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Los vínculos de Clotario Blest con los hombres y mujeres de la Tarea Militar de la izquierda chilena

Fuentes: Rebelión

“El haberse introducido dentro del esquema del régimen militar, el SÍ y el NO, terminará en una opereta bien afinada. Nuevamente el pueblo será utilizado”.

Para el inolvidable Clotario Blest Riffo, fundador y primer presidente de la Central Única de Trabajadores (CUT) desde febrero de 1953, los meses de verano no fueron para él descanso. De hecho, fue el 9 de enero de 1956, hace exactamente 70 años, cuando encabezó un paro nacional indefinido en protesta contra las políticas económicas de austeridad del gobierno de Carlos Ibáñez del Campo.

El régimen reaccionó con dureza frente a la movilización: declaró el Estado de Sitio por dos meses, criminalizó la convocatoria y el propio Ibáñez advirtió que no toleraría el desafío al orden público. Pese a la represión, la movilización fue masiva en sectores claves tales como el ferroviario, minero (carbón y cobre) y servicios públicos. El gobierno desplegó al Ejército en las calles de Santiago y otras ciudades principales.

La movilización resultó en el encarcelamiento de Blest por casi cuatro meses y su condena por infringir la “Ley de Defensa de la Democracia”, más conocida como “Ley Maldita”.  Fue relegado a la comuna de Molina, en la Provincia de Curicó. Fue una de las 18 veces en que fue detenido mientras estuvo al frente de la CUT.

De hecho, Clotario siempre fue un hombre de acción, lo que puede contradecir la idea de que era una especie de santo pacifista, al margen de las confrontaciones sociales, lo que se ha reforzado por los registros fotográficos de sus apariciones públicas icónicas en los años de la dictadura, en que su figura de barba blanca y mameluco azul era un símbolo.

No hay duda que su opción estratégica era por la no violencia activa, y que era una persona de profundas convicciones cristianas. Sin embargo, nunca dejó de expresar reconocimiento a los que asumían el camino de todas las formas de lucha, y estuvo siempre en disposición de acompañarlos. Ello explica que manifestara, en más de una ocasión, que sus ejemplos eran Jesucristo, Gandhi y el Che Guevara. También es la explicación de que encabezara la formación del Movimiento de Fuerzas Revolucionarias (MFR) en 1961, que contribuyó al origen del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) cuatro años después.

Una de las expresiones de aquello fueron las expresiones de simpatía e incluso cooperación que tuvo en los 80 con el Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR), uno de los principales productos de la “Tarea Militar” que la izquierda chilena comenzó a desarrollar desde abril de 1975, hace 50 años.

LOS ENCUENTROS

Esos vínculos fueron documentados en lo que podría considerarse su “historia oficial”: el libro “Antihistoria de un Luchador”, obra de su amiga, la gran escritora Mónica Echeverría, quien fue además directora por ocho años del Centro Cultural Mapocho.

Allí contó que tras el atentado a Augusto Pinochet que realizó el FPMR el 9 de septiembre de 1986, y que llamó Operación Siglo XX, “Blest se abocó a una tarea peligrosa que muy pocos hubieran aceptado. Los militantes del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, al sentirse acosados, decidieron acudir al octogenario sindicalista. Quizás por su edad, pero en especial por su línea intachable de luchador, ofrecía garantías suficientes”.  Le encargaron la misión de “mimeografiar y hacer circular sus comunicados al interior y exterior del país. En ellos el Frente se adjudicaba el magnicidio y explicaba su motivación. La operación fue urdida con meticulosidad. Dos “hermosas y elegantes mujeres” del FPMR tomaron contacto con el CODEHS, el Comité de Defensa de los Derechos Humanos y Sindicales que presidía Blest. Ellas fueron el contacto con Clotario.

“Durante esos días, Ortiz, Díaz y Patricio (nombres de chapa), algunos sacerdotes y, a veces, el mismo Blest, servían de enlaces entre el Frente y el CODEHS. Lo que la opinión pública –especialmente internacional– supo de la génesis y la explicación del atentado, así como las detenciones posteriores que la dictadura hubiera querido mantener secretas, fueron en su mayoría dadas a conocer por el CODEHS. El boletín llamado ‘El Combatiente’, el que se mimeografiaba en casa de Clotario, resumía quincenalmente todas las noticias al respecto”,  relató Echeverría.

La relación con el Frente volvió a activarse con motivo del secuestro del coronel de Ejército Carlos Carreño, acontecido el 1 de septiembre de 1987 y que los rodriguistas, ya independizados del PCCh, llamaron “Operación Príncipe”. Echeverría rememoró que “el suceso causó gran conmoción pública. El gobierno ordenó un gigantesco operativo con el fin de ubicar a la víctima y sus captores, que duró un mes y sin éxito”. En ese contexto, Clotario le contó: “En una de mis visitas a la cárcel (a visitar presos políticos), un desconocido tomó contacto conmigo pidiéndome que yo sirviera de mediador entre el Ejército y el Frente. Yo acepté. Para mí, salvarle la vida al coronel era importante, aunque se tratara de una persona de dudosos antecedentes. Sin embargo, yo no sé por qué causas no fui yo el intermediario, sino el cura argentino Soissa (sic). Pese a lo riesgoso y a las críticas de católicos obcecados, el sacerdote logró cumplir los requerimientos exigidos. El coronel Carreño apareció en Sao Paulo, sano y salvo”.

En efecto, la tarea de mediación fue otorgada al entonces sacerdote Alfredo Soiza–Piñeyro. Pero ello no niega el hecho de que el Frente le propuso primero la tarea a Blest y que Clotario estuvo en disposición de aceptar.

Al año siguiente, en el contexto del plebiscito del 5 de octubre, Clotario mostró su disidencia respecto del camino en marcha de una salida negociada a la dictadura. En dos entrevistas, que recogió Mónica Echeverría, Blest dijo: “Hoy estamos viviendo el más pobre espectáculo electoral y politiquero. ¡Cuántos de los que ahora se abanderizan con el NO, son los mismos que dijeron SÍ a todas las bestialidades producidas!”; “Ahora se conmueven hasta las lágrimas por lo que era sabido sobre los derechos humanos desde el mismo golpe militar”; “El haberse introducido dentro del esquema del régimen militar, el SÍ y el NO, terminará en una opereta bien afinada. Nuevamente el pueblo será utilizado”. Y remató: “Me hastié. No deseo prolongar esta penosa agonía. Lo único que deseo es morir, estoy completamente defraudado de todos”.

Una de sus últimas apariciones públicas fue el 1° de Mayo de 1989, en una concentración en General Velásquez con la Alameda. “Después de caminar seis cuadras para llegar hasta las tribunas oficiales, Clotario se desplomó frente al escenario”. Los dirigentes sindicales que asistían le prestaron primeros auxilios y “como no recobraba el conocimiento, lo trasladaron en brazos, abriéndose paso con dificultad entre la multitud”.

La situación de salud de Blest se agravaba, y sus colaboradores Óscar Ortiz y Francisco Díaz no tenían capacidad de brindarle los cuidados necesarios. Así, el día de su cumpleaños 90, el 17 de noviembre de 1990, Clotario fue ungido Hermano Terciario Franciscano Seglar, al igual que en tiempos pretéritos se había realizado con Gabriela Mistral. Desde ese día, vivió en el segundo piso de la Iglesia y Convento de la Recoleta Franciscana, en la enfermería del recinto, junto con religiosos enfermos o incapacitados por su avanzada edad.

Relató Mónica Echeverría: “En la pared, Clotario colgó pergaminos y diplomas que le habían enviado últimamente. Entre ellos destacaba una arpillera bordada que el Frente Patriótico Manuel Rodríguez le había hecho llegar en forma anónima. Se observaba en ella el rostro de perfil del patriota Manuel Rodríguez con el lema ‘Aún tenemos patria, ciudadanos’. Blest lo había colocado a los pies de la Virgen, ante el estupor de los curas franciscanos”.

Indicó que “el lento decaimiento de Clotario Blest continuaba su marcha. Fuera de unas breves salidas (…) su vida continuaba en la soledad de sus sueños. Sin embargo, en víspera del 1° de Mayo, un periodista del suplemento ‘Ya’ de ‘El Mercurio’ fue a entrevistarlo”. Y le manifestó su tristeza y desencanto con los dirigentes sindicales: “Me han olvidado. Ni la CUT ni la ANEF me han invitado a esta celebración. Los únicos que se han acordado de mí son los presos políticos; aquí está su invitación. Y aunque usted crea que soy un incapacitado asistiré al acto en la Cárcel Pública”.

El entonces preso político del MIR, Hugo Marchant, recordó que, en el intercambio de los más de 400 presos, una parte importante de los cuales era rodriguista, se concluyó en la necesidad de “hacer una celebración (del Primero de Mayo) unitaria y con mística. Y el resultado de esa reunión fue la idea de invitar a Clotario Blest, símbolo de la lucha del movimiento obrero”.

Rememoró Marchant que le enviaron una carta invitación a Clotario solo una semana antes: “No creíamos mucho que pudiera venir y grande fue nuestro estupor cuando los curas franciscanos nos dijeron que Blest, en uno de sus momentos de lucidez leyó nuestra carta y la acarició”. Y dijo: “Yo iré”. Detalló: “Hicimos un lienzo que decía: ‘CLOTARIO BLEST APÓSTOL DE LOS TRABAJADORES’. Y a mí se me encargó escribir el discurso de bienvenida. Yo lo redacté, pero el de mejor voz entre nosotros, Renato Narbona, fue el encargado de leerlo”.

El día del evento “hacía mucho frío”. De pronto, alguien avisó: “¡Ya llega!”. Marchant contó: “Venía apoyado en dos curas. Yo salí a su encuentro. Se veía un anciano muy cansado, flaco, chico, y que apenas se sostenía. Yo lo abracé y le di un beso en la mejilla. Me emocionaba verlo entre nosotros. En esos momentos, se tambaleó y antes de que se cayera lo tomé en brazos. No pesaba nada y así, con él en brazos, entré al gran patio en el cual los presos nos esperaban. Todos se pusieron de pie y, acompañado por un estruendoso aplauso, lo condujeron hasta un sillón ubicado frente al escenario”.

Marchant ignoraba si Blest pudo seguir aquel acto. “Uno de mis compañeros le trajo un té caliente y otro lo envolvió en una frazada. Los curas le gritaban al oído: Don Clotario, el acto lo están haciendo los presos para usted. Él abría los ojos con una expresión de satisfacción. Sin embargo, a pesar que el compañero leyó el discurso casi gritando, me dio la impresión que no lo seguía, pero creo que se daba cuenta que toda esa algarabía era en su honor”.

El 30 de mayo de 1990, Clotario partió de este mundo. Hubo conmoción en el país frente a la noticia. El propio presidente Patricio Aylwin señaló: “Don Clotario Blest fue un testimonio de un hombre entregado a sus ideales, de profunda formación cristiana. Él trató de vivir sus principios y por eso sacrificó oportunidades de una vida holgada. Fue un gran luchador, vivió en pobreza. Creo que es un ejemplo de un hombre consecuente con sus principios”.

El control de la programación del velorio, en la Iglesia de San Francisco, y del funeral fue tomado por las autoridades, lo que provocó molestia, pues un adiós para el gusto de las elites no era lo que Blest hubiera deseado. Así que, al término de la misa, cuando el féretro salió a la calle, fue arrebatado por un grupo de jóvenes que lo llevaron a pie hasta el Cementerio General. Allí lo esperaba una muchedumbre con banderas del MIR y del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, que impidieron el acto oficial de las autoridades de gobierno, junto con la CUT y la ANEF. Ya caía la noche. Una vez más, manifestantes anónimos tomaron el ataúd y comenzaron una marcha con antorchas al lugar de la sepultura familiar de Blest.

El padre Mariano Puga fue el último en hacer uso de la palabra en esta despedida: “Cristo recibe en estos instantes a Clotario Blest y al abrazarlo exclamó: ‘Clotario, porque fuiste hambriento de verdad y justicia, ven a gozar de tu Señor. Clotario, porque no callaste cuando yo, tu Señor, fui atropellado en los más pobres, ven a gozar de tu Señor. Clotario, porque luchaste con mis hermanos los trabajadores, los sin casa, los perseguidos en su dignidad y derechos, ven a gozar de tu Señor. Clotario, porque no te vendiste, ven a gozar de tu Señor”.

Y concluyó Puga: “¡San Clotario de los Trabajadores!”. Y la multitud respondió: “Ruega por nosotros, ruega por nosotros”.

Relató Mónica Echeverría: “La noche fría, cubierta por una espesa neblina de ese junio de 1990, envolvía a todos los presentes. Por diferentes lugares del cementerio aparecieron armas que apuntaban al cielo. Una estruendosa salva iluminó un instante la obscuridad y rompió el silencio sobrecogedor que embargaba a la multitud después de la última suplica de Mariano Puga: ‘¡San Clotario de los Trabajadores, ruega por nosotros’. Los insurgentes, los jóvenes rebeldes que continuaban soñando con un Chile de hombres libres y solidarios, rendían con sus armas un homenaje a este hombrecito modesto, cristiano y partidario de la no violencia activa que había entregado su larga vida a una causa que era también la de ellos”.