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Las tardes de Vargas Llosa Júnior y el Che Guevara

Fuentes: Rebelión

Un hijo de un conocido escritor peruano, es decir, un portador de apellido, Álvaro Vargas Llosa (en adelante Júnior) acaba de publicar en el periódico norteamericano The New Republic un libelo contra el Che Guevara (1). Circuló por todo el mundo. En Argentina lo levantó el diario La Nación, la derecha de la derecha más […]

Un hijo de un conocido escritor peruano, es decir, un portador de apellido, Álvaro Vargas Llosa (en adelante Júnior) acaba de publicar en el periódico norteamericano The New Republic un libelo contra el Che Guevara (1). Circuló por todo el mundo. En Argentina lo levantó el diario La Nación, la derecha de la derecha más tradicional. En España lo mismo hizo el suplemento «Domingo» de El País (cara progresista de la derecha o derecha del progresismo, ya cuesta distinguirlos). En Internet numerosos sitios, principalmente de derecha, lo han reproducido y difundido.

Portando como muleta el apellido de su padre, el autor se hizo conocido por un pasquín digno de infradotados titulado, cual si fuera literatura autobiográfica, Manual del perfecto idiota latinoamericano. Superficial, desinformado, pretendidamente «provocador», muy a tono con las -¿ideas?- de los grandes banqueros y promocionado mediáticamente hasta el hartazgo. En suma: Un típico producto de la ideología neoliberal.

El artículo sobre el Che repite el esquema como un calco sólo que, afortunadamente para el lector, en un tamaño menor. A pesar de su cinismo, el autor conserva algo de piedad, debemos reconocerlo.

¿Vale la pena responder estos pasquines, donde se mezclan tergiversaciones históricas, manipulación política, axiomas comunes de la extrema derecha y filosofía de sala de espera de peluquería o de dentista? Tengo mis serias dudas. Algunos amigos, a los que respeto y aprecio, me siguen insistiendo… pero yo conservo mis dudas.

 

¿Por qué atacan de nuevo al Che?

 

Primera pregunta que me surge. ¿Por qué de nuevo contra el Che? Primera respuesta. Les sigue molestando, sino, no se tomarían el trabajo. Los sigue incomodando. Cuando la mediocridad ha entrado en crisis junto con la ideología neoliberal que la promovió en los años ’90, el ejemplo del Che se extiende cada vez más. ¡Qué ilusos si pretenden conjurarlo con un par de insultos y tres o cuatros manipulaciones históricas!

Uno de los supuestos motivos que impulsan a Júnior a encabezar su cruzada contra el Che se origina en la película Diarios de motocicleta (dirigida por Walter Salles y producida por Robert Redford), pero su rabieta tiene un alcance mayor (2). Con sabor amargo en la boca, reconoce que: «Las manifestaciones del nuevo culto al Che están en todos lados». Como eso lo incomoda, a continuación, derrochando elitismo, agrega: «Una vez más, el mito provoca el entusiasmo de gente cuyas causas, en su mayoría, representan exactamente lo opuesto a lo que era Guevara» para terminar rematando, como novio despechado, que: «cuán engañados están tantos de nuestros contemporáneos con respecto a tantas cosas». Hasta aquí, Júnior no aporta ninguna novedad a las quejas seniles de esos «demócratas» que el pueblo, dándoles la espalda, no reconoce como tales.

Entonces Júnior agrega un balance global, con indisimulable desprecio por los millones de jóvenes que hoy quieren y admiran al Che en todo el planeta: «Es habitual entre los seguidores de una secta no conocer la historia real de la vida de su héroe, la verdad histórica». ¿La verdad histórica? Pero si de eso se trata, precisamente. Si hay algo que Júnior no conoce es la vida histórica real y el pensamiento real del Che.

 

La rebeldía hecha imagen

 

Pasando de las quejas seniles, formuladas en abstracto, a las supuestas impugnaciones particulares, Júnior arremete de entrada contra la proliferación de la imagen del Che. Haciendo gala de un pensamiento dicotómico, esquemático, más propenso al golpe de efecto que a un razonamiento meditado sobre el pulso de las contradicciones actuales (nada nuevo por cierto, dada la aridez intelectual que nos ofrece la derecha contemporánea si la comparamos con pensadores clásicos, que han sido críticos del marxismo pero al menos con altura y erudición), Júnior señala que el Che se ha difundido en millones de imágenes. Muchas veces esas imágenes no escapan al lucro mercantil. Júnior se topa con una contradicción y se detiene frente a ella. No avanza ni penetra. Se paraliza. Se limita, dejando caer su mentón y abriendo la boca con sorpresa, a señalarla con el dedo. Cree haber descubierto algo nuevo. En realidad se tropieza con algo ya conocido y analizado en numerosos lugares.

Y sí, es contradictorio lo de la imagen del Che. Es cierto que el mercado quiere no sólo ganar dinero con su rostro sino también frivolizarlo, neutralizarlo, domesticarlo, fagocitarlo y convertirlo en objeto de consumo pasivo. Es innegable. Pero también es cierto -una mente corta y repleta de resentimiento como la de Júnior no alcanza a comprenderlo- que millones de jóvenes en todo el mundo se encuentran a la búsqueda de ideales y de símbolos que representen una nueva forma de vida. Un alternativa distinta y hasta opuesta a la rutina cotidiana, mediocre y sin proyectos, que el capitalismo neoliberal ha logrado -por ahora- instalar en casi todo el globo.

En esa búsqueda de «otro mundo posible» no es casual que millones de jóvenes se encuentren con el Che Guevara. No es aleatorio que, en forma entusiasta, lo adopten como propio. Quizás sin conocer sus reflexiones sobre El Capital de Karl Marx o sus lecturas de Hegel y de los Manuscritos económico filosóficos de 1844 (En eso no cometen, en todo caso, ningún «pecado»… ya que evidentemente Júnior, a pesar de su fama, tampoco ha estudiado estos textos…). Pero esos millones de jóvenes, aun careciendo de toda la información necesaria sobre la vida real del Che, sobre su internacionalismo militante en varios continentes, sobre su marxismo revolucionario en varios procesos sociales, se encuentran con el ejemplo de vida del Che y lo asumen como un camino posible a seguir.

Partimos entonces de la misma constatación de Júnior. El Che se difunde a través de su imagen. Y a partir de allí preguntamos: ¿por qué los y las jóvenes de todo el orbe no utilizan una remera-camiseta con la cara de Bush o de sus miserables torturadores en Irak y Guantánamo? ¿Por qué los y las jóvenes de todo el mundo no utilizan remeras y camisetas con la imagen de Ratzinger o de los que dirigen el FMI y el Banco Mundial?¿Por qué será? Esas preguntas no se las hace Júnior, quien se limita a constatar una verdad evidente y a quejarse sobre ella.

Creemos que el Che se ha convertido en un modelo atractivo y seductor para la juventud que está harta del neoliberalismo pues porque expresa precisamente algo que ni Júnior, ni Milton Friedman, ni von Hayek, ni Karl Popper ni George W. Bush ni ninguno de estos personajes mediocres ha logrado representar: OTRA FORMA DE VIVIR. Aunque es obvio que el mercado hace dinero con su rostro, también es cierto que esos millones de jóvenes no apelan a remeras y camisetas con un signo del dólar o una imagen del euro. Eso le duele a Júnior, pero más le duele a sus patrones, a los que pagan sus ensayitos y artículos.

 

El Che y «los jóvenes argentinos»

 

No sé donde vive Júnior (dicen por allí que, aunque nacido en Perú, fue educado en Londres). Tampoco me interesa. Pero evidentemente no vive en Argentina, el país donde nació el Che. Por eso en su libelo hace una fácil y superficial referencia cuando dice que «los jóvenes argentinos que han creado una expresión que rima perfectamente en castellano: «Tengo una remera del Che y no sé por qué»».

No sé de qué galera mágica extrajo Júnior semejante conejo. Pero sí sé que en la rebelión popular argentina del 19 y 20 de diciembre de 2001, donde miles y miles de jóvenes rebeldes salieron a la calle y le pusieron el pecho a las balas de la policía asesina (que liquidó en un par de días más de 30 personas), muchos de ellos y ellas se aferraban a la imagen de Guevara. En medio de las manifestaciones, de las barricadas, de las piedras, del fuego y de toda la bronca popular, flameaban muchas banderas con la imagen del Che.

Júnior enumera muchos ejemplos puntuales donde Guevara asoma su cabeza en el mundo contemporáneo (algunos interesantes, otros completamente intrascendentes y hasta quizás inexistentes como aquel donde dice que un supuesto «oficial de la policía mexicana que combate el narcotráfico» utiliza una muñequera del Che…). Pero aunque hace de pasada referencia a «los jóvenes argentinos», no menciona la rebelión popular del 2001. Si no fuera tan soberbio y petulante, Júnior podría preguntarse: ¿por qué en medio de semejante rebelión aparecía el Che Guevara en su país natal del lado de las barricadas? ¿Era ese Guevara un producto comercial y un objeto mercantil -como se desprende del panfleto de Júnior – o por el contrario sintetizaba un abanico muy grande de rebeldías que intentaron vanamente ser aplastadas con balas de plomo, varios asesinatos, gases lacrimógenos y carros de asalto?

En lugar de disparar frases efectistas carentes de fundamentos históricos, Júnior podría al menos invertir tan sólo una tarde viendo, para informarse, algún documental de esas jornadas. Hay muchos y allí intervienen estos mismos «jóvenes argentinos» a los que él hace equívoca referencia. ¡Una tarde, Júnior, una sola no es mucho pedir!

 

La Cuba previa a 1959

 

Si Júnior patina en la desinformación cuando hace referencia a «los jóvenes» de Argentina, la cuna inicial de Guevara, no menos sucede cuando habla de Cuba, la tierra donde el Che dio lo mejor de sus energías revolucionarias maduras. Resulta grosera, por no decir, escandalosa, la descripción que hace Júnior de la Cuba pre-revolucionaria, la del prostíbulo y la mafia, la del analfabetismo y la monoproducción. Aquel país donde sobraban casinos pero faltaban médicos y maestros. Sin vergüenza ni decoro, la describe sencillamente como «uno de los cuatro países de mayor éxito económico de Latinoamérica desde antes de la dictadura de Batista». Hasta los gusanillos más encumbrados de Miami reconocen el cambio cualitativo que significó en términos de educación y salud la revolución cubana, de la misma manera que hasta la burguesía más rancia y escuálida de Venezuela no desconoce los notables cambios que el proceso bolivariano y sus misiones han introducido en la vida de las barriadas humildes de Venezuela. Pero Júnior es más papista que el papa… para lograr eco en la «prensa seria», tiene que lucir como el gusano más radical de los gusanos. Sino, no cobraría su cuota y nadie le abriría sus páginas.

¿No podría haber invertido aunque sea una sola tarde, nada más que una segunda tarde, leyendo los índices económicos y sociales, en salud y educación, antes de 1959 y luego de esa fecha de las instituciones internacionales tradicionalmente reconocidas? ¿Era mucho pedir apelar a las tablas y estadísticas de la UNESCO, de la CEPAL, de la OMS? Sí, parece que era mucho pedir. No hacía falta. ¿A quién le importa la verdad si lo que está en juego -en palabras de Chomsky- es la manufactura industrial del consenso?

 

¿Un Robespierre tropical?

 

Después regalarnos una brillante teoría semiológica sobre la imagen del Che, de afirmar falsedades sobre la juventud argentina y de demostrar una ignorancia olímpica sobre los datos socioeconómicas de América Latina, Júnior nos proporciona una aguda reflexión «filosófica» sobre una conocida frase del Che acerca del odio.

Teniendo en mente los horrores de EEUU en Vietnam, el NAPALM y los soldados estadounidenses que arrojaban guerrilleros del Viet Cong vivos desde los helicópteros -método que luego utilizaron sus alumnos argentinos en el Río de la Plata-; los métodos salvajes de Francia en Argelia (con centenares de miles de torturados y mujeres violadas) y el modus operandi de los paracaidistas de Bélgica en el Congo, Ernesto Guevara escribe esta frase: «un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal». Intentando sintetizar sus reflexiones Júnior caracteriza esta frase como una «idea homicida de justicia».

En este rubro Júnior no inventa nada. Repite y recicla calumnias viejas, con la única ventaja de ser portador de apellido prestigioso y escribir en inglés, la lengua franca (como la llamó Fredric Jameson) del dinero y los monopolios de la (in)comunicación. Únicamente por eso su libelo tiene más suerte y difusión que sus predecesores sudamericanos que publican en español.

Mucho antes que Júnior se lanzara a filosofar sobre el Che Guevara y el odio, en Argentina otros dos eximios pensadores habían aportado elucubraciones de idéntico tenor.

Primero fue José Pablo Feinmann, filósofo mediático supuestamente «progresista», quien en el artículo «El Che y las Torres Gemelas» [Página 12, Buenos Aires, 8 de octubre de 2002] le llegó a atribuir a Guevara un «fundamentalismo terrorista», comparándolo sin ningún escrúpulo ni reparo, con Osama Bin Laden. [Véase mi respuesta a Feinmann, que el periódico argentino Pagina 12 se negó a publicar, titulada «El humanismo del Che Guevara» -24/10/2002- en la Cátedra Che Guevara de REBELIÓN: http://www.rebelion.org/argentina/kohan241002.htm].

Antes de ese artículo que adelanta casi textualmente los argumentos de Júnior, el mismo Feinmann había caracterizado al Che como un «implacable jacobino», «un extremista», «un Superman con kryptonita en los pulmones», «un Jesucristo superstar» y hasta «un Principito de la izquierda», en su lamentable libro de ensayo titulado La sangre derramada [Buenos Aires, editorial Ariel-Planeta, 1998]. En aquel libro, Feinmann remataba su visión «progresista» del Che -que también se expresó en una promocionada obra de teatro- preguntándose, sin rubor en el rostro: «¿Quién puede no pensar que Ernesto Guevara es uno de los grandes responsables [sic] de las masacres de nuestro continente?».

Al igual que Feinmann, Mario Pacho O’Donnell, otro pensador descollante de estas latitudes (ex ministro de cultura del presidente neoliberal Carlos Saíul Menem) también se le adelantó con los argumentos al promocionado Júnior. En una biografía mercantil, tramposamente titulada Che, la vida por un mundo mejor [Buenos Aires, editorial Sudamericana, 2003] que vendió en supermercados y otros locales de alta cultura decenas de miles de ejemplares, O’Donnell se queja de la influencia de Guevara sobre la izquierda marxista continental, a la que habría conducido «hacia la violencia terrorista». Allí, apelando a una caricatura del psicoanálisis O’Donnell intenta profundizar en el armado de un Che Guevara salvaje, frío ejecutor, déspota, hombre de acero, fusilador sanguinario y cruzado del medioevo. En suma… un ángel exterminador. A su vez, Feinmann y O’Donnell se apoyan en el ex funcionario estatal mexicano Jorge Castañeda…

Es decir que Júnior se hace eco de toda una cadena previa, donde cada nuevo ensayista o biógrafo que llega, sube la apuesta a ver quien dibuja un Guevara más asesino y perverso. Quienes le pagaron a Júnior por su libelo deberían descontarle un porcentaje porque muchos de sus «argumentos» son prestados de otros autores. Como esta gente tiene el corazón en los números y en los billetes no vendría nada mal que hicieran ese cálculo para que el ensayista no les facture un precio por encima de su valor real.

Y entonces Júnior vuelve a hacer malabarismos con las cifras de los fusilamientos revolucionarios. A medida que pasa el tiempo, los panfletistas a sueldo contra el Che van aumentando las cifras de fusilados… ¿será esa la famosa inflación? Cosa rara en un neoliberal que seguro debe predicar una moneda fuerte y salarios bajos para controlarla… ¿O cada artículo se paga más a medida que aumenta el número de supuestos fusilados por la Revolución Cubana y el Che Guevara?

A la hora de contabilizar los «asesinatos» del Che Guevara… Júnior utiliza como fuente documental, para que nadie dude de su «objetividad» e «imparcialidad» como ensayista, los informes de la embajada estadounidense en Cuba y los del Departamento de Estado norteamericano. Ni siquiera tiene el tino y la mínima cordura de dejar de lado los testimonios de la CIA. ¡No! Júnior hasta apela al testimonio personal de Félix Rodríguez, reconocido asesino profesional de la CIA -que en varios documentales se ha vanagloriado de sus «hazañas» a sueldo de EEUU como el asesinato del Che en Bolivia y sus operaciones de «limpieza» de rebeldes en la selva de El Salvador-.

A Júnior no le falta nada.

Pero, con una mano en el corazón, nos preguntamos: ¿no hay algún amigo cercano de este autor que al menos le aconseje no ser tan bruto en sus escritos? ¿Tenía necesidad de mencionar a la CIA -una institución absolutamente neutral y objetiva, por cierto- como fuente documental? ¿No hay nadie que se acerque al oído de nuestro ensayista y le susurre la necesidad de ser un poquito más sutil? Si no fuera patético y grotesco, daría sencillamente risa.

No obstante, más allá de la grosera y torpe manipulación de la que hace gala Júnior, nos interrogamos: ¿No es justo fusilar a un tirano? ¿Está mal haber fusilado a Benito Mussolini, por ejemplo? Al militante partisano que lo fusiló luego, la «gran democracia italiana» lo consagró como diputado. ¿Estuvo mal? ¿Estuvo mal el ajusticiamiento de Somoza? ¿Cuántos horrores se le hubieran evitado a esta humanidad si hubieran sido efectivos los intentos frustrados de ajusticiar a Adolfo Hitler? ¿No es justo fusilar a los torturadores, a los que violan prisioneras y prisioneros indefensos? Repito: ¿No es justo?

¿La democracia argentina no gozaría de mejor salud, por ejemplo, si en lugar de garantizar la impunidad de los militares vernáculos -sobre los cuales Júnior, defensor de «la libertad individual», no emite palabra alguna- se hubiera fusilado al general Videla y al almirante Massera, quienes no mataron a 50, 100 o 179 personas… sino a 30.000? Independientemente de esta fantochada impresentable y a sueldo que Júnior nos entrega en bandeja, esa pregunta nos ronda la cabeza desde hace muchos años.

Júnior, como muchos de los hipócritas que defienden las invasiones norteamericanas de nuestros días y se hacen los tontos frente a las evidentes muestras de torturas sistemáticas llevadas a cabo por los «defensores de la libertad» en Abu Ghraib, se horroriza frente al fusilamiento que la Revolución Cubana hizo en el momento del triunfo de algunos pocos torturadores, violadores uniformados y represores institucionales… pero no le molesta en lo más mínimo los miles de niños palestinos o irakíes masacrados a diario e impunemente. Tampoco dice una palabra de los miles y miles de desaparecidos en Guatemala, Perú, Chile o Argentina. Para ellos, los escribas de la derecha, los muertos del pueblo siempre son datos intrascendentes. No cuentan para su curioso y selectivo «humanismo pacifista». Los «derechos individuales» que Júnior y quienes le pagan dicen esgrimir se apoyan en un criterio demasiado unilateral y sesgado.

¡¡HI-PO-CRE-CÍA pura!!, digámoslo con todas las letras. HIPOCRESÍA. Exactamente la misma hipocresía de Woytila (y de su ideólogo de cabecera, hoy nombrado papa, Ratzinger) cuando predicaban la paz… para los guerrilleros salvadoreños y otros rebeldes similares de este continente mientras al mismo tiempo bendecían al general Videla y a otros genocidas latinoamericanos.

 

El Che Guevara y la izquierda tradicional

 

Otra de las tantas tergiversaciones que Júnior difunde impunemente tiene que ver con las relaciones de los principales dirigentes de la Revolución Cubana y el comunismo tradicional. Júnior afirma: «Durante la lucha armada en Cuba, [Guevara] forjó una fuerte alianza con el Partido Socialista Popular (el partido comunista de la isla) y con Carlos Rafael Rodríguez, un elemento clave de la conversión al comunismo del régimen de Castro. Esta tendencia al fanatismo convirtió al Che en un eje vital de la «sovietización» de esa revolución que tantas veces se había jactado de su carácter independiente».

Mucho se ha escrito y se seguirá escribiendo sobre este tema. Pero lo que ningún historiador serio ni ningún ensayista riguroso hoy discute es que el Partido Socialista Popular se sumó a la lucha armada tan sólo tardíamente. Carlos Rafael Rodríguez se entrevistó en la Sierra Maestra, durante la lucha armada, con Fidel Castro -el máximo líder de los rebeldes-, no con el Che Guevara. Y en todo caso, luego del triunfo, a la hora de decidir el rumbo estratégico de la revolución entre el Che y Carlos Rafael no hubo una alianza sino, por el contrario, una conocida discusión polémica. Entre compañeros, es cierto. Ambos eran partidarios del liderazgo de Fidel y ambos optaban por el socialismo, pero al mismo tiempo polemizaban. Obviamente Júnior, orgulloso de su ignorancia y soberbio en su desconocimiento, ni siquiera se ha tomado el trabajo de estudiar esos debates encendidos y esas discusiones acaloradas. Tan sólo con una tarde le hubiera bastado para husmear en el índice de la polémica. ¡Una tarde, una tercera tarde, Júnior!. Pero bueno. ¿a quién le interesa profundizar si de lo que se trata es de repartir infundios y tratar de ensuciar todo lo posible y a cómo dé lugar?

 

Guevara y la economía política

 

Sócrates decía: «Sólo sé que no sé nada», como preámbulo para luego comenzar a aprender. En cambio, quien está seguro en su falta de conocimientos, no sólo no aprende sino que se desbarranca por la pendiente. Aprieta el acelerador barranca abajo. Por eso Júnior se engolosina a la hora de denostar al Che y se despacha afirmando, apoyándose en Ernesto Betancourt, que » [Guevara] Ignoraba los principios económicos más elementales».

Si al menos hubiera invertido tan sólo una tarde, una cuarta tarde, podría haber entrevistado -dinero no le debe faltar para comprarse un grabador, ya que ha recogido el testimonio, según nos relata, de agentes de la CIA- a algunos integrantes de los seminarios de lectura de El Capital que compartieron junto con el Che el estudio de la economía política. Uno de ellos es Orlando Borrego, quien ha escrito sobre el tema un libro entero [Véase Orlando Borrego: El camino del fuego (Buenos Aires, Edit. Hombre Nuevo, 2002). Véase también la entrevista que le hice a Borrego, titulada «Che Guevara lector de El Capital«, en http://www.rebelion.org/argentina/030702kohan.htm e incorporada en nuestro Che Guevara: El Sujeto y el poder (Buenos Aires, Nuestra América, 2005)].

Guevara invirtió varios años de estudio de El Capital en un seminario en el cual se reunía semanalmente. Pero, además de polemizar con el célebre economista de La Sorbona Charles Bettelheim, leyó y estudió a Paul Sweezy, a Paul Baran, a Oscar Lange, a Ernest Mandel, a Eugenio Preobrazhensky, a Nicolás Bujarin, a Kalecki y Bobrowski, entre muchos otros economistas. Seguramente esta tradición de pensamiento no sea del gusto de un neoliberal como Júnior, pero eso no equivale a decir que el Che no sabía de economía política…

 

La Unión Soviética, el Che y la alegre ignorancia

 

Ya que Júnior le atribuye alegremente al Che la responsabilidad por la «sovietización» de Cuba -vaya uno a saber qué entiende un neoliberal por «sovietización»…- bien podría haber invertido una tarde, tan sólo una quinta tarde, en leer aunque sea por arriba los escritos del Che donde cuestiona explícita y expresamente los métodos soviéticos de construcción del socialismo. El Che hizo públicas sus cuestionamientos en algunos discursos famosos, pero en sus notas críticas al Manual de economía política de la Academia de Ciencias de la Unión Soviética Guevara se explayó largamente -no sólo en el terreno económico, sino también en el político- sobre sus divergencias con el «modelo» soviético. Intentó fundamentar las respuestas desde un punto de vista analítico y teórico. Que Júnior no quiera tomarse el trabajo de investigar esos materiales no lo exime ni lo legitima para atribuirle a una cuestión pasional o coyuntural sus reconocidas distancias frente a la URSS. Si Júnior se hubiera tomado aunque sea una tarde (¡sólo una quinta tarde!, querido Júnior…), desde cualquier computadora podría haber husmeado por internet y allí habría encontrado, por ejemplo en el sitio de la cátedra Che Guevara de REBELIÓN (http://www.rebelion.org/argentina/notas190902.pdf) materiales en los cuales Guevara somete a crítica implacable a la URSS y al mundo cultural que la acompañó. No desde la derecha sino desde la izquierda, no desde la mugre de las bolsas de valores y las grandes firmas capitalistas, sino desde el punto de vista de los pueblos rebeldes y de aquellos que entregan su vida luchando por la revolución mundial. Si quisiera, podría haber consultado las notas críticas del Che a las concepciones económicas de la URSS y sus antiguos socios de los países del Este.

Vinculado precisamente con este cuestionamiento de Guevara a la URSS, resulta incomprensible la sorpresa de Júnior frente al tremendo atractivo del que goza el Che en el mundo contemporáneo luego de lo que nuestro articulista denomina el «colapso político e ideológico de todo lo que Guevara representaba». Por más superficial, ignorante o bruto que uno sea, esa tesis que asimila al Che al mundo que colapsó con el derrumbe del muro de Berlín no se puede sostener en lo más mínimo.

Si se iba a dedicar a escribir un libelo contra Guevara, lo mínimo que podría haber hecho Júnior es informarse.

La derecha siempre es impiadosa y despiadada… ya lo sabemos. Estamos acostumbrados. Pero al menos podría ser ilustrada, ¿no? Como mínimo podría informarse. ¿Siempre tendremos que lidiar con ignorantes? (Todavía nos acordamos de la ignorancia mayúscula de Francis Fukuyama y su triste artículo sobre «el fin de la historia» en el cual se confundía los libros de Hegel que citaba…). ¿Para cuándo una derecha lúcida e informada?

Cualquier lector de filas, mínimamente informado, sabe que el Che no era apreciado en ese mundo que colapsó en 1989… A la hora de emitir juicios superficiales sin el menor respaldo documental o científico no hace falta «perder tiempo» aportando pruebas o estudiando aquello que se va a criticar. Júnior sabe de antemano que su libelo será igualmente difundido a troche y moche por ese inmenso aparato de desinformación masivo y censura sistemática que hoy defiende al capitalismo. ¿Para qué tomarse entonces el trabajo de invertir una sola tarde de lectura?

 

Júnior y su poco creíble elogio de la disidencia

 

Tratando de presentar al Che como un totalitario, Júnior escribe: «»Contrarrevolucionario» es el término que se aplicaba a cualquiera que se desviara del dogma. Era el sinónimo comunista de «hereje»»… Interesante observación sobre la disidencia. Al oponerse a quienes estaban en contra de la Revolución Cubana (en contra, incluso con medios armados), el Che se convierte automáticamente en un partidario del totalitarismo. No permite la disidencia radical.

¿Qué opinaría Júnior del monopolio violento que los grandes aparatos de propaganda de EEUU ejercen sobre la opinión pública norteamericana? ¿Habrá invertido aunque sea una tarde -una sexta tarde- en leer las denuncias de Noam Chomsky? ¿Habrá en EEUU, país admirado por Júnior y sus amigos, mucho margen para la disidencia radical? Hoy en día los poderosos del planeta no utilizan los términos «Contrarrevolucionario» ni «hereje». No… peor aún. Los denominan lisa y llanamente «terrorista». Cualquiera que disienta con el poder mundial del capital se convierte en un «terrorista». No hace falta llevar un fusil en el hombro ni andar a los saltos por alguna selva del mundo para ser considerado como tal. Un maestro, un sindicalista e incluso un tímido sacerdote que cuestione dentro de Estados Unidos el poder omnímodo de la plutocracia empresarial que dirige los destinos de la primera potencia del planeta se convierte, automáticamente, en un sospechoso de «terrorismo». Jamás los medios de comunicación publicarán sus opiniones.

Se le impondrá, en el mejor de los casos, un silencio a la fuerza y, por supuesto, se le vigilará hasta en los detalles más íntimos de su vida cotidiana (por ejemplo qué libros retira de la biblioteca… o qué correos electrónicos envía a sus amigos).

¿Invierte aunque sea media línea Júnior en denunciar semejante totalitarismo que haría sonrojar a Mc Carty y palidecer las antiutopías más sombrías de Ray Bradbury, George Orwell o Aldoux Huxley? La pregunta es, obviamente, retórica. Se contesta por sí misma. Los patrones no pagan por escribir sobre esos temas.

Además ningún medio «serio» -es decir, domesticado por el poder y financiado por el gran empresariado- lo publicaría. Si no estuviera cegado por el odio a los revolucionarios y el amor a los billetes, Júnior podría invertir aunque sea una sola tarde (una séptima tarde) en husmear en la polémica pública donde el Che participó en la «totalitaria» Cuba. En dicho debate, el Che le publicó en sus propias revistas (por ejemplo en Nuestra Industria económica) a sus adversarios ideológicos que lo criticaban con nombre y apellido, tanto a los de origen cubano como a los extranjeros. Curioso déspota este Guevara que publica a quienes lo critican y debate públicamente y por escrito con quienes no piensan como él. ¡Una tarde, Júnior, una séptima tarde! Es todo lo que le pido.

 

¿Libertad = propiedad privada?

 

La que sí resulta hilarante es la identidad que plantea Júnior entre libre albedrío y propiedad privada. El Che habría atacado ambas al mismo tiempo, ya que son lo mismo. Si promovió la expropiación… vulneró la libertad. Un lugar común de la ideología liberal. Pero hoy en día los liberales ilustrados, los que han leído un poquito, los que «han perdido» un par de tardes en las bibliotecas para poder hablar con mayor sutileza, presentan ese mismo argumento de manera más fina. No es el caso de Júnior, que arremete contra el Che porque… Guevara no respetaba la propiedad privada. No vale la pena peder tiempo en contestar este lugar común, que cualquier persona analfabeta -de esas muchas que lamentablemente nos deja el capitalismo- podría expresar mejor que nuestro articulista.

 

 

Hablemos de campos de concentración

 

Júnior trata de homologar a Cuba con la URSS stalinizada y para ello trae a colación de manera injustificada el temible nombre de Laurenti Beria. Sin embargo se «olvida» que la Revolución Cubana goza de un consenso que Stalin se ocupó de hacer trizas en su época no sólo con sus campos de concentración sino también con su aniquilamiento de la mayor parte de los revolucionarios que hicieron la revolución de 1917. Falsa analogía, entonces. Forzada, caricaturesca. Basta leer los informes desclasificados de la CIA sobre la Cuba de los ’60 (aquella donde vivió el Che) para apreciar la distancia abismal entre ambas sociedades. Muchas veces hasta los agentes «técnicos» de la CIA se animan a reconocer en sus informes y descripciones aquello que los políticos norteamericanos no pueden reconocer en público: el enorme consenso popular de Fidel, el Che y su revolución. Por supuesto que lo hacen destilando veneno, pero aún así, tienen que reconocerlo.

Si Júnior está tan interesado en reflexionar sobre los campos de concentración como dejaría traslucir su libelo, bien podríamos conversar sobre los campos de concentración que en Argentina permitieron aplastar toda disidencia radical aniquilando a 30.000 personas, incluyendo dentro de esa cifra a miles de jóvenes seguidores y seguidoras de las ideas del Che.

Pero si usted me responde, estimado Júnior, que «eso quedó en el pasado» y «a lo pasado, pisado» -como suelen decir los que legitiman al poder-, entonces podríamos intercambiar opiniones sobre los campos de concentración y tortura que HOY existen en territorio cubano. No en la Cuba de Fidel y el Che sino en la parte de Cuba ocupada ilegalmente por sus amigos, querido Júnior. Las fotos han recorrido el mundo… Ya nadie lo discute. Si usted invirtiera tan sólo una tarde, una octava tarde, podría consultar los testimonios gráficos irrefutables de ese inmenso e ignominioso crimen contra el género humano que se levanta en Guantánamo.

¿Conversamos Vargas Llosa Júnior sobre estos temas? Lo invito cuando quiera. Por la tarde o, ya que evidentemente las tiene ocupadas, por la mañana. Como usted prefiera.

 

Buenos Aires, 3 de agosto de 2005

 

NOTAS:

 

(1) El panfletito fue originalmente publicado en inglés por la revista The New Republic bajo el titulo de «The Killing Machine: Che Guevara, from Communist Firebrand to Capitalist Brand», en sus ediciones del 11 y 18 de julio de 2005.

 

(2) Casi tan sofocada como Júnior por la aceptación popular que tuvo el film Diarios de motocicleta está la celebérrima y nunca suficientemente ponderada escritora Zoé Valdés, quien en su notita «Las locas y el Che» lo describe como un «guerrillero y terrorista» utilizando el típico lenguaje de cualquiera de nuestros militares, los más fachos. ¡No iba a ser menos! Esta escritora elegante, culta y exquisita como pocas -casi, casi, casi parangonable por su sabiduría a Júnior- dice estar muy preocupada por la persecución a homosexuales y lesbianas, pero curiosamente nunca he leído una sola línea suya ni una sola declaración solidaria en defensa de las compañeras travestis o prostitutas que en Argentina tortura la policía o encarcela el gobierno «progresista» de Kirchner por oponerse al código de convivencia urbana y al código contravencional. Más simpático aún resulta su defensa de las minorías en un escrito donde se le escapa una incomprensible y bochornosa nota despectiva contra los «negociantes judíos» [sic] de París. ¡Qué amplitud de miras! ¡Qué pluralismo tolerante!

La notita de Zoé no tiene la pretensión del libelo de Júnior. El inmenso aparato de propaganda del sistema realiza una división del trabajo. A cada cual lo suyo. Si Júnior posa de politicólogo, a ella le toca la república de las letras. Y desde ese ángulo apuntala la misma leyenda truculenta del Che fusilador. ¡Pero ella es cubana! Aunque quiera olvidarse o renegar de ese pasado, no puede con su genio. Entonces elabora una divertidísima y colorida pintura del despiadado Guevara. En la caricatura de la guerra fría que nos propone Zoé Valdés sobre el Che (típica de esas series norteamericanas que en Argentina veíamos durante la infancia los sábados a la tarde) el malo ya no es un frío y calculador asesino sino… un apasionado latino que descarga el peine de su pistola en un iracundo y desenfrenado ataque de enojo…

Después de todo los estereotipos de la guerra fría deben «aggionarse» cuando se los ubica en una pintura caribeña, aun cuando la autora sea una cubana con simpatías por Miami como es el triste caso de Zoé Valdés.

Y ya que estamos en una nota al pie, permítasenos una pequeña digresión, de esas que tanto le gustan a Zoé… Al recorrer su notita contra el Che Guevara me divierte leer el refinamiento impostado y artificial con que Zoé describe «su» barrio parisino… -«Vivo en El Marais, bohemio barrio parisino», nos aclara al comenzar- de la misma forma que lo haría cualquier escritor provinciano y colonial que se siente en «el cielo» por llegar a la metrópoli… Pobre muchacha del tercer mundo, hay que sentir un apabullante complejo de inferioridad para escribir de esa manera.