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Naciones sin Estado, ¿una contradicción?

Fuentes: Deia

EN la literatura política se identifica a veces construcción nacional (nation building) con el resultado de la construcción del Estado Nacional, entendiendo que la construcción de la nación solo se produce si hay un proceso exitoso de construcción del Estado. El Estado construiría la nación. Según ese criterio, la idea de «naciones sin Estado» sería […]

EN la literatura política se identifica a veces construcción nacional (nation building) con el resultado de la construcción del Estado Nacional, entendiendo que la construcción de la nación solo se produce si hay un proceso exitoso de construcción del Estado. El Estado construiría la nación.

Según ese criterio, la idea de «naciones sin Estado» sería un oxímoron, una contradicción en sí misma. No habría más naciones que las de la naciones-estado, y para salvar el principio de realidad se distinguirían dos niveles: la nación cultural -concepto prepolítico- y la nación política, reservando (tramposamente) esta última solo a los Estados homologados. Según eso, serían inexistentes los Estados plurinacionales, lo que es negar la evidencia (Bélgica, Canadá, Gran Bretaña…).

Se trata de una visión formalista que eleva a categoría de norma analítica algunas experiencias históricas en las que la construcción nacional se realizó en el proceso de construcción del Estado (Francia), mientras desecha otras (Alemania, Estados Unidos) y se niega a valorar las realidades del presente (cuestiones nacionales pendientes). Se trata de una visión interesada porque se formula desde identidades -culturales y nacionales- satisfechas que han dispuesto de Estado para construirse y exigen el mismo e imposible camino a las naciones emergentes. Pero lo peor es que toma una deriva autoritaria porque les exigen lo que les impiden. Eso sí que es un bucle.

El sujeto «comunidad», un concepto pre-político, es un sujeto menos abstracto que el individuo, la clase social o la ciudadanía porque apela al vínculo cultural convivencial, a socialización primaria, a cercanía, a fraternidad, a identidad y a sentimiento. Paralelamente, frente a quienes proclamaban el fin de las geografías tanto por el supuesto «fin de la Historia» como por la extensión de la ciberesfera, se asiste a un proceso de reterritorialización de la mirada.

Si entendemos la nación como un vínculo subjetivo (el deseo de vivir juntos desde el autorreconocimiento) que se plasma en un proyecto genérico y político mediante una voluntad mayoritaria persistente, la pregunta es si en España hay sujetos con voluntad nacional distintos al Estado mismo. Y tal parece que hay naciones culturales con proyectos políticos mayoritarios que devienen sujetos políticos, naciones políticas, y no solo culturales.

¿Se trata solo de creencias compartidas? No solo. Hay factores objetivos, nada artificiales como son historia, instituciones, derecho propio, lengua, cultura, comunidad en continuidad, que les sirven de apoyatura históricamente necesaria…. aunque esos rasgos sean insuficientes para construirlas, no ya como comunidades sino como naciones políticas. Han sido hechos políticos los que han sido cruciales y motores para la construcción, destrucción y reconstrucción de las naciones. Generaron proyectos e instituciones con respaldo social, hasta devenir Estados-Nación, Estados plurinacionales o -en los casos de procesos sin culminación por oposición del Estado constituido- naciones sin Estado.

En la raíz de ese sujeto político posible, pero no forzoso, está el sujeto social y cultural, la comunidad. Pero para trascender desde la mera identidad cultural a la condición de sujeto político, se requieren una serie de estadios, en un proceso de transformaciones sociales y políticas: de comunidad cultural a sociedad organizada; de sociedad organizada a comunidad nacional con proyecto de nación política… y esta tratando de construir alguna modalidad institucional soberana o co-soberana, compartida o no.

Una comunidad nacional no existe sin más porque alguien lo proclame. La generación de una voluntad nacional en el cuerpo social tiene, al menos, tres tempus: cuando nace la idea (la formula una élite); cuando alrededor de un proyecto nacional -segunda fase- se desarrollan un movimiento significativo y unas estructuras partidarias y organizativas con capacidad de acción y de convencimiento; y cuando -tercera fase- se da una mayoría interna favorable a la construcción política y administrativa propia como nación.

Para que eso se produzca se requerirá no solo una minoría visionaria sino que habrá de aparecer una voluntad expansiva, un movimiento, una organización, un proyecto nacional con apoyo, que tienda a tornarse mayoritario. En las sociedades democráticas, la constitución de la nación no es per se -porque lo digan unos inspirados-, sino por procesos de expresión, acción y decisión de su ciudadanía a quien, en todo caso, esas elites deberán convencer. Es la ciudadanía real, como sociedad política contabilizada, la que es el referente constituyente del sujeto nacional en una era de democracias y del siglo XXI.

Hoy, Catalunya y la Comunidad del País Vasco estamos en la tercera fase del nation building y Galicia en la 2ª fase (seguramente como Navarra, mientras que Iparralde, Illes, Cerdayna, Pais Valenciá, Canarias, Andalucía… estarían en la primera y media y no es seguro que vayan a la segunda). España lo sabe: su consigna es que las nacionalidades históricas no se puedan preguntar a sí mismas sobre el modelo relacional, simultáneamente a que el Estado no se da por enterado de lo que se deduce de los resultados en las elecciones regulares continuadas. Ni lo uno ni lo otro. Atribuyen la idea nacional a una ideología como cualquier otra; aceptan que una parte de la población pueda sentirla, sí… pero se niegan a reconocerlo como hecho político fundacional con un antes y un después.

Con todo, la propia construcción cultural, un ámbito aparentemente extrapolítico, juega un papel relevante en la construcción nacional. Hace de plataforma identificadora y constructora del vínculo de la comunidad. Mimarla es esencial.

Los requisitos legitimadores de hoy dibujan un camino complicado, sinuoso y largo que nada tiene que ver con cómo se constituyeron casi todos los Estados nacionales: a sangre y fuego desde Estados excluyentes. No creo que puedan enorgullecerse de ello ni ridiculizar como trasnochados proyectos actuales que optan por sostenerse por vías hiperdemocráticas, unas vías que esos Estados no siguieron. En el caso español, el XIX (guerras carlistas, Restauración…) y el XX (Dictadura de Primo, Franquismo..) fueron siglos de furia.

Llama la atención que la negativa a nuevos nation building no derivados de descomposiciones (Balcanes) es coetánea: a la pérdida de soberanía de los Estados ante las exigencias del Mecanismo Europeo de Estabilidad y del pacto fiscal europeo; a la pérdida de competencias y funcionalidad de las democracias ante el Leviatán de los mercados financieros; y a la expropiación de la capacidad decisoria de la ciudadanía en general.

Las cesiones de soberanía a entes supraestatales como la UE no son un argumento para considerar caducas las reivindicaciones de las naciones sin Estado. Es distinto cesión metanacional de soberanía a usurpación estatal; compartir a imponer. Y es distinto disponer de una parte de soberanía a no disponer casi ninguna.

En el plano político no hay muchas dudas sobre el salto cualitativo que como democracias participativas supondría devolver la capacidad decisoria a las ciudadanías de las naciones sin Estado. Ayudaría a la recuperación del lugar político de la ciudadanía en toda Europa. La canalización de las cuestiones nacionales forma parte de los procesos de democratización de la vida pública. También la estatura democrática del Estado anfitrión se agrandaría. Pero ni será fácil ni voluntariamente.

En el plano económico-social las naciones sin Estado tienen las funcionalidades que dan la proximidad, el conocimiento al detalle, la fiscalización fácil, las relaciones intensas, la posibilidad de autogestión y, todo ello, en claves hoy tan estimadas en las arquitecturas sociales como son la reflexividad, la flexibilidad y la resiliencia (capacidad de respuesta a cambios bruscos). También hay ventajas orgánicas: a más soberanía, más capacidad decisoria en un mundo incierto y de desconfianza ante instituciones poco cercanas que toman decisiones sacrificando a unos en favor de otros. Contribuirían a las salidas económicas y a la cohesión social, hoy tan deterioradas, si adoptaran perspectivas progresistas de fortalecimiento del vínculo social además del nacional.

A medio plazo, en una época de crisis estructurales hay, al menos, dos opciones en cuanto a la forma de Estado: o apostar por un Estado más centralizado con menos servicios -sacrificados a la austeridad y la redistribución negativa de las rentas- y más autoritario para imponerlo; o menos Estado centralizado, con más herramientas para innovar sobre el terreno, y más implicación y gestión cercana a la ciudadanía. Para que todo esto sea posible a medio y largo plazo se necesita una potente sociedad civil, que existe en Catalunya y en el País Vasco y es más débil en Galicia.

Vistas las formidables resistencias, lo dicho es una expectativa a medio y largo plazo. En el corto plazo, el estancamiento del conflicto que plantean las naciones sin Estado puede saldarse con una desafección vasco-catalana creciente, con riesgos de insumisión, mientras se construyen por cuenta propia (construcción nacional) y, simultáneamente, confrontan con el Estado remiso. Paralelamente, es probable la emergencia de populismos centralistas en España, con conexiones con la ultraderecha unos y con el jacobinismo homogenizador otros, para negarse a adaptar el Estado de las autonomías a las nuevas circunstancias.

Por el lado de la gestión de las crisis, las naciones sin Estado se encuentran en un dilema. Ellas mismas pueden deslegitimarse, por ejemplo, quebrando el vínculo ciudadano al aceptar la privatización de los servicios públicos y la ampliación de las brechas sociales. Esa ha sido la opción de CiU. O pueden debilitarse negándose, por ejemplo, a revisar la fiscalidad, como está siendo, hoy por hoy, el caso vasco. Alternativamente, si se implantara el principio de solidaridad social fortaleciendo el vínculo interno se construiría país y se facilitaría una presión política soberanista… y viceversa. ¿Cuál será el camino vasco?

Fuente: http://www.deia.com/2012/06/03/opinion/tribuna-abierta/naciones-sin-estado-una-contradiccion