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Palabras en la presentación de Papeles de relaciones ecosociales y cambio global

Fuentes: Rebelión

Bona tarda. Déjenme agradecer su presencia y déjenme agradecer igualmente a Santiago Álvarez Cantalapiedra el hermoso detalle de haberme invitado a participar en la presentación de Papeles de relaciones ecosociales y cambio global en la ciudad, y casi en las mismas calles, por donde caminaba Joan Salvat Papasseit, el poeta de la rosa en los […]

Bona tarda. Déjenme agradecer su presencia y déjenme agradecer igualmente a Santiago Álvarez Cantalapiedra el hermoso detalle de haberme invitado a participar en la presentación de Papeles de relaciones ecosociales y cambio global en la ciudad, y casi en las mismas calles, por donde caminaba Joan Salvat Papasseit, el poeta de la rosa en los labios.

Como ustedes recuerdan bien, en la tercera década del siglo pasado, en las cercanías y en el interior del círculo de Viena, se acuñó una distinción entre el contexto de descubrimiento de las teorías científicas y su contexto de justificación. El primero era laxo, amplio, todo valía o casi todo podía valer antes, mucho antes de Feyerabend: la intuición, la suerte, las emociones, la pasión, la historia, los sueños con serpientes, los prejuicios, los plagios, las cosmovisiones filosóficas consistentes o inconsistentes. El segundo, en cambio, era otra cosa. Aquí regía el rigor, la exigencia, la gran dama lógica, la contrastación iluminadora cuidada al detalle y con el máximo esmero, la crítica sin concesiones. En este segundo ámbito, se miraba de frente, se tocaba realidad. Sin ensoñaciones, sin contarnos cuentos, que diría Althusser, como buenos materialistas científicos.

Algunos estudiantes de filosofía, yo era uno de ellos lo confieso con rubor, observábamos la distinción complacidos, y con una valoración anexa, no siempre reconocida por nosotros, que era capaz de ver un quark de prejuicio de cualquier sabor en reflexiones adversas, enemigas decíamos en ocasiones, e incapaz de observar una concepción del mundo inmensa como la vía Láctea en nuestra propia perspectiva. Lo primero, el contexto de escurrimiento decíamos gozosos y orgullosos de nuestra ocurrencia, era para los sociólogos (¡va!), los historiadores (¡va, va!), los politólogos (¡va,va,va!) y para los psicólogos incluso (¡va, va, va y va!). El contexto para diletantes era poesía; lo segundo, en cambio, el contexto donde se justifica sólo lo justificable era lo serio, lo duro, lo importante, lo verdaderamente racional. Aquí, sólo aquí, cabía y reinaban la lógica, la filosofía sin oscuridades, el análisis riguroso, los símbolos manejados escrupulosamente, las miradas atentas, hipercríticas, las falacias desentrañadas y denunciadas. Lo primero eran flores, adornos; lo segundo era la razón en marcha, sin emociones estériles que adormecieran.

No tengo que decirles que algunos, si algo sembramos en algún momento, cultivamos cegados campos del segundo orden. El primero era para departamentos menos serios, para los que hacían mera filosofía literaria o, aún peor, metafísica trasnochada anclada en un Tomás de Aquino renacido. Lo segundo estaba en nuestras manos: en manos de la lógica, la epistemología, la filosofía científica, la única filosofía a la altura de nuestro tiempo… e incluso de nuestro descanso. La mayoría de nosotros -en un alarde de inconsistencia y pedantería hicimos estudios sociológicos sobre ello- no soñábamos en cuevas profundas, en cordones umbilicales no superados, en complejos más resueltos, sino en n-plas ordenadas, en cuantificadores de variables predicativas y en la formalización de la última interpretación del cambio dinámico de teorías.

Lo han adivinado: no habíamos entendido nada y, desde luego, no nos habíamos molestado en leer a Otto Neurath, aquel socialdemócrata revolucionario que con su sola existencia debería refutar para siempre la acusación precipitada de conservadurismo político que con frecuencia se ha usado para adjetivar las posiciones del Círculo. Neurath, además, si no ando errado, era el autor del texto del manifiesto del Círculo de 1929.

Pero, afortunadamente, ha pasado el tiempo y, como quería Gil de Biedma -Jaime, no Aguirre, no se confundan- la verdad inexorable asoma. Lo importante, lo sabemos bien, es el adorno, las flores, la rosa, la poesía si quieren, y la lógica y esa racionalidad sin emociones ni pulso vital pueden sernos útiles como instrumentos (cuando es el caso, que no es siempre) para lo que realmente importa. Y lo que importa, ustedes lo saben bien, es que el mundo, como quería Octavio Paz, y cito al autor de ese monumento poético que es Piedra de sol porque sé que es del agrado de Francisco Fernández Buey, el mundo, decía, vuelva a saber, vuelva a ser real y tangible, y podamos recobrar nuestra herencia arrebatada por ladrones de vida hace mil siglos.

Así que esta vez, esta tarde, corrigiendo antiguos y juveniles desvaríos, pretendo situarme en una perspectiva externalista y apenas les voy a hablar del contenido de Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, aunque, puestos, cabría decir que sus artículos, los que he leído enlos últimos números, están magníficamente escritos, no suelen dar gato por liebre, no cometen falacias, enseñan al lector, muestran sus límites. En definitiva, leerlos, como el fumar antiguo, es un placer, pero sin daños colaterales.

Por lo demás, la misma estructura de la revista está que mejor que bien. Una introducción, que firma Santiago Álvarez Cantalapiedra, que realmente introduce; un especial temático; un panorama para poder situarnos en el mundo; un diálogo sustantivo; un periscopio con el que poder otear con profundidad; perfiles, entrevistas, en ocasiones, y reseñas de libros que sean no prescindibles.

Pero qué cabe decir desde una perspectiva más externa, menos internalista, menos sesgadamente analítica. Tal vez lo siguiente y déjenme decirlo en diez breves notas:

1. Una revista que tiene a Santiago, a Paco Fernández Buey y a Óscar Carpintero en su consejo de redacción, los demás miembros se lo confieso apenas los conozco, seguro que es una buena revista, una revista que hay que leer asiduamente, con provecho y sin mal uso de tiempo, de nuestro tiempo, que como quería Gramsci no es sino seudónimo de vida.

2. Papeles está enmarcada en un tiempo de consolidación, renovación y de surgimiento de nuevas revistas: sin permiso, economía crítica, por ejemplo, en formato papel, o www.rebelion.org, o también sin permiso en formato electrónico. Son buenas épocas, los años en los que la densidad media de revistas se hace notar. Suelen ser tiempos donde el viento agita la cebada de la resistencia. En ese tiempo estamos.

3. Papeles, por lo demás, da cuenta, introduce nuevos autores o, como mínimo, autores que yo no conocía. Por ejemplo, Kevin Morgan, Ian Gough, Taleb Omar

4. Papeles apuesta netamente por temas importantes, es decir, por temas que importan y deben importar a la ciudadanía, a todos nosotros: cambio climático, democracia no reducida a votaciones ni a consumo de productos presentados con sofisticadas o soeces técnicas publicitarias, insostenibilidad, Palestina y su tragedia abisal no siempre en primer plano de nuestras denuncias.

5. Papeles puede ser, va a ser además, un buen instrumento para instruir, para ayudar a formar a personas con escasos conocimientos en el ámbito de las ciencias económicas. Sin ser una revista de economía ayuda a adquirir saberes económicos básicos, esenciales, y a estar al día de debates imprescindibles. A mi, casi negado desde siempre para estas temáticas y estos conocimientos, me es de mucha ayuda para intentar superar mis pozos insondables de ignorancia.

6. Papeles, por si fuera poco, ayuda a conseguir una vieja aspiración, una finalidad de siempre, irrenunciable desde mi punto de vista: la alianza entre los movimientos emancipatorios, ahora, el movimiento de movimientos altermundialista, y otros movimientos anexos y afines como el movimiento zapatista, por ejemplo, y el conocimiento no entregado. Sin ciencia crítica, no hay avance social ni movimientos sociales que pueden generar alternativas razonables que ayuden a la ciudadanía resistente.

7. Papeles se atreve, y esto es un rasgo esencial para la izquierda hoy, y lo hace con temas controvertidos, no se limita a transitar por lugares comunes mil veces visitados. Por ejemplo, por cuestiones tan de ahora como el decrecimiento. Déjenme, sobre este punto, recordarles este paso que he leído en la red hace una par de días:

Lo que se produce en el mundo -y cómo se produce- corresponde a modelos culturales íntimamente imbricados con los juegos de intereses de clases y grupos bien identificados. Los modelos de consumo que se reproducen planetariamente son igualmente expresiones de un paradigma cultural que no es inocente. Podemos constatar que el 80% de lo que se produce en el mundo es esencialmente superfluo. El modelo energético que sustenta este modo de producción mundial es absolutamente insostenible. No hay solución verdadera al drama de la muerte ecológica del planeta arrastrando el modelo de consumo dominante: su sustento ético, su legitimación estética, sus coartadas políticas.

¡El 80%!. No es ningún error, he tomado bien el dato. No es casual, por ello, que en el número anterior de Papales Óscar Carpintero reseñara, enseñando, Vivir (bien) con menos. Sobre suficiencia y sostenibilidad, un libro recientemente editado por Icaria y que cuenta con las colaboraciones de nuestros amigos Jorge Riechmann y Joaquim Sempere y del sociólogo y economista alemán Mandred Linz.

8. Papeles incorpora, no lo olvidé antes pero lo quiero destacar ahora especialmente, a uno de los grandes intelectuales de este país del que todos hemos aprendido y seguimos aprendido. Me refiero, claro está, a José Manuel Naredo.

Por lo demás, en sus páginas aparece un poeta ecologista profesor traductor de obligada referencia no sólo porque es amigo y maestro de todos sino porque escribe y piensa como pocos: Jorge Riechmann

9. Papeles apuesta, como indica explícitamente su último número, por el cambio global, y eso, admitámoslo sin miedo, es una apuesta sensata, razonable, necesaria y urgente para todos y especialmente para las personas menos favorecidas que cada vez son más. Lean en Foca, por ejemplo, Planeta de ciudades miseria de Mike Davis por si tienen alguna duda que seguro que no tienen.

10. Además de ello, rozando la perfección, Papeles es una revista bien editada, a precio asequible, es una revista-libro, que no introduce publicidad sino información de editoriales y libros. Leerla, cierro el círculo, tal como quería el gran Epicuro, otorga placeres sostenibles, no destructivos.

Como todos los decálogos que se precien, estas diez consideraciones se pueden resumir en uno o dos principios. En este caso, en un punto esencial: Papeles nos ayuda a mejorar, a ser mejores, a ser buenos incluso. Saca de nosotros, nos ayuda a extraer, sin desgarramiento interno, nuestro mejor yo.

¿Y qué es eso de ser mejores, de ser buenos? Si les respondiese que bueno es un concepto primitivo, indefinible por tanto, dirían seguramente que hago trampa. Acertarían. Si les señalara que incluso las ciencias geométricas, pienso en los Elementos euclidianos, tienen nociones no definidas como punto o posición dirían que tengo una concepción trasnochada de las teorías axiomáticas. Dirían bien. Si dijera que tanto da, que casi todos sabemos qué significa bueno, que ustedes ya me entienden, dirían que es un recurso fácil y gastado, causante de muchas confusiones. Tendrían razón de nuevo.

Me han cogido, lo admito. No tengo ninguna definición presentable, ni analítica ni siquiera dialéctica de la noción. Pero tengo un cuento que señala hacia donde habita esa categoría básica y por donde transita la finalidad poliética central de Papeles. Es éste que les leo. Titulémoslo así «El caso Broner» de Carolina Broner (el título original es «Mi padre, el doctor Broner»1). No se confundan, no es el caso Bourne. Es otra cosa muy distinta. Les cuento el cuento:

En mi barrio natal, Almagro, hay jerarquías; la más alta la ocupa mi padre; la segunda, su perra, Pandy; después mi madre, más conocida como «la señora de Natalio», y muy por detrás, mi hermana y yo, también conocidas como «las hijas de Natalio» o como «esa que va con Pandy».

Lo de la perra es sencillo: bonita, simpática y con el tamaño perfecto para que los niños jueguen con ella y sus madres la consideren fiable.

Lo de mi padre es mucho más que guapura y simpatía. El doctor Broner es un bioquímico que adora lo que estudió y cree que su formación debe estar al servicio del bienestar de la gente. El doctor Broner es el vecino que está al tanto de que alguien necesita un medicamento, un aparato ortopédico o una consulta con un especialista y mueve cielo y tierra para conseguirlo. El doctor Broner es quien montó lo que llamó «banco de sangre viviente» para un gremio que no tenía dinero para comprar heladeras donde guardar reservas y quien durante años se encargó de hacer análisis periódicos a los posibles donantes. El mismo que tiempo después organizó un banco de medicamentos para una mutua del Gran Buenos Aires, primero con muestras gratis que conseguía en ferias y congresos, y más tarde con una red de contactos con médicos y visitadores de laboratorios.

El doctor Broner es el bioquímico brillante que tuvo que dejar de ejercer por culpa de su enfermedad, pero al que sus colegas siguen respetando treinta años después.

Natalio es el tipo que jugaba a matar ingleses con su hermano y con su primo, y que dejó grabado su nombre en la piedra de una de las paredes del patio de su infancia. Natalio es el que, cuando acababa de llegar a Argentina, creyó que la mejor manera de recordar la frase «murió Eva Perón» era ponerle música y entonarla alegremente por la calle; el pobre crío de diez años que descubrió quién era Evita cuando llegó a casa llorando por los insultos de los vecinos, y su tía le explicó que había estado cantando «algo así como que ha muerto Eva Brown». Natalio es el militante universitario al que los milicos le destrozaron la espalda durante la llamada «Noche de los bastones largos», el militante convencido que consigue que los comerciantes del barrio colaboren con el comedor popular de la vuelta de su casa y que se olvida el bastón en algún cursillo sobre filosofía marxista. .

Natalio es el que siempre dice que está mejor, aun después de pasar una semana en el hospital con neumonía. El que se niega a que sólo se piense en él como un enfermo de esclerosis múltiple. El que sigue andando, con bastones y andadores, pero por sus propios medios, a pesar de que sus resonancias indiquen que hace años que debería estar en una silla de ruedas. El que se olvida de sus cuarenta y pocos kilos y su infinidad de limitaciones, y se ofrece para ir a comprar una pizza con tal de burlar su encierro domiciliario. Natalio es el hombre que le pide a su enfermera que compre una rosa para que mi madre sepa que sigue tan enamorado como el primer día.

Mi padre, Natalio, el doctor Broner, es mi mejor sinónimo de dignidad.

No sé si les he ayudado a encontrar una definición de la noción. Tal vez no. Pero yo no sabría explicárselo mejor.

Gracias por su paciente y cortés escucha.

1 Puede verse en http://www.lainsignia.org/2008/febrero/cul_010.htm