Cuando Rusia invadió Ucrania en 2022, la indignación occidental fue absoluta. Sin embargo, hoy reina un silencio sepulcral ante la agresión estadounidense contra Venezuela. La forma en que medios y políticos encuadran esta invasión revela una profunda y cínica doble vara de medir.
Eran las dos de la madrugada del 3 de enero cuando los habitantes de Caracas fueron despertados por el rugido de cazas de combate y el estallido de misiles. Puntos estratégicos como la base militar Fuerte Tiuna y el aeropuerto de La Carlota fueron bombardeados sin piedad. Gran parte de la ciudad quedó a oscuras mientras densas columnas de humo teñían el horizonte de negro.
Mientras las familias huían a las calles presas del pánico, las redes sociales difundían la noticia: unidades de élite estadounidenses habían ejecutado una operación brutal. El presidente Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, fueron secuestrados por comandos de EE. UU. y trasladados fuera del país. Se trata de una violación inaudita de la soberanía de un Estado independiente.
Donald Trump se atribuyó la victoria a través de su plataforma Truth Social. Calificó el ataque de «éxito» y anunció que Estados Unidos asumirá provisionalmente el gobierno del país. Este episodio evoca inevitablemente los tiempos más oscuros, cuando Washington derrocaba o secuestraba a líderes latinoamericanos a su antojo.
El diablo frente al hombre de negocios
El contraste con la cobertura de la invasión de Ucrania en 2022 no podría ser mayor. En aquel entonces, Vladímir Putin fue retratado en cada diario e informativo como el «diablo en persona». El foco se centró obsesivamente en su personalidad, su supuesta locura y sus perversas intenciones. Se le dio al agresor un rostro diseñado para ser odiado.
Hoy, con Trump, los medios adoptan un enfoque radicalmente distinto. Apenas se menciona una condena moral hacia su figura como criminal de guerra. Se le presenta como un líder pragmático – aunque brutal – que simplemente «pone orden». La agresión se describe de forma casi clínica, despojada de la carga emocional que inundó la invasión rusa.
Mientras Putin era presentado como un peligro existencial para la humanidad, Trump es tratado como un jefe de Estado que toma una «audaz decisión» de política exterior. Esta personificación del mal por un lado, y la normalización de la agresión por el otro, manipula de forma extrema la opinión pública.
Doble vara de medir: la democracia como pretexto
La forma de tratar a los líderes atacados también evidencia una selectividad repugnante. Durante la invasión de Ucrania, Volodímir Zelenski fue coronado de inmediato como el paladín definitivo de la democracia. Cualquier crítica a su gestión previa a la guerra fue borrada de la prensa occidental como si nunca hubiera existido.
Se silenció la prohibición de partidos de oposición y la cruenta guerra en el Donbás, que entre 2014 y 2022 costó la vida a 14.000 personas. Tampoco el drama de Odesa, donde unos cuarenta sindicalistas fueron quemados vivos, encajaba en la narrativa heroica. Simplemente se eliminó de la cobertura mediática.
En el caso de Venezuela ocurre lo contrario. El foco mediático recae exclusivamente en lo «malo» que es Maduro. Cada noticia sobre la invasión viene acompañada de un inventario de sus supuestas deficiencias basándose en interpretaciones sesgadas y exageraciones sobre la falta de democracia bajo su mandato.
La Casa Blanca justifica el secuestro vinculando a Maduro con cárteles de la droga. Es un argumento que no se sostiene: las principales rutas de la cocaína pasan por Colombia y Ecuador. Aun así, los medios «olvidan» mencionarlo, legitimando así la agresión militar ante la audiencia.
¿Imperialismo o geopolítica?
Cuando las tropas rusas cruzaron la frontera con Ucrania, todos los comentaristas occidentales hablaron de imperialismo ruso. Fue una flagrante “violación del derecho internacional y de la soberanía de un país”. Esos términos eran acertados, pero hoy es prácticamente imposible de encontrar en los análisis sobre el ataque de Estados Unidos a Caracas.
La brutal invasión de EE. UU. se minimiza como una «consecuencia lógica» de la política de poder. «Es lo que hacen las grandes potencias», se escucha cínicamente en las tertulias. En el telediario belga la invasión se describió como una «montaña rusa de acontecimientos organizada por EE. UU”..
Mientras 40 personas eran ejecutadas a sangre fría para secuestrar a un jefe de Estado, los informativos hablaban de «las 24 horas más extrañas de la vida de Maduro». El presentador lo narraba casi como si resumiera una escena emocionante de una película de acción.
Violar el derecho internacional ya no parece importar cuando el ejecutor es Washington. El «orden basado en reglas» ha demostrado ser un tigre de papel. Esta es la esencia del doble rasero: si un país no occidental invade a otro, es un crimen contra la humanidad; si lo hace EE. UU., es una «transición hacia la democracia». El lenguaje es un arma.
Una responsabilidad aplastante
Mediante este relato edulcorado y la constante criminalización de Maduro, se está legitimando una agresión militar brutal. Tras la doble moral exhibida en Ucrania y Gaza, Occidente pierde su último gramo de credibilidad ante los países del Sur Global. El «orden basado en reglas» queda desenmascarado como un instrumento de poder selectivo.
Pero hay más. Con este ataque, Trump pone a prueba los límites de sus ambiciones imperiales. Ante la actitud alarmantemente tibia de Europa, Washington recibe el mensaje de que puede actuar con total impunidad. La responsabilidad europea es aplastante.
Cuando la situación se descontrole por completo y el objetivo sea el Canal de Panamá o Groenlandia, que nadie se atreva a decir: «Wir haben es nicht gewußt» («No lo sabíamos»).
Texto original: https://www.dewereldmorgen.be/artikel/2026/01/04/de-ene-invasie-is-de-andere-niet-de-stuitende-hypocrisie-over-venezuela
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