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Lo llaman democracia pero… ¿lo es?

Fuentes: Punto Final

En las últimas décadas se constata un enorme incremento de los regímenes formalmente democráticos, representativos y multipartidistas en todo el mundo. Se han generalizado las elecciones como mecanismo legitimador inapelable para acreditar el acceso al poder. Actualmente sólo existen seis monarquías absolutas (Arabia Saudita, Brunei, Catar, Omán, Ciudad del Vaticano y Suazilandia) y siete países […]

En las últimas décadas se constata un enorme incremento de los regímenes formalmente democráticos, representativos y multipartidistas en todo el mundo. Se han generalizado las elecciones como mecanismo legitimador inapelable para acreditar el acceso al poder. Actualmente sólo existen seis monarquías absolutas (Arabia Saudita, Brunei, Catar, Omán, Ciudad del Vaticano y Suazilandia) y siete países con sistemas unipartidistas, de los cuales dos tienen una fundamentación nacionalista (Eritrea y la República Arabe Saharaui Democrática) y cinco se inscriben en la tradición comunista (China, Cuba, Corea del Norte, Laos y Vietnam).

La gran novedad ha sido la desaparición de las dictaduras militares, que fueron un sistema de gobierno ampliamente extendido durante todo el siglo XX. En la actualidad sólo se puede calificar bajo ese modelo al gobierno de Tailandia, que accedió al poder por un golpe de Estado en mayo de 2014. La experiencia del putsch , encabezado por militares, es un hecho episódico, representando cortos periodos de interregno , motivados por graves conflictos entre poderes del Estado, los que desembocan rápidamente en un nuevo llamado a elecciones, tal como ocurrió luego del sangriento golpe de Estado de 2013 en Egipto, donde el general golpista a los pocos meses pasó por las urnas, «democratizando» su legitimidad.

Pero si descartamos de la lista de 192 Estados miembros de la ONU a los catorce países ya señalados, tampoco es posible afirmar que los 178 restantes sean «democráticos». Existe una enorme dificultad para definir los límites de la democracia. La mera existencia de elecciones multipartidistas, formalmente apegadas a estándares de integridad electoral, no es un indicador suficiente. John Keane habla de los «nuevos despotismos»,(1) como Rusia, Singapur o Turquía, países donde hay elecciones multipartidistas y los gobiernos tienen el apoyo de la mayoría, aunque es evidente que no hay democracia.

Esto abre preguntas: ¿la legitimidad de un régimen democrático depende exclusivamente de su apego a los requerimientos especificados en la legislación electoral de cada país? Si no es así, ¿cómo delimitar un criterio internacional, que más allá de los factores técnicos de un proceso electoral pueda evaluar la naturaleza de los regímenes políticos dentro del contexto de los procesos de democratización, que siempre son cambiantes? Basta advertir que los intentos de definir la democracia mediante instrumentos normativos en el derecho internacional, como la «carta democrática» de la OEA, han sido acusados reiteradamente de enmascarar políticas intervencionistas para alterar los asuntos internos de otros Estados, con la intención de torcer su voluntad y obtener la subordinación a algún agente o potencia externa.

La aparente democratización del mundo enfrenta cuestionamientos globales, partiendo por Estados Unidos, donde el millonario Donald Trump, que obtuvo 2,8 millones de votos menos que su rival, y blandiendo la mentira como principal arma política, ha accedido al poder del país más poderoso del mundo. Igualmente la Encuesta Social Europea (2016) analizando los «significados y evaluaciones de la democracia» en 24 países, concluye: «En Europa, la democracia es vista por muchos como un valor universal y considerada como el mejor sistema posible para organizar las preferencias de los ciudadanos. Al mismo tiempo, sin embargo, hay grandes preocupaciones por la aparente insatisfacción pública con la forma en que la democracia funciona realmente en la mayoría de los países europeos. Las democracias europeas se enfrentan a graves desafíos que podrían socavar la confianza de los ciudadanos en su capacidad para resolver problemas importantes. Uno de esos grandes desafíos es la globalización y la consecuente erosión del poder de los Parlamentos nacionales en favor de las organizaciones supranacionales como la Unión Europea y las corporaciones globales. Otra es la fuerte crisis económica que ha golpeado a las democracias europeas en los últimos años».(2)

En nuestro contexto, el informe Latinobarómetro 2016, que analiza toda Latinoamérica y que se tituló llamativamente «El declive de la democracia», advierte una crisis generalizada ya que los sistemas políticos no logran responder a las aspiraciones sociales: «Las demandas ciudadanas son claramente de inclusión, de igualdad de trato, acceso y desmantelamiento de las desigualdades. Esos son los bienes políticos que le faltan a las democracias para salir del estancamiento en que se encuentran (…) Sin guerras, América Latina acusa violencia, corrupción y la desigualdad como los fenómenos más potentes que retienen a la democracia».(3)

 

EL TRIUNFO DE LA «PSEFOCRACIA»

La sospecha que se ha extendido entre la gente es que la proliferación de elecciones ha sido una excelente oportunidad para torcer el anhelo democrático de los pueblos. La súbita desaparición de las dictaduras militares no ha supuesto una verdadera democratización de las viejas elites golpistas. A más elecciones, parece haber cada vez menos democracia. Ashis Nandy, uno de los intelectuales más respetados de la India, afirma que la democracia actual se ha convertido en una «psefocracia», un sistema «totalmente dominado por victorias y derrotas electorales, ya que en el momento en que entras a la oficina, comienzas a pensar en las próximas elecciones».(4) Y para ganar una elección todo vale, porque la democracia es sólo un procedimiento legal que se puede manipular. Mientras se gane legalmente, todo lo demás es superfluo. En la antigua Atenas se votaba con un sistema de piedras, una piedra blanca era sí, una negra, no. Piedra en griego se dice psefos . De allí que en una «psefocracia» existan votos. Pero la existencia de estas «piedras» no significa nada. La democracia no es depositar una piedra o un papel en un lugar. Es ejercer soberanía popular, y esto es lo que se ha perdido.

Sin explicar todo esto, nada de lo que pasa en Chile se entiende. La crisis de la democracia actual se ha tratado de explicar como una crisis de confianza de los representados en sus representantes. Con otros representantes, menos corruptos, tal vez podrían mejorar las cosas. Pero ese argumento oculta el fondo del problema: aunque se elija a la persona más capaz y virtuosa, es muy poco lo que puede hacer si no se sale de los límites de esta «psefocracia».

 

¿UNA NUEVA MAYORIA 2.0 SIN EL PC?

En la DC están buscando una manera de legitimar un regreso a la vieja Concertación de Partidos por la Democracia, lo que supone la expulsión del Partido Comunista de la coalición. Para eso han instalado la tesis de acordar una Nueva Mayoría 2.0, basada en el principio de la «adhesión a la democracia» de los partidos que la compongan. Criterio pensado para excluir deliberadamente al Partido Comunista. El burdo show del viaje de Mariana Aylwin a Cuba tuvo esa intención, y seguramente van a seguir explotando esa idea.

El problema de esta tesis es que es anacrónica, un remedo nostálgico del macarthismo, la «ley maldita» y la guerra fría. En un contexto de degradación de la democracia a simple «psefocracia», es de una temeraria arrogancia salir a dar cátedra de demócratas a costa de un país como Cuba, que puede dar cuenta de una defensa férrea del principio de soberanía popular, con cincuenta años de resistencia a toda prueba. Cuba no es una democracia multipartidista, pero tampoco es una «psefocracia». En tiempos de tanta incerteza conceptual lo que debería primar es el respeto y la autocrítica. Lo que realmente le molesta a los conservadores de la Nueva Mayoría no es Cuba. Lo que les incomoda es que el PC está presente en la cocina de sus acuerdos legislativos e impide, por su propia presencia, resolver materias que en la vieja Concertación se despachaban sin observaciones. Hoy día eso no lo pueden hacer y les pesa.

 

PROFUSION DE PRECANDIDATURAS

Simultáneamente nos llenamos de candidatos. El número de precandidatos presidenciales ha explotado. Un conteo rápido arroja el siguiente cuadro:

En la derecha compiten oficialmente los dos Kast, José Antonio y Felipe, Manuel José Ossandón y Sebastián Piñera. Pero si este último tuviera que deponer su candidatura, debido a la acumulación de acusaciones de corrupción, entrarían a disputar su espacio Andrés Allamand, Francisco Chahuán y Alberto Espina.

En la Nueva Mayoría se han instalado Carolina Goic como precandidata de la DC, Ricardo Lagos del PPD, Alejandro Guillier del PR, IC y MAS. El PS se encuentra muy complicado ya que no logra definir su candidato. Oficialmente se han presentado José Miguel Insulza y Fernando Atria, pero luego de haber convocado a una consulta interna para dirimir el punto, la comisión política resolvió citar al comité central para el 1º de abril, el cual resolvería si ese mecanismo se mantiene o desecha. Lo que muestra que no hay acuerdo ni siquiera en el procedimiento para salir del descuerdo.

Toma fuerza la estrategia de las elites conservadoras, que ahora postulan que se presenten todas las candidaturas de la Nueva Mayoría en primera vuelta, sin primarias, con la esperanza de cobrar muy caro su apoyo en una segunda vuelta y condicionar a su favor las negociaciones. Por lo cual, Alejandro Guillier, que marca primero en las encuestas, ha declarado: «Si no hay primarias, no voy a primera vuelta, porque se acabaría la Nueva Mayoría». El trasfondo es el traslado del apoyo del «partido del orden», los conservadores concertacionistas, que esperan que Ricardo Lagos baje su candidatura a más tardar en abril, para concentrar su apoyo en Carolina Goic. Y de paso, forzar la exclusión del PC.

Pero esta profusión de candidaturas se complicará más debido a la crisis de los partidos, que no parece que puedan llegar a cumplir con el obligatorio refichaje de su militancia. Si los partidos no se logran refichar no se podrían realizar las primarias legales, y los candidatos tendrían que buscar firmas por sí mismos para avalar su inscripción. Además, si los partidos no poseen ni siquiera la capacidad de avalar candidatos, su rol queda reducido al de clubes de debate o grupos de presión, acrecentando la dinámica de desprestigio que les persigue.

En el naciente Frente Amplio ya ha oficializado su precandidatura Alberto Mayol, con el apoyo de Nueva Democracia, movimiento que ha surgido al calor de la Unión Nacional de Estudiantes (UNE) y la Fundación CREA. En Revolución Democrática han sondeado la disposición de la economista Claudia Sanhueza y de Sebastián Depolo (presidente de RD). Desde la Izquierda Autónoma se nombra al sociólogo Carlos Ruiz. Más genéricamente existen referencias al rector de la Universidad de Valparaíso, Aldo Valle, a la periodista Beatriz Sánchez y a Luis Mesina (coordinador del Movimiento de Trabajadores No+AFP). El sindicalista Cristián Cuevas (Nueva Democracia) que «sonó» mucho en los últimos meses, ha clarificado su intención de centrarse en una campaña de diputado por Lota y Coronel. Y fuera del Frente Amplio el Partido País proclamó como su candidato presidencial al senador Alejandro Navarro. Un cuadro que también muestra lo complejo de llegar a acuerdos en el contexto de nuestra «psefocracia».

 

 

 

Notas

(1) Keane, J. «Los nuevos despotismos: imaginando el fin de la democracia». Recerca 19 ; 2016, p. 137-154

(2) European Social Survey 2016, p. 3

(3) Latinobarómetro 2016 http://www.latinobarometro.org/latNewsShow.jsp

(4) Nandy, A. (2008) entrevista en Outlook India


 

Publicado en «Punto Final», edición Nº 871, 17 de marzo 2017.

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