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«No nos quedamos esperando a que nos sigan asesinando»

Fuentes: Rebelión

A quienes creyeron y siguen creyendo en mi inocencia, sobre todo a aquellas personas que me brindaron su confianza, respaldo y desprendida solidaridad, va mi saludo de eterna gratitud, con la reiteración de mi compromiso en seguir luchando por la paz con justicia social hasta el último aliento de mi vida, con el juramento de […]

A quienes creyeron y siguen creyendo en mi inocencia, sobre todo a aquellas personas que me brindaron su confianza, respaldo y desprendida solidaridad, va mi saludo de eterna gratitud, con la reiteración de mi compromiso en seguir luchando por la paz con justicia social hasta el último aliento de mi vida, con el juramento de no inclinar la cabeza frente a las mentiras, los engaños, la perfidia y el guerrerismo de una clase dominante que sigue sometiendo al pueblo llano a la miseria, la desigualdad y la exclusión política que derivan de su espíritu mezquino y de su arrodillamiento a los intereses de la embajada gringa como a los de las transnacionales.

No hay quien con sentido de sensatez pueda ocultar o negar que personalmente puse todo el empeño posible en la construcción e impulso a la implementación de los Acuerdos de La Habana -exceptuando ese extraño arreglo sobre entrega de armas que, ciertamente, jamás compartí ni comparto; pero que ese tratado de paz fue evidentemente traicionado, con incumplimientos teñidos de sangre inocente de gente que creyó en la reconciliación, tanto de excombatientes como dirigentes y personas del común, que hoy yacen bajo tierra. Y muchos otros compatriotas que siguen creyendo y luchando por un país digno sin más guerra, sufren la persecución judicial, los entrampamientos y las inconsecuencias de la intransigencia de una casta de gobernantes y poderosos avaros, rencorosos y vengativos que jamás estuvieron dispuestos a la concordia; que lo único que querían realmente era el desarme de la insurgencia, para proceder no solamente con el aniquilamiento político, moral y físico de su rebeldía, sino con la destrucción de todo aquel o aquella que consideren un peligro para sus privilegios.

Nunca quisieron realmente la paz, ni el Nobel de la Paz Juan Manuel Santos, que ordenó fusilar a Alfonso Cano en total indefensión luego de ser capturado en combate. Ni mucho menos el paramilitar en cuerpo y alma, Álvaro Uribe Vélez, ese sí, mafioso del narcotráfico que ayudó a Pablo Escobar a exportar cocaína a EEUU al autorizarle el funcionamiento de pistas aéreas siendo Director de Aerocivil; ese sí, responsable de la Masacre del Aro entre otras atrocidades; ese sí, el arquitecto de la muerte «accidental» de su cuñado Pedro Juan Moreno. O su pupilo Iván Duque, pelele de bolsillo, que entre más inepto más peligroso por lo chapucero y manipulable (a propósito, ¿qué compromisos hiciste con el Ñeñe Hernández y con Odebrecht, chanchito mandarín?). Bandidos todos, ellos y sus compinches, que arropados con un falso moralismo fraguaron la traición; bandidos todos, ellos y sus secuaces, que gritan «¡cojan al ladrón!» al tiempo que han estado ligados a las mafias de la corrupción de todo tipo en nuestro país, y mientras con el abuso del poder con el que cuentan dentro de la venal institucionalidad que los protege, o del que los ha investido su amo imperial, van agraviando, calumniando y destruyendo a trocha y mocha a sus contradictores, cuando no es que los borran del mapa valiéndose de su peligroso sicariato mediático o de sus esbirros de gatillo ligero, que también los tienen por montones.

Fácil es seguramente para ellos acusarnos a nosotros de ser los que incumplimos el acuerdo y la palabra empeñada, porque no nos quedamos esperando a que nos sigan asesinando, a que nos sigan manoseando el decoro con sus limosnas, a que se sigan burlando de la buena fe con que dimos el paso a la legalidad, o a punta de mentiras nos encarcelen, nos extraditen, o nos mantengan a la defensiva, humillados y estigmatizados. No, ¡al carajo con su farsa! Pues para mi caso cierto es que volví al monte para no dejarme extraditar, tal como lo dice el tal «Juampa». Supe que mi captura estaba dispuesta para la fecha de mi comparecencia ante la Corte Suprema, el 9 de julio; porque es que eso es parte de la traición toda que nos empuja al rearme luego de observar que también este personaje oscuro que nada de fondo y efectivo hizo para defender el Acuerdo de Paz, desconoce la presunción de inocencia, el debido proceso, el principio de legalidad o cualquier fundamento del derecho que tanto invocan, comenzando por que lo primero que pisotean con su sometimiento al Departamento de Justicia yanqui es el respeto a la soberanía.

Ya lo he dicho y lo repito en versión ampliada: hay más posibilidad que haya pasado más cocaína por las narices del granuja exfiscal Martínez Neira y la del señor «Juampa» Santos que por mis manos. Y estos hipócritas lo saben perfectamente.

No es nada fácil construir la reconciliación basada en la justicia social, con sujetos de esta calaña a los que nada se les da escamotear los compromisos de Estado, porque este es para ellos un aparato que precisamente han moldeado como instrumento de guerra para afianzar sus prerrogativas de clase y las de sus amos. No obstante, hay que seguir luchando sin más ingenuidades, por una paz cierta, total y con garantías que impidan que se salgan con la suya estos señores que nos imponen la confrontación porque no son sus hijos los que mueren en ella.

Libres de cualquier tipo de intransigencia, nuestra disposición al entendimiento es absoluta, y por ello agradecemos a quienes, como el senador Gustavo Petro, Ayda Abella, Iván Cepeda y muchos otros, se han manifestado llamándonos a persistir en el diálogo y en la búsqueda de una solución incruenta a los retos de la perfidia institucional. Y lo hacemos, partiendo como lo han dicho incluso algunos de nuestros contradictores, de la idea de que la paz se construye fundamentalmente por las comunidades. Nosotros no somos los dueños de ese propósito mayor, ni pretendemos serlo; pero sí somos parte del conjunto social y tenemos también el deber de ayudar a alcanzarlo. En consecuencia, sin ánimo de creer tener la verdad y la razón, la invitación es a que reposadamente se analicen nuestros recientes manifiestos y planteamientos, sin trivializar ni demonizar, sin ridiculizar ni descalificar como lo hacen algunos lambones pagos y oficiosos del establecimiento, muchos de los cuales posan de «independientes» y «demócratas» cuando lo que son es simples mercenarios del micrófono, o de la pluma y el tintero; pues si en realidad se está por encontrar salidas juiciosas a los problemas políticos, económicos y sociales que indudablemente se están agravando en el país, debemos comenzar por generalizar los debates respetuosos, con argumentos, aunque revistan contradicción y choque de ideas.

¡La lucha sigue! ¡Juramos vencer y venceremos!

NOTA: Sobre la curul en el Congreso, señoras y señores del régimen, «pues ahí les dejo su casa pintada»; y sobre los salarios de la Cámara de Representantes que la prensa dice que tengo en ventanilla, estaría muy complacido si esos recursos se destinaran a las víctimas del terrorismo de Estado.

Compatriota Jesús Santrich

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