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Los dos mitos de Allende

Fuentes: Rebelión

A nuestra izquierda le gusta, le encanta mitificar. Y en el caso latinoamericano mezclamos esta tendencia con un arraigado cristianismo para transformar a nuestros líderes históricos en seres de otro mundo. Allende es uno más en esta galería de santos sin sotana. A través de este proceso pretendemos entregar un reconocimiento, desde lo emocional, al […]

A nuestra izquierda le gusta, le encanta mitificar. Y en el caso latinoamericano mezclamos esta tendencia con un arraigado cristianismo para transformar a nuestros líderes históricos en seres de otro mundo.

Allende es uno más en esta galería de santos sin sotana.

A través de este proceso pretendemos entregar un reconocimiento, desde lo emocional, al legado político y personal de uno de los líderes más carismático que ha tenido la historia reciente de Latinoamérica.

Sin embargo, con Allende se dice y se hace de todo. Su figura ha vivido un proceso de despolitización global, que hace de su persona una especie de pomada que sirve para explicar, entre otras cosas, las decisiones personales de un sin número de ex marxistas, hoy, reconvertidos en acomodados socialdemócratas.

Allende en Europa

Aunque a algunos les cueste creerlo, en casi todas las grandes ciudades europeas, existe, a lo menos, una plaza, o una calle, que recuerda a Salvador Allende. Este honor se le confirió al Compañero Presidente por el profundo impacto creado en la sociedad europea de los 70′, luego de ver como los aviones de Pinochet bombardeaban el palacio presidencial de la Moneda, el 11 de septiembre del 73.

Allende era un hombre culto. Un intelectual que sabia de pintura, amigo de los grandes literatos de su época y un vividor que gozaba disfrutando del buen wisky y las mujeres. Todo lo anterior, lo combinaba con una convicción profunda en la necesidad de una revolución.

Su imagen calzaba perfectamente con el estilo de liderazgo que le gusta a las elites de la izquierda europea. Para ellos Allende era el ejemplo de lo que un revolucionario impregnado por la ilustración podía lograr en los países del 3º mundo.

Por ello, su caída golpeó con una fuerza inusitada a una izquierda europea, recién convaleciente de su derrota del año 68. El mundo no giraría hacia la izquierda, y era necesario abandonar las locas ideas del socialismo para avanzar en la construcción de alternativas «intermedias», que lograran humanizar el capitalismo, sin provocar la ira de los malvados.

«Miren lo que le pasó a Allende», pasó a ser la frase de moda. Un presidente marxista electo y derrocado por uno los militares aliados con los gringos, resultaba ser la excusa perfecta para abandonar el camino de la revolución de las masas.

Allende se convirtió en un mito para la izquierda europea. Un símbolo de la derrota segura que esperaba a aquellos que osasen seguir en el camino de la revolución. El exilio de los políticos chilenos hacia Europa ratificó esta visión. Salvo algunas excepciones, la mayoría de los revolucionarios que acompañaron a Allende en su gobierno de los 1000 días, se convirtieron rápidamente a la naciente socialdemocracia.

Allende en Latinoamérica

Al contrario de lo que pasaba en el viejo continente, la imagen de Allende transitaría por un mito absolutamente distinto en las Américas.

Los 60′ y 70′ fueron, para nuestro continente, décadas de esperanzas y frustraciones. Durante aquellos años emergerían las figuras de Fidel Castro, del Che Guevara y de tantos otros apoyando la idea de que los intelectuales latinoamericanos tenían un rol central que jugar en los procesos políticos del continente.

Eran doctores, abogados, escritores, artistas, los que se ponían a la cabeza de las luchas del pueblo. El Allende médico encajaba, tanto por perfil, como por convicción con esta tendencia de la época.

La revolución no era un juego y esta generación de intelectuales estaba dispuesta a ponerse, de verdad, al servicio del pueblo.

De ahí la coherencia de Allende, quién en su último discurso, prometió que » de aquí no me sacarán sino muerto . Mi deber es morir en defensa del mandato que me otorgó el pueblo».

Para la izquierda latinoamericana el presidente con casco y metralleta, disparando desde el segundo piso del palacio presidencial, mientras los tanques y los aviones llenaban de metralla las paredes, se transformó en una imagen mítica. Tanto que, hasta el día de hoy, en muchos lugares aun se sigue cuestionando la idea del suicidio del presidente.

Lo que atrae del personaje es la imagen del compromiso de sangre con sus convicciones. Es la atracción por la entrega total de quién podía haber huido, haber renegado y reconvertirse otro más de su clase social. Por cierto, abandonando al pueblo a su suerte. Allende no lo hizo. Muchos que lo seguían si lo hicieron.

La vigencia de Allende hoy

En estos días de amenazas golpistas, de complots para asesinar a presidentes democráticamente electos en Bolivia, Argentina o Venezuela, la figura de Allende vuelve a aparecer.

En su tiempo la muerte de presidente significó el cierre de una etapa. Una derrota con ganas de revancha. Pero derrota al fin y al cabo. Más allá de la muerte del líder fueron los miles de hombres y mujeres los que sufrieron los ataques de lo poderosos ávidos de venganza.

Los mitos sirven para mantener viva la imagen de algo o alguien cuyo ejemplo interesa que permanezca en el tiempo. Pero en este caso lo que se quiere mantener en el tiempo son imágenes que impiden avanzar.

El caso de Allende, este debería ser un momento de analizar la vigencia del reto político que este líder, y la generación de políticos e intelectuales que lo acompañaron, fueron incapaces de resolver.

La muerte de Allende fue la derrota de una apuesta política. Apuesta que aún sigue presente en la cabeza de muchos. El acertijo de revolución sin las armas, y del voto como instrumento de lucha y transformación sigue, hoy, más vigente que nunca, en Latinoamérica.

En su tiempo, el presidente chileno tuvo que enfrentar las críticas de los que promovían la revolución por las armas. Muchos lo aplaudieron y aún lo siguen haciendo por eso. Sin embargo, la historia demostró que su lectura de tanto del escenario internacional, como de las pugnas entre las fuerzas políticas y militares en el contexto nacional fueron absolutamente erradas.

Se cometieron muchos errores a nivel de la conducción del proceso. Y se pagaron muy caro.

Perderse en el mito de Allende no permite ver con claridad, aun pasados 35 años del golpe, los errores políticos cometidos. Quienes fueron parte de las decisiones tomadas se esconden tras la figura del Compañero Presidente, impidiendo el debate que permita reconocer lo que de esa historia pueda servir para el avance de la lucha de los pueblos.

*Periodista y doctorando en ciencias políticas UAB, España