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Nueva Izquierda, consulta anticorrupción y Poder constituyente

Fuentes: Rebelión

Por primera vez en su historia Colombia tiene un nítido bloque de izquierda que salió de la marginalidad. Por décadas dicha fuerza política fue estigmatizada por presentar cifras porcentuales marginales en los procesos electorales. Los análisis, bastante superficiales por cierto, nos reiteraban que la Izquierda escasamente llegaba al 2% del universo electoral, pues la mayoría […]

Por primera vez en su historia Colombia tiene un nítido bloque de izquierda que salió de la marginalidad. Por décadas dicha fuerza política fue estigmatizada por presentar cifras porcentuales marginales en los procesos electorales. Los análisis, bastante superficiales por cierto, nos reiteraban que la Izquierda escasamente llegaba al 2% del universo electoral, pues la mayoría de la ciudadanía rechazaba sus ideas y métodos de acción.

Esto fue cambiando en las últimas décadas y tanto Lucho Garzón como Carlos Gaviria con sus importantes apoyos lograron mostrar otra tendencia en la movilización social y progresista.

El pasado 17 de junio más de 8 millones de colombianos dieron su apoyo a Petro, quien lidero una coalición electoral de centro izquierda.
Se armó un potente bloque político sin antecedentes en el proceso histórico nacional. Bloque que, por supuesto, tiene planteados varios desafíos inmediatos en lo político, organizativo y en el plano de la resistencia al modelo neoliberal y su infraestructura de dominación.

Hay que considerar que esta nueva Izquierda navegara en una coyuntura de transición marcada por la construcción de la paz en condiciones de imperfección («Paz imperfecta»). Con altos riesgos de volver a incendiar al país por el desmantelamiento de los Acuerdos de La Habana (JEP, RRI, Victimas), la guerra antinarcóticos y el fracaso de los diálogos con el ELN.

La implementación de los consensos de paz seguramente dará un «giro más hacia lo local y lo cotidiano» en modo de resistencia. Es en el ámbito local y cotidiano donde la ultraderecha uribista ha bloqueado con éxito el proceso de paz permitiendo el triunfo del NO en el plebiscito y el de Duque como punta de lanza de la guerra en su nueva versión focalizada en la campaña policial y militar contra la cocaína en Tumaco, Catatumbo, Caquetá.

El fracaso de la paz santista y del anacrónico Secretariado de Timochenko solo es explicable por la visión «Estadocentrica» de la misma, por su burocratismo y por la corrupción con los recursos de la cooperación internacional y del presupuesto público canalizados por el Fondo Liberal Colombia en Paz, hipotecado al señor Cesar Gaviria y a Rafael Pardo.

En dicha transición la Nueva Izquierda, como ocurre en España y en Gran Bretaña, debe reafirmar su autonomía y evitar la quimera de la conciliación y la convergencia con la ultraderecha según la propuesta socialdemócrata de quienes se empeñan en una idílica unidad con los actores violentos y artífices del despojo a campesinos y trabajadores.

Colombia necesita una Izquierda colocada al frente de la resistencia post conflicto, especialmente en aquellas regiones donde obtuvo el apoyo generoso del pueblo: Valle del Cauca, Pacifico, Cauca, Cartagena, Barranquilla, Sincelejo, etc.

Tal decisión se apoya en la certeza de las limitaciones estructurales de los proyectos procedentes de la socialdemocracia para ensayar nuevas vías reformistas que pretendan ser compatibles con el capitalismo neoliberal.

Si queremos efectivamente forzar un cambio de rumbo e iniciar un camino de transición hacia la ruptura con ese «modelo», hace falta una izquierda dispuesta a cuestionar el paradigma neoliberal, militarista y paramilitar que ha retomado la iniciativa, en sus muy diversas manifestaciones, buscando las vías para contrarrestar la tendencia a la adaptación o a la resignación ante el mismo por parte de cierta izquierda.

Porque la defensa consecuente de derechos sociales fundamentales y la conquista de reformas parciales sustanciales -es decir, capaces de invertir, por ejemplo, el sentido de las gigantescas transferencias de rentas hacia el capital en las dos últimas décadas- tropiezan con la dura oposición de los poderes económicos, políticos y culturales, siendo necesario, por tanto, contribuir a un cambio de la relación de fuerzas a escala nacional, regional y local desde la movilización social pero también mediante la consolidación de la Nueva Izquierda.

La izquierda que necesitamos es aquélla que cuestiona, por tanto, el «sentido común» dominante, que aspira a modificar el orden existente desde abajo y que propone políticas que rompan con el neoliberalismo y vuelvan a poner de actualidad la necesidad de otro país.

Apostamos en estos momentos por una izquierda anti neoliberal y anticapitalista. Pero es lógico también que su anticapitalismo ha de saber articular la respuesta a las diferentes contradicciones, desigualdades e injusticias que genera un sistema que pretende perpetuarse como un «modelo» civilizatorio global, aspirando así a ofrecer un camino alternativo capaz de suscitar la adhesión de una mayoría social a favor de un proyecto socialista profundamente democrático y dispuesto a superar radicalmente la experiencia histórica del mal llamado «socialismo real».

Esa izquierda necesaria ha de saber ser coherente entre lo que dice y lo que hace: en ese sentido el programa de acción, el discurso y las propuestas tácticas no pueden ser contradictorios entre sí ni, sobre todo, pueden serlo con ese horizonte estratégico anticapitalista común.

Por eso no compartimos la tesis de buscar acuerdos con la ultraderecha para salvar la nación. La izquierda que necesitamos ha de ser fuerza de lucha, de resistencia y de propuestas de transformación social, sin tener que caer por ello en la actuación sectaria con las fuerzas con las que nos confrontemos y, sobre todo, con los sectores sociales que les apoyen.

La Nueva Izquierda ha de demostrar que es capaz de practicar otra política y otra forma de hacerla, poniendo en el centro de su actividad la lucha por demandas que contribuyan a la movilización y a la auto organización de las capas y sectores sociales oprimidos y críticos y a la conquista de una representación institucional, regional y local, que actúe en coherencia respecto a esas tareas.

La nueva Izquierda debe percibir los escenarios inmediatos de acción y, por supuesto, la Consulta anticorrupción es uno de ellos pero su presencia allí debe trascender el enfoque puramente institucional y de un civismo trasnochado e ingenuo que no percibe el Poder Constituyente de la movilización sugerida con la agitación y la votación del próximo 26 de agosto.

La Consulta anticorrupción es la más franca confrontación del país nacional contra el país político de las camarillas corruptas del partidismo oligárquico que rodea y apalanca el régimen ultraderechista de Iván Duque.

La Consulta anticorrupción y su fuerza destituyente y constituyente bien puede ser un elemento organizador del «levantamiento populista» en curso que la Nueva Izquierda debe profundizar en sus alcances demoledores del «viejo régimen» feudal oligárquico.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.