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Marxismo vivo: algo más que un diálogo de besugos

Fuentes: Rebelión

I. Introducción

Quería comenzar por pedir disculpas públicas a Jesús Rojo por el tono, excesivamente duro, de la crítica que realicé a su libro. Me dejé llevar quizá por el estilo polemista tan presente en nuestra historia (Marx, Proudhon, etc.). En todo caso, quiero aclarar que todo lo que efectué fueron meras críticas, no “acusaciones” como ha escrito Jesús. Siendo, como es ya, una figura pública e importante dentro de la intelectualidad académica marxista, va a tener que acostumbrarse. Esto es solo un intercambio de ideas en el que, con suerte, pueden aprender cosas las dos partes. Así pues, vaya este primer párrafo para dejar claro que, pese a mi crítica, Jesús me parece una persona inteligente y cultivada; y su libro un trabajo que saca a colación temas y debates interesantes y pertinentes. De lo contrario, no le habría dedicado dos textos de respuesta (aunque este será el último).

En segundo lugar, quería centrar el debate. Me reprocha mi contertulio lo amorfo de mi estructura (¿o su falta de seguidismo?), pues despacho los dos primeros ensayos de su libro en dos párrafos, para centrarme en el tercero. Me temo que pienso repetir exactamente la misma estructura. No voy a discutir sobre la definición de plusvalía (excepto cuando sea necesario para analizar la naturaleza de la economía soviética) ni sobre el feminismo. Quien impone el tema de conversación, ha obtenido ya la primera victoria. De hecho, uno de mayores errores de la izquierda en las redes sociales es entrar al trapo a cada tema que nos imponen (sí: aunque sea para decir “lo contrario”), abandonando con ello toda estrategia propia.

Solo haré una concesión: no, amigo Jesús. No pretendo hacerte confesar que “el feminismo divide” (y has dado un triple salto mortal al endosarme eso). En ningún momento he ido por ahí. De hecho, afirmo algo opuesto: es el propio movimiento por la liberación de la mujer el que ya está dividido. No hay una sola forma de verlo, ni un solo enfoque de clase desde el que asumirlo. Y la izquierda no debe apoyar a todas las alas de dicho movimiento (¿habrá que recordar a la reina Letizia vaciando su agenda para la “huelga feminista”, o a PP y Ciudadanos tras la pancarta de ese otro aciago 8-M en Madrid, que luego ellos mismos criticaron de manera ignorante e hipócrita como el “detonante” de la pandemia?); no hay que apoyar, pues, a todas sus alas, sino solo a las verdaderamente transformadoras. Y hasta aquí.

II. Algunas breves matizaciones

Quiero comenzar por aclarar algunos malentendidos entre Jesús y yo (por culpa en parte de ambos). Jesús me critica que amputo la teoría de la realidad, cuando más bien es él quien amputa la realidad de su (teoricista) teoría. Por ello, nos gustaría aclarar que para nosotros la teoría es importantísima. Y que lo que yo he escrito también es teoría. Dedicarle a la teoría el 100% del tiempo militante sería, desde luego, un error político; pero ese es otro asunto. La cuestión es que todos los textos existen, todas las teorías existen. Pero la única teoría que vale la pena es aquella que tiene vocación performativa sobre la realidad, como herramienta para transformarla. Pues bien, el primer “capítulo” del opúsculo rojiano no aporta, en mi opinión, nada nuevo (ni útil para nuestra coyuntura real) que no haya sido resuelto ya por Marx hace un siglo y medio en El Capital.

Bastante más adelante, Jesús afirma: “Lo que defiendo es la necesidad de expandir, a través de la lucha revolucionaria, la forma política del capital, el Estado, sobre el mercado, reemplazándolo por la planificación democrática de la economía”. He releído la página 88, que lanza – mutatis mutandis– esta idea, con lo que quiero darle la razón a Jesús en que yo no había entendido correctamente este punto concreto de su tesis. No obstante (y aquí contesto a lo que dice literalmente en esa página), la cuestión es que, cuando conquistamos derechos como la sanidad o la educación, no estamos expandiendo el Estado, ni “nuestra condición de ciudadanos”, ni tampoco “llevando al Estado burgués hacia sus límites históricos”; sino “incrustando” una conquista obrera y socialista dentro de una formación social que obviamente no es en absoluto predominantemente socialista, sino de hecho hegemónicamente capitalista. Hay grises, aunque nuestro contertulio se obceque en blanquearlos (¿o los está ennegreciendo?).

Una última matización, o jamás entraremos en materia. Cuando lanzamos la idea de que Jesús está defendiendo el aceleracionismo, o de que parece apoyar el “Discurso sobre el libre cambio” de Marx (celebro sinceramente, por cierto, que marque distancias con el mismo), no estamos diciendo que nuestro autor defienda de manera declarada y consciente esas ideas. Obviamente, estoy criticando que, en mi opinión, sus planteamientos llevan a eso inevitablemente. ¿Qué otra cosa puede pensarse cuando, por ejemplo, Jesús apoya que Uber y Cabify colonicen el mercado del taxi en España porque son empresas enormes que más adelante “pueden nacionalizarse con un solo decreto”?

III. Sobre la naturaleza de la URSS

Pese a declararse visiblemente airado, Jesús sigue sin explicar por qué se generaba plusvalía en la economía planificada de la Unión Soviética. Leo y releo su párrafo y sigo sin encontrar la explicación. Copio literalmente lo escrito por Jesús en “Abordar nuestras tareas sin hacer los deberes”:

Si la cuestión va de El capital, bien podría mi crítico haber registrado también el momento en que, en esa misma obra, se reconoce la posibilidad de que «todo el capital social existente se reuniese en una sola mano» (Libro I); o la de la «supresión del régimen de producción capitalista dentro del régimen de producción capitalista», dando lugar a una «especie de producción privada, pero sin el control de la propiedad privada, que aparece prima facie como simple fase de transición hacia una nueva forma de producción» (Libro III). Y es que la plusvalía es mucho más que una expresión histórica del excedente: es el acicate para la organización del metabolismo social capitalista, aquel que se fundamenta en el valor como forma social que asumen los productos del trabajo privado. (…) Todo lo antedicho seguía vigente en la URSS”.

Pasemos por alto que, por más que se quiera esquivar, la plusvalía sí es una expresión histórica, que no ha existido siempre y que históricamente sí ha habido otros tipos de excedente. ¿Qué es lo que seguía vigente en la URSS? Suponemos que “el metabolismo social capitalista”, según Jesús; pero se trata de una tautología, pues el argumento para convalidar su afirmación es volver a afirmarla. La demostración de que en la URSS había plusvalía viene… ¿de qué Marx, medio siglo antes, habló de que podía haber una producción privada sin el control de la propiedad privada? Cuanto menos cogido con pinzas.

Obviamente la economía soviética era algo complejo, y pasó por diversas fases. Pero, cuando Jesús alude a “los productos del trabajo privado” (sic) refiriéndose a la URSS, cabría preguntarle qué trabajos privados existían en la URSS por ejemplo en 1950 (tras la guerra antifascista, incluso los restos de la burguesía fueron aplastados). Considero que este punto está mal argumentado y, más bien, parece una huida para sortear el debate.

Por otro lado, Jesús ironiza sobre esa parte de mi exposición en la que aludo a la diferencia entre plusvalía y excedente socialista. De hecho, afirma que dicha expresión es un oxímoron. De lo que no se ha dado cuenta nuestro perspicaz investigador es de que, al afirmarlo, ha acabado dándome la razón. ¿”Excedente socialista” es un oxímoron? Entonces, debería volver a copiarle el fragmento de la Crítica del Programa de Gotha. Marx sí contempla que, en la sociedad socialista, el Estado saque un excedente del trabajo del obrero para sufragar sanidad, educación, administración, etc. ¿Cómo sufragarlo, si no? Por tanto, no es oxímoron y además queda refutado lo que nuestro contertulio afirmó antes (y lo copio: “en ningún momento digo, insinuó ni doy a entender que el problema tenga que ver con la apropiación de ese «producto íntegro». No comprendo qué relación tiene eso con mi planteamiento, y estoy seguro de que el grueso de lectores atentos de mi trabajo convendrá que en efecto eso es irrastreable”). Lejos de ser “irrastreable”, habida cuenta de su presunto “oxímiron”, Jesús parece habernos dejado migas de pan como Hansel y Grettel o Pulgarcito. Esperemos que al menos no diga “espejito, espejito” o que, al menos, si alguna vez lo hace, no reciba de este malas noticias.

A continuación, Jesús me pregunta de manera directa: “Pero hay más, ¿qué pasa con las empresas públicas en los Estados burgueses? ¿Tampoco producirían sus trabajadores plusvalía al no haber un capitalista detrás?”. Le responderé de manera igual de directa. Por supuesto que no: las empresas públicas no producen plusvalía, sino que, muy al contrario, el trabajo desarrollado en las mismas es improductivo (no produce un valor de cambio) y es retribuido mediante una deducción de la plusvalía generada por el trabajo productivo de otros trabajadores. Basta para entenderlo con leer lo indicado por Marx en los Grundrisse (volumen I), en el famoso “Capítulo VI (inédito)” o incluso en Teorías de la plusvalía (“Solo es productivo el trabajo que se convierte directamente en capital”, sic). (Y todo ello dejando a un lado interesantes fragmentos de los libros II y III de El Capital). En resumidas cuentas, un profesor de la privada sí genera beneficio para un capitalista (que paga al docente menos de lo que percibe de manos de las familias). Un profesor de la pública, no: de hecho, es un servicio por definición deficitario, que no genera ningún beneficio. Y lo mismo pasa en sanidad pública (en contraste con la privada). No obstante, ello no supone ninguna división entre los trabajadores porque, de hecho, el trabajador del sector público también realiza un plustrabajo que beneficia al sistema en su conjunto, mediante actividades que son indispensables (Cfr. Jacques Gouverneur, La economía capitalista, capítulo VI; o Mariano F. Enguita, “El problema del trabajo productivo”).

Sigamos adelante, porque parece ser que la palabra “socialismo” está bien guardada bajo siete llaves por Jesús. Así, él no piensa llamar socialista a un Estado mientras no se dé una “apropiación del conjunto del proceso productivo por parte de la conciencia del trabajador”. ¿De la conciencia del trabajador? ¿La “conciencia” puede apropiarse de algo material como el proceso productivo? En todo caso, Jesús puede negarse a llamar “socialista” a la URSS, si así se siente más cómodo dentro del medio donde desarrolla sus actividades formativas. Diversos autores han hablado, por ejemplo, de economía “poscapitalista” para referirse a la URSS. Pero lo que no puede nuestro sagaz investigador, al menos sin faltar al más elemental rigor, es sostener que era sin más un país capitalista, o que las empresas estatales generaban plusvalía (aunque no hubiera capitalistas para apropiársela). ¿Realmente intenta colarnos como argumento “capitalistizador” el hecho de que la URSS, lógicamente, entablara relaciones comerciales con otros Estados que sí eran capitalistas? ¿Debió mejor implantar la autarquía? Más en general: ¿es socialista un país que lucha por construir el socialismo? ¿Es comunista un partido (o un intelectual, o un escritor de artículos) que lucha por ese ideal, aunque no lo haya logrado? No importa demasiado el nominalismo de “llamarlo o no socialismo”. Pero sí haríamos bien en acostumbrarnos a categorías menos estáticas, con más movimiento. En la URSS había un proceso -con más o menos dificultades, límites y errores propios- de edificación del socialismo, de lucha por construirlo. Negarlo es negar lo evidente.

Jesús me hace una pregunta directa: ¿cómo casa con la URSS el hecho de que Marx se refiera al socialismo “como una sociedad en que «los productores no cambian sus productos», en que el trabajo invertido en ellos «no se presenta […] como valor», en que los «trabajos individuales no forman ya parte integrante del trabajo común mediante un rodeo, sino directamente»”. Casa desde luego muy mal, porque ni siquiera es correcto que Marx dijera eso. En la Crítica del Programa de Gotha, Marx se refiere así a la “sociedad colectivista” o la “sociedad comunista”. A su propio texto me remito. Además, unos párrafos más abajo, Marx aclara un poco los términos: “Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el período de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde también un período político de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado”.

Aunque la terminología sea lo de menos (admito que puede ser útil aclararla, al menos para entendernos mutuamente), dado que Jesús me pregunta de manera directa, le recordaré que en la tradición leninista “socialismo” se usa como sinónimo de dictadura del proletariado, mientras que “comunismo” sería la fase superior (a la que nunca se ha llegado, ni en la URSS ni en ningún sitio). Insistamos: la URSS no era un país comunista (sin clases, ni Estado, ni salario, etc.), sino una dictadura del proletariado, que es una etapa de transición. Lenin lo explica claramente, y no solo él.

Una última consideración dentro de este apartado, para no eternizar el debate. En ningún momento he acusado a Jesús de reformismo. Lo que sí he dicho, y lo vuelvo a decir porque es lo pienso, es que el aceleracionismo acaba siendo rentabilizado por el reformismo. Y ello es así incluso aunque sean grandes revolucionarios los que lo ejerzan, como por ejemplo, en algunos planteamientos, Rosa Luxemburgo (¡o Engels cuando escribe sobre la conquista de México en 1847!). Y qué decir de la idea, tan presente en la III Internacional, en Lenin y en Trotsky, de que “la revolución socialista es inevitable”. Tales planteamientos son un error e, independientemente de la voluntad de quienes los ejercen, son finalmente (“inevitablemente”, valga la broma) rentabilizados y aprovechados por la II Internacional. Si el socialismo es inevitable, ¿por qué no esperarnos sentados a que llegue? Si la extensión de los grandes monopolios y emporios multinacionales crea más clase obrera y acerca el socialismo, ¿por qué no sentarnos a mirar cómo se expanden? ¿Por qué no, incluso, aplaudir el proceso?

IV. Sobre la cuestión de las alianzas

Hemos dejado la guinda para el final porque, efectivamente, este apartado será para mí el centro del debate (aunque lamento si esta estructura no agrada del todo a mi amigo Jesús).

Lo que asusta a mi amigo es que una alianza incluye siempre concesiones mutuas entre dos partes. Y efectivamente una alianza se negocia siempre sobre contrapartes. La cuestión es que, al enfocar este problema, se están haciendo análisis estáticos que ignoran el movimiento de la historia. Muy resumidamente: en una primera etapa de la revolución, lo prioritario sería nacionalizar la banca y los grandes capitales, no la frutería del vecino (que en una posterior etapa podría acabar nacionalizada igualmente). Pero para que exista esa posterior etapa, primero hay que tomar el poder. Y para eso se necesita sumar fuerzas. ¿Qué tiene que ver una alianza puntual para un fin determinado (expropiar al IBEX) con nuestro modelo futuro y definitivo de sociedad?

Jesús me espeta que “espera no tener que recordarme la deskulakización”. Pues bien, el ejemplo es perfecto, le agradezco que lo saque y, de hecho, me da la razón al hacerlo. Los soviéticos les dieron pequeñas propiedades de tierra a los campesinos individuales en el año 0 de la revolución, y solo años más tarde decretaron la colectivizaron. Sin el primer acto (Decreto de la tierra, en 1917) no se habría dado nunca el segundo (desde finales de 1928, colectivización de toda la tierra mediante koljoses y sovjoses). El primer acto creó las condiciones para el segundo. Sí, la revolución tiene etapas.

Podríamos hablar incluso de la NEP de Lenin: ¿por qué se adoptó? Pero no ahondaremos en ello. Simplemente traeremos a colación una cita. Es cierto que las citas no pueden sustituir nunca a los argumentos razonados, como a menudo a paso en la historia de la tradición socialista. Tampoco deben emplearse como argumentos de autoridad, pues sería una falacia. Pero sí es válido emplear citas para apoyar ideas que otros autores han expuesto mejor de lo que uno mismo sería capaz de exponer. De entre las cientos y cientos de citas de Lenin que podrían emplearse para exponer esto, escogemos un fragmento de uno de sus últimos artículo: “Sobre la cooperación” (1923):

La alianza de este proletariado con millones y millones de pequeños y muy pequeños campesinos; el asegurar la dirección de los campesinos por el proletariado, etc., ¿acaso no es esto todo lo que se necesita para edificar la sociedad socialista completa partiendo de la cooperación, y nada más que de la cooperación, a la que antes motejábamos de mercantilista y que ahora, bajo la NEP, merece también, en cierto modo, el mismo trato; acaso no es esto todo lo imprescindible para edificar la sociedad socialista completa? Eso no es todavía la edificación de la sociedad socialista, pero sí todo lo imprescindible y lo suficiente para esta edificación. Pues bien, esta circunstancia es subestimada por muchos de nuestros militantes dedicados al trabajo práctico. Entre nosotros se siente menosprecio por la cooperación. (…) Nos hemos olvidado de la cooperación, no la estimamos ahora lo suficiente y hemos comenzado ya a olvidar su gigantesca importancia.

¿Acaso habría ayudado al socialismo que Lenin despreciara la necesaria alianza coyuntural con los cooperativistas rusos? ¿“Ningún compromiso”, Jesús? En lo que no se hacen concesiones es en los principios, pero sin flexibilidad táctica no hay movimiento posible (salvo el movimiento de las teclas escribiendo teoría en nuestras habitaciones). Retrocedamos hasta 1917. ¿Lenin dejó de defender una economía de corte socialista (con toda la producción colectivizada) por darle en ese momento la tierra a los campesinos, a los cuales necesitaba para ganarles la guerra a los blancos y conservar el poder? ¿O era simplemente la diferencia entre táctica y estrategia? Estas concesiones a los pequeños autónomos… perdón, a los pequeños propietarios campesinos, lejos de ser reaccionaria, fue en su contexto progresiva. Lo fue para Lenin (alianza obrero-campesina, sin la cual la revolución no habría podido conservar el poder más tiempo que la Comuna de París). La inmensa mayoría del Ejército Rojo, que fue el que ganó la guerra civil, estaba compuesta por campesinos.

Los primeros decretos de Lenin no son socialistas (decreto de la tierra, de las nacionalidades, aparte del decreto de la paz), pero son progresivos pues buscan conservar esa alianza (hegemonizada por la clase obrera) sin la cual el poder soviético era imposible (como fue imposible por ejemplo la revolución espartaquista). Así, para no hacer “culto a la derrota”, debemos preguntarnos algo: ¿qué creó más socialismo, la Comuna, la revolución espartaquista… o los decretos populares de Lenin que sentaron las bases sobre la que más tarde se edificó una economía estatalmente planificada? Y lo mismo (buscar aliados, pero bajo la hegemonía de una línea obrera y defensora de la planificación socialista) hicieron Mao en China, Fidel en Cuba, Ho Chi Minh en Vietnam, etc. Que la clase obrera necesite y tenga aliados naturales (sin aliados, no existe la hegemonía pues no hay sujeto al que hegemonizar) no quita que haya que pensar estrategias para unir a la propia clase trabajadora que, efectivamente, hoy se presenta dramáticamente fragmentada.

A todo esto, espero que mis alusiones a revolucionarios históricos (que, por cierto, también fueron teóricos, salvo que queramos “amputarlos”) no le hayan vuelto a parecer “folclore” a Jesús Rojo. Ignoro si estudiar las tácticas de quienes lideraron revoluciones está de moda en el seno del marxismo universitario. Pero a mí me parece crucial, y mucho más (útil) que (el) folclore (academicista).

En suma, la lección que toca sacar es que hay (fracciones de) clases de transición que, como afirmaba Lukacs en Historia y conciencia de clase, fluctúan entre apoyar a una clase u otra. Es cierto que estas clases no pueden aportar el programa porque tenderán a conservar su medio de producción independiente. Pero la clase obrera (aportando el programa) debe saber hegemonizarlas, ganarlas para la causa, para poder hacer la revolución. Luego, si Jesús quiere (cuando lo elijamos presidente del soviet supremo), puede lanzar el quinquenal y, en la siguiente etapa de la lucha de clases, entrar de manera justa en contradicción con estos antiguos aliados (esperamos que se le ocurran soluciones imaginativas, porque hubo en la URSS hasta quien montó un Gulag). Eso sí, en lugar de especular teóricamente sobre la segunda fase, más nos valdría empezar por plantearnos la primera. Porque para todo esto, insistimos, hay que tener el poder; y para alcanzarlo, nos guste o no, necesitamos aliados. Y necesitamos hacerles concesiones porque ningún sujeto social es tan ingenuo o va a sumarse al socialismo por idealismo o por “leerse un libro” (ni siquiera los de El viejo topo).

Insistamos: esa clase en transición era el campesinado y Lenin le dio la tierra. Solo así pudo conservarse su (entonces) frágil gobierno, para fortalecerse y, años más tarde, lanzar el plan quinquenal y nacionalizar toda la tierra. Es táctica y estrategia, y está más que estudiado. ¿O es que acaso nos matriculamos en la universidad o nos dejamos los ojos leyendo libros para desaprender?

¿Cuál es el factor común (obvio y más que explicado) entre Rusia y España que Jesús “no entiende”? Que para todas las revoluciones han sido necesarias alianzas. Hoy día no tenemos mucho campesinado en España, pero tenemos otras clases en transición, como por ejemplo tres millones de autónomos. ¿Realmente Jesús no había entendido la idea, y por eso se burlaba de mí aludiendo a que en España no hay campesinos? ¿ O la había entendido perfectamente, pero era un patadón de la defensa, como los de Puyol en sus buenos tiempos cuando atacaba Cristiano Ronaldo?

Jesús y yo estamos de acuerdo en buscar una sociedad donde no haya ni un solo autónomo y el 100% de la economía sea planificada estatalmente. Pero este no es -o, al menos, no debería ser- un debate platónico. No somos socialistas utópicos hablando sobre “nuestro modelo ideal de sociedad futura”. Hablamos de táctica. Lo contrario es teoricismo (crítica, Jesús, y no “acusación”). Porque llevar a la práctica cualquiera de estas ideas sin el poder es algo que no lo conseguiría ni Holloway. Y para eso necesitamos crear un bloque histórico y popular lo bastante fuerte. Bajo nuestro programa, en eso estamos de acuerdo. Pero a nadie se le escapa que serán necesarias concesiones iniciales para que nos ayuden a tomar el poder, y en unos años veremos si esa alianza se rompe y hay traiciones como en Hamlet… o como en El doctor Zhivago.

No estamos innovando en absoluto. Recordemos por ejemplo cómo Engels, en El problema campesino en Francia y Alemania, lo expresó a la perfección:

Nosotros estamos resueltamente de parte del pequeño campesino: haremos todo cuanto sea admisible para hacer más llevadera su suerte, para hacerle más fácil el paso al régimen cooperativo, caso de que se decida a él, e incluso para facilitarle un largo plazo de tiempo para que lo piense en su parcela, si no se decide a tomar todavía esta determinación. Y lo hacemos así, no sólo porque consideramos posible el paso a nuestro lado del pequeño campesino que trabaja su tierra, sino además por un interés directo de partido. Cuanto mayor sea el número de campesinos a quienes ahorremos su caída efectiva en el proletariado, a quienes podamos ganar ya para nosotros como campesinos, más rápida y fácilmente se llevará a cabo la transformación social. No está en nuestro interés el tener que esperar, para esta transformación, a que se desarrolle en todas partes, hasta sus últimas consecuencias, la producción capitalista, a que hayan caído en las garras de la gran producción capitalista hasta el último pequeño artesano y el último pequeño campesino. Los sacrificios materiales que haya que hacer en este sentido en interés de los campesinos, a costa de los fondos públicos, podrán ser considerados, desde el punto de vista de la economía capitalista, como dinero tirado, pero serán, a pesar de eso, una excelente inversión, pues ahorrarán, tal vez, una cantidad decuplicada en los gastos de la reorganización de la sociedad en general. Por tanto, en este sentido podremos proceder con los campesinos muy generosamente.

Engels: El problema campesino en Francia y en Alemania (ucm.es).

Y no vamos a emplear la conocida idea sobre el campesinado de Marx en El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, pero recordemos que el conservadurismo de los campesinos no era para el barbudo una condición inamovible. Muy al contrario, el campesino revolucionario acaba pugnando por salir de su condición social de vida, la parcela, cuando el proceso de pauperización le lleva a la ruina (“Por eso los campesinos encuentran su aliado y jefe natural en el proletariado urbano, que tiene por misión derrocar el orden burgués”).

Sí queremos ofrecer al lector, para ir cerrando, dos citas de la Crítica del Programa de Gotha:

Por otra parte, el proletariado es revolucionario frente a la burguesía, porque habiendo surgido sobre la base de la gran industria, aspira a despojar a la producción de su carácter capitalista, que la burguesía quiere perpetuar. Pero el Manifiesto añade que las «capas medias . . . se vuelven revolucionarias cuando tienen ante sí la perspectiva de su tránsito inminente al proletariado». Por tanto, desde este punto de vista, es también absurdo decir que frente a la clase obrera «no forman más que una masa reaccionaria», juntamente con la burguesía e incluso con los señores feudales. ¿Es que en las últimas elecciones se ha gritado a los artesanos, a los pequeños industriales y a los campesinos: Frente a nosotros, no formáis, juntamente con los burgueses y los señores feudales, más que una masa reaccionaria?

(….)

Por un resto de pudor, se coloca «la ayuda del Estado» bajo el control democrático del «pueblo trabajador». Pero, en primer lugar, el «pueblo trabajador», en Alemania, está compuesto, en su mayoría, por campesinos, y no por proletarios.

Me reprocha, para ir concluyendo, mi amigo Jesús que en las organizaciones comunistas suelen predominar profesionales y funcionarios. Y tiene razón. Pero, justamente por eso, los partidos obreros funcionan mal. Una cosa es que, por circunstancias históricas inevitables, como su mayor posibilidad de acceso a la cultura formal, los “sectores intermedios” hagan funciones dirigentes en estos partidos (y sí, amigo: la conciencia muchas veces entra desde fuera… que se lo pregunten a la Liga Comunista de Marx y Engels)… pero otra muy distinta que tampoco las bases sean obreras. De ahí precisamente, de que las bases tampoco sean obreras, provienen algunos de los problemas, como el abandono del socialismo en pos de planteamientos keynesianos (algo que nos preocupa tanto a Jesús como a mí).

Finalmente, el argumento rojiano de “primero movilizar a los obreros” no es válido. Hablamos de proyecto. Que no logremos dar un paso hoy no es excusa para bloquear indefinidamente otro paso que también necesitamos dar. Jesús está mezclando dos planos. Por supuesto, hay que movilizar a la clase. Pero aquí estamos hablando de fundamentos. ¿O es ahora él quien desprecia la teoría y se pone “movimientista”? Para que las organizaciones políticas tengan éxito, necesitan una estrategia adecuada. Y cuando hablemos del sujeto, tenemos que preguntarnos: el sujeto ¿de qué etapa? Porque el socialismo se construye, no se decreta; y, ahora, ¿estamos en un momento de triunfo socialista definitivo, de nacionalización total? ¿Ya hemos tomado el poder y lo hemos consolidado hace años?

V. Conclusión

Quería concluir dándole la razón a nuestro afanado investigador en que he sido claramente heterodoxo al afrontar el por qué de la centralidad de la clase trabajadora. Efectivamente, es la posición dentro de la producción la que hace a esta clase en particular la única que, al universalizarse, se disolverá a sí misma y a la propia sociedad de clases. Vale. Y, no obstante, volviendo a nuestras coordenadas histórico-temporales, igualmente un alto funcionario o incluso un gran directivo podrán ser asalariados; pero no tienen desde luego más tendencia a la sublevación que los taxistas, fontaneros autónomos o electricistas (nuestros “campesinos”, si Jesús me permite la analogía).

Ello es así en virtud de sus propias condiciones materiales, pero lo único que nos recuerda esta situación es la necesidad de huir de análisis polares que bifurcan la sociedad en “burguesía y proletariado” y se lavan las manos con respecto a la complejidad social (que se ve amputada por esto). ¿O tal vez Lenin se equivocó con la alianza obrero-campesina y debió apostar por aliarse a abogados (como él mismo) o funcionarios del zarismo?

Es nuevamente el gris de la teoría frente al verde de la realidad. Ya lo dijo Erik Olin Wright en Comprender las clases sociales: “la conciencia de clase es saber en qué lado de la barrera estás; el análisis de clase es comprender quién está de tu lado”. Porque, para el análisis marxista bien entendido, el objetivo es identificar tácticas para avanzar y alianzas sociales con las que llevar esas tácticas a la práctica. La clase obrera debe preservar su independencia de clase, que expresa el partido; pero a la vez establecer relaciones de frente único con los más amplios sectores populares, para avanzar por etapas. Lo contrario, es aislarse y no llegar nunca a la etapa segunda por no poder afrontar ni siquiera la primera.

En fin, que ya van dos títulos de Jesús que no entiendo. El título de su libro (Las tareas pendientes de la clase trabajadora) ya de por sí me resultó incomprensible, pues por más que lo releo (y que releo su artículo) soy incapaz de encontrar cuáles son dichas tareas pendientes. A menos, insisto, que las tareas sean leer El Capital o Las tareas…

Pero es que el título del artículo (“Abordar nuestras tareas sin hacer los deberes”) me resulta aún más incomprensible. Cualquiera diría que esconde alguna especie de insinuación, pero debo descartar -porque me conoce y, además, nos une amistad – que Jesús me esté, como se hace a veces, mandando a leer, a estudiar en general el marxismo, por no conocerlo, entenderlo, etc. Por tanto, solo queda la opción de pensar que Jesús cree que no he leído con atención su libro, por lo que esos serían “los deberes” que me faltan por hacer en su opinión. Pues bien, no solo lo he leído, sino que lo tengo entero trabajado, subrayado y anotado. Probablemente no será así en el caso de más de un halagador de los que, en su entorno, lo colmará de vacuas alabanzas. A mí más bien me ha tocado ser el esclavo que, aun sujetando la corona de laurel, le susurra a César al oído: “recuerda que solo eres un hombre”.

En todo caso, no estamos aquí para personalizar o para un duelo de ingenios, sino para hablar de las tareas pendientes de la clase trabajadora. Espero haber centrado el debate, dentro de mis modestas posibilidades, y cierro definitivamente nuestro intercambio con un cordial abrazo a Jesús Rojo. Más allá de las diferencias teóricas, y de nuestra compartida pasión por el debate afilado, confío y espero poder encontrármelo en las luchas venideras.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.