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Los riesgos de una nueva Edad Media de alta tecnología

Fuentes: Rebelión

Si aceptamos que las condiciones existentes en el mundo se asemejen cada vez más a las de una Edad Media con reducidos grupos humanos que concentran los avances tecnológicos manteniendo crecientes exclusiones sociales, en medio de insospechadas tensiones políticas y con un marcado deterioro ecológico, de plano habría que descartar la idea de una «aldea […]

Si aceptamos que las condiciones existentes en el mundo se asemejen cada vez más a las de una Edad Media con reducidos grupos humanos que concentran los avances tecnológicos manteniendo crecientes exclusiones sociales, en medio de insospechadas tensiones políticas y con un marcado deterioro ecológico, de plano habría que descartar la idea de una «aldea global», acuñada por primera vez por Herbert Marshall McLuhan, profesor universitario canadiense. Lo que estaría en ciernes es una suerte de Edad Media de alta tecnología, no inspirada en el determinismo tecnológico de Luhan. Según él, «la velocidad eléctrica tiende a abolir el tiempo y el espacio de la conciencia humana. No existe demora entre el efecto de un acontecimiento y el siguiente. Las extensiones eléctricas de nuestro sistema nervioso crean un campo unificado de estructuras orgánicamente interrelacionadas que nosotros llamarnos la actual Era de la Información». El resultado de este proceso, siguiendo con la reflexión de Luhan, bastaría para modificar las percepciones y transformar las relaciones sociales.

Sin negar para nada los veloces avances tecnológicos alcanzados en las últimas décadas y que nos seguirán sorprendiendo día a día, hay que tener presente que no toda la humanidad accede por igual al mundo de la informática. Todavía la mitad o más de habitantes del planeta, al empezar el nuevo milenio, no han tenido contacto con un teléfono, no se diga con el internet. Y, de conformidad con estimaciones de especialistas, realizadas al finalizar el siglo XXI apenas una de cada dos personas tendrá acceso a la interconexión digital. Una constatación que, sin minimizar el papel de las tecnologías de punta, nos remite al valor que tiene el papel y el lápiz como herramientas de liberación, lo que, adicionalmente, nos dice que muchos de los retos futuros siguen siendo los mismos de antaño y que la posibilidad de una Edad Media de alta tecnología, pero excluyente en extremo, es una posibilidad amenazadora en ciernes o quizás ya en pleno proceso de construcción…

Lo profundo de la Edad Media en Europa fue para la mayoría de personas una etapa de oscuridad e ignorancia, con pocos avances científicos al alcance de la sociedad. La Iglesia era un poder que se hallaba por encima del poder político. Había un pensamiento único, plasmado en la Biblia, que motivaba las luchas -las cruzadas- contra el terrorismo de la época. En el medioevo simplemente predominaba el presente y la oferta de la eternidad, la historia había finalizado y el futuro no existía o era imposible.

Sin pretender hacer comparaciones lineales, que podrían resultar simplistas, muchas de esas realidades parecen volver a estar presentes en el mundo contemporáneo. Si durante la Edad Media la mayoría de la población estaba estructuralmente marginada del progreso, hoy también la mayoría de habitantes del planeta no participa de los beneficios del progreso, está excluida. No tiene, en muchos casos, ni el privilegio de ser explotada. Si, en lo más profundo de la Edad Media la gente no tenía tiempo para reflexionar, estaba demasiado preocupada en sobrevivir a las enfermedades que asolaban en forma de pestes, a la desnutrición, al trabajo servil y a los abusos de los señores feudales así como a las interminables guerras, en la actualidad muchos de estas pesadumbres, que para más de la mitad de habitantes del planeta se mantienen, parecen haberse incrementado por efecto del consumismo y de la sobrecarga de informaciones alienantes, que perversamente están minando la capacidad crítica de las personas.

La difusión global de ciertos patrones de consumo, en una pirueta de perversidad absoluta, se infiltra en el imaginario colectivo, aún de aquellos amplios grupos humanos sin capacidad económica para acceder a ese consumo, manteniéndolos presos del deseo permanente de alcanzarlo. Si entonces la Iglesia era la encargada de preservar el conocimiento para proteger sus propios intereses, de mantener a las masas ignorantes, temerosas de los bárbaros y atadas a una visión totalitaria de Dios, hoy son, en primer lugar, el FMI y el Banco Mundial las maquinarias de dominación economicista al servicio de las empresas transnacionales, contando para ello con el poder de dichas empresas, de los medios de comunicación global, de los gobiernos de los países ricos y por cierto también de los pequeños señores feudales elegidos periódicamente como presidentes de las repúblicas fondomonetaristas de inicio del siglo XXI. Recuérdese que los grandes medios de comunicación, en un paralelismo con las prácticas inquisidoras del medioevo, marginan lo que no debe ser, al negar espacios para su publicación.

En ese contexto, el invento de la imprenta en 1450 fue una respuesta dialéctica renovadora, facilitó la transmisión escrita, abrió la posibilidad para masificar el conocimiento. Los libros asumieron el papel de medio de comunicación por excelencia. Como se sabe, los libros, paulatinamente, terminaron por derruir la autoridad de la Iglesia Católica medieval, a través de reformas formuladas entre otros por Martín Lutero desde la propia lógica del pensamiento religioso dominante, así como desde los diversos nacionalismos que enfrentaron a los poderes feudales. La misma secularización de las tierras de la Iglesia , donde se centraba su poder terrenal, fue una de las bases para el establecimiento de los Estados modernos, que a su vez fueron el eje para el surgimiento de la economía de mercado, a través de múltiples mecanismos como el apoyo a las expropiaciones forzosas o el establecimiento de los aranceles y los subsidios.

De igual manera, en la actualidad hay claros esfuerzos por hacer creer a la humanidad que la historia ha finalizado, dada la supuesta implantación definitiva del mercado y la democracia, tal como se plasma en las reflexiones derivadas de la visión terminal de Francis Fukuyama (1989). En la Edad Media , mientras unos pocos se enriquecían y disfrutaban de sus inmensos bienes, controlando el mundo conocido, hoy unos cuantos grupos transnacionales, aliados de y protegidos por los gobiernos de los países industrializados y con el soporte de unos cuantos organismos multilaterales, hacen lo mismo imponiendo sus condiciones en el globo.

¿Qué es lo que buscan en la actualidad? Dominio y control de las mayorías. ¿Cómo lo plasman? A través del miedo y de la inseguridad, con métodos no siempre tan brutales como en la anterior Edad Media, pero sin duda más efectivos. Si entonces la Iglesia buscaba controlar el alma ofreciendo el paraíso después de la muerte, hoy se quiere domesticar la mente ofreciendo el desarrollo luego del ajuste estructural. Si entonces la herramienta represora era la Inquisición , hoy para sostener «el pensamiento único», el neoliberal, se recurre abiertamente al «terrorismo económico», con el que los gobernantes y sus áulicos -los «fundamentalistas del mercado» (Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía)- llevan a que la población adopte posiciones sumisas supuestamente inevitables, frente al mismo ajuste estructural de inspiración neoclásica, por ejemplo. A la ausencia de información de aquellos siglos se contrapone en la actualidad una avalancha de información, muchas veces manipulada, que perversamente elimina las capacidades para informarse realmente y, más todavía, para desentrañar lo que en esa realidad sucede. Esta Edad Media de alta tecnología recrearía un oscurantismo de otro signo, el de la información sin conciencia y el de la tecnología digital sin espíritu. Se nutre de la escolástica plasmada en el Consenso de Washington. Y quién sabe si llegará el día en que, a través de la manipulación genética, se pretenda construir una sociedad dominada por un grupo de seres humanos superdotados y de grandes mayorías para las que el conformismo sea la norma.

Pero, como esa opción parece lejana y como todavía hay personas conscientes y críticas, hay como confiar en un futuro humano, hay como seguir bregando para que la humanidad no tenga que incursionar a través de aquella pesadilla tecnológica totalitaria. Es más, parafraseando a Carlos Marx y Federico Engels, las armas de que se sirvió la «globalización» capitalista para derribar al estado-nación se volverán ahora en contra de la propia «globalización». Esta «globalización» capitalista, que es la responsable, en definitiva, de la aparente abolición de la nacionalidad, a lo mejor nos lleva a otros niveles de organización de las sociedades mundiales desde donde se podrá plantear con mayor claridad y profundidad soluciones globales.

Desde esta visión, que sintetiza la ira por lo que se vive y por lo que se avecina, y la esperanza al constatar que existen fuerzas sociales que pueden cambiar el mundo, se puede leer el significado de todas las protestas globales como manifestaciones de una «sociedad civil» que, rescatando la ciudadanía como elemento transformador, da pelea a una «globalización» que excluye a la mayoría de habitantes del planeta.[1] ¿No será acaso que en nuestra revolución ciudadana -de personas con derechos y obligaciones- comienza a fraguarse -en plural, heterogénea y democráticamente- otro tipo de consensos, los consensos ciudadanos o al menos a plantearse nuevas preguntas que harían imposible la configuración de aquellas certezas que luego se transforman en fanatismos?

Entonces, la tarea venidera no pasa por el establecimiento de proyectos más eficaces de desarrollo y aún de mejoramiento de las estructuras macroeconómicas y políticas a nivel nacional, que supuestamente garantizan un desarrollo sostenible. Son necesarias reformas profundas y selectivas de las condiciones marco en la economía, la sociedad y la política mundiales. Algunos de los cambios planteados ya han sido ampliamente debatidos. En el campo económico, por ejemplo, se multiplican las voces que solicitan un nuevo ordenamiento mundial del comercio, de la competencia, del sistema monetario y financiero, y medioambiental, que debería desembocar en una suerte de gran pacto social mundial. Ese reordenamiento debe priorizar el establecimiento de reglas para resolver el sobreendeudamiento externo de todos los países empobrecidos en el marco del estado de derecho a través de un Tribunal Internacional de las Deudas Soberanas. También hay que incorporar en la discusión el análisis de diversos mecanismos de control de los flujos de capital especulativo a nivel nacional, regional y mundial, como los que se han estructurado en el marco de las campañas de ATTAC: Asociación para una Tasa a las Transacciones Financieras y la Acción Ciudadana. Y en esta línea de reflexión encaja perfectamente la propuesta de dejar en tierra el crudo del ITT, con el fin de proteger el Yasuní.-

Nota: Parte de este texto ha sido obtenida del libro del autor: «Desarrollo glocal – Con la Amazonía en la mira» (2005)

[1] De conformidad con cifras presentadas por el programa de Naciones Unidad para el Desarrollo – PNUD (1997) sabemos que los 225 habitantes más ricos del planeta tienen una riqueza combinada equivalente al ingreso anual del 47% de la población mundial (más de 2.500 millones de personas); las 3 más acaudaladas en el mundo tienen una fortuna superior al PIB de los 48 países más pobres.

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