la «culpa» imperdonable que tienen de pertenecer a su género. El abuso sexual y las violaciones, que por lo que se sabe, pese a que extrañamente las estadísticas respecto a la opresión, violencia y asesinatos de las mujeres son escasas y desordenadas, cada día crecen, son más y más los hombres que participan en ellas y es enorme y desafiante la impunidad que los rodea.

No obstante las dificultades para hallar cifras, he logrado reunir estos referentes estadísticos que estremecen: Profamilia, en 2005, advertía que más de 722 mil mujeres y niñas entre los 13 y 49 años habían sido violadas una o más de una vez en su vida. Medicina Legal confirmó que en 2011 fueron denunciadas más de 20 mil violaciones. Para la Fiscalía la cifra anual de agresiones sexuales está cercana a las 200 mil, mientras que de acuerdo con el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, en Colombia cada media hora se presenta un abuso sexual contra menores. Y en un trabajo multimedia de El Tiempo, Casa Editorial, denominado «Profesión: Mujer, Ni un abuso más», se hacía mención a que «cada 6 horas, una mujer colombiana es abusada por causa del conflicto armado y un promedio diario de 245 son víctimas de algún tipo de violencia. Entre el 2001 y el 2009, más de 26.000 mujeres quedaron embarazadas a causa de una violación, y en la última década cerca de 400 mil fueron abusadas». Y agrega: «Acción Social tiene registradas más de 1.950.000 desplazadas: el 30 por ciento salió de sus hogares por violencia sexual y el 25 por ciento volvió a sufrir abuso en los lugares de refugio».

La violencia de género entonces, y en particular las violaciones de las que vienen siendo víctimas impotentes las mujeres colombianas, acosan nuestra conciencia y exigen una respuesta inmediata y contundente de parte del Estado y de la sociedad.

Al gobierno le cabe la obligación de combatir esta epidemia social intensificando su campaña de invitación a las mujeres a que no duden en denunciar las violaciones, lo que ocurre en la mayoría de los casos, bien por el temor a que no les crean, o por vergüenza, o porque se sientan culpables, o porque terminen siendo señaladas como «provocadoras» de tal atrocidad.

La experta sicoterapeuta Doris Forero sintetizó brillantemente el meollo del problema con estas palabras: «Cuando construimos la sexualidad siempre la construimos desde afuera, desde lo que piensa la sociedad, lo que piensa el mundo, y no desde adentro, de lo que somos y construimos como mujeres. Culturalmente nos siguen golpeando durísimo, porque no nos han educado para nosotras sino para los otros».

De tal forma que, como expresión netamente cultural, ni la castración química, ni la cadena perpetua, ofrecidas con tanta pasión como improvisación por quienes con toda razón buscan desesperadamente el remedio, podrían acabar con esta crueldad.

Como en este y tantos otros casos de males sociales, es a la cultura y a la educación, y a ellas solas, a las que debemos encomendarles la extirpación de raíz de estos trastornos humanos de victimización sistemática del género femenino.

Germán Uribe es escritor

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.