Recomiendo:
0

Latinoamérica: entre dictaduras y democracias

Fuentes: Rebelión

«Con la democracia también se come», gritaba en su campaña proselitista Raúl Alfonsín antes de convertirse en el primer presidente constitucional luego de la dictadura militar que asoló Argentina entre 1976 y 1982. La promesa levantaba grandes expectativas; tantas, que le permitió ganar las elecciones. Hoy, después de más de dos décadas de ejercicio democrático, […]

«Con la democracia también se come», gritaba en su campaña proselitista Raúl Alfonsín antes de convertirse en el primer presidente constitucional luego de la dictadura militar que asoló Argentina entre 1976 y 1982. La promesa levantaba grandes expectativas; tantas, que le permitió ganar las elecciones. Hoy, después de más de dos décadas de ejercicio democrático, el país está intentado salir de la peor crisis de su historia, y no es nada infrecuente que muchos de sus habitantes deban comer de los tarros de basura; y tampoco fueron infrecuentes, en estos últimos años, saqueos a parques zoológicos para comerse algún animal. En un país donde hace cincuenta años atrás sobraba la comida -«el granero del mundo» llegó a decírsele- hoy la desnutrición campea exultante. Parece ser que la democracia no ha dado para comer mucho.

Mucha gente en Latinoamérica -de hecho una investigación desarrollada por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) hace un par de años atrás lo mostraba con cifras elocuentes: 55 % de la población estudiada- apoyaría de buen grado un gobierno dictatorial si eso le resolviera los problemas de índole económica, lo cual llenó de consternación a más de un politólogo.

Sin ningún lugar a dudas décadas de dictaduras militares y regímenes totalitarios dejaron una profunda marca política en la región, por lo que no espanta la idea de un gobierno no democrático. Pero ello no habla sólo de una cierta vocación autoritaria de las poblaciones latinoamericanas, transformada ya hoy en hecho cultural; habla, más que nada, del fracaso de estas democracias formales aparecidas alrededor de la década de los 80, luego de los tristemente célebres gobiernos militares, donde la mano de Washington no es ajena, y que muy bien caracterizara Eduardo Galeano como «democraduras» o «democracias vigiladas». «Democracia» es una de las nociones más manoseadas, más retorcidas del vocabulario político universal. Si intentáramos precisarla en pocas palabras, seguro que no lo lograríamos. El solo hecho que pueda ser presentada como opción «buena» ante otras «equivocadas» nos alerta ya que no es universalmente aceptada, que es materia de equívoco, que da para todo. Pero ¿cómo es posible que en su nombre se produzca una guerra de conquista como la de Irak? Sin dudas, entonces, esto de la democracia es algo explosivamente polémico. Pero ¿existe la democracia? ¿Es posible que exista de verdad alguna vez?

Democracia: gobierno del pueblo; es tan amplio que lo dice todo y no dice nada. Una rápida mirada de la historia, o de cualquier situación actual, nos confronta con que lo que menos tenemos como experiencia concreta en nuestro largo y tortuoso proceso civilizatorio es, justamente, «gobierno del pueblo».

Con el ascenso del capitalismo y el triunfo político de la nueva burguesía, la democracia representativa toma su mayoría de edad, y hoy, doscientos años después de haberse impuesto a partir de la cabeza guillotinada de los monarcas franceses, se presenta como el modelo más desarrollado de organización social. En ese sentido se autoerige como condición de la prosperidad. ¿Será? ¿Quién dice que es el más «desarrollado»? ¿Desde qué parámetros?

El último informe del Banco Mundial revela que la República Popular China sacó de la marginación a 200 millones de personas en 20 años sin que sus reformas se apegaran a las recetas neoliberales en boga, pero más aún, con una organización política abominada por las democracias occidentales en la que brillan por su ausencia todas las libertades esgrimidas como logros democráticos.

Como dice Luis Méndez Asensio: «El ejemplo chino nos incita a una de las preguntas clave de nuestro tiempo: ¿es la democracia sinónimo de desarrollo? Mucho me temo que la respuesta habrá que encontrarla en otra galaxia. Porque lo que reflejan los números macroeconómicos, a los que son tan adictos los neoliberales, es que el gigante asiático ha conseguido abatir los parámetros de pobreza sin recurrir a las urnas, sin hacer gala de las libertades, sin amnistiar al prójimo.»

Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que no sólo de pan vive el hombre (agreguemos: y la mujer). Sabemos hoy, deteriorados y caídos los socialismos reales (o, al menos, algunas de sus primeras experiencias. Cuba y Venezuela siguen adelante, no olvidarlo), que junto a los satisfactores materiales importan, y mucho, las libertades individuales, la libre expresión, la posibilidad de disentir. Pero cuidado: la incondicional defensa de «la democracia» (al igual que los derechos humanos) esconde una trampa, mortal, hipócrita. ¿Mentía descaradamente Raúl Alfonsín cuando vendía prosperidad de la mano de la democracia? Quizá no, convencido como estaba del desarrollo de la socialdemocracia de algunos países europeos, donde efectivamente sí, la gente come y tiene espacio para el disenso. La trampa está en el sistema mismo de las relaciones sociales y la repartición de poderes. ¿Por qué no toda la población del mundo puede vivir como en Suecia?

¿Tienen poder los que votan? Los regímenes autocráticos terminan siendo agobiantes, todos, no importa el color ideológico en juego. Visto el panorama mundial, en ningún país -ni en los pobres, la gran mayoría del planeta, por cierto, ni en los ricos- la masa mayoritaria detenta el poder real. Sucede que en algunos, los menos, la riqueza alcanza para que todos vivan con el mínimo de dignidad que, hoy por hoy, la gran mayoría de la humanidad no tiene (comida, agua potable, educación básica, vivienda). Si esas necesidades primarias no se resuelven es absolutamente improcedente pensar -como lo hiciera el Secretario General de la ONU Kofi Annan refiriéndose al mapa de Latinoamérica luego de conocidas las conclusiones del referido estudio- que «la solución para sus problemas no radica en una vuelta al autoritarismo sino en una sólida y profundamente enraizada democracia». Por supuesto que las dictaduras no resolvieron los problemas de pobreza y exclusión social (no estaban para es o, por cierto). Pero tampoco los han resuelto las actuales democracias vigiladas. De lo que se trata es de una nueva repartición de los poderes, más justa, más equitativa; si no, Suecia seguirá siendo Suecia (en muy buena medida a costa del Sur), y el Sur, aunque vaya a las urnas cada tantos años, seguirá pobre, famélico, analfabeto.

Según aquella lógica, entonces: primero la democracia (¿cuál?), y el desarrollo vendrá por añadidura. De hecho no existe un solo país en el Tercer Mundo que haya logrado compatibilizar ambas cosas, con las excepciones de Israel, o Costa Rica, cuyas historias no son precisamente el mejor espejo donde mirarse. «Democraduras» latinoamericanas, habíamos dicho. Lamentablemente es así. En la región no hay ni desarrollo económico, ni mayores libertades (los servicios de inteligencia y las fuerzas armadas hoy no son necesarias en la geoestrategia de Washington, pero no han desaparecido, no olvidarlo). Con la democracia formal que se impone desde modelos del Norte en Latinoamérica nadie ha logrado comer, y las veces en que los pueblos comenzaron a salir tímidamente de su precariedad histórica, cuando empezaron a comer todos los días (Cuba, Nicaragua, ahora Venezuela) fueron brutalmente castigados por «antidemocráticos». ¿No es un tanto llamativo que golpeándose el pecho en nombre de los valores democráticos Washington preparó un golpe de Estado contra el presidente venezolano Hugo Chávez, ganador de todas las elecciones a las que se presentó, él o su movimiento político? ¿De qué democracia hablamos?

Tan elástico es este vapuleado concepto de democracia que sirve para cualquier propósito: para comer -según Alfonsín-, para mantener un bloqueo contra Cuba, para invadir Irak, para deponer al presidente Aristide en Haití. ¿No será que, por tan elástico, en realidad no significa nada de nada?

Es hora de cambiar el concepto de democracia representativa, aquél con el que se ha venido explotando a las grandes masas desde hace dos siglos, por algo nuevo: democracia popular, poder desde abajo. Si el propio pueblo no es artífice de su destino, no hay salida para los problemas que ya conocemos de memoria en Latinoamérica.