«Feliz el pueblo cuya historia se lee con aburrimiento.» (Montesquieu)
El tercer hombre es una película de 1949 dirigida magistralmente por el británico Carol Reed. El guión de la película se debe a la pluma del genial Graham Greene. Por una guía vienesa, cuando visité hace unos años la hermosa capital del extinto imperio Austrohúngaro donde se sitúa la narración, supe que el germen de esa historia fue la conversación que su autor, espía del servicio secreto británico durante la Segunda Guerra Mundial, mantuvo por casualidad con un soldado norteamericano en el exclusivo Café Sacher del igualmente exclusivo hotel vienés del mismo nombre cuando la ocupación aliada tras el final de la guerra. El soldado le habló a Greene de la existencia de un mercado negro de medicamentos en aquellos tiempos de escasez y desesperación para una población que trataba de sobrevivir al apocalipsis bélico.
Como mucho de lo escrito por el escritor inglés, El tercer hombre se ajusta al perfil temático que le obsesionó: la confusión que ha traído la modernidad tardía al ser humano concretada en asuntos política y moralmente ambiguos. Esto se refleja en efecto en una secuencia clave en la película, cuando se revela que el personaje que se daba por muerto desde el principio y a cuyo funeral ha asistido su mejor amigo en realidad no ha fallecido, sino que ha maquinado toda una farsa para así poder esconderse de las autoridades de las potencias ocupantes y, de este modo, seguir adelante con su negocio de tráfico ilegal de penicilina diluida con agua. Entonces es cuando aparece en escena el personaje llamado Harry Lime interpretado por el carismático Orson Welles, en el momento en que se encuentra con su amigo Holly Martins –cuyo papel asume el actor Joseph Cotten–, quien ya ha descubierto el engaño. La cita tiene lugar en el parque de atracciones Prater, desarrollándose en el interior de una de las cabinas de su emblemática noria lo más relevante de la conversación que mantienen ambos personajes. Martins está enfadado con Lime; rechaza su comportamiento inmoral, que ha acarreado la muerte de muchas personas a las que no ha curado la penicilina adulterada. A lo que el criminal responde con cinismo: «nadie piensa en seres humanos. Los gobiernos no lo hacen; ¿por qué deberíamos hacerlo nosotros?». Argumento cínico en efecto, pero difícil de rebatir a la luz de los actuales acontecimientos, que no hacen sino seguir en la línea dominante de la historia. Pero recuerdo que lo que más me llamó la atención de este diálogo en el que se enfrentan el fracasado novelista que interpreta Cotten con el cínico carente de escrúpulos éticos que hace lo que sea necesario para sobrevivir es cómo este lo concluye al marcharse: «En Italia, durante 30 años de Borgias, tuvieron guerras, terror, asesinatos, pero también a Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza, amor fraternal, 500 años de democracia y paz, ¿y qué produjo todo eso? El reloj de cuco».
Tuve muy presente estas palabras del diálogo de El tercer hombre en mi reciente viaje a Noruega, que no es Suiza, pero comparte con el país helvético el hallarse entre los países más felices del mundo según el informe mundial de la felicidad de este año, elaborado por el Centro de Investigación sobre Bienestar de la Universidad de Oxford, en colaboración con Gallup, la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas, y el consejo editorial del informe. Ya sé que estos informes hay que tomarlos con todas las reservas; para empezar, ¿qué es eso de “países felices”? Cometemos un error categorial al admitir como sujetos de la felicidad a países, a fin de cuentas entes abstractos incapaces por lógica de experimentar sentimientos, ya sean la felicidad o la tristeza. Únicamente las personas son capaces de sentir, las de carne y hueso, las que están dotadas naturalmente de un sistema nervioso lo suficientemente complejo como para percibir eso que llamamos emociones. En todas partes encontraremos personas más o menos felices, más o menos desgraciadas.
Pero admitamos que todos podemos entender lo que quiere decir que Noruega es un país más feliz que España, como muestra el susodicho informe, que sitúa a nuestro país en el puesto 38 de un total de 140. A pesar de la incredulidad que pueda suscitar en muchos de nuestros compatriotas que los habitantes de un país que se pasa la mitad del año cubierto por una capa de nieve y sin ver el sol apenas puedan vivir mejor que los que gozamos de luz solar casi todo el tiempo, hay ciertos factores razonablemente objetivables que permiten establecer una comparación sobre cuya base se puede decir que en efecto Noruega, en el octavo puesto de la lista, o Suiza en el décimo primero, ganan a España; esos factores son: apoyo social, ingresos, salud, libertad, generosidad y ausencia de corrupción. El lector puede entretenerse si lo desea en llevar a cabo su personal investigación ateniéndose a la lista de factores enumerados y hacer las comparaciones, siempre odiosas. Lo dejo a su libre albedrío.
Yo, por mi parte, debo confesar que algo de envidia –y no sana precisamente– me ha provocado mi reciente viaje a Noruega. Gracias a un intercambio de casas realizado con una familia de Oslo he tenido la oportunidad junto con los míos de disfrutar de dos semanas para recolectar las pruebas que confirman que los que hace siglos fueron los bárbaros del Norte, esos vikingos que se hicieron con una reputación terrorífica para una parte significativa de Europa y más allá (hasta América, África y Asia, según aseveran los estudios históricos) gozan, al menos de momento, de lo mejor que la civilización puede ofrecer, y que muy bien podría condensarse, al menos en parte, en los seis factores arriba enumerados que tiene en consideración el referido informe sobre la felicidad.
Oslo es una ciudad que debería ser el modelo a imitar por todas las capitales del orbe. En ella la circulación del vehículo particular es la excepción, mientras que el uso del transporte público es la norma, en cualquiera de sus versiones –autobús, ferri, tranvía y metro–, todas disponibles de la forma más accesible, asequible, armoniosa y fluida imaginable. Valórese el ahorro en polución ambiental que ello supone tanto sonora como aérea. El efecto sobre la salud tanto física como mental de la ciudadanía es otro de los beneficios a tener en cuenta. Reparemos en lo que supone para cualquier ser humano que indefectiblemente empieza su jornada cada día teniendo que conducir con la tensión acumulada de atascos, ruidos y los conflictos derivados de la jungla automovilística. Nada de esto es observable en la principal ciudad noruega. La inmensa mayoría de los coches que circulan por ella son eléctricos. Su compra es decisivamente subvencionada por el gobierno, así como económicamente penalizado el uso de los combustibles fósiles. La libertad individual de poder comprarte un coche contaminante y usarlo cuando te venga en gana cede la prioridad al bienestar colectivo. Una decisión política que puede conllevar molestias para la ciudadanía dirige su comportamiento de acuerdo con determinados valores que la mayoría puede reconocer como éticamente superiores, pero que individualmente –por comodidad, desidia o pereza– cuesta trabajo traducir en acciones voluntarias concretas. El incentivo institucional en un sentido u otro resulta por tanto determinante y justificado desde un punto de vista ético, es decir, del bien común, y no del interés, deseo o capricho individuales.
En términos urbanísticos, Oslo destaca por la armonía de sus edificios, sus barrios, calles y avenidas, así como por el inteligente equilibrio entre lo natural y lo artificial. El arte siempre encuentra su lugar en el espacio público; y los parques son muchos, generosos todos ellos en extensión, con abundancia de flores y árboles. En ningún lugar el asfalto domina asfixiando al viandante, ni la altura de los edificios impide que su vista encuentre el horizonte boscoso o acuático. Oslo es una ciudad abierta, que acoge e invita al disfrute de todos por igual.
La relación de Noruega como Estado con el territorio al que se haya asociado es de un respeto y cuidado admirables. Su entorno natural está dominado por el agua, en forma de ríos, lagos y mar, que se confunde con las aguas interiores a través de los fiordos. Forma parte de su geografía cientos de miles de islas, algunas de las cuales son un refugio de calma; aunque no sé si tiene sentido decir esto en un país que, como ya he sugerido, parece disfrutar de ella en abundancia, ya sea en el entorno rural o en el urbano. Incluso las explotaciones agrícolas se integran en el paisaje dando la impresión de que son parte natural del mismo sin que quepa temer de ellas la más mínima agresión contra el ecosistema.
Uno percibe la confianza que los noruegos tienen en su país, en sus instituciones. La bandera noruega está por todas partes, en gran cantidad de casas particulares, como símbolo principalmente de su unión y expresión de esa confianza, no como manifestación de la exaltación patriótica políticamente sesgada que lamentablemente mancilla la enseña española. Seguramente a esa confianza, que sin duda explica en parte la poca delincuencia (no thieves in Norway nos aseguraron nuestros anfitriones), contribuye su bajo nivel de desigualdad. Inmigrantes españoles con los que tuvimos ocasión de conversar nos hablaron del buen trato que las empresas dispensan a sus trabajadores, manifestación del respeto general, que es una característica idiosincrásica del modo de vivir noruego. Nos lo aseguró así una trabajadora madrileña de una empresa textil española con tienda en Oslo a quien compensa el traslado por las mejores condiciones que disfruta en el país nórdico. Qué contraste con lo que apenas hace dos meses me contaron dos trabajadoras andaluzas en Ibiza, donde las explotaban en un hotel por un sueldo apenas superior a los mil euros y las obligaban a alojarse en cuartuchos sin baño donde hacinaban a cuatro empleadas durante seis meses.
Maneras de vivir, que cantaba Rosendo, el viejo rockero. ¿Qué hace que unos sean de una forma y otros de otra? Porque, más allá de los estereotipos, hay que admitir la existencia de esas diferentes formas de ser, que van en el paquete de todo lo que conforma la cultura, lo que se aprende desde que nacemos, en gran medida de forma inconsciente, y que determina nuestras maneras de vivir.
Hace tiempo que se trata de hacer ciencia de ello. A principios del siglo XVIII, en su obra principal, El espíritu de las leyes, el gran filósofo de la Ilustración, Montesquieu, apuntó a que existe una relación entre las leyes y las instituciones políticas de cada nación y las características geográficas, sociales y culturales de cada pueblo. Destacó el clima entre los factores determinantes para explicar, por ejemplo, la pasividad supuestamente característica de los pueblos del sur. Una versión contemporánea de este prejuicio nos la ofrecieron los países del norte pertenecientes a la Unión Europea cuando la crisis de 2008 y la subsiguiente crisis de deuda.
En nuestro tiempo el reconocido economista de origen turco Daron Acemoglu afrontó la misma cuestión que se planteara Montesquieu siglos antes. Junto con el también economista James A. Robinson abordó el problema en el libro de 2012 elocuentemente titulado Por qué fracasan los países: los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza. Según sus autores la clave reside en las instituciones, como ya apuntara parcialmente el filósofo francés. Las instituciones son las que tienen que poner coto a las élites extractivas, que siempre tratarán de manipular a los poderes políticos para servir a sus intereses; por el contrario deben incentivar las conductas que promueven el beneficio de la mayoría. Si desde la política se permite que los intereses de las élites prevalezcan sobre los de la ciudadanía en general, el fracaso estará garantizado en forma de desigualdad creciente y frustración social que generará un malestar y un grado de desconfianza tal que desactivará los talentos de aquellos que pueden contribuir a la prosperidad de todo el país, que acabará siendo presa de un ciclo vicioso que sumirá en la pobreza a cada vez más personas. En Poder y progreso, libro de hace un par de años, Acemoglu vuelve, junto con su colega Simon Johnson, a poner el acento en la toma de decisiones políticas y en los sistemas institucionales para, en esta ocasión, conducir el progreso tecnológico hacia la prosperidad compartida.
En Noruega creo haber visto una prueba a favor de las tesis de Acemoglu. El dilema de Harry Lime, el cínico personaje interpretado por Orson Welles en El tercer hombre, es un falso dilema: es precisamente el amor fraternal, la democracia y la paz las que crean las condiciones para la prosperidad de un país, para que en él los hombres y mujeres desarrollen libremente sus talentos y fructifique su creatividad. Digo entonces que prefiero la aburrida Noruega, de la que rara vez se refiere algo en las noticias, a un –pongamos por caso– Estados Unidos de Norteamérica, que no deja de estar en las portadas de todos los medios día sí y día también, sobresaltando a la humanidad entera. Ninguna genialidad individual merece la merma del amor fraternal, la paz y la democracia, que son beneficios para todos. Estoy convencido de que muchos países, entre ellos el nuestro, se hallan en la actualidad ante esa encrucijada histórica que representan esos dos modelos alternativos. Ojalá tengamos los ciudadanos la clarividencia precisa para, sobreponiendo la racionalidad a los muchos y muy poderosos mecanismos de confusión existentes en la actualidad, saber escoger la senda política correcta.
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