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Pacto histórico como abigarramiento político

Fuentes: Rebelión

El Pacto histórico alcanzó una alta votación en los comicios del pasado 8 de marzo; son casi 4.5 millones de sufragios que se reflejaran en 25 senadores y 44 representantes a la Cámara baja, cifras que pueden cambiar de manera favorable una vez concluyan los escrutinios y se identifique el fraude propiciado por las actuales directivas electorales asociadas con la ultraderecha uribista.

La votación por el Pacto Histórico ha dado forma a una revolución política regional que ha roto la hegemonía del gamonalato tradicional de la ultraderecha. Se trata de una ventana de oportunidad para los movimientos sociales y populares en los ámbitos locales y territoriales que deben facilitar la movilización política por la democracia, los derechos y la transparencia.

Sobre esta nueva formación política y electoral, en via de ser el eje central en la cultura política colombiana en el siglo XXI, hay varios aspectos que ameritan el análisis riguroso para determinar su peso en la actual transición política desatada por los Acuerdos de paz del 2016 y el acceso a la presidencia del bloque popular encabezado por el presidente Gustavo Petro. ¿De qué partido estamos hablando con el PH, cuál es su naturaleza política y cuáles los sentidos de su creciente hegemonía?

El Pacto Histórico es una convergencia política de izquierda y popular; su origen ocurrió el 11 de febrero de 2021 mediante una rueda de prensa en la que intervinieron varios voceros de la izquierda; la coincidencia compromete a varios partidos y movimientos políticos de izquierda y centroizquierda con un largo recorrido histórico desde los años 30 del siglo XX. Desde el 7 de agosto de 2022, con el presidente Gustavo Petro, es la alianza popular de Gobierno en Colombia. En junio de 2025, los partidos miembros de la coalición decidieron fusionarse para formar un solo partido político llamado Pacto Histórico, y el 3 de septiembre del año anterior se le concedió personería jurídica.

En septiembre de 2025, el Consejo Nacional Electoral aprobó la creación del nuevo partido, autorizando la fusión del Polo Democrático Alternativo, la Unión Patriótica y el Partido Comunista Colombiano. En diciembre del mismo año, se sumó a esta unión el partido Progresistas, una escisión del Movimiento Alternativo Indígena y Social. ​

La consolidación del Pacto Histórico como principal referente del campo popular colombiano ocurre en un contexto conformado por las reformas sociales, económicas, ambientales y culturales adelantadas por el actual gobierno popular que lidera el presidente Petro.

Con poco rigor, algunos analistas, caracterizan al Pacto como una versión de los viejos partidos políticos del régimen oligárquico, plagado de los mismos vicios (caudillismo, gamonalato, clientelismo, demagogia y faccionalismo) y distorsiones de tales formas de dominación y subordinación de los grupos populares en sus diversas expresiones. El Pacto Histórico no representa solo una opción electoral, es una respuesta popular a siglos de captura violenta del Estado por parte de unas élites podridas.

Analíticamente el PH no puede encajarse en las conocidas taxonomías al uso de la politología neoliberal (partidos de notables, de masas, atrápalo todos o carteles).

Más objetivo, caracterizar al PH como una forma de abigarramiento político en la lectura de Zavaleta y Prada.

Se trata de un cuerpo sociopolítico heteróclito en el que se encuentran diversas formas de la vida social en sus sentidos políticos.

Su fórmula vicepresidencial, entre Ivan Cepeda y la líder indígena Aida Quilcue, lo refleja con toda nitidez.

El abigarramiento político (Zavaleta), describe sociedades, como la colombiana, con una heterogeneidad estructural compleja, donde conviven múltiples modos de producción, culturas y tiempos históricos sin una articulación estatal unificada. Formaciones sociales donde coexisten lo moderno y lo tradicional, lo capitalista y lo pre capitalista, sin una síntesis orgánica. Lo que incide en que el Estado no logre consolidar una autoridad hegemónica.

En su densa reflexión, Raúl Prada, sugiere un sentido muy preciso para el abigarramiento:

Abigarrado quiere decir de varios colores, viene del francés bigarré; la palabra termina en ado, que significa que recibe, esto es, recibe el significado de la acción de un verbo; en este caso de lo doble, en lo que respecta a la sílaba bi, o de lo múltiple, que connota garré del francés antiguo, de los colores yuxtapuestos, es decir, de lo que cubre las vecindades simultáneas, puestas una al lado de otras.

Por lo tanto, cuando se habla de abigarramiento no se da cuenta únicamente de lo heterogéneo y lo diferente, sino también de aquello que liga la heterogeneidad en una unidad siempre incompleta o abierta. Ahora bien, al considerar las sociedades no abigarradas como aquellas determinadas por el proceso de valorización del capital, se incurre, siguiendo a Prada, en un dualismo reduccionista que traza indirectamente una taxonomía entre sociedades modernas y premodernas. Esta distinción hace creer que las sociedades que no se subordinan del todo al modo de producción capitalista y en donde conviven diversas formas de producción social son incognoscibles, lo cual supone un reto: ir más allá de la razón ilustrada: “Esta problematización de la congnocibilidad de las formaciones sociales abigarradas es un desafío epistemológico; es necesario crear un nuevo horizonte de visibilidad, que vaya más allá del horizonte de visibilidad diseñado por la ilustración eurocéntrica.

En esa medida, Prada considera preciso distinguir entre modernidad y capitalismo a la hora de abordar los problemas propios de las formaciones sociales abigarradas. Si bien el capitalismo es un conjunto de relaciones sociales que subsume bajo la lógica de la valorización diversos aspectos de la vida social, tornándolos homogéneos y abstractos; la modernidad es, en contraste, un proceso más amplio y diverso: “la modernidad es infinitamente más rica que el capitalismo, más rica en sus múltiples posibilidades históricas, más rica en sus diversas alternativas de combinatorias culturales y sociales”. La disyuntiva entre modernidad y no modernidad, es decir, la oposición de las formaciones sociales abigarradas como aquello excluido de la modernidad capitalista no es precisa. Lo que define al abigarramiento social no es ser premoderno, sino más bien ser aquello que se opone a la lógica del capitalismo.

El abigarramiento persiste mientras el capitalismo no sea el modo de producción hegemónico. De ello se desprende que la direccionalidad de toda formación social está abierta: “la pluralidad de estas formaciones sociales se abre a direcciones históricas alternativas. La hegemonía de una dirección histórica no está resuelta. Esta no determinación del modo de producción capitalista las hace abigarradas. Es precisamente la apertura hacia una dirección histórica alternativa o multilinealidad histórica lo que emerge en los espacios de indeterminación de un capitalismo que no subsume absolutamente una formación social bajo su lógica. Así, en tanto el capitalismo es relativamente hegemónico, se puede pensar el abigarramiento como una condición inherente a toda formación social. En cada caso, las articulaciones específicas entre cualquier otro modo de producción con el capitalismo se dan al interior de una historicidad en la que se superponen presente y pasado en un devenir constante:

Se trata de una conformación social que se da lugar en la historia de muchas maneras; se eleva a la humanidad de variadas formas. Esa multilinealidad histórica es su modo de ser. Sin embargo, viendo desde esta perspectiva, toda formación social es, de alguna manera, abigarrada; no está cerrada a una sola determinación, aunque esta sea la hegemonía del modo de producción capitalista. Puede abrirse a otras formas de la modernidad, que no sea la capitalista.

Esta reflexión tiene la intención de propiciar un debate más amplio que contribuya a la consolidación y funcionamiento del Pacto Histórico como una herramienta política muy efectiva en las luchas populares; la convocatoria de la Asamblea constituyente es una oportunidad excepcional que pondrá a prueba esta nueva fuerza política popular.

Bases bibliográficas.

Zavaleta, R. (1986). Lo nacional popular en Bolivia. CDMX: Siglo XXI.

Zavaleta, R. (2009). Las masas en noviembre. En L. Tapia (Comp.), La autodeterminación de las masas (pp. 207-262). Bogotá: Siglo del hombre.

Prada, R. (1996). Las armas de la crítica en la ontología de la praxis. En R. Gutiérrez y J. Iturri (Eds.), Las armas de la utopía (pp. 111-246). La Paz: CIDES-UMSA. Recuperado de https://repositorio.umsa.bo/bitstream/handle/123456789/1532/CIDES-04.pdf?sequence=1&isAllowed=y

Prada, R. (1998). Territorialidad. La Paz: Mythos. Recuperado de https://voluntaddepotencia.wordpress.com/2017/02/20/territorialidad/ 

Prada, R. (1999). Pensar es devenir. Apuntes para una arqueología del pensar. La Paz: PuntoCero. Recuperado de https://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/pensar_es_devenir 

Prada, R. (2000). Crítica de la economía política neoliberal. El neoliberalismo: ¿Utopía de explotación ilimitada o inevitable proceso de globalización? En AA. VV., Bourdieu leído desde el sur (pp. 181-210). La Paz: Plural.

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