Recomiendo:
0

Asesinado el 9 de agosto de 1994 en el genocidio de la Unión Patriótica

Manuel Cepeda Vargas: La estela del honor y la revolución ética

Fuentes: Rebelión

«Pero de repente un viento fuerte desgranó puertas y ventanas. Sopló el viento irreparable. Que él lleve hacia el futuro su semilla». M.C. Vivimos en el olvido y por eso aún carecemos de una vida social con respetos esenciales. Nos intoxicamos, en cambio, a diario, con un miasma que explota la dimensión feroz que nos […]

«Pero de repente un viento fuerte desgranó puertas y ventanas.

Sopló el viento irreparable. Que él lleve hacia el futuro su semilla».

M.C.

Vivimos en el olvido y por eso aún carecemos de una vida social con respetos esenciales. Nos intoxicamos, en cambio, a diario, con un miasma que explota la dimensión feroz que nos habita. No es un olvido casual este que impera, su dominio está fundado en un metódico trabajo dirigido a extirpar la memoria de nuestra naturaleza más pura, un procedimiento sistemático orientado a que no recordemos aquellos espíritus que han encarnado el decoro, la pasión por la verdad y la justicia, el amor por la libertad, el aprecio por la belleza y la honestidad en el proceder humano.

Este 9 de agosto se cumplieron 16 años de la mañana luctuosa en la que fue acribillado Manuel Cepeda Vargas, el Senador de la Unión Patriótica, en la Avenida de las Américas con carrera 74 de Santa Fe de Bogotá. Manuel había nacido el 13 de abril de 1930 y desde 1952 había consagrado su vida y el poder de su palabra labrada en el estudio y la emoción estética al servicio de los humildes. En marzo de 1991 había sido elegido a la Cámara de Representantes y desde allí había denunciado múltiples casos de crímenes de Estado. Durante muchos años enfrentó con extraordinaria entereza el vil mecanismo de amenazas de muerte utilizado para acallar o exiliar las voces que se levantan con la única coraza de la verdad frente al régimen de ignominia que ha entregado las riquezas nacionales y la soberanía a cambio de la licencia para fungir como gobernantes.

En un país en el que la población ha sido sometida al engaño sistemático para mantenerla en la miseria material y espiritual, la tarea adelantada por Manuel Cepeda con su reflexión esclarecedora y la comunicación valerosa de verdades que permitieran comprender el enrevesado mecanismo de exterminio sistemático que se instauró en Colombia, fue y sigue siendo ejemplar y de un valor excepcional. Todavía hoy imperan muchas falsedades que él se encargo de desnudar con su labor periodística.

Iván Cepeda Castro, hijo del Senador, se pronunció inmediatamente sobre los determinadores del crimen: «Son los que él dijo que atentarían contra su vida, y que bajo el nombre «Golpe de Gracia» han segado la vida de tantos hombres de honor en Colombia. Son unos cuantos miembros de la cúpula militar en Colombia. No actúan solos. La maquinaria contra los hombres de bien en Colombia es muy poderosa… La lucha por la libertad y la justicia no pueden cesar. La gran batalla contra los poderes que oprimen a los hombres y las mujeres en nuestro país y en muchas partes del mundo, no puede detenerse. Es necesaria la unidad».

En julio de 1993, una delegación del Partido Comunista, de la cual formó parte Manuel Cepeda, había visitado al Ministro Pardo Rueda comunicándole la existencia del plan de exterminio. El Ministro no solo no creyó las graves denuncias, sino que retó a Manuel Cepeda a que le hiciera un debate en el Congreso. El jueves 24 de noviembre de 1993, pasadas las nueve de la noche, el mismo teléfono que le había comunicado a Manuel Cepeda los asesinatos de Jaime Pardo Leal, José Antequera y Bernardo Jaramillo le notificó el crimen de José Miller Chacón, Secretario de Organización del Partido Comunista, en la Carrera décima con treinta uno sur de Bogotá. Aún así,  los más altos responsables estatales no tomaron las medidas necesarias para evitar el crimen anunciado de Manuel Cepeda Vargas.

Iván Cepeda Castro tuvo que convertirse en investigador judicial para evitar que el asesinato de su padre quedara arropado por la impunidad que el aparato criminal ha establecido sobre los miles de crímenes de la oposición política en Colombia, impunidad imprescindible para que la estructura criminal continúe funcionando.

Solamente hasta el año 2009, y como resultado del tenaz esfuerzo de familiares, amigos y abogados que brillan con luz propia por su fuerza moral y su valor estremecedor, fue llamado ante la justicia y la opinión pública como uno de los autores intelectuales determinantes del crimen José Miguel Narváez, nombrado por el ex Presidente Uribe Vélez como Subdirector del DAS en el año 2005.

En mayo de 2010, después de 16 años de impunidad de la trama criminal frente a la justicia, y de impunidad frente al crimen simbólico que subsiguió al crimen físico, la Corte Interamericana de Justicia emitió una sentencia histórica en la que condenó al Estado colombiano como responsable del crimen de Manuel Cepeda y ordenó la rehabilitación de la dignidad del Senador de la Unión Patriótica.

La sentencia constituye un precedente de extraordinaria importancia para que algún día la verdad de lo acontecido ilumine el anhelado y colosal proceso de variación que nos enrute por fin en la senda del decoro y la construcción cotidiana de las condiciones elementales de la paz genuina. La sentencia no sólo tiene implicaciones con relación a Manuel Cepeda, sino también con relación a millares y millares de victimas inermes, y con un pueblo al que le fue mutilada una parte vital de su organismo: una expresión política que encarnó el sueño no retórico de justicia.

A este mismo pueblo también le ha sido arrebatada la memoria de las mujeres y hombres que han consagrado su vida a revelar los mecanismos de esclavitud y degradación, y las formas de librarse de ellos. En este proceso de confusión y olvido inducido los medios masivos de comunicación han cumplido, por ignorancia o de manera consciente, un papel principal.

Manuel Cepeda organizó el Primer Foro Nacional de la Cultura en el Salón Elíptico del Capitolio Nacional y su vida fue truncada cuando organizaba el Segundo Foro Nacional. Un proceso de reunión y organización del tejido creador de nuestra comunidad que condujo a materializar en forma desdibujada una idea transparente que él impulsó: la creación de un Ministerio de Cultura de carácter democrático, crítico y propositivo. Su sensibilidad y su amor por la palabra poética, la música y la pintura le permitieron apreciar la veta artística de nuestra nación y comprender que bastaba crear las condiciones para la identificación temprana de vocaciones, y el apoyo a las diversas aptitudes para que florecieran los talentos sacrificados durante generaciones en la delincuencia, la prostitución forzada, el odio y los oficios horrendos de la guerra.

En el Congreso también impulsó la Ley de Objeción de Conciencia al servicio militar obligatorio y las radioemisoras comunitarias, entre otros proyectos, todos dirigidos a elevar la conciencia y el perfeccionamiento moral de nuestro tejido social. Una labor que contrasta por su visión y su honestidad con el quehacer mercenario de los hacedores de leyes que acceden a sus curules para pagar con leyes lesivas del patrimonio nacional las inversiones que los capitales legales o mafiosos que hacen para que sus representantes lleguen al Congreso.

Hay, sin embargo, una estirpe del decoro que es necesario conocer y comunicar para la imprescindible revolución ética que hoy es más necesaria que nunca. El proceso de degradación moral que ha sufrido la nación ha encontrado en el auge del capital mafioso y el letal trabajo de los medios masivos de comunicación dos poderosísimos motores. Es de tal magnitud el cuadro de nauseabunda corrupción imperante, que el escepticismo y la creencia de que es imposible intentar que el decoro presida la conducta de los hombres y mujeres que actúan en el escenario de la política, se ha apoderado de la mente y el ánimo de enormes franjas de la población.

Los lamentables incidentes de pugnas intestinas en el Polo Democrático Alternativo, enraizadas en el privilegio de las ambiciones personales y la ausencia de sensibilidad frente al derrotero de aniquilación e intimidación de nuestro pueblo, han expandido la incredulidad y la desconfianza en la hora actual. Las desafortunadas declaraciones de hombres notables que han logrado por su esfuerzo y su valor un reconocimiento de sectores considerables de nuestra nación, profundiza la crisis existente porque en un momento en el que urge esclarecer y orientar, su voz acreditada se ha prestado a la tarea aumentar la confusión.

Estos hechos confirman el valor inconmensurable que tiene la labor de conocer y difundir las vidas abnegadas que desde la humildad han consagrado sus energías a servir a nuestra nación, y las verdades imprescindibles que nos han legado de los hombres y mujeres que integran la estirpe del decoro en nuestro, hasta ahora, trágico devenir histórico.

Un mes antes de la infausta mañana del martes 9 de agosto, Manuel Cepeda había sido invitado a Ginebra por la Organización Internacional del Trabajo, y allí y en Atenas había denunciado que a su regreso al país sería asesinado en desarrollo del Plan «Golpe de Gracia» que ya había cobrado la vida de Miller Chacón y tenía tras las rejas a los alcaldes y la dirigencia comunista de Urabá, el Magdalena Medio y otras regiones.

¿Cuántos jóvenes universitarios son conscientes hoy del despiadado proceso de destierro al que han sido sometidas poblaciones enteras de Colombia en desarrollo de un plan de control territorial funcional a los poderes corporativos? ¿Conoce nuestro pueblo la magnitud de la intervención que ha tenido lugar? ¿Ha podido su mente llevar a su corazón la magnitud del horror que se ha ejercido sobre una población cuyos únicos delitos han sido labrar con sus manos la tierra y llevar en el pecho un sentido de justicia? ¿No ha podido acaso nuestro pueblo experimentar la pena redentora que nace al vislumbrar los estragos que ha causado el dinero del narcotráfico en la moral de instituciones que tienen el deber y el honor constitucional de cuidar la vida y la soberanía de sus connacionales?

Manuel Cepeda Vargas se conoció con Yira Castro una noche de febrero de 1959 en Bogotá. Ella, nacida en 1942, había ingresado a las Juventudes Comunistas en 1958. Manuel había ingresado a las Juventudes en 1952, impelido por el crimen del comunista Julio Rincón, en un tiempo en el que el macartismo ya había sido inoculado en Colombia. En julio de 1949 Laureano Gómez había afirmado que los liberales eran los peones en un juego orquestado desde Moscú cuyo objetivo era la comunización del país y azuzaba el odio exterminador hacia los que encarnaban ideas de justicia y libertad , que se justificaba endilgando el estigma mortífero : ¡Comunista!

La pureza de los ideales compartidos por Yira y Manuel, y su consagración plena a la oceánica labor de esclarecer la conciencia y la organización de un pueblo sufrido y laborioso, fusionó para siempre el amor que los reunió y del cual nacieron Iván y María. El 9 de julio de 1981, una enfermedad truncó la estrella ascendente de la vida de Yira Castro, que en 1980 había sumado, con el apoyo popular, la dignidad de una curul en el Consejo de Bogotá.

Manuel rememoró la vida de Yira en un pequeño librito, en el que dijo: «En una sociedad edificada con los materiales de la desdicha, el camino mas fácil es despeñarse por la pendiente de la desesperación o del escepticismo. No puede surcarse el mar de la vida si no es con la fraternidad, para rescatar a nuestro pueblo del oprobio, del desprecio y de la humillación en que se halla sumido. Luchar para ella era la mayor felicidad posible… Sabía que para saber hay que estudiar. Que hay que meditar sobre lo leído. Que para memorizar hay que escribir. Que hay que leer y reflexionar, y volver a leer y reflexionar de nuevo.»

En un momento temprano de su vida Manuel se había formulado la pregunta que tantos hombres y mujeres nacidos en este asombroso territorio nos hemos hecho: «¿Cómo el éxtasis de los ríos costeños o de las lagunas del páramo de las delicias, en lugar de formar dioses forma esclavos?» y se había respondido: «Amarré entonces mi destino a los hombrecitos y mujercitas anónimos. A quienes fui a buscar a fábricas, a campos y a cárceles. Soy uno más de los anónimos».

A través de su columna «Flecha en el blanco», Manuel Cepeda se puso del lado del corazón el pueblo y denunció el proceso de fascistización que se engendraba en el país estableciendo una perversa alianza con jefes del narcotráfico para convertir en monstruos a millares de jóvenes encargados de ejecutar el baño de sangre y el destierro masivo de las poblaciones desafectas al régimen antisoberano y de injusticia. La fascistización denunciada avanzaba con el mismo ritmo con el que el que el capital corporativo multinacional impulsó en Colombia el modelo neoliberal para apropiarse de sus riquezas. La voz de Manuel no tembló al señalar la internacionalización del conflicto y la conversión encubierta de Colombia en un nuevo Vietnam, territorios de vida en el Magdalena Medio, en Urabá, en Arauca, transmutados en objetivo imperial de fumigación, bombardeo y odio arrasador. Desde las páginas del pequeño tiraje de Voz , su honda de David señaló también el sinuoso trabajo del diario El Tiempo, encargado de ocultar el inenarrable sufrimiento de los humildes y justificar con medias verdades el pavoroso decurso de exterminio iniciado en 1984 con el asesinato del médico Toledo Plata.

Su alma de poeta no podía evitar desangrarse de dolor al contemplar a los jóvenes colombianos enfrentados en una espiral atroz al servicio de intereses que despreciaban sus vidas. Cuando viajó a Urabá a ofrecer su solidaridad entera a los miles de campesinos que afrontaban el comienzo de un designio de exterminio cuya magnitud ignoraban, escribió: «Que no mueran los soldaditos. Que no mueran los labriegos. Que puedan sentarse a las orillas de sus casas, como esas familias dominicales que nos miraban cuando nos acercábamos al aeropuerto, cuando vimos que los campesinos asesinados se habían convertido en arboles frondosos entre cuyas ramas volaban pájaros, se oía subir el calor eterno de la tierra y para defenderse de la noche sonaba una canción de amor entre el verdor valiente y alegre de las bananeras».

Cuando el Alcalde Tibu, el poeta Tirso Vélez, fue detenido en la cárcel por la escritura de un poema en el que clamaba por la paz entre los hijos de un mismo pueblo, Manuel viajó hasta Tibu a ofrecer su solidaridad como Congresista de la República y su fraternidad poética, y escribió en Voz sobre el atropello cometido con un hombre que encarnaba la luz de nuestro pueblo.

El 20 de mayo de 1994 escribió el Prólogo «Por qué el poema» al libro de poemas de su autoría «Balada de los hombrecitos anónimos«. En ese escrito consignó el acervo ético que presidió su vida y que forma parte del legado que nos ofrendó junto a su vida íntegra de hombre de honor:

«Estos pequeños poemas rememoran fuertes vivencias. Escritos de prisa y en diversas épocas, recogen, con altibajos y en lenguaje llano la realidad que me enseñó:

«Fidelidad a los de abajo

Optimismo. Por dura que parezca la realidad, la historia desatará el nudo gordiano.
Una verdad: hoy eres, mañana no serás, sé humilde.
Te necesitan. Acude. No esperes que te llamen.
Mañana estarás en silencio. Hoy canta.
Únete a otros. Porque solo no puedes. Solo no eres nada.
Humanidad significa unidad.
Vives en un país cuyo horario marca el segundo día de la creación.
País de damnificados, de compatriotas aplastados por las montañas. Prepárate».

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes. 

rCR