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Las palabras mancilladas de la verdad

Fuentes: Rebelión

Las negociaciones que se adelantan en la ciudad de La Habana entre el Gobierno colombiano y los voceros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia FARC- EP. están cruzadas por elementos de perfidia. Y a riesgo de parecer sectaria y carente de objetividad periodística -la por mil títulos mentirosa «objetividad periodística»-, diré algo tan políticamente […]

Las negociaciones que se adelantan en la ciudad de La Habana entre el Gobierno colombiano y los voceros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia FARC- EP. están cruzadas por elementos de perfidia. Y a riesgo de parecer sectaria y carente de objetividad periodística -la por mil títulos mentirosa «objetividad periodística»-, diré algo tan políticamente incorrecto como que tales elementos son aporte exclusivo del Gobierno.

Primero, vayamos a las palabras: las simples y elementales palabras. Que según la ocasión, pueden decir mucho, o no decir nada. Me explico: las palabras en una liza electoral, sea una campaña por la presidencia de los Estados Unidos o para elegir el Concejo de Tocancipá, valen exactamente lo mismo. Igual de devaluadas están. Así que las circunstancias en la que se dicen dan por descontada su falsía, nadie tiene derecho de sentirse timado. A enrostrarle a un Presidente que sube los impuestos, que hubiera jurado ante las cámaras frente a millones de televidentes, ese famoso «Léanme los labios les juro que no subiré los impuestos» de Bill Clinton.

Pero es que hay ocasiones de ocasiones. En algunas, la palabra es sagrada, y respetar su semiótica, sus contenidos y sus evocaciones que llaman a la esperanza, debería ser compromiso ético de quien la emite. Porque hay circunstancias en las que mientras no haya más, lo que existe es la palabra y por lo mismo se tiene derecho a estimársela en mucho. Tal lo que ocurre cuando en el marco de un cruento conflicto, una de las partes, la sacraliza manifestándole a su contrario su honrada voluntad de hacer la paz. Esa palabra entonces es oro en el hermoso símil de los antiguos.

El punto viene a colación a propósito de Colombia con su largo y sangriento conflicto ente una insurgencia con una ideología revolucionaria, y un Establecimiento de formas democráticas que con todo y ello sólo representa a una minoría. En esta guerra irregular ya tan desgastante de las energías nacionales incluidos los recursos para las incentivadas formas de acumulación capitalista, se puede decir que la palabra tomó la palabra. Y ello ocurrió cuando contra toda previsión dado su antecedente de ministro de Defensa del gobierno Uribe cuyo único designio a lo algo de ocho años fue la guerra contra las FARC, ese ex ministro el hoy presidente J. M. Santos, expresó su voluntad de suscribir un acuerdo de paz con esa insurgencia no derrotada.

Y esa era una palabra que inspiraba en medio de la fatiga por tanto trepidar de cañones. Y ahí van, ahí se están dando las conversaciones en el marco amable y amigo de La Habana. Pero sometidas a demasiadas acechanzas que pueden romper hilo tan sutil. Y aquí volvemos a donde veníamos, la palabra que inspira y estimula, o lo contrario. Porque cuando es lo que se tiene, es criatura que hay que cuidar con esmero ya que siendo esperanzadora puede tornarse devastadora.

De ahí lo grave esa que no dudamos es estrategia de los asesores contratados u oficiosos que defendiendo mezquinos intereses sectoriales, a veces ni siquiera nacionales, orientan al presidente Santos a decir palabras insensatas como las de este fin de semana -23 de febrero de 2013-de que está dispuesto a acabar el proceso de negociación si él no fructifica pronto en acuerdos. O llevan a ese anodino ministro de Defensa, un ventrílocuo de apellido Pinzón, al penoso rol de apostrofar a la insurgencia con los peores calificativos atribuyéndole las más pérfidas conductas. O al comandante de las fuerzas militares a mentir sin pudor al afirmar que unos policías retenidos y liberados por la guerrilla, fueron sometidos a torturas.

«Estrategas de negociación» que orientan también a los máximos representantes de la clase dirigente a decir cosas en las que nunca han creído -sobre todo cuando los toca en lo mucho que les toque-, como que el Tratado de Roma y la Corte Penal Internacional impiden cualquier negociación. Y sandeces semejantes. Y desde luego también, como apologistas y guardianes que son de un statu quo ominoso, obligan a periodistas de toda laya a decir en columnas, entrevistas, crónicas y en la sospechosa sincronización de noticias y titulares, palabras que obligan a suponer que cualquier diálogo con la insurgencia, es una aberración moral, jurídica y política.

Todo lo anterior tiene una clara razón: hay un estado de cosas reconocido como inaceptable por los más lúcidos analistas del Establecimiento, y que reclama reformas profundas en orden a un mínimo de equidad en la distribución de la riqueza nacional y en oportunidades, así como en asistencia de choque para problemas acuciantes como los millones de desplazados y las masas en la indigencia.

El temor es entonces muy fundado: ante lo imperativo e ineludible de que «los avances» que reclama el gobierno en la negociación, «la voluntad» que le exige a la guerrilla en la Mesa, «el no burlarse de nuevo del país» como le enrostra sin razón a la insurgencia dialogante, suponen a su vez -¿alguien lo duda?- poner sobre la Mesa las concesiones estatales que morigeren lo injusto e inequitativo del sistema, el temor es que llegado ese momento definitorio el Gobierno empiece a buscar buenas razones para levantarse de la Mesa.

Y es que la manida cantinela impuesta por los medios en el imaginario nacional de que «las FARC se burlaron del país» en el proceso de El Caguán durante el gobierno del presidente Belisario Betancur, no fue otra cosa que el pretexto para el rompimiento que de él hizo el presidente Andrés Pastrana por cualquier hecho de la confrontación, cuando las discusiones llegaron al punto ineludible para el que no había respuesta: ¿Y ustedes señores del Establecimiento qué entregan?

Que las palabras conspirativas contra el proceso que hoy se oyen, no sean el preludio de la pasada historia. El Gobierno al que se le abona con merecimientos la iniciativa en este proceso, no puede evadir -así tenga a gremios, medios y poder militar acuciándolo-, el tema de las reformas. Que no sea éste punto necesariamente presupuestado al iniciar el proceso, donde las acechanzas triunfen. Ya se sabe, no se trata de una «revolución por decreto», ganar en la Mesa lo que no conquistó en el campo de batalla la insurgencia. Pero sí tendrá que haber concesiones en los campos dichos. Cincuenta años de levantamiento tienen que haber contado con una base social y tenido una representación popular. Son las causas objetiva, que permitieron su pervivencia en medio de la apabullante diferencia militar. Y sabe el Gobierno que no es un proceso de desmovilización ni de rendición. Y que su contraparte no es una guerrilla derrotada así no esté en condiciones de tomarse el poder.

El primer punto de las negociaciones ha sido el de la tierra, su tenencia y distribución. El Gobierno ha mostrado como gran realización, como obra verdaderamente histórica, su compromiso con la restitución, la devolución de los millones de hectáreas despojados por las bandas paramilitares a millones de campesinos. Suena entonces terriblemente irritante, como una apostasía de lo dicho y prometido, que en estos días el presidente Santos con la efusiva algarabía de los medios de comunicación, nos haya sorprendido con la mala nueva, baldado de agua fría sobre su contraparte en la Mesa de negociación: por lo pronto y hablando de restituciones, se van a devolver las 500.000 hectáreas en poder del fallecido comandante de las FARC-EP el Mono Jojoy. De quien sólo ahora nos enteramos, verdad nunca revelada, era el gran latifundista de Colombia.

Lo peor dentro de lo más malo de aquél anuncio, es que contra todo lo predicado, el Presidente parece terciar en favor de la por él mismo llamada «mano negra de la extrema derecha» que con furia se opone a la restitución de tierras de los paramilitares, muchas hoy en manos del paraempresariado palmero y ganadero.

Señor presidente: está bien no respetar la memoria de los muertos. O mejor decir, está mal, pero es un asunto de conciencia. Pero sí hay que respetar la memoria de la Verdad. Y ella camina en los pies de los millones de desarrapados que deambulan por las calles de las ciudades, y gritan que no fueron las FARC las que los expatriaron de sus parcelas. Fue el Estado a través de su estrategia militar contrainsurgente llamada paramilitarismo.

Creo que fue un Evangelista el que dijo: «La verdad os hará libres». Buen insumo religioso para las negociaciones de paz en La Habana por las que hace votos el pueblo colombiano.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.