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«Maradona is a blues»

Fuentes: Rebelión

Maradona era negro, tanto como el blues más ancestral.

…Maradona, en una corrida memorable,

en la jugada de todos los tiempos… Barrilete cósmico…

¿De qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés,

para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina?

– Víctor Hugo Morales, narración durante el partido entre Argentina e Inglaterra, 22 de junio de 1986.

            Se presume que la suerte también juega al fútbol y cada día asiste a la cancha de entrenamiento. ¿A quién corresponde este axioma? No recuerdo, porque la oralidad futbolera va más rápido que el cometa Gutenberg. El fútbol se ve y se oye, para que luego la verba de las barriadas asuma las militancias. La mitología del fútbol comienza por la suerte. Los futbolistas se anclan en los orixâs de mayores portentos, o se aferran, persignación de por medio, en santos de capilla oficial y concluyen que es la estrategia sin entrenamiento que deberá convertirlos en triunfadores. ¡Ah, la suerte! Maradona tuvo toda la que quiso, pero ya la había entrenado en Villa Fiorito, al sur del Gran Buenos Aires, El fútbol fue el recurso para decir o hacer aquello que debía con el atractivo fascinante de las gambetas. No siendo su destino exquisito, arregló sus asuntos para que lo fuera porque al final el mundo se concentró en su manejo asombroso del balón y de ahí a su performance en escenarios sociales y políticos. Y más aún en lo cultural. Muy cultural. Sin olvidar que también los prodigios balompédicos son propósitos culturales, en la idea de Lewis R. Gordon. “La cultura es el mundo de los significados, Esa es la dimensión que vive los seres humanos”[1]. La humanidad de Diego Armando estaba para consolidar significados de los Sures existentes y resistentes. Un pueblo extenso e intenso en su diversidad que, sin meditarlo, le prestó sus piernas para prolongar conversaciones de revancha antiimperialistas.

            Maradona era negro, tanto como el blues más ancestral. Maradona is a blues. A pesar del tango o con el tango fue un blues. No es una racialización exacta o enajenante; no es por ahí. Ya lo dijeron y ahora en su muerte lo reafirmaron: Diego Armando es D10S. El barrio le da las vueltas a las clásicas prédicas divinas, no es su reino, mejor, es la república no teocrática o seudo, pero divinamente sentimental. República del balón que no se mancha, pero sus desventuras sí las tienen. O repúblicas de Villas Fioritos con sus capitales tercermundistas, con ennoblecidos dioses pedestres o si se quiere ‘de a pie’. Maradona es la imagen y semejanza de otra Biblia, escrita por profetas menos engorrosos, más a la izquierda, definitivamente cimarrona, solo por los gustos refundidos de contradecir a los poderes detestables y a la vez meter miedos sistémicos en esa sinarquía FIFA y en otras fifas.

            Él está en su teodicea mundana, barrial, deplorable (por momentos), revanchista y cimarrona. Está en su representación de la gente diferenciada para su interpretación performativa con otras respuestas políticas. Él es la leyenda exigiendo respuestas al opresor, con su free style cómodo para incomodar al poderoso del día. Maradona se reinventó o su proceso de reinvención fue constante y más apasionado mientras medió el balón como un personaje autónomo y comunitario. Y hermano de la pierna izquierda. Nuestra gente esclavizada se reinventó con artes y ciencias asombrosas, que siendo realistas parecerían cargar con componentes mágicos. O al menos así se lo percibe desde esta perspectiva. Las ventajas ontológicas fueron no aplazar, por ningún pretexto, las reinvenciones de humanidad. O fue esa mandatoria necesidad de tantas inteligencias juntas y revueltas, de tantas manos y de tantas voces contando y cantando las pasadas y, desde ese ya, las próximas epopeyas. Maradona intuyó aquello con tal nitidez que se involucró en esa reinvención en cuerpo y ánima.

            Diego Armado continuó reinventándose cada vez que le era inevitable ocuparse de algún desafío. Y se los encontraba o se los servían con el desayuno. Él no los eludía, les iba de frente y casi con el último equilibrio los convertía en gol. Allá a donde llegó, pisó el engramado con la convicción de ganar, para qué más; se coló en el salón de los poderes y en las maravillas artísticas descifró las calamidades de las Villas Fioritos o en las calles de la gente que gritaban su apellido. Así fue en la Italia de allá abajo, jugando en el Nápoles, otro Villa Fiorito de sus costuras; gritar su solidaridad a favor de los futbolistas negros, inclusive siendo voz solitaria; o cuando se burló de la diplomacia estadounidense por lo que fuera: “se le escapó la tortuga”. Está servida hipérbole. Desde alguna caleta de estas costas afropacíficas, algún pescador, pudo decirle que se “había embarcado a navegar, en una concha de almeja, a rodear al mundo entero, a ver si hallaba coteja”. El griot  que inventó esta décima sabía por qué y para quiénes, quienes la buscan por la hipotenusa ya superaron con facilidad los catetos, son cancheros dentro y fuera de los estadios. Al final Maradona fue su propia coteja, pero no hay quien gane el partido jugando contra su propia sombra. Aun si sabe que es despiadada y pertinaz. Él no perdería jamás mientras jugara por fuera de aquella química maldita y envolvente. Al final ya no hubo sobretiempo para el periodismo que necesita lectores por debajo de sus talentos y por encima de sus bajas pasiones.

            “A los políticos les saco una ventaja. Ellos son públicos, yo soy popular”, dijo para desquiciar las comparaciones. Maradona no nadaba con argucias académicas, tampoco las tenía a la mano y para la oralidad ni falta le hacían. Su franqueza brutal provenía del barrio privado de comodidades básicas, pero no de sus genialidades en estado puro. Las escuelas del desenfado intelectual están en las conversaciones de la generación que está en el umbral de salir a buscársela por las calles, a veces están duras u otras veces la caracterizadas como “selva de cemento”, ellos dejan sus lecciones para descomponer lógicas de la gente diferente, esa misma que tiene sus barrios realmente privados para las almas mil veces proletarias y a la vez el lugar surtidos de todo. Hasta de lujos inimaginable diez cuadras más allá.

            ¡Qué se le va a ser! Unas veces es el palenke, la kasbah, la favela, el gueto o eso que la sociología zurda o diestra llama: ‘marginal’. Allá donde el “sol se muere de tristeza en los techos”, parafraseando a Joaquín Sabina. Y después de esas poesías sin versos dichos y bastante vividos, hay que jugarse el destino. Diego Armando quiso alguna vez graduarse de médico, por el camino terminó curando a los estadios de malos momentos de fútbol y alcanzó a sanar el balón. Y predicó con el ejemplo el poco respeto a los sagrados altares mundanos, en los cuales se santifica el dominio colonial del dinero.

            Quienes se ocupan de apedrear las vidrieras de la infamia, mujeres u hombres, el día que por fin se miran al espejo de sus paradojas observan que están solos (o están solas). La luz cenital está siempre sobre ellos (o sobre ellas) y a su alrededor una ciudad de sombras. Y les sale el blues del reproche sin dirección: “Nunca imaginé que hubiera gente que se alegre por mi tristeza”. Y las hay. Y las habrá sin cambalache tanguero pero con todo el blues de la Patagonia. La marginalidad es la depositaria final de la lucha de clases, porque clausura el optimismo simple y la sencillez indomable del heroísmo cotidiano, porque allá, en el arrabal, se espera algún milagro de la clase política, en sus eventuales visitas electorales. Llámese Villa Fiorito o como sea. Ese territorio urbano es la historia en reversa de los pibes y las pibas que sueñan desquites sociales. A esos retornos de la memoria parlante él respondió: “Miren que me han puesto apodos pero ‘Pelusa’ es el que más va conmigo porque me devuelve a la infancia en Fiorito. Me acuerdo de los Cebollitas, de los arcos de caña cuando jugábamos solamente por la Coca y el sándwich. Eso era más puro”. Tiene feeling bluesero. Cualquier cantidad e intensidad. Añoranzas de las tardes que no serán más. Maradona el último y auténtico prócer internacionalista de barrio adentro.

            Falleció el viernes 25 de noviembre, en este año de estropicios planetarios y sospechas apocalípticas gritadas a pleno pulmón por los predicadores rapaces del diezmo. A un mes exacto de la navidad cristiana, quizás, Diego Armando, quiso el preámbulo de nochebuena para él solito. La necesitaba, quizás, por algunas que le hicieron falta por causas inestimables. También es el día Obbá, la orisha del amor reprimido y con residencia en los cementerios. Eric Clapton escribió un blues titulado Stormy Monday (Lunes tormentoso). Maradona fue en sí una tormenta de caídas y levantadas, empezando por el día que llegó al Cebollitas, equipo de fútbol de futuros pibes de oro. De ídolos, no todos con pies de hierro. They call it stormy monday, yes but tuesday’s just as bad. They call it stormy monday, yes but tuesday’s just as bad. Wednesday’s even worse, thursday’s awful sad[2]. Ahí dónde se escribe monday habría que escribir friday  (viernes). Día 25 de un año raro, 2020.

            Maradona was a blues. No sé si su leyenda prolongue ese Ser sin haberlo querido. O deseado. Pero así quedó. Estas líneas del blues 61 Highway, de Fred McDowel, suenan a epitafio, aunque para mí, con foul y permisión. Lord, if I have to die, baby, Before you think my time have come, I want you to bury my body out on Highway 61[3]. O mejor dicho en Villa Fiorito. 

Notas:


[1] Manifiesto de transdisciplinariedad, para no volvernos esclavos del conocimiento de otros; Lewis R. Gordon. Discurso pronunciado en la Universidad Icesi de Cali, en el III Congreso Colombiano de Filosofía, el 21 de octubre de 2010.

[2] Lo llaman lunes tormentoso, sí, pero el martes es igual de malo. Lo llaman lunes tormentoso, sí, pero el martes es igual de malo. El miércoles es incluso peor, el jueves tremendamente triste.

[3] Señor, si debo morir, querida. Antes de que pienses que mi tiempo ha concluido. Quiero que entierres mi cuerpo a un lado de la autopista 61 (traducción del autor).

Imagen de portada: Mural en La Plata, Argentina.

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